Literatura

Calles de Santiago


 

I

Amanece, es mi primer día en la ciudad. A pesar del asombro que me produjo su maravillosa arquitectura, sus colores reflejados en la cristalina luz de la lluvia, me encuentro triste, melancólico, mi cara de niño (11 años) se aferra a los recuerdos de mi tierra, luminosa y amarilla en el comienzo del otoño.

Mi primer objetivo es ir a la catedral, recorrer sus calles inmediatas que desembocan en plazas cubiertas de historia y belleza. No conozco a nadie y nadie me conoce a mí, soy o parezco, un turista más de tantos y tantos que recorren Santiago. Comenzamos esta singladura de vida; el tiempo, seguramente, nos llevará por otros derroteros.

Los días pasan como un reguero inagotable de luz, tiempo aquel que blanqueaba los dulces colores de la vida. Me he hecho ya a Santiago, así como a las sombras, a los albores, a los primeros amores, a los nuevos amigos, a la Quintana de los muertos, cuartel general de la inocencia, y al Galo de Ouro, lugar donde combatía el amor con la alegría. Imágenes que nacen y crecen en mi pasión de juventud. El primer amor con su primer beso, y estas calles húmedas pero a la vez joviales, te miran desde sus oscuros ojos de piedra. Santiago es así, calles esculpidas en el pan de cada día, en los caldos que a veces tomábamos en una lóbrega taberna, escondida en una estrecha callejuela que, hoy, no sabría localizar. ¿Qué habrá sido de aquellos amigos, tan lejanos ahora y tan presentes de igual modo?


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