6 agosto, 2014
por Miguel Giráldez
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Yukio Mishima (y Ortega)

vestidos-de-nocheEl exquisito tratamiento que Alianza Editorial viene haciendo a la obra del japonés Yukio Mishima (1925-1970) continúa ahora con la publicación de ‘Vestidos de noche’, un viaje al Japón elitista en que, de una manera notablemente irónica, Mishima analiza las relaciones amorosas, pero también la alta sociedad. Mishima es un autor tan controvertido como genial. Mucho se ha escrito sobre el él, sobre todo a raíz de su suicidio ritual, que llevó a cabo el mismo día en que envió la última parte de la tetralogía El mar de la fertilidad (también en Alianza), titulada ‘La corrupción de un ángel’ a su editor, y que se publicaría, como es natural, póstumamente. El ‘seppuku’ de Mishima puso punto final a una vida profundamente literaria, con tantas aristas, con tantas interpretaciones, que resulta imposible definir lo que representó Mishima en apenas unas líneas. Suerte que podemos contar con su obra que, como digo, se encuentra en gran medida publicada, en excelentes versiones, por Alianza Editorial. Este cuidado editorial tan especial para con la obra de Mishima está más que justificado. Nos encontramos ante un personaje singular, importantísimo en la cultura japonesa del siglo XX, que no deja indiferente a nadie. Con una educación especial y elitista, estuvo en contacto con lo más granado de la sociedad nipona, pero, al tiempo, abominó de muchos de sus planteamientos y defendió la vuelta a la pureza, a la tradición, al viejo orgullo. Los textos de Mishima son una piedra angular de la literatura de su país, no sólo por su calidad, a menudo extraordinaria, sino por su significación humana e intelectual. En ‘Vestidos de noche’ no encontramos quizás al Mishima más profundo, ni más existencial, sin al más irónico y también más cercano a la descripción de los usos y costumbres sociales. Mishima escribe con una gran belleza, con un dominio increíble de las situaciones y de los personajes. Aunque una parte de su obra fue alimenticia, sus obras centrales resultan muy relevantes y reveladoras del espíritu humano. ‘Vestidos de noche’ es una novela escrita con gran elegancia, con gran estilo. Una pieza sutil y brillante, que se publicó primero por entregas en la revista ‘Mademoiselle’, a mediados de los años 60. La novela, que habla de matrimonios concertados, con la señora Takigawa de fondo, como gran urdidora de la boda entre su hijo y Ayako, de la fascinación por las fiestas de la alta sociedad, del lenguaje del glamur y la vida regalada. Una mirada al fondo de ese difícil equilibrio entre el Japón más tradicional y el Japón más occidentalizado, un mundo que Mishima conocía muy bien y que aquí, a pesar de la sencillez de la trama, alcanza cotas de gran elegancia literaria. Y ello gracias a la traducción desde el japonés de Carlos Rubio y a la evidente y muy elogiable apuesta de Alianza Editorial por la figura de Mishima. Los ensayos reunidos por José Ortega y Gasset en ‘Meditaciones del Quijote’, que ahora se recuperan en esta magnífica edición conmemorativa del centenario de la obra, publicada conjuntamente por la Residencia de Estudiantes (donde vio la luz originalmente), la Fundación Ortega-Marañón y Alianza Editorial, siguen siendo muy válidos hoy en día. La gran elegancia como ensayista de Ortega esta fuera de toda duda. Ortega es consciente de los cambios que necesita España, pero, como asegura Javier Zamora Bonilla en el estudio que, junto a la edición crítica de José Ramón Carriazo, acompaña esta obra, no pretendía “hace una enmienda a la totalidad de la cultura española”. Sin embargo, es la crisis de la modernidad lo que hace pivotar el pensamiento orteguiano, que halla confortable y dialéctico acomodo en las lecciones de El Quijote. En el momento de empezar la Gran Guerra, Europa había dejado de ser la solución para convertirse, como España, en un problema. La armonía del universo y la armonía interior del hombre deben darse la mano para lograr un cambio verdadero. “Para atajar la crisis había que idear nuevos fundamentos filosóficos”, leemos. Y así lo escribía Manuel Machado sobre Ortega. Quizás habría que pensarlo en esta crisis que también hoy nos acorrala. / JOSE MIGUEL GIRALDEZ

4 junio, 2014
por Miguel Giráldez
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Entrevista con John Banville, premio Príncipe de Asturias de las Letras

Así fue una tarde de conversación literaria, en 2009, en el puerto de Kinsale  (Irlanda) con uno de los más grandes novelistas irlandeses del momento, John Banville, ganador del Booker Prize en 2005 con ‘El mar’, su obra más celebrada. Y ahora, nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Texto: José Miguel A. Giráldez

 

Mi visita a Kinsale, en el sur de Irlanda, no ha dejado de proporcionarme sorpresas. Para empezar, hoy es un día soleado. Algo no muy habitual en estas tierras verdes. En segundo lugar, decir que vienes del norte de España sigue siendo aquí un plus. No en vano, luchamos en este mismo enclave costero contra los ingleses de Mountjoy, en 1602, al lado de los irlandeses. Ha llovido mucho desde eso, es cierto. Y más aquí, donde la lluvia es el fenómeno meteorológico más habitual. Pero siguen habiendo algunos recuerdos del sur,  y no me refiero solamente a The Spaniard Inn, uno de los pubs más celebrados, en Sicilly, una de las zonas de la villa. No lejos, Bantry y Castletownbere mantienen una larga historia de relaciones personales y comerciales con Galicia. Pero de eso hablaremos en otro lugar.

He bajado hasta Kinsale buscando su semana de las artes, la Kinsale Arts Week, una de las más celebradas de la zona. Tiene ya un largo recorrido, y combina el entretenimiento familiar con apariciones de artistas realmente importante. No falta la poesía, que en Irlanda se lee en voz alta en todas partes. Pero no sólo hay poesía. Hay pintura, y teatro, y vanguardias. Y hay juegos y conferencias. Theo Dorgan, por ejemplo, un poeta muy celebrado en el sur de Irlanda, dio ayer un recital a bordo de un barco. Él es un marinero, tiene muchas millas atlánticas a sus espaldas, algunas convertidas en libro, y por eso adora los barcos como escenario. Hay otros lugares en Kinsale donde merece la pena estar: los restaurantes. Al calor de la evolución de la gastronomía en este país, el condado de Cork cuenta con notables innovaciones y chefs muy celebrados. En Kinsale se come muy bien, sobre todo marisco. Esa es la razón, sin duda, por la que, cuando he llegado esta mañana en autobús, he descubierto largas filas de coches atestando el puerto. Arte y comida: qué más se puede pedir. Por supuesto, me he encaminado rápidamente al Fishy, fishy, precisamente en la zona del pequeño puerto, al lado de un pequeño parque. Me lo habían recomendado repetidas veces. El Fishy, fishy es un lugar sin protocolos, pero con un marisco excelente y no muy caro. El seafood chowder, una especie de sopa de marisco muy típica en estos lares, pubs incluidos, es una de las opciones de los locales de Kinsale para ir abriendo boca. Luego, bastará con cualquier delicia del mar. Hay para escoger.

Logré a duras penas una entrada para la lectura pública de la obra de John Banville por él mismo. Esto da una idea de la gran aceptación que en Irlanda tienen los eventos literarios. En realidad he venido por esto. Forma parte, también, de mis trabajos de investigación habituales, que llevo a cabo en el Instituto Universitario de Estudios Irlandeses Amergin, en la Universidade da Coruña. Ya me encontré con Banville en Dublín, en el University College de Belfield, hace dos o tres años. En aquella ocasión apareció por allí incluso Seamus Heaney. Pero en Dublín no hubo mucho tiempo para estar con Banville, que ya para entonces era un novelista de éxito, así que hoy, en Kinsale, espero tener ocasión de hablar con él sobre sus celebradísimas novelas. Banville desciende de un coche rojo a la altura del Auditorio de los Capuchinos, en la parte alta de Kinsale. Me ha costado trabajo encontrar el lugar, desde el que se domina la bahía, llena de vegetación y de árboles que se mecen sobre las aguas del océano. Banville viene impecable, con su traje azul oscuro, pero sin corbata. Hace calor, relativamente, y es escritor se deja fotografiar por todos, yo incluido. Sonrisas antemperadas y mucha relajación. No se trata de uno de esos actos multitudinarios de Dublín, siempre con cierto marchamo comercial (salvo en la Universidad), sino de la aparición del gran escritor irlandés de los últimos quince años en un pequeño y adorable lugar de la costa sur de Irlanda: el viejo e inolvidable Kinsale.

Tengo suerte, porque el lugar es recoleto y acogedor: así que todo está muy cerca. No cabe un alfiler y la gente mira a Banville sin atreverse mucho a hablar. Como maestra de ceremonias una mujer con la que hablaré después. Es la esposa de Aidan Higgins, nada menos, uno de los más grandes novelistas irlandeses de culto, que ahora vive aquí. Ella, Alannah Hopkin es también una autora importante que me habla desde el principio en español. Su primer marido era mexicano y, en consecuencia, conoce bien la lengua, a pesar de que no tiene muchas ocasiones para practicarla. Hubiera deseado hablar con Aidan, desde luego: una de sus novelas más celebradas, Langrishe, el declive, va a ser publicada por fin en español en la editorial andaluza Alfama. Aunque en su día Alfaguara, creo que fue en 1987, sacó a la luz Escenas de un pasado que se aleja. He leído algunas cosas sobre Aidan Higgins: nadie se explica en Irlanda por qué no ha alcanzado una proyección mayor entre los lectores, siendo, como es, uno de los grandes. Pero a veces no hay explicaciones para muchas cosas en el mundo de la literatura. Ni en el mundo en general.

Alannah hace las presentaciones y John Banville se sienta a mi lado. Conoce bien España, desde los años sesenta, y ha visto la evolución del país con ojos atónitos. Ahora viene con frecuencia, porque su obra es muy celebrada y porque, como está considerado uno de los grandes autores de Europa, se traduce prácticamente todo lo que escribe. Pero Banville es cercano y jovial. Está cansado (creo que ha bajado en coche desde Dublin) y no tiene mucho tiempo. Hay un deje irónico en casi todo lo que dice y una tendencia a no querer explicar el origen verdadero de su literatura. Tal vez no lo sepa: nada raro en un autor. Le pregunto por su éxito en España, que es, en realidad, un eco de su éxito en todo el mundo y me contesta, con media sonrisa, que el que verdaderamente tiene éxito en España es Benjamin Black, su alter ego. Banville lleva años compartiendo su vida literaria entre dos nombres. : el suyo y este tal Black. Se lo inventó para salir de su obra y hacer otra más ligera, más en plan novela negra. Y ahora se encuentra con que Black a veces le supera. Ni siquiera quiso disimular. Todo el mundo sabe que Black en Banville, aunque no está muy claro que Banville sea Black, o que quiera serlo. “Escribe muy rápido, de otra forma”, dice. En cambio a John Banville le cuesta mucho escribir una de sus novelas más profundas, siempre minuciosas, delicadas, pobladas de detalles y de una cierta nostalgia. No es el caso de Black, desde luego. “Creo que Irlanda y España tienen muchas cosas en común, una historia oscura y problemática, así que tal vez sus gustos sean parecidos. Ambos países han experimentado una terrible guerra civil en el siglo XX, ambos han conocido la notable presencia de la Iglesia, y un cierto grado de corrupción en la política. Así que creo que ambos países se parecen más de lo que pudiéramos pensar en principio”, comenta, subrayando cuidadosamente las palabras.

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23 abril, 2014
por Miguel Giráldez
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Poniatowska

Y TIENE CARA DE NIÑA, a pesar de los 82 años. Elena Poniatowska llegaba ayer con un vestido rosa tradicional y se hacía retratar rodeada de sus nietos. Ella gesticula con elegancia, dice cosas brutales sobre el mal y la muerte, sobre la mujer obligada a la invisibilidad, pero ay, aún tiene cara de niña: adivino la infancia, ahí mismo, galopando. Todo México galopa en su corazón, el mismo México de vértigo, calle Fuego, donde se fue Gabo, hace unos días. Hubo un temblor del suelo, pero el temblor es más bien literario. O mejor no: es la solidez. Los firmes cimientos. Poniatowska los ha construido. Con Gabo, con los otros. Me encontré a Darío Villanueva una noche en un puente aéreo y me dijo: “se lo hemos dado a Poniatowska”. Era el Biblioteca Breve (Seix Barral), por la excelente Leonora (Carrington, claro). Y hoy, el Cervantes. Lástima que esta semana tan literaria contenga una muerte, la de Gabo, pero ya se sabe que de los escritores se habla en los premios y en los entierros. Cuando hacen un libro, apenas suena algo. Y eso con suerte. A Poniatowska le acompañó hoy una solemnidad que no tiene que ver con su formación, ni con su idea del mundo: apareció menuda, argéntea, dura como boj ante la adversidad, apareció, digo, en el escenario de Alcalá de Henares y contó lo mal que lo pasan algunos. Dedicó el discurso a los que fueron asesinados, empobrecidos, robados, olvidados, enterrados. También Poniatowska se fue construyendo desde el periodismo, como Gabo, y sabe bien el sabor de la calle, y por eso dice que hizo el discurso para los que, por no tener, no tienen ni un burro. Así que hoy, Día del Libro. Ya ven qué cosas. Aún con los ecos del fútbol en las orejas, han brotado las palabras de una periodista en tierra de Cervantes. Una rareza, siendo mujer, tan poco premiadas (solo cuatro), tan ausentes, tan invisibilizadas. Ella es menuda, pero su mirada llena de luz es de hace mucho tiempo: no hay cansancio ahí. Galopa México, un temblor: el temblor de las mujeres grandes. Apareció vestida, como dijo, con ropa de las mujeres de Oaxaca, todo pura tierra, rojo y amarillo chillón, fiesta para lo sentidos, pasión y fuego por vivir, llevando sin sombra de desmayo 82 años de pasión y libertad.

8 marzo, 2014
por Miguel Giráldez
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Leopoldo María Panero

CONOCÍ A MICHI PANERO, gracias a Ricardo Franco. Pero no a Leopoldo María. De él me hablaba Michi aquel día ya lejano, en Compostela, y de la mala estrella. Estaba retirado de la vida: vestía zapatillas de deporte, tal vez un chándal. Comía pistachos, me parece. Con naturalidad te contaba las cosas más terribles. En una habitación de hotel. Pero estaba huyendo de sí mismo. De los Panero. A veces vuelvo a ver ‘El desencanto’, de Chávarri, o ‘Después de tantos años’, de Ricardo Franco, y me tiembla el cuerpo: de emoción y de miedo. Nadie ha narrado así la desesperación, el infinito naufragio. Michi dijo que al final habían abrazado la monstruosidad, quizás impulsados por el sueño de la razón. Creo que amaba a Leopoldo María: era lo que más le importaba, pero no lo creía desvalido. Loco, sí. Leopoldo tenía sólidos argumentos para su locura poética, una furia interior, una belleza terrible. Escribía como un modernista, con esa elegancia. Pero daba dentelladas al aire. Era un dandi perdido para la causa de los cisnes, que bebía cocacola. Una ruina, escribió de sí mismo en algún poema, recordando a Yeats. Michi Panero, descreído, abortaba trascendencias, mientras Leopoldo construía torres hermosas en el aire. Para derribarlas después. Michi me hablaba de su madre, Felicidad Blanc, aquella tarde. El tenía otra percepción de la madre, distinta de la de Leopoldo, me refiero, pero a fin de cuentas, la familia entera había sobrevivido devorando trozos de soledad: Michi decía que no había forma de tratar con Leopoldo. De Juan Luis, no hablaba. En realidad, se desnudaron ante Chávarri y Ricardo Franco: no hay ningún poeta que haya abierto así su alma en canal para una cámara. Ahora ya no queda ninguno. Poco a poco se marchitaron los Panero. Y ahí se queda su casa en Astorga, y se quedarán los pájaros cantando. Son héroes entre tumbas de vanguardia. Leopoldo María se ha muerto ayer, con la etiqueta de maldito. Con el privilegio de haber pilotado con mano temblorosa la nave de los locos. Me hubiera gustado conocerlo, como conocí a Michi, porque ha sido uno de los poetas más grandes del siglo XX y él lo sabía.

29 diciembre, 2013
por Miguel Giráldez
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Coppini

 

In Memoriam

SUPIMOS CON ÉL, que había llegado de fuera, que teníamos una ciudad literaria, de humedades y restos callejeros de los almacenes y las lonjas, un lugar literario de mar y amor. Lo supimos, cuando adorábamos el chocolate con churros, tan conservador, en la tarde vieja. Pero él descubrió la belleza de las paredes desconchadas, los lugares oscuros, los horizontes desolados, las escaleras de piedra bajando uno a uno los círculos infernales de la ciudad. Con la ciudad talló su alma, y entonces la movida se globalizó a su manera, como una actitud, como una repulsa. Y un deseo de romper con la atmósfera desabrida. Desnudó el alma de Vigo y la vistió con nuevos ropajes, dejando de lado el orden tradicional de las cosas. Nunca vio claro que el talento fuese a tener premio, pero, si servía para arreglar la noche, algo se había conseguido. Hoy lo sabemos. El talento ha sido despreciado y ya no son sólo malos tiempos para la lírica, sino malos tiempos en general. Inclasificable, difícil de atrapar, huidizo en sus gustos, Coppini no es solo otro artista de la movida muerto, sino el símbolo de una nostalgia tres veces negada, feroz y enfermiza. Ahí está, cerrando estos días los telediarios: un lugar reservado a los grandes, pero solo cuando se mueren. Ahí están las imágenes de aquellos conciertos comprometidos, que desvelaban nuevas consciencias, que daban la vuelta a la piel herida de la ciudad. Imágenes rebozadas en el fulgor lejano y esquivo de una juventud contra la demolición de los sueños. No sé si en aquellos días de las primeras luces de la democracia estábamos heridos de literatura e idealismo, pero nunca sospechamos que, con el tiempo, acabaríamos hablando mucho más de los banqueros que de los poetas. Coppini nunca estuvo seguro de la posibilidad de abandonar el sudario de la desolación. En la hora triste de su muerte, un día de Navidad lleno de nubes negras y vientos desatados, es fácil confirmar lo que él también sufrió: el desprecio por el talento y el triunfo del oportunismo vacuo. Lástima que estemos así: tanto tiempo y tantas canciones después.

9 diciembre, 2013
por Miguel Giráldez
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La nieve está en mi corazón

 

FOSA

Lo peor del invierno eran los muertos.

Costaba mucho abrir la fosa,

con las heladas.

Al anochecer,

alguien subía al campanario

a hacer el toque

de difuntos.

Y mientras,

ellos cavaban sin hablar.

De vez en cuando,

un trago de orujo,

como un disparo en la boca.

Se agachaban y se alzaban,

la azada en la mano,

el ritmo perfecto,

apartando las piedras

buscando,

en lo profundo.

Alguien creyó ver restos

de muertos antiguos

y madera podrida

de ataúdes,

barcos del inframundo.

Pero todo era para la tierra.

La helada negra hacía difícil la tarea.

A aquellas horas

estarían empezando

a velar

el cadáver

en la sala principal de la casa.

Y habría comida y bebida en la cocina

para los que venían desde lejos.

Debian tener dispuesto el hueco

sin tardanza,

antes de que la noche gélida

cubriese la llanura.

Por la mañana,

el albañil terminaría la faena,

sobre la tierra fresca

y perfumada.

Lo peor del invierno eran los muertos.

Costaba abrir la fosa,

en aquella tierra endurecida

por el frío.

El aliento se condensaba en el aire a cada golpe seco.

Uno fumaba y dejaba caer la ceniza sobre el agujero.

El otro vigilaba la botella.

Pero apenas hablaban.

Y entonces, fue cosa de un segundo,

entre golpe y golpe,

al alzar la azada y detenerse

a contemplar el trabajo realizado:

su mirada se cruzó con los ángeles blancos,

brillando extrañamente,

inmóviles,

y las flores perpetuas,

de plástico,

y el vaso de cristal,

vacío.

Y mugriento.

Allí estaba.

Hacía cinco años que lo habían perdido

sin entender cómo.

No había helada el día del entierro,

sino el eco reciente de la fiesta del verano

y los fuegos artificiales sobre el río

que llenaban la noche

de luz,

cuando lo llevaron

muerto

a casa.

Aquella tarde

se habían ido del cementerio cogidos de la mano,

solos él y ella,

cerrando con cuidado,

sin hablar,

la puerta de hierro oxidado.

23 julio, 2013
por Miguel Giráldez
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Verano con Steve Tesich

Portada de 'Karoo' (Seix Barral)

Empiezo el verano en Madrid. En realidad, ya he vuelto. Han sido algunos días, con ese calor sólido y seco de Madrid que nos sorprende tanto a los norteños, pero que nos reconforta tras tantas humedades. A la caída de la tarde llegaron las tormentas, creciendo más allá de la Casa de Campo. Sobre el asfalto se estiraba una atmósfera de soledades estivales y el suave arrullo de los muchos árboles de Madrid. No es agosto y todavía no se han ido todos. Hay actividad. Mucha: política, por ejemplo. En fin, no entremos en detalles. Me he llevado a Steve Tesich para pasar el duermevela. Es una novela rara y póstuma. Inmediatamente pensé en lo que piensa todo el mundo (bueno, ‘Le Figaro’ lo dijo, copiando mi pensamiento): en Kennedy Toole. La historia de Steve Tesich es, en cierto modo, semejante. Serbio, emigrante a los Estados Unidos, que murió de un ataque al corazón con cincuenta y tres años. En fin. ¿No era lo de Larsson parecido? ¿Se muere uno del corazón si hace buena literatura? ¡Prefiero no probar! Muerto Tesich apareció su gran novela, la póstuma. Pasa, está pasando. Hay más ejemplos. La gente encuentra novelas en el cajón y demonios en el jardín. Leo en la solapa del libro (no lo sabía, esto no) que Doctorow y Arthur Miller elogiaron el texto de ‘Karoo’, que es como se llama la novela. No tuvieron suerte con sus elogios. Ya se sabe qué ocurre con el aprecio intelectual: destroza cualquier cosa. Olvidada, como le ocurrió, sí, a ‘La conjura de los necios’ (necios nunca faltan), ‘Karoo’ empieza hoy a recoger algunos reconocimientos. Acaba de publicarla Seix Barral, en su Biblioteca Formentor, traducida por Javier Calvo. Viene de una tímida edición francesa (los franceses suelen aventurarse con cosas librescas), la de Louverture, y ahora, ya más conocida, va a salir en todas partes. Bueno, pues con eso estoy. Son más de 550 páginas, así que no podré decirles mucho más hasta pasados unos días. Hasta bien avanzado el verano. Sin embargo, coincido con la crítica: ¡sin que sirva de precedente! El libro es extraordinario, cargado de humor. Y hacer humor del bueno es muy difícil. O mejor dicho: el humor ya existe. Está ahí. La cosa es descubrirlo. No conozco nada más incompatible con el éxito que la falta de sentido del humor. Por otro lado, es estupendo para la salud. la de uno y la de los demás. Hay que hacer todo lo posible por evitar la seriedad: la seriedad coercitiva, torpe, inane, inactiva, improductiva y represora. La triste seriedad. Por eso les recomiendo que lean a Seve Tesich. Háganlo. En ‘The Independent’, uno de mis periódicos ingleses favoritos, salió esta frase que ahora repite la publicidad: “Estés leyendo lo que estés leyendo, déjalo. Seguro que no es tan bueno”. Les aseguro que no es propaganda. Es bastante cierto. No deje usted lo que está leyendo si es ‘El Quijote’, sin embargo. También es una obra de humor. Pero no son muchas las que puede hacer sombra a ‘Karoo’. Si no ha oído hablar de ella es porque nadie hablaba de ella. Simplemente. Ni siquiera se conocía muy bien su existencia. Karoo va de guionistas. Aunque va de todos nosotros. Es cáustica, y eso me gusta mucho. En realidad es una de las cosas que más me gustan. El tipo tiene tantos defectos, resulta tan mentiroso y tan obsesivo, que pronto llegas a la conclusión de que se trata de un ejemplar de ser humano de primera magnitud. De todas formas, lo mejor de Tesich es la forma de contar las cosas. Su lenguaje, que en la traducción resiste magníficamente. Si Don Quijote y Sancho somos nosotros, a ratos, Saul Karoo, también. Conviene que nos reconozcamos, porque hay mucha grandeza en la debilidad humana y mucho patetismo en la arrogancia y en la superioridad (también humanas, sí). No todo el mundo tiene la suerte de poseer suficientes defectos como para ser reconocido por ellos. Karoo, los tiene y los explota. Refrésquense este verano con ‘Karoo’. ¡Necesitamos tanto cosas así! Es para refrescarse la neurona, no el cuerpo serrano.

22 julio, 2013
por Miguel Giráldez
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El asno, Apuleyo, El Brujo y la risa

QUE RAFAEL ÁLVAREZ, ‘El Brujo’, grandísimo actor del siglo de oro (que de momento no es este, ya se lo adelanto), mantenga a tres mil personas riéndose de sus ironías y de las de Apuleyo en el Teatro Romano de Mérida es un motivo para la esperanza. La esperanza está en la cultura. Pero también en el humor. Como dice el excelente traductor John Rutherford, nuestro inglés de Ribadeo, el Quijote es lo que es porque combina a la perfección dos cosas: buena literatura y mucha risa. El poder, cualquier poder, suele temer al humor y a los cómicos. Bien lo sabía Fernando Fernán Gómez. Porque es el cómico el que desnuda la verdad, o la mentira, según se mire, el que muestra al emperador desnudo y el que se atreve a decirlo. Apuleyo compuso ‘El asno de oro’ desde una cierta locura narrativa: a pesar de la procacidad de sus contenidos, o precisamente por eso, debería estudiarse a fondo para comprender el alma humana. Volver a los clásicos nunca sobra, por mucho que sea un tópico. Ya sé que la educación, que ha ido eliminado paulatinamente el latín y el griego (gravísimo error), no está para esos trotes. Tampoco aspiro a que Televisión Española lo emita (una televisión que, por cierto, tiene una asombrosa historia teatral). Pero sí me alegra que tres mil personas se rían con El Brujo, que hace alquimia con la palabra. Todo se vuelve de oro, como el asno, en su elegante expresión. Y como cualquier libro que analiza las miserias humanas (y sus gozos, y sus sombras), lo de Apuleyo viene muy al pelo. La misión del humorista sigue siendo la misma de hace dos mil años. La de ir más allá del pensamiento oficial y del pensamiento políticamente correcto, que suele ser lo mismo. Sea Apuleyo o sea Aristófanes, que ponía del hígado a los ridículos biempensantes, reeditar esas maravillas (y no digamos ponerlas sobre las tablas, o las piedras, de Mérida) es algo impagable. Esos textos nos abrirán los ojos, si logramos volver a ellos. Lean ‘El asno de oro’, si quieren leer novela contemporánea

23 mayo, 2013
por Miguel Giráldez
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Con Chirbes

Me encuentro con Rafael Chirbes en el hotel Zenit de A Coruña (uno de mis favoritos). No conocía a Chirbes. Pero siempre he sentido una gran admiración por su obra, y, sobre todo, una curiosidad sin límites por su forma de ver el mundo, y, sobre todo, por su forma de contarlo. Chirbes escribe muy pegado a la realidad. Tanto que casi hace daño. Podríamos decir que es un realista a ultranza, sin concesiones. Cuando Javier Pintor me llamó para anunciarme que Chirbes llegaba a A Coruña, y para preguntarme si me interesaba encontrarme con él, me consideré un privilegiado de inmediato.  (Javier organiza unos encuentros con los lectores en la UNED coruñesa que merecen mucho la pena; y no sólo eso: él es extraordinariamente generoso). No defraudó Chirbes, claro. Es un hombre serio, cercano, diría que tierno. Se dice que no es muy habitual en el los medios de comunicación, pero creo que se debe más bien a su tendencia a permanecer en segundo plano. No es Chirbes de esos que anhelan estar permanentemente en el candelero. O en el candelabro. Pero hablar con él es como navegar un largo río tranquilo. Hablamos mucho, claro, de ‘En la orilla’, la novela que acaba de publicar en Anagrama. Podéis escuchar la entrevista en toda su extensión (el sonido es mejorable, lo sé) en el podcast que aparece en la portada de este periódico. Ahí estará un par de semanas. Hablamos, en efecto, de ‘En la orilla’, que, literalmente, se refiere a la orilla de un pantano. Pero metafóricamente es la orilla de la destrucción, del desánimo, de la caída. Muchos dicen que se trata de la continuación de ‘Crematorio’, o algo así. El propio Chirbes no tiene inconveniente en afirmarlo, más o menos. ‘Crematorio’, que hablaba de la corrupción urbanística en estado puro, me pareció impresionante. La versión televisiva con José Sancho, inconmensurable, la llevó hasta una audiencia aún mayor: Chirbes no tuvo nada que ver en eso, pero se congratula. Ángel Basanta tiene a Chirbes entre los mejores escritores de los últimos años. O de la segunda parte del siglo XX. Yo también creo que estamos hablando de alguien fundamental para nuestras letras. No se lo digo a Rafael, claro, no le voy a decir esas cosas. Pero está entusiasmado con esta visión descarnada del gran desastre económico. La visión de este pantano pútrido, infernal. Dice Chirbes muchas cosas, no se corta, habla con gran lucidez y sencillez de las cosas terribles que nos suceden. La novela sirve de homenaje a los que han perdido. A los que han salido derrotados del envite, a los que han sido devorados por los tiburones. Chirbes es el cronista de este realismo sucio, de esta feroz carnicería. Hablamos de Dos Passos, de Manhattan… Hablamos de cosas que le gustan. Vive solo, baja a hacer la compra. Allá, en Alicante. Le pregunto sobre su vida, incluso sobre su escritura, que ya es más pausada, a su aire. Se ríe, levemente. Me dice que hay mucha mitología. Todo es mitología. Pero la novela es excelente y deberían leerla. Leer a Chirbes, tener a Chirbes, es un emocionante privilegio.

7 abril, 2013
por Miguel Giráldez
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Noemí Sabugal: tiempo de silencio

La escritora leonesa publica ‘Al acecho’ en Algaida, una historia trágica en medio de las oscuridades de 1936

Una entrevista de José Miguel Giráldez

En la penumbra cálida del Hotel Virxe da Cerca, en Compostela, me encuentro con Noemí Sabugal. Mientras, fuera, cae la lluvia pertinaz. Se diría que hace mil días que llueve: sin pausa, sin prisa, con dedicación. Llueve a Dios, que dicen aquí, con ese rigor y ese estilo que hacía muchos inviernos que no veíamos. En la penumbra cálida de este hotel, Noemí Sabugal se refugia del invierno como quien entra en el vientre de un submarino. Esta periodista leonesa (ahora en Diario de León) acaba de publicar Al Acecho, una historia oscura que roza los párpados de la tragedia de 1936. Es en ese instante en el que se desarrolla la trama, negra por más señas, en torno a unas niñas desaparecidas y muertas por una mano asesina. Sus cadáveres, rigurosamente colocados, las manos juntas, la ropa arreglada, no hacen más que intensificar la desazón. Pero esa historia, en realidad, está abrazada por los últimos días de paz en Madrid. El Frente Popular ha ganado las elecciones y hay un perfume de tragedia invadiendo el ambiente. Se percibe la trémula mano de la incertidumbre. Noemí Sabugal ahonda en aquellos días frágiles que la memoria, o los periódicos de la época, conservan con nitidez. Días en los que las amenazas del desastre se mezclaban con anuncios comerciales que prometían pechos más erguidos y duros a las mujeres jóvenes. La belleza se daba la mano con la pobreza y el miedo. La esperanza brotaba entre los pliegues de la oscuridad, pero más tiniebla sería arrojada sobre los más débiles.

Llueve ahí fuera de forma inmisericorde. Un café ante Noemí, que me recuerda días de mi propia infancia leonesa. Y los periódicos. Hablamos de amigos comunes, aunque conocidos en edades distintas. Hablamos, por ejemplo, del gran Alfonso García, alma máter del suplemento cultural Filandón, uno de los grandes periodistas y divulgadores culturales que conozco. Aunque Alfonso es, sobre todo, un hombre en el buen sentido de la palabra bueno. Hablamos de algunas cosas. Noemí Sabugal (Santa Lucía, León, 1979) está envuelta en la penumbra, sonríe con cierta timidez, sin excesos, cuanta lo agradecida que está, lo bien que le ha ido. Finalista del Fernando Quiñones por El asesinato de Sócrates. Premio Cossío de Periodismo en Castilla y León. Y ahora, el Felipe Trigo por esta novela que acaba de ver la luz, y que publica Algaida. En la portada dos niñas desharrapadas (“que podrían ser mis abuelas ahora”) contemplan quizás un bombardeo de fuego sobre la ciudad de Madrid. Le digo que es un libro de colores rojos y negros, de oscuridades, de putrefacciones, de suciedades. Un libro en el que se adivina el aliento fétido de la guerra. Un libro que describe las entrañas humeantes de una ciudad en la que se cuece la gran orgía de la muerte. Le pregunto cómo ella, tan joven, ha podido entrar con tanta verdad en esas humeantes entrañas. “Si hablamos con la gente mayor, y quién no tiene gente mayor, rápidamente entiendes cómo era aquel momento terrible”, explica Noemí Sabugal. “A mí me ha llegado, sobre todo por parte de mi familia asturiana, que en la cuenca minera sufrió una represión importante. Hay que darse cuenta de que mucha gente que ahora tiene una edad avanzada sólo eran niños entonces. No se percataron de lo que supuso la guerra. El final de los progresos, del avance incipiente de la mujer, de tantas cosas. Hoy lo sabemos bien. En realidad, existía en las familias un cierto pacto de silencio, aquellas cosas de las que era mejor no hablar. Cosas que dolían”, cuenta. “Y luego, sí, está la documentación. No me interesaba tanto por la documentación de los hechos como de los ambientes, de la atmósfera. Quería ver cómo se vivía exactamente en cualquiera de aquellos días, y los archivo digitalizados de los periódicos del año 36, que se pueden consultar en la Biblioteca Nacional, te devuelven justo eso: lo que pasaba cada día. Fue para mí una fuente de información muy interesante”, reconoce. “El Heraldo de Madrid, la Época… una revista femenina como La Estampa… o el ABC, que tiene su propio archivo digital: eran algunas de la publicaciones del momento, algunas de las que he consultado. En realidad me interesaban cosas que pueden parecer nimias. Lo que ponían en el cine, lo que costaba, si era refrigerado o no (pues el precio variaba). Me interesaba si el Madrid había jugado, qué reacciones aparecían en los periódicos. Y sobre todo los anuncios. Algunos de esos anuncios se reproducen en las páginas de la novela. Son curiosos, estrafalarios a veces. Con todo lo que se venía encima,  allí estaban, los anuncios de la vida más asombrosamente cotidiana. La vida. Allí estaban la cremas para mujeres, un aparato que, por lo visto, servía para endurecer lo pechos… y ahora nos llama la atención la teletienda…. (ríe). También había bastante publicidad para aumentar el tamaño del pecho, mediante píldoras, etc. Es curioso y tiene una lectura profunda: pensemos que, con la guerra y la dictadura, todo esto cambió radicalmente. La mujer, prácticamente, dejó de tener pechos: ropa hasta el cuello y de la rodilla para abajo. Ya nada de eso tendría sentido. Y así comprendes cómo la apertura de aquel momento, a sólo unos pasos de la guerra, fue realmente importante”, subraya Sabugal. Leer más →