Con James Ellroy (la visita de un grande en 2015)

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JAMES ELLROY está repantigado en el sillón, mientras me pregunta si he leído el libro. Lo he leído. Son casi ochocientas páginas, pero lo he leído. Me da la mano como si fuera uno de la NBA. Podría haberlo sido, con esa altura. Y ya puestos, con esa biografía. Nunca pensé en encontrármelo, pero Random House lo ha traído hasta aquí. Es un icono de la novela policial, un todo terreno del género. Lo ha aprendido sobre la piel de L.A., su ciudad. Pero también en los libros de historia. “El presente no me interesa”, insiste. Y, por si tengo dudas, insiste otra vez: “no tengo televisión”. Ni televisión ni tecnologías. Parece com­placido en mostrarme que nada nuevo le apetece y que es un artesano de la escritura. Ni máquinas, ni, mucho menos, ordenadores. Escribe a mano libros como este, ‘Perfidia’, con casi 800 páginas. Creo que los escribe de un tirón, a borbotones. Cuando le digo que mucha gente piensa que la realidad es lo que brota de la pantalla me mira con escepticismo. “Yo lo busco en los libros de historia; del presente no hablo; de política, tampoco”. Y se queda repantigado, mientras pide un agua con gas. Cortante como sus frases, sintaxis cortada a machetazos: bum, bum. “¡Pero usted reescribe la historia!” , le digo. Entonces emite algunos sonidos guturales, provocador: “¡yo no reescribo! Escribo”. O algo así. Sin embargo, es la historia de los Estados Unidos lo que quiere contar. En lugar de viajar hacia el presente, su novela viaja hacia el pasado. Más atrás. A Pearl Harbour. No, no me habla de política. Ni de América ni de Europa. Pero algo le he leído de eso, tal vez en ‘Rolling Stone’. Ahora ya no hay que le pille en un renuncio. Escaldado, quizás, prefiere no moverse de su libro, de su capitán Parker, de la joven Kay Lake, de Dudley Smith. Escribe la historia de L.A., pero tal vez es la historia de todos nosotros. Y mucho de lo que escribe exhibe suciedad y desesperanza. No quiere ni oír hablar de la televisión, ¡y eso en Estados Unidos! Pero sí de los coches, su gran pasión. “¡Gasolinaaaaa!”, me grita. “Pero la gasolina se va a acabar, James”, le digo. Me mira y espeta, como si fuera un puñetazo: “Bullshit!”.

 

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