Conversando con Pedro Mairal, Premio San Clemente 2018 por ‘La uruguaya’ (Libros del asteroide)

| 0 comments

 

“Esta novela es la descripción de una derrota”

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) ya era un autor conocido, con éxitos como ‘Una noche con Sabrina Love’, que fue llevada al cine, junto a otras novelas, cuentos y libros de poemas. Pero ‘La uruguaya’ (Libros del Asteroide), premio Tigre Juan 2017, ha superado todas las expectativas, provocando el aplauso unánime de crítica y público. En España alcanza ya la novena edición. Pedro Mairal acumula, a pesar de su edad, una larga trayectoria literaria. Autor de éxito, muy celebrado por el cine, desde ‘Una noche con Sabrina Love’, ha publicado ampliamente en todos los géneros, aunque él se siente fundamentalmente poeta. Guionista y columnista habitual en prensa, es también autor de ‘Maniobras de evasión’, un libro de crónicas periodísticas. ‘La uruguaya’ lo ha llevado en volandas al éxito prácticamente global. Su aparición en 2016 en Argentina fue saludada de inmediato por lectores y críticos y en España acaba de recibir el premio Tigre Juan. La técnica exquisita de Pedro Mairal convierte a esta obra tan divertida (y tan reveladora de las fragilidades humanas) en una obra maestra indiscutible.

 

Hace apenas unas horas acaba de ganar la edición 2018 del Premio San Clemente en castellano.  Lo entrevistamos.  

 

Texto y fotos: José Miguel Giráldez

¿Cómo te sientes, Pedro, en esta nueva etapa de escritor celebrado en muchos lugares del mundo?

Te diré que siempre espero el veredicto de los lectores. Ellos me dicen siempre cosas nuevas. Sobre La Uruguaya, por ejemplo: que si es una carta de amor, que si es la historia de un derrumbe. Cuando escribes eres como un sonámbulo. Estás atrapado por la novela, no puedes ver más allá. Y entonces viene el lector y te dice cosas, te explica cosas que tú no veías.

Se habla mucho de este rotundo éxito que has tenido con La uruguaya, pero habría que recordar que tú ya pegaste fuerte con Una noche con Sabrina Love, y eso fue en 1998. Aquello te marcó definitivamente, sobre todo el jurado que te otorgó el premio (Bioy Casares, Roa Bastos, Cabrera Infante). Parece que fue el anclaje de todo lo que ha pasado después.

Sí. Fue el momento en el que me volví visible. Pero el verdadero anclaje para mí es la poesía. Claro que si hablamos de la entrada en el mercado, que tiene que ver con la entrada en el mundo de la narrativa, entonces sí. Ahora te dicen “volviste al ruedo”. Pero yo no me fui nunca… Siempre estoy escribiendo algo: poemas, guiones, una novela…

La poesía sigue resistiéndose a las tiranías comerciales…

Claro. Ya sabes lo que se dice: “la poesía no se vende porque no se vende”. La poesía no negocia con nadie, sólo con la palabra, con sí misma. Cuando preguntas por la sección de poesía en las librerías te dicen… bueno, sí… allá, detrás de baño… (risas). El mercado no sabe qué hacer con la poesía porque plantea dudas y preguntas, no da respuestas. Por si fuera poco, la poesía se escribe en columnas, desaprovecha el espacio de la página, provoca incertidumbre… No, no va con el mercado. Exige, pide una lectura más bien lenta. Y eso es pedirle mucho al lector contemporáneo. El lector de poesía es siempre alguien subterráneo y secreto. Pero verás, si a mí me obligaran a reducirme a un solo género, elegiría la poesía. Es lo esencial.

Pero hay países que tienen, como decía John Montague, un gran ejército de poetas. Es curioso. A pesar de las dificultades del mercado con la poesía. En España, en Galicia particularmente, hay ahora un gran ejército de poetas. Y muchas son mujeres.

Los poetas forman tribus. Se conocen entre sí, se apoyan, hacen eventos de lectura… Los prosistas menos, porque, como se manejan con el mercado, creen no necesitar la tribu. Y a mí me parece un error, porque la literatura tiene mucho de creación colectiva. Siempre. Los narradores parecen estar en su búnker, como protegiéndose de una radicación atómica. Yo, en cambio, creo que surgen cosas importantes cuando los narradores se juntan.

¿Qué ha cambiado desde el Pedro Mairal de Una noche con Sabrina Love a este de La uruguaya? ¿Cómo te ves con respecto al pasado?

Creo que hay una gran continuidad temática en todos estos años. Pero estilísticamente, pienso que hay un salto cuántico. Dos décadas en la vida de uno es algo que te revuelca la bola… La uruguaya tiene un tono más coloquial, sin perder lirismo. Intento acercarme más al habla, hay una fuerza extraordinaria en la palabra hablada. Para eso tienes que tener más seguridad, no respaldarte en la literatura. Cuando escribes columnas para los periódicos en un tono confesional, aprendes a hacer esto. He hecho crónicas de viajes, que me han ayudado a aflojar la mano. El trabajo periodístico de estos diez años ha contribuido a todos estos cambios, eso es lo que creo. Un amigo me dijo que escribí La uruguaya con mucha facilidad: “la escribiste de taquito”, me dijo, que es una alusión futbolística, ya sabes. Y yo le dije: “sí, pero ese taquito me llevó diez años de práctica”.

La uruguaya es una novela corta (de 142 páginas en la edición de Libros del Asteroide) en la asistimos a un viaje del protagonista, Lucas Pereyra, un escritor en su cuarentena, de Buenos Aires a Montevideo, para hacerse con un dinero que no puede recibir en Argentina por las restricciones del cambio de moneda. Un argumento interesante, pero cercano, nada sofisticado. Y en este viaje pequeño y fronterizo, todo va a pasar. Un viaje que marca también la lengua, sorprendentemente, con el sociolecto de Montevideo. Lo que resulta encantador en esta novela es que una sola palabra, la palabra ‘Guerra’, sea la que va a generar todo el caudal narrativo.

Me alegra que lo veas así. Es una novela de guerra, aunque Guerra, en la novela, sea un nombre propio también. Es la descripción de una derrota, si quieres, en el terreno matrimonial, pero la verdad es que Pereyra termina conociéndose a sí mismo mucho mejor (como suele pasar después de las batallas). La novela es una batalla campal de emociones.

‘Guerra’ adquiere un carácter simbólico en ‘La uruguaya’, Magalí Guerra Zavala, en concreto… Como un homenaje a tus orígenes vascos, ¿no?

Sí, bueno… Tenía una bisabuela vasca… Era Quintana. Busqué en Google apellidos vascos para esto. Mairal es más bien aragonés, significa Mayoral.

En pocas páginas logras armar una historia redonda. Sin perder el tiempo, sin rodeos.

Me gusta mucho la condensación en literatura, sacar chispas a las palabras. Y también reconozco que tengo algo de perezoso… Dicen que el tipo que inventó la rueda estaba harto de arrastrar piedras, así que creo que la pereza a veces produce cosas muy interesantes.

Este escritor, tu protagonista, Lucas Pereyra, tiene bastante de ti, ¿no? A tu mujer, de ser así, no le habrá gustado mucho (risas).

Sí, a mi mujer es a la única persona que he tenido que darle explicaciones por ‘La uruguaya’ (más risas). Uso un montón de cosas mías en el libro. Eso no quita que yo invente cosas y mejore la anécdota. Arruinaría el libro si aclarara qué inventé y qué no inventé.

Resulta muy interesante que todo suceda en un espacio separado por el Río de la Plata. El libro vive de ese concepto fronterizo, que implica una liberación (al menos en apariencia) para Pereyra, que pretende combatir esa crisis de los cuarenta. El libro vive de las geografías, de los mapas urbanos, de las playas.

El espacio me interesa mucho en la literatura. Aquí un tipo se va a otra ciudad de otro país, una ciudad con la que está deslumbrado, pero que es más inventada que real. El espacio es metafórico, porque el viaje de verdad sucede en esa distancia que hay entre la imaginación y la realidad. Es la distancia entre el deseo y la culminación del deseo. Para los porteños Uruguay implica libertad, vacaciones, un escape de la vida propia. Tenemos una idea muy ingenua de Uruguay: allí bajamos siempre la guardia… Me interesaba que mi personaje cruzara a Uruguay con mucha ingenuidad, porque así le iba a doler más el golpe.

Pereyra es un individuo semidestruido, y atisbamos un poco lo que le va a pasar.

Claro. Nos pasa con los amigos, o con los enamoramientos. A veces vemos que están todas las alarmas sonando y no las quieren ver. Es la fragilidad del enamorado, que siempre es un ser quijotesco. Pereyra, cuando al fin se junta con el dinero y con la chica de la que está enamorado, se convierte en un hombre bomba.

Por lo que sé, La uruguaya también va a ser una película.

Estamos haciendo el guión con Hernán Casciari, sí. A Jorge Drexler le gustó mucho y dijo que quería hacer la canción de cierre de la película. Nos está costando el monólogo final, la confesión, la voz íntima. El día de Pereyra en Montevideo, donde se va a rodar, se puede plasmar muy bien, es pura acción. Tenemos productor, pero no hemos decidido aún los actores.

 

Deja un comentario

Required fields are marked *.