Javier Moro y la Expedición Balmis

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Desde esta terraza de Cuatro Caminos, en A Coruña, se perciben todos los sonidos de la jungla del asfalto, el concierto de los animales metálicos, el chirrido feroz sobre el suelo hirviente, los caudales del infierno por los que navega el tráfico. Pero pedimos un refrigerio y dejamos que la selva cotidiana fluya a nuestros pies, como un río de fuego. Ante mí está Javier Moro, conocedor de mil selvas, que llega invitado por Javier Pintor a sus jornadas literarias A libro abierto (en el Museo de Arte Contemporáneo de A Coruña), para presentar A flor de piel (Seix Barral). El escritor trae indumentaria fresca y toda una historia de éxitos. Me presenta a Antonio López Mariño, que permanece los casi sesenta minutos de conversación escuchando, sin hablar, sin querer intervenir, sonriente y despreocupado, en el sillón vecino. López Mariño descubrió la verdadera historia de Isabel Zendal. De eso hablaremos en seguida.Javier Moro es un escritor imparable, siempre bien asido al mástil de un acontecimiento histórico, pero, al tiempo, con gran capacidad para navegar. “Todo en mí parte de un hecho histórico concreto, yo soy un ficcionador de la Historia: me cuesta mucho escribir sin un apoyo claro de la realidad”, me dice, mientras la selva del tráfico no nos devuelve ni panteras ni tucanes. Sin embargo, estás con él y ya habitas un territorio exótico. En la India es muy conocido, desde la polémica de El sari rojo, y hasta el éxito rotundo de Pasión India, sobre el matrimonio entre la española Ana Delgado y el Maharajá de Kapurthala.

En realidad, Javier Moro es un autor mil veces multiplicado, un autor con gran recorrido internacional, que suele afrontar grandes historias que atraviesan fronteras y culturas, historias armadas con elementos poderosos. Le digo que ser sobrino carnal de Dominique Lapierre le habrá marcado, pero sé que esta es una reflexión demasiado habitual para él. Claro que le ha marcado. Como le sucedería a cualquiera. Empezó trabajando a su lado hasta que un día decidió convertirse él mismo en escritor. De su historia de colaboración (y de aprendizaje) han brotado documentales, textos, libros, como aquella novela, Era medianoche en Bhopal, publicada en 2001. Y está el cariño por el maestro. “En mi familia eran todos escritores, empezando por mi tío-abuelo, que era un autor conocido de novela negra en Francia. Lo que pasa es que Lapierre es el famoso. Cuando éramos jóvenes Dominique venía por casa y hablábamos de historias. Hablábamos de cómo deberían contarse para que interesaran al lector. Cuando murió mi padre, Dominique pasó un poco a desempeñar la figura del padre en la familia”, explica Moro. “Yo desarrollé con él una relación muy estrecha, y ahora que está enfermo y hablo poco con él, lo echo de menos. Lo añoro mucho, porque hemos sido muy cercanos. He trabajado como documentalista suyo, fui a Libia a conocer el entorno de la familia Gadafi para ellos, porque no podían entrar después de haber escrito Oh Jerusalén! (no les concedieron visado). Y con él y con Larry Collins aprendí lo que es el método: eso sí que puede aprenderse. La base de un escritor es cosa tuya, te tiene que salir de dentro. Pero con Dominique y Larry aprendí a manejar mucha información, a organizarme bien. Esto fue particularmente importante con El sari rojo. “Ahora, yo siempre he hecho lo que he querido. Dominique y yo, salvo en un caso, hemos hecho libros diferentes. Y cuando le contaba las historias, siempre me apoyaba. Pero fíjate” me dice, “creo que el hecho de que escribiésemos en idiomas distintos me protegió de tener una excesiva influencia suya”.

Javier Moro viajaba cuando nadie viajaba. Estuvo en todas partes, o casi. Y eso contribuyó decisivamente a su construcción como escritor. Moro da un sorbo de agua helada y dice: “a mí lo que me gusta de verdad es viajar. Escribir es una condena que te autoimpones. Pero mira, no se puede escribir nada en frío. Yo no puedo. La escritura es el último peldaño de un proceso mental muy largo. No puedes empezar a escribir si todo no está preparado en ti. Claro que la novela es distinta a otras cosas… es lo más duro que hay. Y es muy difícil no perder la fe. De hecho. este libro es el más complicado que he escrito. Es un libro de aventuras, de mujeres, de viajes… Me ha costado mucho. Pero también te digo que, de los míos, es el libro que mejor se lee”.

 

LA GRAN EPOPEYA

A flor de piel es como se vacunaba la viruela, y como se sigue vacunando. Parece el título de un bolero, ya lo sé”, me dice, mientras bebe agua con tragos muy cortos. La viruela era la flor negra, esa que está en la portada del libro de Seix Barral. “Esto es ficción, por más que haya tantos personajes históricos. Yo cuento por dentro lo que los historiadores cuentan por fuera”, explica. Estamos en 1803. Estamos en noviembre. 30 de noviembre. Parte del puerto de A Coruña la Expedición Balmis. “Cuando no tenía documentación necesaria, me preguntaba cómo algo así se había podido llevar a cabo. Me chocó siempre el lado disparatado, quijotesco, de esta empresa. Un viaje así, al otro lado del mundo, con veintidós niños… Un viaje financiado por Carlos IV, algo cutre y grandioso al mismo tiempo. El imperio ya no daba ni para alquilar un barco: a Balmis le regatearon la pasta todo el viaje. Pero se quería salvar el mundo”, dice aún con la mirada sorprendida. Alucinado aún por la potencia de la historia.

Estamos sin duda ante una historia de quijotes, “una cosa muy española”, recalca Moro, pero en la que, más allá de los sueños, había grandes profesionales. Moro habla entonces del médico que puso en marcha la expedición y de su ayudante. “Balmis y Salvany no sólo querían llevar la vacuna de la viruela a Ultramar, sino que querían sistematizarla, crear una estructura a través de las Juntas de vacunación, porque, como decía Balmis, la vacuna no era sólo para el hijo del Gobernador, sino para cada niño que nacía”. El descubrimiento de Isabel Zendal, gracias a las investigaciones de López Mariño, precipitó en Javier Moro el interés por ficcionar la Expedición Balmis. “Me apoyé en Isabel. Ese fue el origen. Sin Isabel Zendal no tendríamos historia. Porque no tendríamos niños”, subraya Moro. Nadie sabía quién era ella realmente. Incluso pensaban que era una señora bien. Otros creían que era irlandesa, por el apellido. Pero la casualidad quiso que un documentalista mío viera la publicación de Antonio L. Mariño, donde revelaba su identidad. Incluso visitamos a los Zendal de ahora. Y ahí encontré la verdadera voz de la novela.”

Desde A Coruña a Ultramar,

para salvar al mundo

EL LIBRO DE LA SEMANA

Estamos en 1803. Estamos en noviembre. 30 de noviembre. El puerto de a Coruña se convierte en el lugar del que va a partir una de las más grandes epopeyas de la historia, dispuesta a logar una proeza humanitaria sin precedentes. Moro, partiendo de una realidad documentada no sin dificultades, sobre todo a través de las investigaciones de Antonio López Mariño, cuenta con gran pulso narrativo no sólo cómo se puso en marcha la expedición Balmis, sino la biografía de Isabel Zendal, auténtica protagonista. Un personaje, identificado al fin, aunque siempre envuelto entre la niebla, pues su nombre se ha escrito hasta de doce maneras distintas. A través de ella descubrimos en esta novela la Galicia profunda en la que nace, su llegada a A Coruña, a la calle Real, para dedicarse al servicio doméstico en casa de Hijosa, y el hecho casi casual de que se enrolara en la expedición Balmis gracias a su papel de Rectora en la Inclusa, a la que pertenecían los niños que transportarán la vacuna al otro lado del océano. Javier Moro logra un gran texto de ficción, profundamente engarzado en los elementos históricos, que son suficientes, pero no excesivos. Junto a Isabel, Balmis es el otro gran personaje de la narración. Balmis era un tipo autoritario, pero dominaba la tecnología de la época. Se casó para evitar el servicio militar y ser médico. Olvidó a su mujer, la quiso desheredar. Tenía afán de reconocimiento: fue recibido por el rey, mientras Salvany no alcanzó ninguna gloria. Balmis tenía la vocación médica en la sangre. Lo mamó desde pequeño. “Había estado en America, con sus amoríos con Antoñita Sanmartin. Quería ser alguien y allí había sido feliz”, dice Moro. Así que no le importó volver. Había traído un remedio contra la sífilis de México, pero se rieron de él. Pocas veces un hombre tiene la posibilidad de salvar el mundo. La aventura fue tremenda. Pero la vida se mueve a veces a través de las locuras. He aquí una narración intensa, lúcida, que sirve para honrar una hazaña no suficientemente conocida.

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