Con John Banville, en A Coruña

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John Banville y Miguel Giráldez en 2015John Banville, invitado de lujo este año en el Ágora (Festival A Coruña Mayúscula), llega al hall del hotel Hesperia, en Juan Flórez, con su acostumbrado aspecto de hombre anónimo, aunque esté muy lejos de serlo. Como detective, podría pasar desapercibido. Una chaqueta azul, creo recordar. ¿O era gris? Pero me doy cuenta de que debo mirar las fotografías que pacientemente nos hace Eri, sin perder la sonrisa, para confirmarlo. Nos encontramos por segunda vez, y, aparentemente, se da cuenta. “¿No nos hemos visto antes?”, me dice, mientras toma asiento. Tal vez estas cosas suceden cuando estás muy acostumbrado a escudriñar todos los detalles de la realidad. Cuando escribes novela policíaca. Tal vez. “Claro que nos hemos visto antes”, le digo, mientras él degusta con delectación infinita un vino de oro: la copa viaja por el aire como un bajel preñado de ánforas. “Te entrevisté en Kinsale hace unos cuatro años: siempre lo voy contando por ahí”, replico, ufano. “¡Eso es, eso es!”, concede con un tono menor, con su lenguaje elegante (también cuando habla, sí), elaborado ahora con una memoria que viene cabalgando desde un verano irlandés, si tal cosa existe, la estación del año que menos le gusta a John Banville.

 Las frases están envueltas en oro y en el azul de la mañana. Hacemos una breve referencia a su éxito en España, donde viene cada vez más a menudo (hablamos del Premio Leteo, en León, por ejemplo, o de su próxima visita a San Jordi): “es que en España soy más popular que Irlanda”, dice con cierta sorna, con un leve aire provocador, pero convencido. Da un trago largo al albariño de oro. Hablamos: “dijiste John, en el breve discurso de aceptación de los premios Príncipe de Asturias que nuestra mayor invención es la frase. Que incluso los aztecas, que al parecer no conocieron la rueda, construyeron una gran civilización gracias a que sí conocían el lenguaje. Y que toda tu vida ha consistido en eso. En construir frases para que todo pudiera existir alrededor”.
Banville se piensa un poco las respuestas, aunque las conoce. En su expresión se mezcla la seriedad y el silencioso buen hacer del editor literario de The Irish Times que fue un día, cuando nadie le conocía aún, cuando impregnaba sus manos aquel perfume de la tinta, aquel viejo periodismo que ya no existe, y esa luz que un día se instaló en su vida, la luz de las historias. “Claro que pienso que la frase es la más milagrosa de las invenciones del ser humano. Somos animales, pero inventamos la comunicación, somos capaces de transmitir las nociones más sutiles: eso es algo extraordinario, ¿no crees?”, dice. “¿Esa luz, la que acompaña al escritor, viene de tantas frases reconstruidas, de tantas líneas de periódico corregidas y domadas, como fierecillas, durante años?”, le digo. “Oh, no, no. Nada que ver. Algo habrá ayudado, pero yo prefiero decir que editaba textos, no que los corregía”, replica con un guiño. “Pero desde muy pequeño hacíamos pastiches de Joyce… siempre querías ser Joyce. Cuando tenía trece años, quería escribir Dublineses. Así es como empecé. Fue un momento de revelación y yo era muy joven. Y luego, ya ves, he estado medio siglo practicando todo eso (risas). Ahora, con respecto a lo que dices, creo que cualquiera que tiene la ambición de ser escritor debe saber que necesita un largo entrenamiento. Es necesario conocer todos los aspectos del lenguaje, aprender a buscar lo esencial… la ambigüedad es lo esencial”.
Hablamos, claro, de Joyce. Es una referencia inevitable en Irlanda, quién lo duda, aunque John Banville se encuentra más cerca de otros nombres. “Me acuerdo cuando compré la primera edición de Ulises, fue en los setenta. Porque ya sabes que este libro nunca estuvo prohibido en Irlanda, nunca, pero no era nada fácil adquirirlo. Compré la primera copia en Liverpool, donde tenía una novia a la que iba a ver en Navidades… en fin. Y mi novia rompió conmigo aquella Nochebuena…” Sobre la mesa, envueltos en los reflejos que envía la copa de vino dorado, descansan tres libros que he traído, más que nada por hacerlos testigos mudos de la conversación: The Sea, The Infinities y (éste en español) La rubia de ojos negros (Alfaguara), una de sus más recientes novelas negras, homenaje a Philip Marlow, y firmada, claro es, como Benjamin Black. Funciona tenerlos ahí, como si se tratara de un raro fetichismo, porque Banville los mira o los vigila de vez en cuando, siendo, como son, hijos suyos. The Infinities reluce en la modesta edición de Picador: sé que es su libro favorito, entre todos los suyos, y de hecho voy a preguntárselo dentro de unos minutos. Luego lo veréis.
“Henry James es el gran nombre del modernismo, el hombre que llevó hasta ahí la novela victoriana”, dice, con su voz baja pero firme, John Banville. “Y Yeats es el gran poeta del siglo en Irlanda, desde luego. Pero no creo que sea esa sombra que aún se proyecta sobre los poetas irlandeses contemporáneos. Creo que es más bien Seamus Heaney“. Y hablamos entonces del poeta de Mossbawn, del autor milagroso de Muerte de un naturalista. “Lo echo de menos”, dice de pronto. Hablamos de cuanto conocimos de él, de su relación con Coruña, y con su Universidad, y de su pasión por Galicia, cuya costa recorrió alguna vez (aunque no tanto, es cierto, como la costa de Asturias). “Seamus fue uno de los más grandes, pero sí, tal vez Yeats, con toda esa biografía, es todavía hoy el más grande de todos”.
No podemos escuchar el mar, con el bullicio del mediodía. Pero está ahí, a pocos metros, y a Banville le hubiera gustado quedarse unos días para recorrerlo. El mar es el título de su novela icónica, esa en la que se reconoce su prosa lírica, la profundidad de sus palabras. Banville no desaprovecha la ocasión para sus ironías: “en realidad, mucha gente piensa que es la única novela que he escrito…”, dice. “Tuvo el Booker Prize, y ya sabes lo que pasa con eso. Me hizo popular, construyó mi reputación. Pero no creo que sea mi mejor novela”. Y entonces le muestro The Infinities, en la modesta edición de Picador, aunque hace tiempo que sabe que está ahí, sobre la mesa. “Este es tu mejor libro, ¿no? Lo has dicho en alguna parte”, pregunto. “Sí, lo es”, responde sin dudarlo. “Creo que en él está lo que siempre he querido hacer, o casi… lo hice con un espíritu ligero, alegre… Es un libro sobre la extrañeza de la vida, sobre las dificultades de la vida…”. Una historia que, como es conocido, utiliza como base la obra Amphitrion, de Heinrich Von Kleist donde, señala Banville, lo más burlesco de Shakespeare se mezcla con el drama de origen griego. Le pregunto si los dioses, los viejos dioses irlandeses y los mediterráneos, los dioses azules y cálidos, a veces terribles, están aún presentes en nuestras vidas cotidianas. “Claro. Nosotros los irlandeses somos la gente mediterránea del Atlántico. Me gustaría mucho que los viejos dioses estuvieran aún entre nosotros, y, de hecho, lo deseo. Verás, creo que el paganismo es maravilloso, mi madre tenía sus santos, pero era muy pagana. Hay un dios para cada cosa en el mundo clásico, qué más se puede pedir. Los griegos inventaron un sistema fascinante. Yo siento que todos esos dioses están aquí: tenemos que inventarlos cada día, porque los necesitamos. Y porque ellos nos necesitan a nosotros”, concluye.

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