“Levántate que no fue nada, no seas un llorón”

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“Levántate que no fue nada, no seas un llorón”… ¿Alguien ha oído esta frase alguna vez cuando era pequeño? Me atrevería a vaticinar que más de la mitad de los adultos la hemos escuchado en alguna ocasión siendo niños y, además, me arriesgaría a asegurar que también la hemos dicho alguna vez a un niño siendo adultos. Sí, quizás en un principio nos puede parecer algo habitual, sin mayor relevancia, pero… ¿qué pasaría si el que se cae en el medio de la calle es tu pareja, una amiga o simplemente un desconocido que ya ha alcanzado la mayoría de edad?

Exacto, nos pararíamos o cruzaríamos la calle para preguntarle si está bien o si se ha hecho daño. Es decir, un comportamiento habitual cuando tratamos con adultos. Entonces, ¿por qué no validamos los sentimientos de los niños?, ¿acaso no nos preocupa si se ha hecho daño o están bien cuando se caen? Claro que nos preocupan y mucho, pero normalmente no tenemos el hábito de validar los sentimientos y las necesidades de los niños como, sin embargo, sí hacemos con los adultos. Parece que, desde nuestro rol de padres o educadores, tenemos que quitarle hierro a cómo se pueda sentir un niño ante una pequeña caída, un miedo o una inseguridad. Parece que si no le restamos importancia le estamos enseñando a ser un quejica o los estamos protegiendo en exceso. No obstante, en realidad, lo que les estamos enseñando cuando le tratamos como seres completos y de pleno derecho, igual que lo es un adulto, se llama empatía e inteligencia emocional.

Los niños y niñas no necesitan aprender a ser valientes a través de las palabras que le digamos como adultos, sino mediante el ejemplo que les damos cuando les demostramos que nos preocupa simplemente cómo se sienten, cuando reconocemos su emoción y le otorgamos el derecho a sentirse tristes o disgustados ante un miedo o una simple caída. En definitiva, cuando nos mostramos empáticos con ellos y les permitimos explorar y sentir sus emociones con naturalidad y libertad. Cuando adoptamos esta postura estamos modelando un ejemplo de cómo pueden comportarse con los demás ante una situación parecida para que el otro se sienta bien, le estamos educando para que validen los sentimiento ajenos, para que aprendan a reconocer las emociones propias y las de los demás y, sobre todo, le estamos mostrando respeto. El mismo respeto y la misma comprensión que tenemos cuando el que se cae en la calle es un adulto.

Lo sé, quizás esto es simplemente un ejemplo anecdótico de cómo solemos actuar con los niños, quizás me esté quedando en la parodia o la exageración, pero la verdad es que hay mucho más detrás de todo esto ¿por qué le exigimos tanto a los niños?, ¿por qué como adultos queremos que nuestros hijos o alumnos sepan comportarse siempre de manera “correcta”, que muestren autocontrol, que sepan controlar sus miedos, sus caprichos, etc.? es que acaso nosotros somos capaces de hacerlo el 100% de las veces siendo adultos. No sé vosotros, pero yo al menos no. Yo también tengo miedos irracionales, me enfado a lo largo del día y llamarme loca, pero a veces incluso hasta no me apetece trabajar cuando llego a casa después de 8 horas de jornada laboral.

Claro que tenemos que enseñar a los niños a tener valores, a gestionar sus emociones, a cumplir con sus responsabilidades y a no dejarse superar por sus miedos, pero para ello no tenemos que hacernos siempre los valientes, restarle importancia a sus preocupaciones, castigarlos cuando no se comportan como esperamos. Todo lo contrario, si tenemos el valor de mostrarnos imperfectos como personas humanas que somos, si empatizamos con cómo pueden estar sintiéndose ante una habitación a oscuras o lanzándose por primera vez a una piscina, si validamos sus sentimientos y respetamos sus ritmos de desarrollo y aprendizaje, entonces, sólo entonces, podremos conectar con ellos y enseñarles habilidades de vida que los convierta en adultos sanos, felices y equilibrados.

Los niños son seres completos, seres con los mismos derechos que un adulto. El hecho de que a su edad les falte aún madurez cerebral, cognitiva y social, no quiere decir que no deban ser tratados con el mismo respeto que tratamos a un adulto. Recuerda siempre cómo te hubiese gustado que te trataran a ti en algún momento de tu infancia en el que no te sentiste del todo comprendido. Esa es la clave 😉

Marián Cobelas

www.mariancobelas.com


“Mi padre me dio el mayor regalo que cualquier persona podría darle a otra persona: creía en mí”

Jim Valvano


 

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