Carlos Zanón nos trae a Pepe Carvalho

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Quince años después

Carlos Zanón, (Barcelona, 1966) ha acumulado en no demasiados años una carrera asombrosa como escritor, particularmente en el universo de la novela negra. No es su único género, pero sí en el que ha sido reconocido en múltiples ocasiones por la crítica: la última vez con el Dashiell Hammett, en 2015. Ahora, envuelto en la gran aventura de BCNegra, tras ser elegido como nuevo comisario de la muestra literaria en el lugar de todo un mito, el desaparecido Paco Camarasa, Zanón parece haber encontrado el lugar y el momento para recordar a aquellos a los que no quiere olvidar nunca. Uno, desde luego, el propio Paco Camarasa, que creyó ver en él un digno sucesor para intentar la secuela de Pepe Carvalho. Otro, el padre del viejo detective, que para Zanón, y para varias generaciones de escritores, es un símbolo absoluto de la literatura del ‘noir’ (“y de otras muchas cosas”, me dice: “porque Manolo Vázquez Montalbán reunía en sí mismo una potencia literaria y periodística extraordinaria, tenía una fabulosa intuición”.

Han pasado quince años desde que Montalbán nos dejara para siempre en aquel aeropuerto de Bangkok, y muchos más desde que Carvalho apareciera por primera vez como personaje en ‘Yo maté a Kennedy’, aún con Franco vivo, en 1972. Todo ese mundo que nace desde la humildad y los barrios de clase obrera, esa perpetua rebelión que supone la lucha por la vida, no es ajeno al propio Carlos Zanón, que se encuentra muy bien en las tramas donde se ponen sobre la mesa causas sociales, donde se dibuja el esfuerzo de los desfavorecidos por superar las injusticias que a menudo se cruzan en sus vidas. Zanón recoge un Carvalho lleno de autenticidad, pero envuelto en su lenguaje, que tiene un poderoso eco de lirismos iluminados en la noche, y un deje de estilo que nos recuerda al Leopold Bloom de Joyce, describiendo la ciudad, los vivos y los muertos, con frases sueltas y aparentemente inconexas, frases que brillan de pronto, todo a través de ese laberinto que es el propio cerebro, pues ahí encuentra Zanón frases prodigiosas, en el monólogo interior, dibujando Barcelona como Joyce hacía Dublin. Son novelas de mapas emocionales. Carlos Zanón quiere contar Barcelona, esta, la de ahora, la turbulenta, que él conoció de otra manera. Y quizás por eso, reconoce, su novela anterior, ‘Taxi’, era un viaje, un viaje urbano, una odisea. Y un recuerdo a su vida, a su padre, y a los taxistas más próximos.

Carvalho se enfrenta entonces a ser él sin las palabras de su creador. Deambula en busca de autor, y menos mal que se ha encontrado al gran Zanón. Palabras no le van a faltar. Carvalho ya no tiene a Montalbán, pero sí si soledad, sus amores difíciles, sus contradicciones y esa pasión por la comida que ahora ya no puede comer. Le encuentran una enfermedad, Carvalho se mueve aún como un barco poderoso con la adecuada carga de zozobra. Lo que decía Vázquez Montalbán: “la vida es magia porque no sabemos los trucos”. Y aquí, lo que imagina Zanón, no es sólo el despertar de Carvalho, sino el morbo de colocarlo ante este mundo que nos toca vivir. A Montalbán le hubiera gustado. Le hubiera gustado verlo. “Muy a menudo me pregunto qué pensaría El Escritor de esto y de aquello. ¿Qué diría de todo esto que sucede ahora en esta ciudad, en este país, en este mundo al que, supuestamente, se le había acabado la Historia…? Todo ha cambiado. El paisaje también. Las tabernas de tapas que regentan los chinos. Y mucha gente que se llama a sí misma ‘hombre en desguace’. Una categoría de la propia destrucción, una descripción del derrumbe.

Hablo con Zanón de todo esto y concluye, con esa claridad mental que tiene a la hora de entender los momentos de la literatura, que la identidad recuperada de Carvalho sólo es un regalo temporal. Está, en modo desguace, descendiendo hacia los últimos puertos de la noche. Carlos Zanón nos lleva de Madrid a Barcelona, entre recuerdos de putas tristes, amantes despechadas y esa Novia Zombie. Lo fantasmagórico nos asegura la permanencia en el tiempo. Carvalho ha regresado para verlo. El caos, el sindiós, la confusión. Y su identidad no encuentra consuelo en la amnesia generaliza. Su identidad, su forma de atarse al mundo ahora, sin el guión del viejo maestro, nos anuncia que nosotros, tal vez, hemos perdido también todos los papeles del viejo guión que nos habían escrito. La identidad es el gran tema que sobrevuela esta estupenda novela, la identidad que flota y tal vez se evapora, y también la que va bajo las capas de la tierra, a la búsqueda de los escondidos fluidos de la primavera.

Carlos Zanón, construido como escritor a través de largos años (“me costó mucho, muchísimo, publicar, casi dos décadas”), parece satisfecho. Que le hayan entregado la hermosa posibilidad de continuar alimentando la colosal figura literaria Carvalho ha supuesto, al tiempo que enfrentaba la desaparición de Paco Camarasa, todo un reencuentro con el gran maestro del periodismo y la novela negra, entre varias cosas más, que era Vázquez Montalbán. Hubiera preferido que nunca hubiera tenido que ocurrir, pero la muerte se lo llevó de improviso y ya no pudo contar esa Barcelona de hoy. A cambio, nos entrega una novela, que, como se ha dicho, es muy de Zanón, con todas las marcas de ese estilo de frases que él encuentra en algún lugar del cerebro, frases que le diferencian de otros ´noir’, una vieja emoción de palabras y novelas de otro tiempo reinventadas con aire modernista, aireadas en las corrientes mediterráneas que aligeran el paso por Barcelona, mientras pasan los taxis, con la gente diversa del mundo, y mientras pasa la historia, enseñando lecciones, dejando al final la marca de los últimos zarpazos. En la dedicatoria, Zanón me escribe: “Bloom for ever’.

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Carvalho. Problemas de Identidad. Carlos Zanón. Editorial Planeta. 347 págs. 20 €

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