Julio Llamazares visita la Fundación Seoane en A Coruña

| 0 comments

Esta fue la entrevista que hace una década, en 2008, publicamos con Julio Llamazares sobre su primer libro en trono a las catedrales, ”Las rosas de piedra’. Mañana presenta en la Fundación Seoane de A Coruña (20.00 horas), de la mano del columnista Miguel Giráldez y del agente cultural Javier Pintor, su continuación, ‘Las rosas del sur’ (Alfaguara).

Julio Llamazares: “Las catedrales, más que edificios, son sueños, son las cajas negras de la historia”

 Texto: José Miguel Giráldez

Llega el Llamazares del viaje y las emociones. Tras su último libro periodístico, ‘Entre perro y lobo’, el escritor leonés publica ‘Las rosas de piedra’, un viaje al interior de nuestra historia y de nuestras catedrales. De vez en cuando, el gran Julio Llamazares regresa. Siempre está ahí, por supuesto. Con sus noches, y con sus veranos. Y con sus ríos olvidados, y con las casas que yacen, esqueléticas, bajo las aguas del pantano. Y con los recuerdos. Julio es un inmenso trozo de infancia entre montañas. Y entre la nieve. Puedo entender eso muy bien. Claro que puedo. Viví esa misma infancia, y esa misma nieve, a no muchos kilómetros de Vegamián. Hoy el pueblo no existe. Como otros muchos, duerme bajo el agua, y bajo el peso de los años. Y bajo las sombras azules de la memoria. Pero hay otro Julio que va más allá de ese tiempo anegado. El Julio de las calles del pueblo, de las eras, de las riberas del río. El Julio de los perros, o de los lobos, que ladran a la luna. Aquellas noches de luna clara y bosques negros, de nieve refulgente en los caminos, de soledades inmensas. Aquellas nevadas que no volverán.

 

Volver a la Memoria de la nieve o a La lentitud de los bueyes es toda una experiencia. Se trata de dos poemarios que, sin duda, construyen la poética fundamental de Llamazares y nos preparan para su obra en prosa. Luna de lobos será su gran obra, inspirada en narraciones que conoció de primera mano, y que él convirtió en literatura de primerísima calidad. Para no pocos críticos, Julio Llamazares es uno de esos escritores imprescindibles de los que no podremos desprendernos jamás. Es cierto que, tras el éxito editorial sin precedentes de La lluvia amarilla, una de las novelas más aclamadas por su profundísima hondura lírica, Llamazares inició un periodo en el que se fue separando paulatinamente de la ficción para acercarse al paisaje, a los viajes, ahora de una manera más realista, pero no menos lírica. El río del olvido, sobre el Curueño, Tras-os Montes (su afición portuguesa, hay que reconocerlo, siempre ha estado ahí), y el Cuaderno del Duero son algunos ejemplos. En ningún momento abandonó el periodismo y el reportaje, género en el que es un consumado maestro. Recordar ahora En Babia, su primer volumen dedicado a las columnas y a los trabajos publicados en los periódicos, es siempre muy necesario. Pero hace apenas unos meses veía la luz Entre perro y lobo, otro volumen periodístico, publicado, como casi siempre, en Alfaguara. “El título es una expresión francesa”, dice. “Entre chien et loup se refiere al crepúsculo, a ese momento que hay entre el atardecer y la noche que está a punto de llegar. Pero también creo que yo soy así. Un poco entre el perro y el lobo. Un poco a caballo de la realidad y la ficción, de lo doméstico y lo salvaje. Siempre fui así, en realidad, y al releer ahora los artículos para su publicación en forma de libro, llegué a esa misma conclusión. Estoy en medio del periodismo y de la literatura, estoy domesticado, pero aún no lo suficiente. Estoy, sin duda, entre el perro y el lobo”.

Este libro resume veinte o veinticinco años de periodismo. Son muchos. Los años de Julio Llamazares en Madrid, dedicado en exclusiva a la creación y a las emociones. Los años de Julio lejos de León: aunque no ha dejado de volver, como ahora, hace apenas unos días, para presentar, junto a Juan Cruz y Peridis, su última obra (de viajes, de ficción, de historia: un poco de todo). Las rosas de piedra es un tributo a los monstruos arquitectónicos, a la grandeza de las catedrales, y, como diría Fulcanelli, también a su misterio. Llamazares nos sorprende un poco, pero bien mirado no extraña esta pasión porque lo que él llama “las cajas negras de la historia”: nació en una ciudad con catedral, la Pulchra Leonina, y eso le marcó definitivamente. “Fue la primera que vi en mi vida, y por eso quise presentar en ella este libro. Qué mejor lugar, después de todo”. Llamazares, viajero impenitente, pegado al calor de la noche y a las hermosas costumbres de los lugareños, recorre la península en busca de las catedrales. En ellas está, en efecto, gran parte de nuestra identidad histórica. La arquitectura románica, o gótica, le han devuelto la poderosa energía del lirismo. Está en forma. “Hace mucho que tengo este proyecto entre manos. Puede parecer raro, pero es un proyecto que tiene mucho que ver conmigo, con la emoción que me producen estos lugares. Es una cuestión de emoción. Creo que recorreré todas las catedrales del país, hasta que las termine”. El libro, auténticamente monumental en todos los sentidos (608 páginas), discurre por el norte. Ya está Llamazares trabajando en su continuación, dedicada a las catedrales de la mitad sur de España. Pero, de momento, baste saber que esta mirada lírica, profunda, llena de la fulgurante emoción por comprendernos en la piedra trabajada por la historia, se inicia en Santiago de Compostela, en la Plaza del Obradoiro. Quizás el único sitio en el que podía iniciarse. “Este es el lugar en el que confluyen los peregrinos y en el que confluyen también todos los caminos”. Llamazares admite que, en el entorno jacobeo, todo es excesivo, tremendo, impactante. Él, que no es creyente, siente el poder de esta energía arquitectónica irrepetible. “Pero lo más importante no es la impresión, sino la emoción”, insiste. Llamazares se pasea por toda Galicia y por su legado catedralicio: Tui, naturalmente, y Ourense, y la Virxe dos Ollos Grandes de Lugo, y por Mondoñedo. Para aterrizar, claro, en uno de sus objetos del deseo. León. Para no atarse a la disciplina geográfica, algo que él nunca hace, León y Asturias se colocan bajo el epígrafe

El reino perdido. “Me gustan todas las catedrales, por unas cosas o por otras, pero no puedo dejar de admitir que amo la pureza de la Pulchra [leonina], quizás porque fue la primera catedral que vi en mi vida, de niño, con unos nueve años, y eso marca. Y porque yo, al final, soy de esa ciudad, y eso también marca”.

Con todo, y a pesar de su pasión por el goticismo francés de la Catedral de León (es más una pasión de la infancia, es la emoción de los primeros días), el escritor se presenta como un admirador absoluto del románico. La sobriedad y la imaginación del románico. La elegancia en estado puro. En el libro, al abordar la Seo de Urgel, Llamazares no se corta: “desde el románico, el arte no ha hecho otra cosa que retroceder”. Como se dijo en la presentación del libro, las catedrales aportaron belleza y luz a las visiones un tanto oscurantistas de la Edad Media. Y el gótico fue el estallido de la transcendencia, la búsqueda consciente del aire, el intento de volar por encima de las pasiones terrenales. “Yo no tengo nada que ver con el hecho religioso, pero la emoción que destilan estos lugares raros, cargados del peso de los siglos, cuya arquitectura no se parece ni remotamente a lo que hacemos hoy es algo que me parece grandioso”.

Queriendo o sin querer, a Llamazares le ha salido un libro monumental. Y aún queda la segunda parte, en la que está trabajando ahora, dedicada, como decíamos más arriba, a la mitad sur de España. “Me he propuesto visitar todas las catedrales, hablar de todas, de las que son conocidas y de las desconocidas, de las que están llenas de gente, turistas por ejemplo, a aquellas que se mantienen en la más absoluta soledad. Es una empresa dura, es cierto, supone mucho trabajo. Pero yo lo llevo bien. A mí me gusta viajar, me gusta ir de un lado para otro, como he hecho siempre. Con este libro lo he pasado muy bien, que quede claro”.

 

‘Las rosas de piedra’ es, posiblemente, otro libro de viajes de Julio Llamazares, como él mismo ha dicho. Es uno de los géneros que más practica y, sin duda, se trata de un gran dominador del paisaje. Pero el libro tiene algo de novedoso. La idea, desde luego, que parece maravillosamente colosal, como si se tratara de una empresa hercúlea. Y el tiempo que le está dedicando: se trata de hacer un trabajo concienzudo, de estar en los sitios, de impregnarse de la atmósfera de los sitios. Nada diferente, también es verdad, de lo que ha hecho en otros de sus libros de viajes, más dedicados a los exteriores y a los paisajes. Y, siempre, a la memoria encerrada en los lugares, al peso del tiempo. Las rosas de piedra tiene una larga historia detrás. Se empezó a escribir en el mes de septiembre de 2001, y así siete años después ha dado sus primeros futuros editoriales. No quiere Julio hablar de colosalismos ni de obras emblemáticas, ni de estas cosas que a él no le gustan nada. Pero no deja de reconocer que, si todavía tarda cuatro años en terminar la segunda parte que está escribiendo, como calcula, habrá dedicado diez años de su vida a este trabajo monumental. No cabe ninguna duda de que se trata de un ejercicio literario asombroso: diez años viajando entre catedrales para contar cómo son y lo que le sugieren. Y Llamazares lanza esas impresiones sin demasiados filtros. Sin problemas.

Es posible que del Llamazares de los ochenta, el autor que protagonizó un auténtico bum lírico, al de hoy haya una distancia. Su poesía magnífica (“y yo no he dejado de escribir poesía nunca”), su increíble prosa poética: todo eso marcó una época. Pero en Las rosas de piedra vuelve una parte de aquel Llamazares recién llegado a Madrid, que asombró a muchos. Dentro de su lentitud y de su indudable tendencia a la tranquilidad y la contemplación, Julio Llamazares no ha dejado de producir literatura. Es un escritor total, que no renuncia a nada. Por mucho que la crítica siga hablando de Luna de lobos, o de La lluvia amarilla (novelas que alcanzaron un altísimo número de ediciones, y que siguen ahí, gozosamente reeditadas), lo cierto es que el autor de Vegamián se ha multiplicado en los viajes, en el periodismo, en los guiones cinematográficos, en los cuentos. En la realidad y la ficción, en suma. Realidad y ficción convergen en su escritura poderosamente, de tal forma que, en no pocas ocasiones, resultan difíciles de disociar. Llamazares es, con todo, un gran narrador de realidades. Su amor por el viaje, por el viaje a pie, por el viaje sobre la misma piel, queda de manifiesto en este reencuentro con su lado más lírico y más fascinante. En Las rosas de piedra, Julio parece estar de nuevo sobre su lugar fundacional, sobre su territorio favorito. Sobre la tierra. Vuelve a su afición favorita: al peregrinaje, la observación, la mirada. Él, que ha sido siempre un habitante de la noche, un viajero de la noche, se mezcla ahora con el paisaje y la memoria de las catedrales. Una forma de mirar al presente y al pasado simultáneamente. “Pero lo que yo quiero, lo que he querido al escribir esta larga historia sobre las catedrales del norte de España, más que ninguna otra cosa, es volver a sentir la emoción que sentí de niño, cuando por primera vez, asombrado, entré en la penumbra de la catedral de León”. He aquí un libro sobre gigantes que resisten las heridas del tiempo, trasportando el sonido y la furia hasta el presente.

 

Deja un comentario

Required fields are marked *.