5 junio, 2015
por Miguel Giráldez
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Montero Glez. y la novela quinqui

Llevamos varias entregas de esta sección de crítica literaria (y otras heterodoxias) dedicadas a exponer el asombro que nos produce el advenimiento de otra edad de oro de la novela negra o policial. Ya sabemos que el género es muy extenso y diverso, y que muchos de los autores que trabajan en él no son comparables. El desembarco de Ellroy con Perfidia (Random House) ha removido todas las costuras librescas de los últimos días, y aquí dimos buena cuenta de sus palabras y de su huida del presente. Pero no hay que olvidar que lo negro en literatura sigue funcionando más allá de las modas y las influencias nórdicas. Aunque hay mucho que agradecerle a Stieg Larsson, no son pocos los que prefieren alejarse de las comparaciones. El regreso de Alicia Giménez Bartlett, más allá de Crímenes que no olvidaré (Destino) está a punto de producirse, hemos tenido a Banville hablando de su lado oscuro, Black, y el éxito de Ordenes Sagradas (Alfaguara), entre otros. Y por aquí ha pasado Toni Hill, que, sin hacer mucho ruido, sigue triunfando (DeBolsillo) con su detective Héctor Salgado en plena forma. Frente a clásicos ya consolidados como el buen amigo Lorenzo Silva (siempre presente, en primera fila, en los anaqueles de las novedades), la próxima semana les traeré aquí alguien que Javier Pintor llevaba a A Coruña, a su famosa celebración literaria: me refiero al cacereño Eugenio Fuentes, uno de los autores de novela negra más conocidos en el extranjero, y que también se caracteriza por no hacer excesivo ruido en el panorama literario. También él ha logrado consolidar la figura de un detective con personalidad: Ricardo Cupido. Ahora ha vuelto con Mistralia (Tusquets), en el que se mezclan los intereses empresariales y el ecologismo. Pero, como digo, les hablaré en breve de la entrevista que mantuvimos en directo en El sábado libro.

Sin embargo, lo negro llega a veces desde el lado del delincuente, no desde el lado policial. Analizar los lados más oscuros del ser humano, o las trampas de la vida y del azar está en el ADN de uno de los autores más contundentes y definitivos que tenemos: Montero Glez. Esta semana estuvimos con él para hablar un poco de Talco y Bronce (Algaida) una obra que ha ganado el último Premio Logroño de Novela. Los que conocen al autor madrileño ya saben que es un alma independiente, tanto desde el punto de vista de la literatura como desde su experiencia vital (eso, si ambas experiencias pueden disociarse). Montero Glez. (“mi nombre artístico”, dice, con un poco de sorna) se declara simplemente ‘libertario’. Y a cada paso reivindica la fuerza y la energía derivada de los movimientos populares conocidos como los indignados (15M). Presenta ahora una historia que no duda en llamar novela quinqui. Es una historia dura, a sangre, fuego y carne, desde las cloacas y desde las alcantarillas. La España de los ochenta. La banda del Chuqueli nos ofrece una historia contada como una película en el registro adecuado: Nasti de Plasti, salir de naja, dabuti, fusca, o colorao. Esos son algunos de los vocablos más presentes en la novela. Asaltos, fracasos, jaco, talco, y el inevitable recuerdo de Navajeros o de Deprisa, Deprisa. Todo eso está ahí, amasado con sangre y con lágrimas. La historia de vértigo que nada en el lodo, tanto desde el lado del delincuente como desde el lado de la autoridad, nos estremece: pero así se las gastaban en los arrabales de algunas ciudades. Pongamos que hablamos de Madrid. Montero Glez. domina el escenario, conoció esas malas calles y los caminos de polvo y sangre: “yo no me metía nada, yo no me atrevía con eso. Pero tengo infinitos amigos muertos”, me recuerda.

4 junio, 2015
por Miguel Giráldez
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Perfidia

Trajeron al ‘perro diabólico’, con sus camisas hawaianas. Lo trajeron y él se depositó en un sillón del Hotel Virxe da Cerca, en Compostela, como si no se hubiera movido de L.A. Pedía agua con gas. En unos días, James Ellroy estuvo en varios lugares, incluso, estoy por creerlo, al mismo tiempo. Esto pasa si eres de Los Angeles. No puedes permitirte el lujo de estar en un solo lugar, faltarías a citas, te echarían de menos en alguna punta de la ciudad. Desplegarse, desmaterializarse. Ahí está el secreto. Y Ellroy es mucho Ellroy para no poder hacerlo. Le sobra cuerpo. Le saludo a la americana, desde atrás, sin llegar a vernos aún: una especie de ‘give me 5’. La cosa va bien, tíos. Va bien, veo su camisa hawaiana. Todos estamos muy domésticos, este hotel es doméstico para mí. He entrevistado a muchos más escritores aquí de los que puedo recordar. ‘Hola buenas tardes amigo’. Ellroy habla español a veces, cuando le parece. Me asegura que hace cuarenta años se le daba bien. Dice mucho “arriba”, y también “abajo”. Suelta, con una voz que podría venir de un campamento de instrucción: ¡Santiaaagoo…. Arribaaa!. Y no se ríe ni un ápice. Junta las manos. Creo que está algo incómodo, que querría terminar, sin empezar. Va a contarme que ‘Perfidia’, además de una canción inolvidable, es el título en castellano, o en mexicano, de esta novela de casi ochocientas páginas que publica Random House. Va a contarme que acaba de comenzar un nuevo cuarteto de L.A. Que la historia va hacia atrás. Va a contarme que se aleja del presente porque el presente no le interesa nada. Nada. Junta las manos. No está arrellanado en el sillón, sino que, aparentemente, está repantingado: está lejos de Los Angeles, pero quiere volver a su escenario. Si pudiera, volvería ahora mismo. Se lo dijo a Xurxo Fernández el otro día: “aquí me parece que estoy en el interior de un castillo medieval”. Sé que no le gusta la Edad Media porque allí no había coches. Cuando, al final de la entrevista, su cuerpo empieza a agitarse mucho más de lo normal, cuando levanta la mano y clama al cielo, “¡Gaaaaasolina! ¡Gaaaasolina!”, entonces sé que no va contarme las andanzas de un caballero de lanza en ristre, sino que lo suyo está indefectiblemente unido a una época, a un olor, a un ruido: y qué diablos, ahora caigo que eso mismo le ocurría a Gabo. Los Angeles es el lugar fundacional de Ellroy. He ahí el flujo de sangre sin el que no puede vivir. He ahí los huesos de Los Ángeles. Gasolina, tabaco, velocidad, calor. Y, sin embargo, tanta desesperanza. 

Le digo si la historia de hoy se parece en algo a ese diciembre de 1941, el año en el que trascurre la novela. No me refiero a la maldita guerra, sino a los equilibrios internacionales, a eso que se llama el péndulo. Le digo si la historia va y viene, si puede repetirse. Me ira, tan serio como convencido de estar por encima de esas cosas de los periodistas. Me dice lo que espero. “No discuto bajo ninguna circunstancia de política. Lo que ocurre hoy no me interesa. No me interesa el presente, no tengo opiniones que ofrecer”. Es su discurso, sí. Me pregunto si es verdad. Me pregunto si simplemente ha encontrado mucho más práctico y cómodo no decir nada. No decir nada más, porque algo ha dicho, alguna vez. “Lo único en lo que se parece a la realidad es que en mi imaginación febril, esto sucede en [23 días] de diciembre de 1941.

2 junio, 2015
por Miguel Giráldez
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Con John Banville, en A Coruña

John Banville y Miguel Giráldez en 2015John Banville, invitado de lujo este año en el Ágora (Festival A Coruña Mayúscula), llega al hall del hotel Hesperia, en Juan Flórez, con su acostumbrado aspecto de hombre anónimo, aunque esté muy lejos de serlo. Como detective, podría pasar desapercibido. Una chaqueta azul, creo recordar. ¿O era gris? Pero me doy cuenta de que debo mirar las fotografías que pacientemente nos hace Eri, sin perder la sonrisa, para confirmarlo. Nos encontramos por segunda vez, y, aparentemente, se da cuenta. “¿No nos hemos visto antes?”, me dice, mientras toma asiento. Tal vez estas cosas suceden cuando estás muy acostumbrado a escudriñar todos los detalles de la realidad. Cuando escribes novela policíaca. Tal vez. “Claro que nos hemos visto antes”, le digo, mientras él degusta con delectación infinita un vino de oro: la copa viaja por el aire como un bajel preñado de ánforas. “Te entrevisté en Kinsale hace unos cuatro años: siempre lo voy contando por ahí”, replico, ufano. “¡Eso es, eso es!”, concede con un tono menor, con su lenguaje elegante (también cuando habla, sí), elaborado ahora con una memoria que viene cabalgando desde un verano irlandés, si tal cosa existe, la estación del año que menos le gusta a John Banville.

 Las frases están envueltas en oro y en el azul de la mañana. Hacemos una breve referencia a su éxito en España, donde viene cada vez más a menudo (hablamos del Premio Leteo, en León, por ejemplo, o de su próxima visita a San Jordi): “es que en España soy más popular que Irlanda”, dice con cierta sorna, con un leve aire provocador, pero convencido. Da un trago largo al albariño de oro. Hablamos: “dijiste John, en el breve discurso de aceptación de los premios Príncipe de Asturias que nuestra mayor invención es la frase. Que incluso los aztecas, que al parecer no conocieron la rueda, construyeron una gran civilización gracias a que sí conocían el lenguaje. Y que toda tu vida ha consistido en eso. En construir frases para que todo pudiera existir alrededor”.
Banville se piensa un poco las respuestas, aunque las conoce. En su expresión se mezcla la seriedad y el silencioso buen hacer del editor literario de The Irish Times que fue un día, cuando nadie le conocía aún, cuando impregnaba sus manos aquel perfume de la tinta, aquel viejo periodismo que ya no existe, y esa luz que un día se instaló en su vida, la luz de las historias. “Claro que pienso que la frase es la más milagrosa de las invenciones del ser humano. Somos animales, pero inventamos la comunicación, somos capaces de transmitir las nociones más sutiles: eso es algo extraordinario, ¿no crees?”, dice. “¿Esa luz, la que acompaña al escritor, viene de tantas frases reconstruidas, de tantas líneas de periódico corregidas y domadas, como fierecillas, durante años?”, le digo. “Oh, no, no. Nada que ver. Algo habrá ayudado, pero yo prefiero decir que editaba textos, no que los corregía”, replica con un guiño. “Pero desde muy pequeño hacíamos pastiches de Joyce… siempre querías ser Joyce. Cuando tenía trece años, quería escribir Dublineses. Así es como empecé. Fue un momento de revelación y yo era muy joven. Y luego, ya ves, he estado medio siglo practicando todo eso (risas). Ahora, con respecto a lo que dices, creo que cualquiera que tiene la ambición de ser escritor debe saber que necesita un largo entrenamiento. Es necesario conocer todos los aspectos del lenguaje, aprender a buscar lo esencial… la ambigüedad es lo esencial”.
Hablamos, claro, de Joyce. Es una referencia inevitable en Irlanda, quién lo duda, aunque John Banville se encuentra más cerca de otros nombres. “Me acuerdo cuando compré la primera edición de Ulises, fue en los setenta. Porque ya sabes que este libro nunca estuvo prohibido en Irlanda, nunca, pero no era nada fácil adquirirlo. Compré la primera copia en Liverpool, donde tenía una novia a la que iba a ver en Navidades… en fin. Y mi novia rompió conmigo aquella Nochebuena…” Sobre la mesa, envueltos en los reflejos que envía la copa de vino dorado, descansan tres libros que he traído, más que nada por hacerlos testigos mudos de la conversación: The Sea, The Infinities y (éste en español) La rubia de ojos negros (Alfaguara), una de sus más recientes novelas negras, homenaje a Philip Marlow, y firmada, claro es, como Benjamin Black. Funciona tenerlos ahí, como si se tratara de un raro fetichismo, porque Banville los mira o los vigila de vez en cuando, siendo, como son, hijos suyos. The Infinities reluce en la modesta edición de Picador: sé que es su libro favorito, entre todos los suyos, y de hecho voy a preguntárselo dentro de unos minutos. Luego lo veréis.
“Henry James es el gran nombre del modernismo, el hombre que llevó hasta ahí la novela victoriana”, dice, con su voz baja pero firme, John Banville. “Y Yeats es el gran poeta del siglo en Irlanda, desde luego. Pero no creo que sea esa sombra que aún se proyecta sobre los poetas irlandeses contemporáneos. Creo que es más bien Seamus Heaney“. Y hablamos entonces del poeta de Mossbawn, del autor milagroso de Muerte de un naturalista. “Lo echo de menos”, dice de pronto. Hablamos de cuanto conocimos de él, de su relación con Coruña, y con su Universidad, y de su pasión por Galicia, cuya costa recorrió alguna vez (aunque no tanto, es cierto, como la costa de Asturias). “Seamus fue uno de los más grandes, pero sí, tal vez Yeats, con toda esa biografía, es todavía hoy el más grande de todos”.
No podemos escuchar el mar, con el bullicio del mediodía. Pero está ahí, a pocos metros, y a Banville le hubiera gustado quedarse unos días para recorrerlo. El mar es el título de su novela icónica, esa en la que se reconoce su prosa lírica, la profundidad de sus palabras. Banville no desaprovecha la ocasión para sus ironías: “en realidad, mucha gente piensa que es la única novela que he escrito…”, dice. “Tuvo el Booker Prize, y ya sabes lo que pasa con eso. Me hizo popular, construyó mi reputación. Pero no creo que sea mi mejor novela”. Y entonces le muestro The Infinities, en la modesta edición de Picador, aunque hace tiempo que sabe que está ahí, sobre la mesa. “Este es tu mejor libro, ¿no? Lo has dicho en alguna parte”, pregunto. “Sí, lo es”, responde sin dudarlo. “Creo que en él está lo que siempre he querido hacer, o casi… lo hice con un espíritu ligero, alegre… Es un libro sobre la extrañeza de la vida, sobre las dificultades de la vida…”. Una historia que, como es conocido, utiliza como base la obra Amphitrion, de Heinrich Von Kleist donde, señala Banville, lo más burlesco de Shakespeare se mezcla con el drama de origen griego. Le pregunto si los dioses, los viejos dioses irlandeses y los mediterráneos, los dioses azules y cálidos, a veces terribles, están aún presentes en nuestras vidas cotidianas. “Claro. Nosotros los irlandeses somos la gente mediterránea del Atlántico. Me gustaría mucho que los viejos dioses estuvieran aún entre nosotros, y, de hecho, lo deseo. Verás, creo que el paganismo es maravilloso, mi madre tenía sus santos, pero era muy pagana. Hay un dios para cada cosa en el mundo clásico, qué más se puede pedir. Los griegos inventaron un sistema fascinante. Yo siento que todos esos dioses están aquí: tenemos que inventarlos cada día, porque los necesitamos. Y porque ellos nos necesitan a nosotros”, concluye.

2 junio, 2015
por Miguel Giráldez
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Los ‘Rubayat’, viaje al misticismo y al amor de Rumi, cumbre de la poesía sufí

rubayatLa proclamación de Clara Janés como nueva académica de la lengua en muy recientes fechas nos permite recordar ahora, de la mano de Alianza Editorial, su extraordinaria labor literaria, también como traductora. Hay en Clara Janés una gran voluntad de disfrute del lenguaje, de pasión por las palabras: y bien se advierte en las traducciones de los Rubayat de Rumi y El libro de los reyes de Firdusi, que, en colaboración ambas con Ahmad Taherí, aparecen ahora de nuevo en Alianza Editorial (El libro de bolsillo). No se engañen con la apariencia modesta de estas publicaciones, porque se trata, como todos los títulos de bolsillo de Alianza, de joyas imprescindibles. Regresar a la calidez y el misticismo de la poesía sufí de Rumi (1207-1273) es más que recomendable en estos días difíciles. Masnaví, como se le llamaba, no sólo es un maestro literario, sino un místico de gran importancia en su tiempo. La música y la danza se convirtieron pronto en su medio de expresión, con la creación de la llamada danza de los derviches giróvagos, composiciones, como las poéticas, compuestas  en trance místico. La selección que nos ofrece Alianza Editorial cuenta con un prólogo extraordinario de la propia Clara Janés que, a buen seguro, servirá al lector para comprender adecuadamente ante qué tipo de composiciones poéticas  se encuentra. Muy difíciles de traducir, nos advierte Janés, porque la estrofa es muy compleja y Rumi se complace en la aliteración y en las rimas interiores, lo cual dificulta enormemente la labor del traductor. Aún así, se trata de un viaje maravilloso hacia el amor, hacia la trascendencia, con un profundo sentido docente en unos versos que también hablan de la enseñanza, vital en la vida de Rumi. La palabra, desde una visión religiosa, es para Rumi la verdadera esencia, lo que convierte sus poemas en bellos artefactos que extraen toda la belleza y pureza de los vocablos. “La raíz de todas  las cosas se halla en el habla y las palabras”, dejó escrito en ‘El libro del interior’. Extraordinaria experiencia.

17 marzo, 2015
por Miguel Giráldez
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Huesos de Cervantes

Estamos en esa pasión de la búsqueda cervantina, reivindicando los huesos de los antepasados. No son los huesos, sino las letras de Cervantes lo que podemos leer con más claridad. Pero los huesos cervantinos tienen ese fetichismo que está tan de moda, empezando por las series de televisión, y además podrían crear una industria cultural a la manera inglesa. Los turistas van a los sepulcros de los escritores con mucha devoción literaria. De Shakespeare, ya dijimos aquí, han hecho toda una leyenda, parte ficción y parte realidad, pero lo que importa es que sus obras siguen arrasando en los escenarios. A Cervantes lo reinventamos cada poco, y eso que no ha habido manera humana de hacerlo televisivo (un poco más, cinematográfico), que es lo que da popularidad a los escritores. Cervantes resulta hoy ‘fashion’ total por el tema de sus huesos encontrados al fin, confundidos quizás entre otros muchos en esas catas del convento, de tal forma que tenemos un suspense literario varios siglos después, una cierta confusión de historias, muy cervantesca. A veces interesa no saberlo todo de los grandes hombres. Ni de las grandes mujeres. Raúl del Pozo reivindicaba el otro día a una Teresa de Jesús feminista, ardiente, imaginativa, adelantada a su tiempo e incluso al nuestro, poblada de pasiones humanas y divinas, irrefrenable en su grandeza. Es su V Centenario. Seguimos destapando a los más grandes de las letras, que yacían un poco dormidos. A cambio, el olvido casi total de los escritores contemporáneos. Y la muerte del humanismo por inanición. Quizás los clásicos ayuden a poner en valor las letras que hayan de ver los tiempos presentes, y aún los venideros. El morbo de Cervantes está en lo que no sabemos y el de Santa Teresa en lo que sí sabemos. La televisión le dedicará, supongo, algunas cosas, porque esta mujer quijotesca da para mucho. Que los huesos de escritor o de santo vengan a reivindicar pasadas grandezas para apurar el cáliz del presente no me parece mal. Aunque sea profundizando en las tumbas, será bueno encontrar algo que ayude a combatir la grisura, el muermo y la superficialidad. Somos quijotes hasta la médula.

13 octubre, 2014
por Miguel Giráldez
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Gioconda Belli, viaje hacia el erotismo de la edad madura

El intenso calor de la luna. Seix Barral (Biblioteca Breve). 2014. 317 págs. 18.50 €,

 

belli_el_intenso_calor_de_la_luna[1]La novela, El intenso calor de la luna, arranca con un accidente fortuito. Emma, embebida en sus pensamientos (lleva días preocupada porque cree que ha entrado definitivamente en la menopausia) atropella con su furgoneta a Ernesto, un ebanista: Margarita, amiga de Ernesto, contempla la escena desde el otro lado de la calle. El incidente termina con Ernesto herido y conducido al hospital. Entra en escena un cuarto personaje, Fernando, el marido de Emma, algo frío y distante: un médico. Este incidente provocará una catarata de cambios en la vida de todas estas personas. La propuesta de Gioconda Belli es extraordinariamente atractiva. No sólo habla de las consecuencias que un simple suceso puede tener en nuestras vidas, sino que descarga sobre nosotros toda la energía de una prosa limpia, directa, serena, una prosa que bascula inteligentemente entre dos tiempos verbales, el pasado y el presente, este último, el más
abundante, con el objetivo de hacernos partícipes presenciales no sólo de la trama, sino de los pensamientos, de las obsesiones, de los miedos. La novela es sobre el aquí y el ahora: el momento del cambio, la liberación, la nueva juventud. Emma no se desprende nunca de la herencia flaubertiana que le da su nombre: siente la necesidad de librarse de las viejas ataduras domésticas, ahora que los hijos han abandonado el hogar. Es tiempo de ser lo que nunca pudo ser. Es tiempo de atrapar la felicidad, de olvidar las renuncias. Belli cree que en la vida suceden cosas fortuitas que nos cambian, cosas que de pronto nos ayudan a descubrir algo con lo que ya no contábamos. Habla de su experiencia de la revolución nicaragüense, que está presente en la atmósfera del libro. Habla de su país, volcánico, tormentoso, lacustre, deseoso de encontrar la felicidad: un país entre la dulzura del agua y el ardor del fuego. Pero, sobre todo, El intenso calor de la luna es una hermosa novela sobre la mujer y la liberación de los determinismos biológicos. He aquí una exploración del cuerpo femenino, de las barreras que la mujer ha de superar, de los tabús que ha de derribar. Una novela sobre la búsqueda de la vida, del sexo, de la pasión, cuando ya parece que nada importa. Los grandes temas de Gioconda Belli florecen aquí, con un gran peso de los elementos autobiográficos. Es un conjuro contra la visión negativa de la menopausia, tratada por fin con valentía, sin eufemismos. Pero la familia, el delicado tejido doméstico, también es cuestionado y analizado. Una novela con el pulso exacto, con el exacto temblor, que busca la celebración de la vida y el gozo de una madurez liberada. /J.M. GIRÁLDEZ

3 octubre, 2014
por Miguel Giráldez
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El genio temprano de Yasunari Kawabata

 

La pandilla de Asakusa. Seix Barral, 2014. 289 págs. 18.90 €.

UNA OBRA TEMPRANA E IMPRESCINDIBLE DEL PRIMER PREMIO NOBEL JAPONÉS (1968)

la-pandilla-de-asakusaEs curiosa la peripecia de esta temprana novela de Yasunari Kawabata, escrita en 1930, ya que no vio la luz en español hasta 2008, gracias a la traducción desde el inglés de Mariano Dupont, publicada en Buenos Aires por Emecé. Esa misma traducción es la recogida ahora por Seix Barral, con el magnífico prólogo de Donald Richie, buen conocedor de Kawabata y del cine de ese país, y, en general, del mundo japonés (y fallecido, por cierto, el año pasado). De esta forma, La pandilla de Asakusa deja por fin de ser inédita en España, algo muy necesario, en nuestra opinión, pues estamos hablando de un autor suficientemente conocido, nada menos que el primer premio Nobel japonés. De hecho, cuando esta novela, bastante experimental, se publicó en los años treinta, Kawabata ya era un autor celebrado, gracias al éxito de su primera obra, La bailarina de Izu. ¡Y esa obra se tradujo al español en 1969!

Con esta magnífica recuperación editorial, Seix Barral ayuda a completar la figura del gran autor nipón, mentor de Mishima, y, de paso, nos transporta a unos inicios en los que aún no estaba claro el camino a tomar por parte del escritor, en un momento en el que la influencia del modernismo europeo estaba presente (y de todo el experimentalismo en general, a través de la escuela de la Nueva percepción), con sus lecturas de Joyce y, presumiblemente, de Virginia Woolf. He aquí un instante de duda, en el que se muestra que la fascinación por occidente y la modernización de Japón entran en permanente colisión con el fervor por el Japón tradicional y la infuencia del período Edo. La pandilla de Asakusa ofrece al lector un texto sorprendente, lleno de sensaciones y percepciones de un barrio de Tokio, floreciente en la preguerra, pero que, a partir de los años 40, fue perdiendo su aire “vibrante y sexy”. Un barrio donde se agitaba una visión del mundo diferente, donde el erotismo, la prostitución, el amor libre, el intercambio cultural y una libertad salvaje se abrían camino, porque allí “los deseos bailan desnudos”. Kawabata presenta aquel mundo como un escenario en el que se agitan personajes diversos, seres que aparecen y desaparecen a través de una narración fragmentaria y bellísima, una narración que experimenta con técnicas que recuerdan al cine. Perderse a este gran Kawabata me parecería un grave pecado.

1 octubre, 2014
por Miguel Giráldez
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En conversación con Rosa Montero (sobre la vida y la muerte)

LARGO ENCUENTRO CON LA ESCRITORA JUNTO AL MAR. UNA REFLEXIÓN, DE LA MANO DE LOS DIARIOS DE MARIE CURIE, SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE EN UNA NOVELA QUE SOBREVUELA LA PÉRDIDA DE LO AMADO: ‘LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE’ (SEIX BARRAL)

Texto: José Miguel Giráldez

En la cafetería hay esa extraña quietud de la hora de la siesta, una quietud a la que se une el mar, al otro lado del cristal. Rosa Montero dejó en internet una foto desde la ventana de su habitación, como últimamente solía, y un mensaje divertido: “hace un rato ha pasado un señor volando”. El kitesurfing se ha puesto muy de moda. No tengo que esperar, porque Rosa ya está allí. La última vez que hablamos, por teléfono, con motivo de la publicación de Lagrimas en la lluvia, acababa de perder a su compañero de toda la vida, un golpe duro que ella ha exorcizado con la serenidad de lo cotidiano, con un cambio de casa hacia el centro de Madrid, y con la presencia de los recuerdos hermosos. Ahora ha viajado mucho, se ha reconstruido a trocitos, con la paciencia de quien vuelve a ser después de haberse quedan un instante detenida por la fragilidad de la existencia, pero, con el poder de su conexión con la tierra, con los seres vivos, ha regresado hace ya algunos meses con un libro que supone una reflexión pausada, profunda, delicada, de su vida en pareja y de la pérdida de lo que se ama, ‘La ridícula idea de no volver a verte’ (Seix Barral). Rosa se ríe con la misma fuerza y verdad que el océano, habla de las cosas más tremendas y más maravillosas con la misma sencillez y naturalidad con la que da sorbos al café.

Le digo que el libro no es una novela y lo confirma. “No, no se sabe muy bien qué es. Creo que es un ensayo narrativo, o algo así. Lo que sucedió es que Elena Ramírez, mi editora en Seix Barral, me mandó un día el diario de duelo de Marie Curie, apenas veintiocho páginas. Lo había escrito tras la muerte de Pierre, que fue atropellado por coche de caballos y murió en el acto. Marie escribió entonces ese diario, realmente desgarrador, y Elena me pidió que hiciera un prólogo. Bueno, pues el diario me estalló en la cabeza. No pude cumplir el encargo, pero me enfrasqué en el personaje, al que ya había tratado anteriormente en ‘Historias de mujeres’. Creí que lo conocía bien, pero pronto descubrí que no era así en absoluto. Porque lo que sabemos de Marie Curie es puramente convencional. Y, sin embargo, tuvo una vida alucinante. Yo estaba en una especie de umbral, en eso que yo llamo ‘momento gozne’, y no paraba de darle vueltas a todo. Y al leer la biografía de Marie Curie, sus diarios, vi que podía utilizar esa vida extraordinaria para reflejar en ella mis propias reflexiones”.

 “Está claro que todo lo que escribes simboliza algo de tu subconsciente”, explica Rosa Montero. “Hay cosas que ni siquiera sabe uno qué son, pero están ahí, en las palabras. Sin embargo, yo no suelo hablar de mi vida, ni de mis experiencias, salvo, claro, aquí, en este libro. Aquí no he podido ser de otra manera”. Rosa Montero cree que la gran ventaja de la novela está justamente en la posibilidad de alejarse, de contar cosas imaginadas y distintas a las que a uno le suceden. Eso estaba haciendo en ‘Lágrimas en la lluvia’, su novela anterior, cuando Pablo [Lizcano] enfermó. “Esa novela era juguetona, estaba llena de esperanza. Y por un momento temí que se rompería su espíritu, porque empecé a escribirla antes de la enfermedad de Pablo, continúe, a trancas y barrancas como puedes imaginar, mientras estuvo mal, y la terminé cuando él ya nos había dejado: creo que conseguí mantener el tipo. Así que toda la emoción y la dureza de aquellos días estaban ya ahí, algo impregnó aquel texto; pero yo quería hacer algo distinto, algo sobre la experiencia de la pérdida, y eso es ‘La ridícula idea de no volver a verte’.

Hablamos de la enorme presencia de la vida y de la muerte en este libro. Hablamos de que es un libro, sobre todo, en torno a la muerte, sus paradojas, sus inconsistencias, sus fragilidades, sus caprichos, y su inevitable verdad. Pero Rosa niega que ‘La ridícula idea…’ sea un libro oscuro. “Yo creo que es un libro sobre la vida. Y sobre el aprendizaje sobre la plenitud de la vida. Y sobre la serenidad. Fíjate que esa palabra no está en el libro, me di cuenta después de publicarlo, y, sin embargo, es justo lo que yo estaba buscando cuando lo escribí. Serenidad, eso es. Lo que ocurre es que no puedes vivir con serenidad si no llegas a cierto acuerdo con la muerte. Con tu propia muerte y con la de los seres que te rodean. Se escribe para aprender, no para enseñar. Yo estoy de acuerdo contigo de que hay un cierto alivio en el libro, un alivio que se desprende de sus páginas, me gusta esa idea… Verás, me escribe mucha gente, siempre me escriben, pero esta vez más, y nunca había tenido la sensación que tengo con ‘La ridícula idea…’, nunca me había pasado antes nada así. Lo llamativo y lo importante no es que me escriban, ni que me escriban sobre sus duelos y sus muertes cercanas. Lo llamativo es que todas esas cartas cuentan historias preciosas, celebrando la vida y el amor. Yo las estoy guardando, porque creo que debería hacerse un libro con esas historias: no un libro mío, claro, sino de los que han sido capaces de plasmar algo tan maravilloso. Así que me siento muy feliz de que este libro haya podido contribuir a transformar una parte de su dolor en belleza”, explica con entusiasmo.  

Rosa Montero cree en la reinvención, no en la recuperación. “La gente se acerca y te dice: tienes que recuperarte, superarlo. Ya sabes, esas cosas que siempre se dicen en estos casos. Pero cuando tenemos ciertos años, sabemos que todos vivimos varias vidas. Yo creo que voy por la tercera”, dice sonriendo. “Parece ser que ya no tenemos ni una célula de las que teníamos hace treinta años, que se han renovado todas. Tengo muy claro que la vida pasada está acabada para siempre. Pero creo que sí podemos reinventarnos. Eso sí lo creo. Y eso intento. Reinventarse significa que vives una nueva vida, y que puedes incluso lograr que sea más feliz que las anteriores. Esa capacidad es la que se reivindica en este libro, así que no se trata de una historia de despedidas, ni mucho menos”.

Lo que parece claro es que Rosa quedó pronto subyugada por el personaje de Marie Curie, al que no conocía suficientemente. Cuenta que hay muchas razones por las que ha ido creciendo su interés por ella. Y concluye que, sin duda, se identifica plenamente con muchos aspectos de la personalidad de la científica. “Ahora investigué bastante sobre Marie Curie. Curie fue una pionera en todo, pero lo que me fascina de verdad de ella es su voluntad. Su decisión. Su capacidad. Era prácticamente imposible que en su época hiciera lo hizo, y lo consiguió. A un precio muy alto, sí, pero fue capaz de hacerlo. Esa voluntad puede interpretarse como algo feminista, porque no se rindió. Las mujeres, cuando son presionadas, se rinden demasiadas veces… pero ella no, ella no se rendía nunca. Creo que era obsesiva, más de lo que puedo serlo yo. Y soy muy obsesiva, porque todos los novelistas los somos. Me separan grandes distancias de un genio como era ella, desde luego, pero, en un nivel muy inferior, me veo cercana a su forma de ser. Soy obsesiva y tenaz, y ella lo es. Me identifico con su mezcla entre fragilidad y tenacidad. Y también con su mezcla entre lo racional y lo apasionado. En realidad, mucha gente podría identificarse con ella: los hombres también”, dice.

Y luego están las fotos. El libro tiene fotos llenas de significado, de intenciones, de memoria. No son fotos convencionales. “Hay una larga historia con ellas, porque no fue fácil publicarlas todas, por cuestiones de derechos, etc. Pero había algunas que yo quería, por encima de todo, y las quería allí, en una página concreta. Hay fotos que encierran historias muy profundas, y quisieras tener a los que salen en ellas para preguntarles cosas. O para preguntarles cómo fue aquel día, el día en que la foto se tomó. Me pasa con Pablo. Claro que ya no están para preguntarles. A veces te gustaría tener del todo en la memoria al ser perdido. Pero en fin, nada de eso es posible. La vida es un proceso de construcción continua, y también de destrucción. No paramos de construirnos jamás, y nos construye todo, lo grande y lo más pequeño. Y nos destruimos todo el rato también”, concluye.

6 agosto, 2014
por Miguel Giráldez
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Enrique Vila-Matas invita a su lógica

vila matas kassel[1]Sobre la calle, las disimuladas fauces del cine Gloria dejan caer un líquido amarillo, una luz líquida que se expande sobre el asfalto, como si fuera el amarillo de los locos. Pero a pesar de todo, esa luz tiene algo de confortable. Ilumina los viejos recuerdos, ilumina la oscuridad del pasado que, se quiera o no, late en el corazón de Europa: dicen que estamos muertos desde 1914. En la puerta del cine hay una gran soledad, un vacío mortal, y un par de bicicletas preparadas para salir huyendo. Pero el cine Gloria de Kassel ejerce en Vila-Matas un extraño magnetismo. Le recuerda los cines de la infancia, y a mí, ese rótulo, me recuerda los rótulos de las pastelerías de la infancia: mis pastelerías se llamaban Gloria, mis cines, Emperador. Si una cosa te recuerda otra, se puede seguir avanzando, como quien camina sobre las rocas que sobresalen del agua. La memoria es el agua quieta que alberga peces feroces y peces muertos. La fotografía del cine Gloria está en la página web del escritor, que es una instalación hermosa. Esa luz amarilla podría untarse en una rebanada de pan. Pero todo esto que digo es un mcguffin. Necesitaba hablar de Kassel, que es lo que hace Vila-Matas en la mejor novela de la primera parte de 2014. Lo lógico sería decir que esta novela es fieramente vilamatiana, que lo que pasa en ella le pertenece, que es cosa de su estética. Sin embargo, la luz amarilla es nueva. Se extiende por toda la rebanada de la novela, así que esta narración tiene algo de diario alucinado de un escritor convertido en instalación china, chinesca, en la Documenta de Kassel, o así, pero lo cierto es que se trata de un montón de luz enfermiza de Europa untada en la rebanada más contemporánea. Me he reído con ganas de tanto Vila-Matas como cabe en este magnífico tupperware. Empezando porque la gente no sea quien dice ser, algo, por otra parte muy habitual. La estupefacción de Vila-Matas en Kassel le va convirtiendo en un ser cada vez más feliz, y no sólo por las mañanas. De pronto, el miedo a ser instalación le allana el camino, la ciudad le habita, más que ser él habitante de ella, y descubre que ha viajado a un mundo que no recordaba, quizás perdido, dejando atrás un país plúmbeo. De pronto, el hall anacrónico y la luz amarilla del Gloria alcanzan todo su sentido. / JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

6 agosto, 2014
por Miguel Giráldez
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Yukio Mishima (y Ortega)

vestidos-de-nocheEl exquisito tratamiento que Alianza Editorial viene haciendo a la obra del japonés Yukio Mishima (1925-1970) continúa ahora con la publicación de ‘Vestidos de noche’, un viaje al Japón elitista en que, de una manera notablemente irónica, Mishima analiza las relaciones amorosas, pero también la alta sociedad. Mishima es un autor tan controvertido como genial. Mucho se ha escrito sobre el él, sobre todo a raíz de su suicidio ritual, que llevó a cabo el mismo día en que envió la última parte de la tetralogía El mar de la fertilidad (también en Alianza), titulada ‘La corrupción de un ángel’ a su editor, y que se publicaría, como es natural, póstumamente. El ‘seppuku’ de Mishima puso punto final a una vida profundamente literaria, con tantas aristas, con tantas interpretaciones, que resulta imposible definir lo que representó Mishima en apenas unas líneas. Suerte que podemos contar con su obra que, como digo, se encuentra en gran medida publicada, en excelentes versiones, por Alianza Editorial. Este cuidado editorial tan especial para con la obra de Mishima está más que justificado. Nos encontramos ante un personaje singular, importantísimo en la cultura japonesa del siglo XX, que no deja indiferente a nadie. Con una educación especial y elitista, estuvo en contacto con lo más granado de la sociedad nipona, pero, al tiempo, abominó de muchos de sus planteamientos y defendió la vuelta a la pureza, a la tradición, al viejo orgullo. Los textos de Mishima son una piedra angular de la literatura de su país, no sólo por su calidad, a menudo extraordinaria, sino por su significación humana e intelectual. En ‘Vestidos de noche’ no encontramos quizás al Mishima más profundo, ni más existencial, sin al más irónico y también más cercano a la descripción de los usos y costumbres sociales. Mishima escribe con una gran belleza, con un dominio increíble de las situaciones y de los personajes. Aunque una parte de su obra fue alimenticia, sus obras centrales resultan muy relevantes y reveladoras del espíritu humano. ‘Vestidos de noche’ es una novela escrita con gran elegancia, con gran estilo. Una pieza sutil y brillante, que se publicó primero por entregas en la revista ‘Mademoiselle’, a mediados de los años 60. La novela, que habla de matrimonios concertados, con la señora Takigawa de fondo, como gran urdidora de la boda entre su hijo y Ayako, de la fascinación por las fiestas de la alta sociedad, del lenguaje del glamur y la vida regalada. Una mirada al fondo de ese difícil equilibrio entre el Japón más tradicional y el Japón más occidentalizado, un mundo que Mishima conocía muy bien y que aquí, a pesar de la sencillez de la trama, alcanza cotas de gran elegancia literaria. Y ello gracias a la traducción desde el japonés de Carlos Rubio y a la evidente y muy elogiable apuesta de Alianza Editorial por la figura de Mishima. Los ensayos reunidos por José Ortega y Gasset en ‘Meditaciones del Quijote’, que ahora se recuperan en esta magnífica edición conmemorativa del centenario de la obra, publicada conjuntamente por la Residencia de Estudiantes (donde vio la luz originalmente), la Fundación Ortega-Marañón y Alianza Editorial, siguen siendo muy válidos hoy en día. La gran elegancia como ensayista de Ortega esta fuera de toda duda. Ortega es consciente de los cambios que necesita España, pero, como asegura Javier Zamora Bonilla en el estudio que, junto a la edición crítica de José Ramón Carriazo, acompaña esta obra, no pretendía “hace una enmienda a la totalidad de la cultura española”. Sin embargo, es la crisis de la modernidad lo que hace pivotar el pensamiento orteguiano, que halla confortable y dialéctico acomodo en las lecciones de El Quijote. En el momento de empezar la Gran Guerra, Europa había dejado de ser la solución para convertirse, como España, en un problema. La armonía del universo y la armonía interior del hombre deben darse la mano para lograr un cambio verdadero. “Para atajar la crisis había que idear nuevos fundamentos filosóficos”, leemos. Y así lo escribía Manuel Machado sobre Ortega. Quizás habría que pensarlo en esta crisis que también hoy nos acorrala. / JOSE MIGUEL GIRALDEZ