Neira Vilas y la gran memoria

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JUAN CRUZ dice que sólo existe el recuerdo. Y si el recuerdo se borra, se borra el mundo. Hace unos días, Pedro Ramos, en su ciclo magnífico de Ágora, en A Coruña, me condujo hasta Andrés Trapiello, que me explicó por qué había estado traduciendo (así lo llama) el Quijote durante los últimos catorce años: “para recordar”, me dijo. “Para que nadie lo olvide, por no ser capaz de leerlo”. Y entonces descubres que la vida presente no se construye con el futuro, sino con los elementos que resisten el paso del tiempo, con los que podemos evocar, o, al menos, con los que podemos reconstruir. Vargas Llosa dice en el prólogo de esta edición del Quijote, la traducción de Trapiello, que hacer el lenguaje inteligible para los lectores del presente se parece a aquella limpieza de los edificios simbólicos de París que ordenara el que fue en su día ministro de cultura francés, André Malraux. Pero piensa Trapiello que esa limpieza cambió los edificios, y él, asegura, no ha querido cambiar el Quijote: sólo hacer que la gente lo lea y, a poder ser, que no encuentre artificiosidad en él. Pensé en todo esto mientras me enteraba de la muerte de Xosé Neira Vilas, a fines de noviembre, en su villa natal de Gres. Me sentí mal, porque en las últimas semanas había mantenido muchos contactos con él sobre sus libros recientes: su voz alegre, su risa, aún suena en mis oídos a través de la línea telefónica. La última conversación, apenas unas horas antes de su adiós. Neira Vilas ha sido el señor de los recuerdos de este país. Nos ha reconstruido desde la gran memoria, sin solemnidades. Alzándose desde la tierra trabajada con las manos. No hay trabajo más digno que el de un campesino. Tampoco más que el de un campesino de las palabras. Él lo era. Nunca dejó de serlo. Él limpió los edificios de la vieja memoria, hizo presente la voz a veces perdida de la emigración, trajo las palabras puras, arrancadas a golpe de azada de la tierra. Y todo para construir el futuro, con el andamiaje de la lengua que nos devuelve la memoria. ¿Por qué toda esa obra, Pepe? “Para recordar”. Y si se borra el recuerdo, se borra el mundo.

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