18 enero, 2016
por Miguel Giráldez
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Con Javier Cercas, Premio San Clemente, sobre ‘El impostor’ (Random House)

Giráldez con Javier Cercas, entrevista en torno a El ImpostorJavier Cercas está subido en la gran ola de esta novela, El impostor (Random House), que cosecha alabanzas por donde va, alabanzas que uno ve parejas a aquellas que cosechaba Soldados de Salamina, o incluso mayores, pero que, al tiempo, aviva las brasas del debate de nuestra historia como país. Cercas alcanza aquí una cima literaria importante, no hay ninguna duda. Si sus novelas anteriores, escritas siempre sobre esa línea difusa entre la realidad y la ficción, pueden considerarse piezas literarias más que notables, esta llega aún más lejos. Y llega más alto. Y ahora, acaba de ganar el Premio San Clemente.

Los grandes temas de Javier Cercas están aquí, como estaban ya, sobre todo, en Soldados de Salamina y en Anatomía de un instante. La identidad, la memoria, la mentira y la culpa. Dice Cercas que esta es una novela sin ficción, pero, sobre todo, es una novela paradójica. Porque la realidad que cuenta es una ficción, la gran impostura de Enric Marco, el hombre que en los años 50 se reinventó a sí mismo, fabricándose una biografía a su medida, para presentarse como superviviente del campo de concentración de Flossenbürg, entre otras muchas cosas increíbles. Una historia que Cercas asegura que se resistía a escribir, por sus implicaciones, o quizás, como dice en las primeras páginas, sólo por miedo. “En aquella época España estaba llena de impostores. España estaba reinventándose. Marco es un poco este país en aquel momento, pero yo encuentro lógico que no le guste el libro. Él quería que yo escribira una hagiografía, pero claro, no se trataba de eso. Sin embargo, me sigue maravillando que una novela pueda generar debate. Eso quiere decir que aún no ha muerto, como algunos vaticinaban. Ahora bien, esta es una novela un poco particular. Creo que tenemos una idea muy restrictiva de este concepto, una idea más bien del siglo XIX. Yo he querido acercarme al modelo cervantino, que es como un banquete con muchos platos. Un modelo flexible en el que caben todos los géneros; este libro es crónica, es biografía e incluso es autobiografía. Ahora, yo creo que este artefacto es una novela”, subraya. Y añade: “Porque, ¿dónde está escrito que una novela tiene que ser ficción? Pues si está escrito en alguna parte, yo me lo salto”.

Cervantes, y El Quijote, están muy presentes en El impostor. No sólo porque en ambos se expone una gran fabulación, porque sus protagonistas viven vidas irreales, sino porque tras su lectura se plantea la duda moral de si el escritor puede salvar a su personaje. Y ahí reside la gran pregunta: ¿cuál es el papel y la responsabilidad del autor en una novela de este tipo? “Como sabes, yo incluyo un diálogo ficticio con Marco porque necesitaba darle una oportunidad para vengarse. Es ficticio, pero me pone verde. En realidad no es Marco, es mi mala conciencia. Yo no me escondo, como Capote en A sangre fría. Yo estoy ahí. Pero este es un libro sobre nosotros. Este hombre construyó una mentira monstruosa. Sin embargo, lo que me interesa es lo que hay de él en nosotros. Este hombre nos habla de la necesidad imperiosa que tenemos de que nos acepten, de que nos quieran. Lo hacemos todos, pero él lo hizo transgrediendo las normas. Este libro habla de que necesitamos la ficción, no podemos vivir sólo con la realidad. Al final, todos somos novelistas de nosotros mismos”, concluye.

16 enero, 2016
por Miguel Giráldez
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Con James Ellroy (la visita de un grande en 2015)

JAMES ELLROY está repantigado en el sillón, mientras me pregunta si he leído el libro. Lo he leído. Son casi ochocientas páginas, pero lo he leído. Me da la mano como si fuera uno de la NBA. Podría haberlo sido, con esa altura. Y ya puestos, con esa biografía. Nunca pensé en encontrármelo, pero Random House lo ha traído hasta aquí. Es un icono de la novela policial, un todo terreno del género. Lo ha aprendido sobre la piel de L.A., su ciudad. Pero también en los libros de historia. “El presente no me interesa”, insiste. Y, por si tengo dudas, insiste otra vez: “no tengo televisión”. Ni televisión ni tecnologías. Parece com­placido en mostrarme que nada nuevo le apetece y que es un artesano de la escritura. Ni máquinas, ni, mucho menos, ordenadores. Escribe a mano libros como este, ‘Perfidia’, con casi 800 páginas. Creo que los escribe de un tirón, a borbotones. Cuando le digo que mucha gente piensa que la realidad es lo que brota de la pantalla me mira con escepticismo. “Yo lo busco en los libros de historia; del presente no hablo; de política, tampoco”. Y se queda repantigado, mientras pide un agua con gas. Cortante como sus frases, sintaxis cortada a machetazos: bum, bum. “¡Pero usted reescribe la historia!” , le digo. Entonces emite algunos sonidos guturales, provocador: “¡yo no reescribo! Escribo”. O algo así. Sin embargo, es la historia de los Estados Unidos lo que quiere contar. En lugar de viajar hacia el presente, su novela viaja hacia el pasado. Más atrás. A Pearl Harbour. No, no me habla de política. Ni de América ni de Europa. Pero algo le he leído de eso, tal vez en ‘Rolling Stone’. Ahora ya no hay que le pille en un renuncio. Escaldado, quizás, prefiere no moverse de su libro, de su capitán Parker, de la joven Kay Lake, de Dudley Smith. Escribe la historia de L.A., pero tal vez es la historia de todos nosotros. Y mucho de lo que escribe exhibe suciedad y desesperanza. No quiere ni oír hablar de la televisión, ¡y eso en Estados Unidos! Pero sí de los coches, su gran pasión. “¡Gasolinaaaaa!”, me grita. “Pero la gasolina se va a acabar, James”, le digo. Me mira y espeta, como si fuera un puñetazo: “Bullshit!”.

 

13 diciembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Andrés Trapiello, el Quijote revisitado

Recién llegado de unas jornadas sobre el Quijote en la Fundación Sierra Pambley (en León, la ciudad de su infancia), para participar en el ciclo Libros en directo de Pedro Ramos, que se celebra en el centro Ágora de A Coruña, Andrés Trapiello se sienta a no muchos metros del Atlántico, en el vestíbulo del Hotel Hesperia. Viene a hablar de su traducción al castellano moderno de la obra cumbre de la literatura española. No le parece que se haya generado mucha polémica con un trabajo al que ha dedicado, casi en secreto, catorce años de su vida (muchos más de los que Cervantes dedicó a escribir su obra), aunque es verdad que alguna polémica ha habido. Le digo que él es, quizás, nuestro autor más quijotesco: ahí están Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes para demostrarlo. Pero él insiste en que él mismo es un Quijote también en la vida “fíjate que me presento de número dos en Madrid, tras Fernando Savater, al Senado, por UPyD, y una de las cosas que pedimos en la candidatura es la abolición del Senado… dime tú si eso es quijotesco o no”, replica divertido.

Trapiello contesta con entusiasmo y buen humor. Lo del Quijote le anima mucho, se nota en seguida, porque este libro es una fiesta, un derroche de humor y de inteligencia. “El CIS hizo recientemente una encuesta sobre la recepción del Quijote muy desalentadora. Menos de dos personas de cada diez han leído la obra de Cervantes, según esta encuesta. Cuando les preguntaban, a estos dos, el nombre verdadero de Don Quijote, sólo acertaban a decirlo correctamente un 16 por ciento. Y con el nombre de Dulcinea, la cosa era mucho peor”. Trapiello me dice que nunca lo ha pasado mejor en su vida que en este periodo de los catorce años de traducción del Quijote “no lo sabía nadie, lo hacía cada tarde, le dedicaba una hora, o cinco”: esto es de lo más gozoso que he hecho yo nunca. Sin embargo, se siente incómodo con lo que revelan las encuestas, que ya sospechaba. Yo, aunque no me acordaba (me lo recordó una amiga recientemente) había escrito algo sobre un artículo de Unamuno en el que decía que una de las razones por las que se entendía mejor el Quijote en Inglaterra era porque allí lo habían podido leer [muy bien] traducido, cosa que aquí no había ocurrido, claro. No se puede leer el Quijote en una lengua que ya no hablamos, y que rara vez entendemos cuando la vemos escrita. Y eso que Cervantes no es de los más difíciles, porque Gracián o Quevedo lo son mucho más. No puedes pedir a la gente que estudie el libro, en lugar de leerlo. Con todas esas notas… y he de decir que yo he usado la magnífica edición de Francisco Rico como base para mi traducción”, explica sin perder un ápice de entusiasmo. “Cuando Borges decía que prefería leer el Quijote en inglés, yo creí que era un boutade. Pero es que lo leyó con unos ocho años, en la lengua que hablaba con la nurse inglesa. Cuando se puso con el Quijote en español necesitó hacer un gran esfuerzo. Así que me di cuenta de esto. Cuando presentaba Al morir don Quijote, algunos me decían que se habían aproximado a leer la obra cervantina, pero que no habían sido capaces, simplemente porque no lo entendían. Y esto es lo que yo, que no soy un especialista, sino un lector, he intentado solventar”, dice Trapiello. “Yo creo en las grandes traducciones del Quijote, pero también creo que el original es intraducible”, apunta. (Y en eso Trapiello parece sostener una opinión diferente a la de John Rutherford, uno de los traductores más recientes al inglés).

“Los lectores han respondido bien. Muchos me han dado las gracias”, señala satisfecho. “Creo que la prosa de Valle Inclán, por ejemplo, es un poco estupefaciente, es como fumarte la pipa de kif… por eso no ha influido quizás tanto, no se le puede quitar la lengua a Valle Inclán, porque si lo haces le quitas un 98 por ciento. Eso no pasa con Cervantes. Cervantes emplea una lengua hablada… Si Sancho Panza hubiera podido leer el Quijote, como el propio Quijote puede leer la segunda parte (cuando se lo trae el bachiller Sansón Carrasco), aunque no lo hace, lo hubiera entendido todo, sin ninguna de las 5.500 notas que al parecer se necesitan hoy. Hoy Don Quijote no entendería nada sin esas notas, precisamente. Por eso creí que había que restituir la lengua del Quijote al habla común”, concluye convencido. Y añade: “Tampoco le veo mucho mérito a esto. Quizás lo más audaz es haber tenido la idea y hacerla, estoy orgulloso de eso, pero cualquier persona sensata, con paciencia, la habría hecho igual o mejor que yo. Te lo digo convencido, no es falsa modestia. Ahora, no he tocado el original. Yo doy algo más. Estamos todos de suerte. Mi traducción al español actual es la más fiel de cuantas se han hecho. De eso no hay ninguna duda”.

9 diciembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Neira Vilas y la gran memoria

JUAN CRUZ dice que sólo existe el recuerdo. Y si el recuerdo se borra, se borra el mundo. Hace unos días, Pedro Ramos, en su ciclo magnífico de Ágora, en A Coruña, me condujo hasta Andrés Trapiello, que me explicó por qué había estado traduciendo (así lo llama) el Quijote durante los últimos catorce años: “para recordar”, me dijo. “Para que nadie lo olvide, por no ser capaz de leerlo”. Y entonces descubres que la vida presente no se construye con el futuro, sino con los elementos que resisten el paso del tiempo, con los que podemos evocar, o, al menos, con los que podemos reconstruir. Vargas Llosa dice en el prólogo de esta edición del Quijote, la traducción de Trapiello, que hacer el lenguaje inteligible para los lectores del presente se parece a aquella limpieza de los edificios simbólicos de París que ordenara el que fue en su día ministro de cultura francés, André Malraux. Pero piensa Trapiello que esa limpieza cambió los edificios, y él, asegura, no ha querido cambiar el Quijote: sólo hacer que la gente lo lea y, a poder ser, que no encuentre artificiosidad en él. Pensé en todo esto mientras me enteraba de la muerte de Xosé Neira Vilas, a fines de noviembre, en su villa natal de Gres. Me sentí mal, porque en las últimas semanas había mantenido muchos contactos con él sobre sus libros recientes: su voz alegre, su risa, aún suena en mis oídos a través de la línea telefónica. La última conversación, apenas unas horas antes de su adiós. Neira Vilas ha sido el señor de los recuerdos de este país. Nos ha reconstruido desde la gran memoria, sin solemnidades. Alzándose desde la tierra trabajada con las manos. No hay trabajo más digno que el de un campesino. Tampoco más que el de un campesino de las palabras. Él lo era. Nunca dejó de serlo. Él limpió los edificios de la vieja memoria, hizo presente la voz a veces perdida de la emigración, trajo las palabras puras, arrancadas a golpe de azada de la tierra. Y todo para construir el futuro, con el andamiaje de la lengua que nos devuelve la memoria. ¿Por qué toda esa obra, Pepe? “Para recordar”. Y si se borra el recuerdo, se borra el mundo.

24 noviembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Muñoz Quirós, poeta de la naturaleza esencial, el agua, la piedra y la luz

quirosLa trayectoria de la editorial ourensana Eurisaces merece el mayor de los elogios. Estamos ante un editor selecto y delicado como pocos, que está ofreciendo a sus lectores excelentes muestras de la poesía comporánea. Ahora, entrega este poemario limpio, arraigado en la piedra y en el aire, compuesto por uno de los poetas más relevantes y prolíficos, José María Muñoz Quirós (Ávila, 1957). Muñoz Quirós, como señala el también imprescindible poeta leonés Antonio Colinas en el prólogo de esta edición, alcanza aquí su madurez literaria. Si Quirós ha demostrado a lo largo de su carrera una laboriosidad y una dedicación encomiable a las artes, esta colección de poemas que ahora tenemos entre las manos debe saludarse como una de las piezas más brillantes de nuestra poesía última. Gran libro, sin duda. Muñoz Quirós alcanza aquí la voz más pura y limpia, su lado más metafísico y, al tiempo, su profunda unión con la tierra, en el sentido de tierra nativa, tierra como origen, como útero, como territorio de la memoria. La serenidad de estos versos nos descubre a un Muñoz Quirós sin urgencias, que viaja, en efecto, hacia el origen, que retorna a todo lo vivido, a través de la memoria contenida en “la boca del agua”, en la lluvia, en la roca, en “las hogueras desnudas del verano”. Regreso al origen, búsqueda serena de la luz no usada. La influencia de los místicos, a los que conoce bien, como San Juan de la Cruz, se detecta en su mirada aérea sobre las cosas, el águila que sobrevuela sobre la ancha estepa castellana. Claudio Rodríguez, amigo que fue, está íntimamente presente en esta poesía. Y, como yo le digo, y él asiente, muchos ecos del inglés Ted Hughes, la presencia de las águilas, de la altura, del vértigo sobre el llano y la montaña. Poesía antropológica también, poesía de bestiario, poesía que envuelve en luz de harina el eco de los latidos primitivos. He aquí una poesía que persevera en la búsqueda de la claridad y la transparencia. Que persevera también en la búsqueda del agua y de la luz.

LA VOZ DEL RETORNO

José María Muñoz Quirós. Prólogo de Antonio Colinas. Epílogo de Juan González Soto. Eurisaces Editora. 76 págs. 2015. 15 €

23 noviembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Música para iguanas y astronautas (Kelly Link, Seix Barral)

 

linkLO QUE resulta obvio es que Kelly Link (conocida aquí ya por Magia para lectores, también en Seix Barral) no es una autora convencional. Seguramente, tampoco sus lectores. Más allá de la vida corriente de esta mujer de Miami (también editora) laten historias que se bifurcan, se disocian o se encabritan, jugando con los cuentos de hadas tradicionales o con Alicia en el país de las maravillas. Su trayectoria es larga en los Estados Unidos, y ha sido premiada en numerosas ocasiones. ¿Qué hace Link con los cuentos? Someterlos a presiones increíbles, a filtros inesperados, a encantamientos del lenguaje. Los nueve cuentos que integran este libro, A mí no me engañas (en inglés titulado Get in Trouble), abunda en ese gusto por la sorpresa, por la presentación de personajes de buenas a primeras, por la mezcla entre lo doméstico, incluso lo banal, y lo fantástico. Link conoce muy bien los materiales literarios (no le importa citar influencias, como Cheever), y sabe hacerlos aflorar, como una mina de oro, en los momentos en los que se divierte engatusando al perdido lector. Ella es, después de todo, la que manda, como diría Humpty Dumpty. Que haya una convención de superhéroes, gemelos malvados o que aflore el mago de Oz (siempre la magia), no puede parecernos extraño, y menos en relatos poblados por unas adolescentes: porque todo está ahí, más allá de la puerta, si uno sabe mirar. Muchos creen que Link hace una especie de fantasía friqui. Bueno, tal vez sea una forma de llamarlo. Lo que está claro es que ese lado fantástico que brota en lo aparentemente común inunda sus cuentos de humor y, todo hay que decirlo, de melancolía.

 

A mí no me engañas, Kelly Link, Trad. de Maia Figueroa, Seix Barral, 2015, 348 págs. 19 €

 

 

11 noviembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Xosé María Álvarez Cáccamo, viaxe cara ao interior da noite

AC1UNHA VIAXE ao interior das tebras da memoria, é o argumento principal de As últimas galerías, a primeira novela do gran poeta Xosé María Álvarez Cáccamo, que acaba de publicar Galaxia. A traxectoria de X. M. Álvarez Cáccamo é, sen dúbida, unha das máis importantes entre os nosos escritores contemporáneos. Posuidor dunha pureza formal que moi probablemente vén da poesía e da súa paixón filolóxica, As últimas galerías é unha das mellores novelas que se publicaron en lingua galega nos últimos anos. Construída cun elegante equilibrio, a historia que Álvarez Cáccamo nos presenta aquí, contada en primeira persoa, ten ese aire confesional que converte en cómplice á voz narrativa, necesaria para levantar os veos da desmemoria da súa nai, internada nun xeriátrico, pero tamén para levantar os veos dalgúns segredos que permanecen adormentados no pasado. Cáccamo mantén o pulso narrativo cunha mestría incomparable. As emocións van chegando con ritmo delicado, ata que as vidas dos proxenitores do protagonista se revelan ante nós coa tenrura dos amores primeiros, pero tamén coa dor dos anos da guerra e a ditadura, coas terribles consecuencias do trauma, coa constatación do dano brutal nas conciencias e no corazón. Un Alfa Romeo érguese como símbolo, xunto a dous elementos imprescindibles tamén: as fotografías familiares en branco e negro e un feixe de cartas cheas de algo máis que nostalxia. E a conversación: tentando penetrar nos escurecidos túneles da memoria da nai, onde habita o esquecemento e o segredo. Unha viaxe emocionante.

As últimas galerías
Xosé M. Álvarez Cáccamo,
Ed. Galaxia, 2015,
199 páxs. 16€

11 noviembre, 2015
por Miguel Giráldez
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Ignacio castro e o ‘estrondo da comunicación’

pontes co dianoESTE LIBRO de entrevistas co filósofo compostelán Ignacio Castro, presentado xa hai uns meses, ofrece unha mirada distinta a outros formatos, como o ensaio, porque está baseado na conversación, na espontaneidade, non na narrativa longamente elaborada. Por suposto, o que lemos en Pontes co diaño é moi elaborado, e da a xusta medida deste extraordinario estudioso do noso tempo, analista destacado dos territorios da sociedade de información, e, por suposto, dos lados escuros do capitalismo. Co paso do tempo, Ignacio Castro converteuse nun filósofo imprescindible do cotián, sen perder as súas referencias clásicas, como Nietzsche. Castro multiplicouse nos últimos tempos, aínda que é certo que nunca deixou de escribir: para os amigos, para Frontera D, para quen queira escoitarlle. Se recordo con reverencia Votos de riqueza, tamén é certo que este libro ofrece unha visión moito máis poliédrica de Castro, grazas, sen dúbida, á pericia dos entrevistadores. As entrevistas aquí reunidas (doce, en total: poderían ser bastantes máis) semellan unha mostra representativa. O que se revela é a loita de Ignacio Castro contra as verdades aceptadas por unha sociedade consumista, domada, e encamiñada a seguir normas rigorosamente vixiadas. Castro é un apocalíptico e non está disposto a conceder espazo á integración descaradamente forzada nos parámetros mediáticos, tecnolóxicos e económicos do presente. Capaz de illarse do ruído contemporáneo (“estrondo da comunicación”), como xa demostrou con feitos algunha vez (Roxe de sebes), Castro pon en cuestión as verdades aceptadas, as obrigacións impostas, cunha mirada radical sobre o grave impacto nos individuos das tecnoloxías da información na era dixital.

Pontes co diaño,
Encontros con Ignacio Castro,
Corsárias Ensaio, 2015,
150 páxs.

13 agosto, 2015
por Miguel Giráldez
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Lorrie Moore

lorrie moore gracias por la compañia libro 1 (arriba)DESCONOZCO las razones exactas por las que Lorrie Moore (Nueva York, 1957) ha tardado dieciséis años en volver al relato. Es cierto que sus éxitos en la novela lo justifican sobradamente (‘Pajaros de América’, particularmente, elegido, como reza la solapa, entre los cincuenta mejores libros de los últimos veinticinco años. Pero hoy por hoy la crítica sigue considerando que Lorrie Moore es una de las grandes en el género corto. Moore sigue desconcertándonos con historias cotidianas que, de modo un tanto enfermizo, nadan en el miasma de lo cotidiano. Es una autora que recrea las decepciones que produce el mundo con una naturalidad especialmente hiriente, y, sin embargo, con una naturalidad muy divertida. Porque el mundo es así, y qué se la va a hacer. Lo turbulento de nuestros días, los miedos del horror planetario, se abren camino, pero al final son nuestros miedos personales los que más cuentan. Lorrie Moore regresa con su arma favorita: su lenguaje inimitable. Comprendo las dificultades que Daniel Gascón habrá experimentado a la hora de traducir un inglés tan complejo desde el punto de vista semántico, en el que la sorpresa salta en cada esquina. Nadie hace esto como Lorrie. Escritos en varios planos de percepción, con la ironía de la autora siempre detrás, estos relatos no dudan en mostrar las incomodidades y los odios, la cercana brutalidad de las personas, o de los pájaros. Entre mis favoritos, el primero de ellos, ‘Muda’, magistral en el uso del lenguaje. Y, por supuesto, ‘Pérdidas de papel’ y el que da título al libro, ‘Gracias por la compañía’. / J.M.Giráldez

12 junio, 2015
por Miguel Giráldez
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Javier Moro y la Expedición Balmis

Desde esta terraza de Cuatro Caminos, en A Coruña, se perciben todos los sonidos de la jungla del asfalto, el concierto de los animales metálicos, el chirrido feroz sobre el suelo hirviente, los caudales del infierno por los que navega el tráfico. Pero pedimos un refrigerio y dejamos que la selva cotidiana fluya a nuestros pies, como un río de fuego. Ante mí está Javier Moro, conocedor de mil selvas, que llega invitado por Javier Pintor a sus jornadas literarias A libro abierto (en el Museo de Arte Contemporáneo de A Coruña), para presentar A flor de piel (Seix Barral). El escritor trae indumentaria fresca y toda una historia de éxitos. Me presenta a Antonio López Mariño, que permanece los casi sesenta minutos de conversación escuchando, sin hablar, sin querer intervenir, sonriente y despreocupado, en el sillón vecino. López Mariño descubrió la verdadera historia de Isabel Zendal. De eso hablaremos en seguida.Javier Moro es un escritor imparable, siempre bien asido al mástil de un acontecimiento histórico, pero, al tiempo, con gran capacidad para navegar. “Todo en mí parte de un hecho histórico concreto, yo soy un ficcionador de la Historia: me cuesta mucho escribir sin un apoyo claro de la realidad”, me dice, mientras la selva del tráfico no nos devuelve ni panteras ni tucanes. Sin embargo, estás con él y ya habitas un territorio exótico. En la India es muy conocido, desde la polémica de El sari rojo, y hasta el éxito rotundo de Pasión India, sobre el matrimonio entre la española Ana Delgado y el Maharajá de Kapurthala.

En realidad, Javier Moro es un autor mil veces multiplicado, un autor con gran recorrido internacional, que suele afrontar grandes historias que atraviesan fronteras y culturas, historias armadas con elementos poderosos. Le digo que ser sobrino carnal de Dominique Lapierre le habrá marcado, pero sé que esta es una reflexión demasiado habitual para él. Claro que le ha marcado. Como le sucedería a cualquiera. Empezó trabajando a su lado hasta que un día decidió convertirse él mismo en escritor. De su historia de colaboración (y de aprendizaje) han brotado documentales, textos, libros, como aquella novela, Era medianoche en Bhopal, publicada en 2001. Y está el cariño por el maestro. “En mi familia eran todos escritores, empezando por mi tío-abuelo, que era un autor conocido de novela negra en Francia. Lo que pasa es que Lapierre es el famoso. Cuando éramos jóvenes Dominique venía por casa y hablábamos de historias. Hablábamos de cómo deberían contarse para que interesaran al lector. Cuando murió mi padre, Dominique pasó un poco a desempeñar la figura del padre en la familia”, explica Moro. “Yo desarrollé con él una relación muy estrecha, y ahora que está enfermo y hablo poco con él, lo echo de menos. Lo añoro mucho, porque hemos sido muy cercanos. He trabajado como documentalista suyo, fui a Libia a conocer el entorno de la familia Gadafi para ellos, porque no podían entrar después de haber escrito Oh Jerusalén! (no les concedieron visado). Y con él y con Larry Collins aprendí lo que es el método: eso sí que puede aprenderse. La base de un escritor es cosa tuya, te tiene que salir de dentro. Pero con Dominique y Larry aprendí a manejar mucha información, a organizarme bien. Esto fue particularmente importante con El sari rojo. “Ahora, yo siempre he hecho lo que he querido. Dominique y yo, salvo en un caso, hemos hecho libros diferentes. Y cuando le contaba las historias, siempre me apoyaba. Pero fíjate” me dice, “creo que el hecho de que escribiésemos en idiomas distintos me protegió de tener una excesiva influencia suya”.

Javier Moro viajaba cuando nadie viajaba. Estuvo en todas partes, o casi. Y eso contribuyó decisivamente a su construcción como escritor. Moro da un sorbo de agua helada y dice: “a mí lo que me gusta de verdad es viajar. Escribir es una condena que te autoimpones. Pero mira, no se puede escribir nada en frío. Yo no puedo. La escritura es el último peldaño de un proceso mental muy largo. No puedes empezar a escribir si todo no está preparado en ti. Claro que la novela es distinta a otras cosas… es lo más duro que hay. Y es muy difícil no perder la fe. De hecho. este libro es el más complicado que he escrito. Es un libro de aventuras, de mujeres, de viajes… Me ha costado mucho. Pero también te digo que, de los míos, es el libro que mejor se lee”.

 

LA GRAN EPOPEYA

A flor de piel es como se vacunaba la viruela, y como se sigue vacunando. Parece el título de un bolero, ya lo sé”, me dice, mientras bebe agua con tragos muy cortos. La viruela era la flor negra, esa que está en la portada del libro de Seix Barral. “Esto es ficción, por más que haya tantos personajes históricos. Yo cuento por dentro lo que los historiadores cuentan por fuera”, explica. Estamos en 1803. Estamos en noviembre. 30 de noviembre. Parte del puerto de A Coruña la Expedición Balmis. “Cuando no tenía documentación necesaria, me preguntaba cómo algo así se había podido llevar a cabo. Me chocó siempre el lado disparatado, quijotesco, de esta empresa. Un viaje así, al otro lado del mundo, con veintidós niños… Un viaje financiado por Carlos IV, algo cutre y grandioso al mismo tiempo. El imperio ya no daba ni para alquilar un barco: a Balmis le regatearon la pasta todo el viaje. Pero se quería salvar el mundo”, dice aún con la mirada sorprendida. Alucinado aún por la potencia de la historia.

Estamos sin duda ante una historia de quijotes, “una cosa muy española”, recalca Moro, pero en la que, más allá de los sueños, había grandes profesionales. Moro habla entonces del médico que puso en marcha la expedición y de su ayudante. “Balmis y Salvany no sólo querían llevar la vacuna de la viruela a Ultramar, sino que querían sistematizarla, crear una estructura a través de las Juntas de vacunación, porque, como decía Balmis, la vacuna no era sólo para el hijo del Gobernador, sino para cada niño que nacía”. El descubrimiento de Isabel Zendal, gracias a las investigaciones de López Mariño, precipitó en Javier Moro el interés por ficcionar la Expedición Balmis. “Me apoyé en Isabel. Ese fue el origen. Sin Isabel Zendal no tendríamos historia. Porque no tendríamos niños”, subraya Moro. Nadie sabía quién era ella realmente. Incluso pensaban que era una señora bien. Otros creían que era irlandesa, por el apellido. Pero la casualidad quiso que un documentalista mío viera la publicación de Antonio L. Mariño, donde revelaba su identidad. Incluso visitamos a los Zendal de ahora. Y ahí encontré la verdadera voz de la novela.”

Desde A Coruña a Ultramar,

para salvar al mundo

EL LIBRO DE LA SEMANA

Estamos en 1803. Estamos en noviembre. 30 de noviembre. El puerto de a Coruña se convierte en el lugar del que va a partir una de las más grandes epopeyas de la historia, dispuesta a logar una proeza humanitaria sin precedentes. Moro, partiendo de una realidad documentada no sin dificultades, sobre todo a través de las investigaciones de Antonio López Mariño, cuenta con gran pulso narrativo no sólo cómo se puso en marcha la expedición Balmis, sino la biografía de Isabel Zendal, auténtica protagonista. Un personaje, identificado al fin, aunque siempre envuelto entre la niebla, pues su nombre se ha escrito hasta de doce maneras distintas. A través de ella descubrimos en esta novela la Galicia profunda en la que nace, su llegada a A Coruña, a la calle Real, para dedicarse al servicio doméstico en casa de Hijosa, y el hecho casi casual de que se enrolara en la expedición Balmis gracias a su papel de Rectora en la Inclusa, a la que pertenecían los niños que transportarán la vacuna al otro lado del océano. Javier Moro logra un gran texto de ficción, profundamente engarzado en los elementos históricos, que son suficientes, pero no excesivos. Junto a Isabel, Balmis es el otro gran personaje de la narración. Balmis era un tipo autoritario, pero dominaba la tecnología de la época. Se casó para evitar el servicio militar y ser médico. Olvidó a su mujer, la quiso desheredar. Tenía afán de reconocimiento: fue recibido por el rey, mientras Salvany no alcanzó ninguna gloria. Balmis tenía la vocación médica en la sangre. Lo mamó desde pequeño. “Había estado en America, con sus amoríos con Antoñita Sanmartin. Quería ser alguien y allí había sido feliz”, dice Moro. Así que no le importó volver. Había traído un remedio contra la sífilis de México, pero se rieron de él. Pocas veces un hombre tiene la posibilidad de salvar el mundo. La aventura fue tremenda. Pero la vida se mueve a veces a través de las locuras. He aquí una narración intensa, lúcida, que sirve para honrar una hazaña no suficientemente conocida.