18/07/2018
por José María Máiz Togores
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ACNÉ SENIL

Mi dermatólogo dice que tengo un brote acneico. Es curiosa la utilización que hacemos del posesivo “mi” delante de ciertas profesiones: mi médico, mi abogado, mi notario… ¡Cómo si nos fuera en ese “mi” una inquebrantable seña de identidad! Hoy no somos nadie si no le endilgamos a ciertas actividades nuestra propiedad. Y tú más, José María, que habitas en ese aislamiento fantasmagórico. Esto no tiene nada que ver con el tema. Tú a lo tuyo. Ya sabes que el retiro voluntario es una de las más peligrosas drogas. Volvamos a lo nuestro. El acné. Cuando le escuché el atinado diagnóstico, me sonreí y le dije con cierto tono de confianza: será acné senil, porque juvenil a mis años suena a sarcasmo puro y duro. Reflejo del estado emocional, susurró alguien irónicamente. Lo cierto es que son los mismos síntomas y las mismas protuberancias que un adolescente. Entonces me vinieron a la memoria mis años de tardoadolescencia, cuando era llamado por un desconsiderado amigo el Paellita, por el peculiar diseño de granos que adornaban mi cutis. Otro decía “guapito de cara, pero escarallado de cutis”. Y el de más allá sentenciaba que se podía estudiar en mi rostro la orografía del sistema montañoso más escarpado del planeta. Viví una terrible década de pústulas faciales. Sólo aquella buena amiga que me abrió, entre otras cosas, los ojos. De ella aún guardo su nombre y su recuerdo con enorme cariño. La recuerdo un día, en la facultad, apostada delante de mí. Me miró fijamente y me soltó a la cara: sí, los granos son asquerosos, sí; pero… y qué??? Fue la primera vez que una mujer me dijo algo real y sincero. Hasta ese momento todo eran palabritas de consuelo infantiloide con frases de esas como “¡ay, pues no me había dado cuenta!” o “si apenas se te nota”. Y el Vesubio en plena erupción. Es curioso que una serie de “tubérculos faciales” me devuelvan a esa adolescencia perdida y que hoy me empeño en recuperar lleno de arrugas, lagunas y falsas realidades. Mi farmacéutica me escucha con suma atención y me dice que cuelgue este texto inmediatamente. Y así lo hago. Mil gracias por leerme.

filoso@filoso.gal.

15/07/2018
por José María Máiz Togores
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A MOLLADURA

O rapaz non quería se erguer da cama. Notou que estaba mollada coma outras tantas xornadas dominicais. Tiña na cachola as verbas da nai: como volvas mollar a cama mándote co teu pai, a ver se el pode facer algo bo de ti. Cando notou a humidade escarallouse todo de novo. O plan da nai non lle petaba nadiña. A última vez que falara co seu pai todo xirou en torno a nova noiva que coñecera nunha das súas viaxes descoñecidas. Estaba amouchado coma un novelo na parte dereita do colchón. Non quería tocar nin por asomo a outra banda. Xa coñecía a sensación desa humidade que a súa nai bautizara coma a merda dos homes. Sempre ela coa súa sensibilidade feminina. Serpe de lingua.  O rapaz notou que a humidade ía en aumento e que non sabía como encarar a cousa que medraba no seu interior ata afogarlle a gorxa. Isto ten nome de muller. Certo era. Certo. Toda a molleira por non esquecer á nova que lle dera a volta á súa vida cando estaba a piques de rematar o segundo COU. Non quero estudar máis, escoitou a nai un día. Máis? Pero se inda non colliches un libro, carallo de furaolas. Decidiu saír da habitación cando notou que a súa nai estaba a piques de coller a porta. Pero ela sabía máis co demo. Coma un foguete entrou no seu santuario e viu de novo a cousa. E berrara o de sempre: Díxenche que como volveras  pasar a noite chorando, mandábache co teu pai. Xa estás tardando. Colle as túas cousas e arrinca. Non te quero aquí máis.

filoso@filoso.gal

12/07/2018
por José María Máiz Togores
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CAPÍTULO I (TÚ)

Ayer nos volvimos a ver. Bueno, no tuvo por qué ser ayer mismo. Pudo ser cualquier día. Sí. En realidad, te volví a ver yo. Tú ni me viste, ni me sentiste, ni me intuiste. O eso creo al menos. Mi torpeza es inversamente proporcional a mis ansias de distinguirte entre la multitud. Sigo creyendo, en mi inocencia pura, que tú eres la mujer ideal… de mis sueños. Ya bauticé hace tiempo como un desgraciado aquelarre de sensaciones convulsas y siempre reprimidas ‘nuestra confluencia’. Estabas en una de esas terrazas que en los últimos tiempos frecuentas, y con ese grupito de amigos y amigas que actualmente vela por tu bien vivir. Piensa que esa armadura es de barro y que la lluvia la puede deshacer. ¿Cuándo te veré sola? Imposible. ¿Sabes? Me gustaría. ¿Sabes? Lo estoy deseando. Y cuanto más lo anhelo más te alejas de mí. O más obstáculos pones en nuestra aproximación física, que no mental y anímica. ¿Cómo lograr que mis afanes se conviertan un día en una desembalsamada realidad? Mis empeños huelen a alcanfor y a naftalina. Son del siglo pasado casi. Los conservas en vinagre y los recuerdos se vuelven endebles y quebradizos, además de acerbos, desagradables y amarillentos, me espetó una ‘conocida’ en una reunión de amigos cuando sonó en mi móvil la canción de Hoy la vi. No vamos a enjuiciar los gustos personales de cada uno, atajó una voz femenina el exabrupto. A mí también me gusta Enrique Urquijo y no soy un elefante moribundo. Lo digo por mi tamaño, bromeó una presente en esa soirée, como la quiso bautizar remilgadamente la anfitriona. Otra digresión, José María, otra digresión. Una buena amiga, especialista en el análisis de los caracteres ajenos, me dice en tiempo real que debo rehacer mi vida matando a Enrique Urquijo. Y si es necesario a Antonio Vega y a Antonio Flores. Están contaminando, me argumenta, mi existencia. Son el elixir de tu podredumbre. Hay algo denso, ungido, asentado en el fondo de ti que te repite como una señal idéntica un luto de súbitos tesoros. Y tú te lo crees. Y tú sales a su encuentro como un devoto acoge en el regazo, cada año, su ansiada procesión. Te contaminan. Te vician. Te infectan. Te impurifican. Te emponzoñan. Corrompen y ensombrecen lo poco de vida que hay en ti cuando te apartas de tu extrañamiento emocional. Y yo me niego a creer en esa labor de infestación, de agente patógeno de los tres cantantes antes mencionados. ¿Cómo ejecutar a un hombre que lleva en mi memoria musical, y existencial, desde que yo tenía veinte años? ¿Cómo extirpar de mi memoria a los dos Antonios, que habitan en mí descalzos de imposturas? ¿Cómo deshacerme de canciones como Hoy no, Volver a ser un niño, El sitio de mi recreo o Siete vidas? Ellos nunca han dejado en mí nada que dolor parezca. Pues yo no lo percibo así. ¿O acaso no recuerdas mi recidivante batallita del concierto que presencié el 9 de febrero de 1980 en la Escuela de Ingenieros Técnicos de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid? No, no, tranquila, que no te vuelvo a contar aquella inolvidable actuación de Tos, los futuros Secretos, y su hoy celebérrimo Déjame. Allí descubrí a Enrique Urquijo y los primeros síntomas de su doloroso vivir. José María, no te enrolles, ve al grano, al meollo de la cuestión. Vuelvo a la terraza. Estabas cual extranjera en patria ajena (sic), pensé en aquel momento. Te empeñabas en parecer natural y espontánea, pero el brillo de tus ojos ―no lo veía, lo intuía― me decía que algo no iba bien. Sonreías. No. No era una sonrisa espontánea. No. Premeditada. ¿Por qué? ¿Por querer aparentar normalidad ante tus ‘amigos’? No lo sé. Lo que sí sé a día de hoy es que no estabas ni tranquila ni apacible ni dueña de ti. Exhalabas embriaguez de pensamiento. Tu mente estaba embotada y mirabas tu móvil con disipada emoción. ¿Esperabas una llamada? ¿De quién? Nunca me lo dirás. Yo volvía de mi detestable horita de natación ―¡malditos  y descuartizadores cuarenta y cinco minutos!― y fue nuestro progresivo acercamiento un minuto interminable. Iba descompuesto, descuadernado, como diría Quevedo, exhausto, fatigoso… Y no sé cuántos adjetivos más para calificar mi patético estado aquel crucial minuto. La de veces que he soñado un encuentro contigo en una atractiva conjunción. Y tuvo que ser ayer, cuando ciego de cansancio me bamboleaba de un extremo a otro de la acera, cuando hipersensibilizado por el ‘barniz’ del cloro torpedeaba apestosos, diabólicos y hediondos pensamientos. ¿Recuerdas nuestra última conversación? Abrupta y escabrosa, la calificaste tú. Yo, aún diría más, obscena. Fue un intercambio de mensajes en absoluto de personas adultas. En aquella ocasión brotaron de nuestros interiores dos exacerbados adolescentes que se recriminaron a la cara, como en madrugadas de convivencias o viajes de fin de curso, un sinfín de comportamientos sucios y reprobables.  Nadie me prohibirá nunca estar sola, me remataste. No me siento en absoluto orgulloso de aquello. Por eso quiero restañar la herida, pero tú nada, tú te cobijas en una ‘congregación’ de almas generosas que sólo quieren ayudarte. O eso dicen ellos. Pero ten cuidado, en mi opinión sólo te ofrecen hojas verdes secas. Se me hizo eterno ese minuto. Cuando te perdí de vista, seguías manipulando tu teléfono a instancias de quien tenías a tu izquierda. ¿Continuabas esperando una llamada? ¿De quién? ¡Qué forzada sonrisa dibujaste! Como si tu mente y tu alma estuvieran a mil leguas de tu ubicación física. Y en ese preciso instante, cuando ya mis ojos te perdían de vista, creí adivinar que izabas el rostro en un ademán de complacencia ante las palabras que acababas de oír de unos de tus falsos protectores. Y fue entonces cuando soñé, indefenso ante tu gesto, que me mirabas unos segundos.

filoso@filoso.gal

23/06/2018
por José María Máiz Togores
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TU PIEL

Quise tocar tu piel con mi aliento.
Me miraste con una desidia propia
del hartazgo que produce en ti
el pulso de un inmaduro envejecido.
Pronuncié mil disculpas
en un torbellino de placeres efímeros
que te recordaron,
lo vi en tu mirada,
nuestro primer encuentro
en aquella destartalada habitación
de la Gran Vía madrileña.
De ti todo me excita,
dije en aquella ocasión,
desde el largo túnel
de tu calculada ambigüedad
hasta el reflejo que provoca tu pecho
cuando se desmorona sobre mi frente
al son de una vertiginosa melodía
de cuerpos embriagados.

filoso@filoso.gal

16/06/2018
por José María Máiz Togores
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A FOLLA

Caeu a folla das miñas mans
nun chan cheo de soidades.
Quixen collela,
pero un raparigo de pelos louros
saíu correndo
con ela
sen saber que era iso.
Dende lonxe
vin que facía un avión
e que, cunha inxenua enerxía,
pelexaba porque voara
polo novo ceo da súa idade.
Imposíbel.
E botou a folla nunha papeleira
chea de encostrados relembros.
A xuventude
non entende que unha vida
chea de recordos
pesa máis
que calquera forza milagrenta.

filoso@filoso.gal