Montero Glez. y la novela quinqui

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Llevamos varias entregas de esta sección de crítica literaria (y otras heterodoxias) dedicadas a exponer el asombro que nos produce el advenimiento de otra edad de oro de la novela negra o policial. Ya sabemos que el género es muy extenso y diverso, y que muchos de los autores que trabajan en él no son comparables. El desembarco de Ellroy con Perfidia (Random House) ha removido todas las costuras librescas de los últimos días, y aquí dimos buena cuenta de sus palabras y de su huida del presente. Pero no hay que olvidar que lo negro en literatura sigue funcionando más allá de las modas y las influencias nórdicas. Aunque hay mucho que agradecerle a Stieg Larsson, no son pocos los que prefieren alejarse de las comparaciones. El regreso de Alicia Giménez Bartlett, más allá de Crímenes que no olvidaré (Destino) está a punto de producirse, hemos tenido a Banville hablando de su lado oscuro, Black, y el éxito de Ordenes Sagradas (Alfaguara), entre otros. Y por aquí ha pasado Toni Hill, que, sin hacer mucho ruido, sigue triunfando (DeBolsillo) con su detective Héctor Salgado en plena forma. Frente a clásicos ya consolidados como el buen amigo Lorenzo Silva (siempre presente, en primera fila, en los anaqueles de las novedades), la próxima semana les traeré aquí alguien que Javier Pintor llevaba a A Coruña, a su famosa celebración literaria: me refiero al cacereño Eugenio Fuentes, uno de los autores de novela negra más conocidos en el extranjero, y que también se caracteriza por no hacer excesivo ruido en el panorama literario. También él ha logrado consolidar la figura de un detective con personalidad: Ricardo Cupido. Ahora ha vuelto con Mistralia (Tusquets), en el que se mezclan los intereses empresariales y el ecologismo. Pero, como digo, les hablaré en breve de la entrevista que mantuvimos en directo en El sábado libro.

Sin embargo, lo negro llega a veces desde el lado del delincuente, no desde el lado policial. Analizar los lados más oscuros del ser humano, o las trampas de la vida y del azar está en el ADN de uno de los autores más contundentes y definitivos que tenemos: Montero Glez. Esta semana estuvimos con él para hablar un poco de Talco y Bronce (Algaida) una obra que ha ganado el último Premio Logroño de Novela. Los que conocen al autor madrileño ya saben que es un alma independiente, tanto desde el punto de vista de la literatura como desde su experiencia vital (eso, si ambas experiencias pueden disociarse). Montero Glez. (“mi nombre artístico”, dice, con un poco de sorna) se declara simplemente ‘libertario’. Y a cada paso reivindica la fuerza y la energía derivada de los movimientos populares conocidos como los indignados (15M). Presenta ahora una historia que no duda en llamar novela quinqui. Es una historia dura, a sangre, fuego y carne, desde las cloacas y desde las alcantarillas. La España de los ochenta. La banda del Chuqueli nos ofrece una historia contada como una película en el registro adecuado: Nasti de Plasti, salir de naja, dabuti, fusca, o colorao. Esos son algunos de los vocablos más presentes en la novela. Asaltos, fracasos, jaco, talco, y el inevitable recuerdo de Navajeros o de Deprisa, Deprisa. Todo eso está ahí, amasado con sangre y con lágrimas. La historia de vértigo que nada en el lodo, tanto desde el lado del delincuente como desde el lado de la autoridad, nos estremece: pero así se las gastaban en los arrabales de algunas ciudades. Pongamos que hablamos de Madrid. Montero Glez. domina el escenario, conoció esas malas calles y los caminos de polvo y sangre: “yo no me metía nada, yo no me atrevía con eso. Pero tengo infinitos amigos muertos”, me recuerda.

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