“Querer sin condiciones”

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Convertir el amor y el cariño de nuestros seres queridos en algo que tenemos que ganarnos como si de un trofeo se tratase puede llegar a convertirse a la larga en un auténtico conflicto. Como adultos, nos pasamos la vida intentando agradar a las demás personas, viviendo una vida acorde a lo que los demás esperan de nosotros, buscando cumplir las expectativas de los demás en busca del amor y la aprobación que sentimos que necesitamos o nos gustaría recibir de aquellas personas a las que queremos o admiramos: padres, hermanos, amigos, compañeros, parejas… Si viajamos a nuestra infancia quizás podamos comprender un poquito mejor una de las razones de este deseo tan humano que nos lleva a comportarnos de una manera determinada en la búsqueda constante de la validación externa de cada una de nuestras acciones.

Y es que cuando ese amor que esperamos y deseamos recibir se nos ofrece a cambio de alguna acción o comportamiento que los demás desean ver en nosotros, se acaba convirtiendo en una especie  de “transacción comercial” en la que se nos valora y aprecia por lo que hacemos y no por lo verdaderamente importante, lo que somos. Es decir, por nuestra esencia más profunda.

Os invito a hacer un pequeño viaje al pasado y que pensemos en ¿cuántas veces habremos escuchado en nuestro entorno más directo o indirecto frases del estilo “como no te portes bien con tus amiguitos no van a querer jugar contigo”, “cómete toda la comida o sino la abuela ya no te va a querer”, “si nos haces caso, mamá y papá van a estar muy contentos y te van a dar muchos mimos”?, ¿Te resultan familiares?…

Muchas veces, casi sin darnos cuenta, expresamos nuestro afecto y amor como si de un premio se tratase, como si fuese un privilegio que los demás pueden obtener solo si llegan a cumplir nuestras expectativas. De forma casi inconsciente usamos este tipo de expresiones con demasiada frecuencia y, aunque llegamos a hacerlo por supuesto siempre sin ninguna mala intención, las tenemos tan interiorizadas en nuestro programa mental que saltan como si de un mecanismo automático se tratase. Como consecuencia, llenamos nuestras relaciones interpersonales con nuestros seres queridos más próximos de una extraña sensación de no permitirles ser lo que verdaderamente son y basamos esas relaciones en una especie de esfuerzo constante al ir por la vida intentando conseguir ese amor y aceptación en nuestros principales grupos de pertenencia (familia, amigos, pareja, etc.) pagando un precio que quizás sea demasiado alto, puesto que al intentar agradar a los demás para conseguir su cariño, nos olvidamos de lo verdaderamente importante SER nosotros mismos. Sí, nos olvidamos de SER sin mayor pretensión que mostrar a las demás personas nuestra autenticidad y vivir sin miedo a no sentirnos queridos o a ser rechazados.

Si desde pequeños nos enseñaran que querer sin condiciones es amarnos a nosotros mismos y a las demás personas por lo que son y no únicamente por lo que hacen, estoy convencida de que como adultos nuestra exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás no se convertiría en una fuente de sufrimiento constante, como tantísimas veces ocurre con muchos de nosotros. Sin embargo, para aprender a amar sin condiciones es necesario también tener muy presente que nuestros actos y comportamientos no nos definen, por lo que identificarnos con nuestros logros, acciones o pensamientos no solo resulta poco beneficioso para nuestro bienestar diario, sino que también llega a ser algo que carece de utilidad.

Es necesario que reflexionemos sobre el hecho de considerar que un niño es “malo” o “vago” por no encajar en las expectativas de lo que un adulto considera que debería ser un comportamiento “adecuado” a un contexto determinado, o que una persona no es mejor ni peor por no hacer las cosas tal cual nosotros desearíamos que las hiciese o simplemente por hacerlas de una forma distinta a la que nosotros creemos que lo haríamos estando en su lugar. Resulta esencial comprender que nuestro comportamiento está influenciado por una serie de circunstancias internas y externas que en muchísimas ocasiones no podemos llegar a controlar. Por lo tanto, ¿cómo podemos entonces llegar a juzgar con tantísima facilidad y creernos muchas veces poseedores de la verdad universal?

Querer sin condiciones es aceptarnos y aceptar al otro con sus luces y sus sombras porque el verdadero amor nace de querer por lo que se ES. En definitiva, por aquello con lo que realmente conectamos con las personas. Me atrevo a pensar que quizás nuestra sociedad sería un lugar mejor si no olvidásemos con tanta facilidad que el afecto sincero y auténtico no es en absoluto un logro que tenemos que alcanzar, ni un premio que tengamos que ganar, sino todo lo contrario. El cariño y amor verdadero es un regalo que se da porque nace sin esperar nada a cambio y que se hace desde lo más profundo de nuestros corazones dejando fuera nuestros juicios, nuestras expectativas y nuestras pretensiones. Quiérete y quiere SIN CONDICIONES y abrirás las puertas a un aprendizaje que te permitirá redescubrir a las personas que te rodean. Todos y todas nos merecemos recibir y dar amor por lo que realmente somos y no solo por lo que hacemos.


“Donde reina el amor, sobran las leyes”

Platón

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