ENTREVISTA CON EDUARDO SACHERI

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ENTREVISTA / EL CORREO 2

 

Eduardo Sacheri, escritor

 

“Me pregunto el porqué de esta carrera por la corrección política”

 

El escritor argentino, con orígenes familiares en O Rosal, publica en Alfaguara su nueva novela, ‘Lo mucho que te amé’, un viaje al interior de una familia acomodada en tiempos de Perón

 

Texto: José Miguel Giráldez

 

Cuatro años después me encuentro con Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967). Acaba de llegar A Coruña para promocionar su nueva novela, y mis recuerdos vuelan hasta 2016, cuando ganó el Premio Alfaguara con ‘La noche de la usina’. Por entonces se preguntaba si el título del libro, difícil de comprender quizás en España, sería un obstáculo. Pero pronto se vio que no, y, en cierto modo, la rareza de usar ‘usina’ para decir central eléctrica, una palabra fosilizada en Argentina, a partir del francés, funcionó como una curiosidad. Hoy, la novela puede verse en la gran pantalla, porque los Darín y otros la han convertido ya en película: ‘La odisea de los giles’.

Esa es otra de las características de Sacheri. El cine se fija en sus textos. Por lo que sea, sus novelas atraen a directores y productores y, me dice entre risas, estupendo si eso sigue pasando. Van ya tres novelas convertidas en películas, empezando por aquella, ‘El secreto de sus ojos’, de Campanella, que en cierto modo fue la que le puso en el mapa global de la literatura. El éxito ha ido llegando, sin demorarse demasiado. Con tranquilidad, sin aspavientos, Sacheri va construyendo una literatura sólida, en la que se nota su pasión por la Historia. Parece contento. Hoy es ya un autor muy conocido, porque algunas de sus novelas han sido traducidas a muchos idiomas. Y luego está ese empuje indiscutible del cine, aunque, confiesa, él no escribe pensando en la pantalla (por mucho que pueda participar en el guión, como ya ha ocurrido). “Una novela es una novela. Luego, si alguien viene y quiere hacerla película, encantado”, dice, casi recién llegado de Argentina, con una nueva historia bajo el brazo.

La historia es ‘Lo mucho que te amé’, también publicada por Alfaguara. La trama se sitúa en la Argentina de Perón, y ya hemos dicho que para Sacheri el contexto histórico es muy importante. Las imágenes que nos llegan, como lectores, tienen esa pátina del tiempo, cuando apenas contábamos con cinco o seis años. Los protagonistas de la novela debaten de política como si debatieran de fútbol. Sacheri se ríe: quizás no hemos cambiado tanto. Y la novela es coral. Una familia que se ha ido enriqueciendo con el negocio de los muebles, cuatro hijas, cuatro, que viven sus amoríos y las limitaciones impuestas por el orden familiar, cuatro hijas que nos muestran a sus maridos o novios respectivos. Todo muy doméstico, una proyección de cómo se construía la vida familiar en aquella época. Hasta que, de pronto, esa estabilidad quizás frágil, sostenida sobre los cimientos de la tradición y la costumbre, se tambalea. Basta una sugerencia de Mabel a su hermana Ofelia, la que cuenta la novela en primera persona. Basta una frase para desatar el vendaval. La sugerencia de que pueda estar enamorada de Manuel, el novio de la hermana pequeña. Ese apunte, esa frase, envenena la vida, la tuerce y la confunde, sin abandonar el secreto. Ofelia Fernández Mollé entonces, rompe con el orden establecido, rompe con la mecánica de los afectos, y se lanza a un enamoramiento inesperado que agita toda la novela.

‘Lo mucho que te amé’ es un título que tiene cierto sabor de novela romántica, ¿no? Claro que no podemos olvidar que es una historia de amor.

Bueno, cómo te diría. Creo que el gran riesgo de esa novela es la sensiblería. Caer en el melodrama. Espero que no me haya ocurrido. Me consuelo pensando que cualquier persona, en la soledad de sus pensamientos, corre el riesgo de caer en la sensiblería. Porque el amor nos conduce a esas profundidades solemnes, ya sabes. La novela es básicamente lo que piensa Ofelia. Y creo que pensamos como ella, pensamos sabiendo que no vamos a ser escuchados, salvo por nosotros mismos.

Aunque sean argumentos muy diferentes, ¿hay parecidos entre ‘La noche de la usina’ y esta última novela?

Tal vez en ambos (y creo que también en los otros libros) se cuela mi forma de ver mi vida. Uno vive preguntándose por el bien y el mal. Te preguntas por lo que consideras justo. Y por los enormes conflictos que surgen con eso. A medida que nos volvemos adultos descubrimos lo esquivo de nuestro comportamiento moral. Pronto nos damos cuenta de que es muy difícil saber qué es lo que está bien. En mi novela anterior las dudas estaban en lo público: si algo era delito o no, si algo debía hacerse o no. Aquí es algo más personal, más íntimo.

La novela habla de los años 50 y 60 en Argentina, pero ese sentimiento de estar quebrando la moral ha vuelto. Pero como algo limitador. En general, han vuelto los tiempos puritanos, algo con lo que creo que no contábamos. Y de manera especial en el mundo del arte.

No hay una conexión voluntaria con el presente, no la hubo a la hora de componer la novela. Pero vivo preguntándome qué pasa con esta carrera desesperada por la corrección política. Me pregunto qué lugar vamos a dejarle al arte, si seguimos así, empeñados en no quitar los pies del plato. Así como uno ve un montón de reivindicaciones que comparte, al tiempo detecta una sobreactuación puritana, hay gente defendiéndose de ejercicios puramente intelectuales. Como si el arte no fuera algo que se basa en la provocación, en agitar la conciencias.

Lo que pasa es que la moral es mucho más tranquilizadora y fácil de construir desde la simplificación. Y hay mucho maniqueísmo y simplificación. No se puede reducir todo a la división entre el bien y el mal, sin matices.

Efectivamente, ese es el gran problema. Se prescinde, por ejemplo, de la historicidad. En Argentina es pavoroso ver el anacronismo con el que se juzgan diversos pasados. Se pone a todo el mundo en relación con lo que se piensa ahora. Y eso puede convertirse en algo profundamente autoritario. Llevarme la novela a los años 50 y 60 tenía que ver con sacarnos del medio todo este batiburrillo actual, liberarnos de todo esto.

Recuerdo a Perón, entre brumas, y su estancia en España, porque coincidió con mi infancia.

Sí, Perón regresa a Argentina en el 73.

En efecto. Tengo las imágenes de la prensa, de las revistas de hueco. A pesar de que era muy pequeño algo me acuerdo. Tú usas ahora ese escenario, aquel momento, y usas la polarización política, que, por cierto, ha vuelto con fuerza.

Me interesaba mucho esa época. Yo no lo viví, nací casi en los setenta, pero está claro que, a la hora de retratar la vida cotidiana de una familia, que es lo que ocurre en ‘Lo mucho que te amé’, había que hablar de la política. En esos tiempos no había margen para no opinar. O se estaba en lado del peronismo o del lado contrario. En esta familia, lo más lógico es que estuvieran en este último caso. Hoy la discusión se cimenta en Argentina de manera parecida. Aquí, en España, me parece que hay una superposición de polaridades, por decirlo así. Para hablarlo desde fuera, es interesante. En Argentina, sin Perón, tenemos una discusión política semejante a la de aquella época. En mi país todas las discusiones de política parecen de fútbol, y viceversa. Aunque en realidad, parecen más bien discusiones de religión.

La novela, sin embargo, es potente por el microcosmos familiar. Al final, descubrimos que las vidas personales son más importantes que todo lo demás. Incluida la política. Aquí asistimos al interior de una familia de la época, a la construcción de los afectos, a la rotura de un sistema moral.

Las vidas de las personas están cruzadas y marcadas por la Historia. Pero hay una dimensión propia, cercana, que está relacionada con lo que vives cada día. Tiendo a creer en la importancia de los pequeños mundos. Me parece que la familia era así entonces. La familia funcionaba como una persona colectiva, incluso en los 70. Definía tu forma de pensar. Puede que hoy lo individual tenga unos márgenes mayores. Esta es una diferencia clara con respecto al pasado. Pero, por entonces, la familia te dirigía hacia una forma de pensar y era difícil evitarlo. La conducta individual estaba en función de la idea general de la familia, y, sobre todo, del buen nombre de la familia. Esa especie de dignidad y buen nombre que no se podía mancillar. Y lo que no se podía evitar, si había discrepancias, tenía entonces que ocultarse, hacerse secreto. Yo mi nutrí para esa novela de mi propia familia, siempre te nutres de lo que conoces. En realidad, yo también provengo de aquí. Sabes que mis antepasados procedían de O Rosal, ahí mismo, al lado del Miño. Esos son mis orígenes. Así que también son mis influencias.

El padre, en esa época de papeles muy marcados en las familias, donde todo estaba dividido, contempla cómo llegan los novios y maridos de sus hijas, cómo se va construyendo la nueva generación, que heredará el negocio y todo lo demás. No parece muy activo en el control de las hijas, eso parece que queda más para la tía Rita, que ejerce una vigilancia casi policial.

Bueno, sin duda era un papel, el del cuidado y el control de los hijos, que estaba mucho más destinado a las mujeres en aquel tiempo. El señor Fernández Mollé tiene que construir su pequeño imperio. Pero las mujeres deben procurar que no sólo los admiren por su dinero, sino por la correspondiente moralidad que debe llevar aparejada, por el buen nombre de la familia, como decía. Es la edificación de un apellido. Como edificar una casa. Para el padre, las hijas deben prepararse para subir un peldaño más en la construcción familiar, no piensa en que deban emanciparse. Por eso ha querido que las más jóvenes estudien.

Construir tantas voces femeninas, y, sobre todo, la de Ofelia, y en primera persona, no habrá sido tarea fácil.

Tuve que cambiar toda la novela y reescribirla en primera persona. No era esa la idea al principio. Ya en el primer capítulo todos los personajes que van a aparecer después están presentes. Y desde el primer capítulo supe que Ofelia sería el personaje central, pero no me atrevía a escribir con la voz de una mujer. Me resistí a hacerlo. Pero hubo un momento en el que pensé que ya la conocía muy bien y que podía convertirme en ella. Temía que me acusaran de que yo era un hombre utilizando la voz de una mujer…

Bueno, pero eso ya está en Flaubert, porque Madame Bovary era él…, y en tantos. Vamos, que no es novedad.

Ya, pero Flaubert no está disponible en Twitter. Lo cierto es que no me quería privar de eso. Para empezar, somos seres humanos, así que, por Dios, tal vez no debería haber problema con que se nos permitan ciertas metamorfosis artísticas… No me animé a usar la primera persona (de Ofelia) hasta que pasé del capítulo cuarenta. Las mujeres a las que consulté lo encontraron todo muy natural.

Como escritor bien tratado por el cine, haces que tus personajes vayan a ver películas todo el rato. Ven los grandes estrenos de la época.

El cine nos educó en otra sensibilidad. Influyó en nuestra manera de relacionarnos, y también en nuestra manera de enamorarnos. Yo aprendí en el cine cómo besar a una mujer. Con los libros, nos enseñó un modo de vivir el mundo. Yo necesitaba un ámbito de socialización juvenil en el que no estuviera la mirada de los padres, sobre todo el control de los tiempos de las chicas. Así que estas salidas grupales al cine me parecían adecuadas para la trama. Pero reflejan, claro, un entretenimiento muy de aquella época. El cine, es, además, el territorio común entre Manuel y Ofelia, el lugar de la afinidad.

La mentira, aquí, también construye la realidad.

Bueno, el secreto recorre toda la novela, sin duda. La vida es así: cuántas cosas no nos habrán sucedido por no haber dicho una palabra, por ejemplo. O por decirla. Así de azarosa es la vida.

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