En conversación con Rosa Montero (sobre la vida y la muerte)

| Sin comentarios

LARGO ENCUENTRO CON LA ESCRITORA JUNTO AL MAR. UNA REFLEXIÓN, DE LA MANO DE LOS DIARIOS DE MARIE CURIE, SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE EN UNA NOVELA QUE SOBREVUELA LA PÉRDIDA DE LO AMADO: ‘LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE’ (SEIX BARRAL)

Texto: José Miguel Giráldez

En la cafetería hay esa extraña quietud de la hora de la siesta, una quietud a la que se une el mar, al otro lado del cristal. Rosa Montero dejó en internet una foto desde la ventana de su habitación, como últimamente solía, y un mensaje divertido: “hace un rato ha pasado un señor volando”. El kitesurfing se ha puesto muy de moda. No tengo que esperar, porque Rosa ya está allí. La última vez que hablamos, por teléfono, con motivo de la publicación de Lagrimas en la lluvia, acababa de perder a su compañero de toda la vida, un golpe duro que ella ha exorcizado con la serenidad de lo cotidiano, con un cambio de casa hacia el centro de Madrid, y con la presencia de los recuerdos hermosos. Ahora ha viajado mucho, se ha reconstruido a trocitos, con la paciencia de quien vuelve a ser después de haberse quedan un instante detenida por la fragilidad de la existencia, pero, con el poder de su conexión con la tierra, con los seres vivos, ha regresado hace ya algunos meses con un libro que supone una reflexión pausada, profunda, delicada, de su vida en pareja y de la pérdida de lo que se ama, ‘La ridícula idea de no volver a verte’ (Seix Barral). Rosa se ríe con la misma fuerza y verdad que el océano, habla de las cosas más tremendas y más maravillosas con la misma sencillez y naturalidad con la que da sorbos al café.

Le digo que el libro no es una novela y lo confirma. “No, no se sabe muy bien qué es. Creo que es un ensayo narrativo, o algo así. Lo que sucedió es que Elena Ramírez, mi editora en Seix Barral, me mandó un día el diario de duelo de Marie Curie, apenas veintiocho páginas. Lo había escrito tras la muerte de Pierre, que fue atropellado por coche de caballos y murió en el acto. Marie escribió entonces ese diario, realmente desgarrador, y Elena me pidió que hiciera un prólogo. Bueno, pues el diario me estalló en la cabeza. No pude cumplir el encargo, pero me enfrasqué en el personaje, al que ya había tratado anteriormente en ‘Historias de mujeres’. Creí que lo conocía bien, pero pronto descubrí que no era así en absoluto. Porque lo que sabemos de Marie Curie es puramente convencional. Y, sin embargo, tuvo una vida alucinante. Yo estaba en una especie de umbral, en eso que yo llamo ‘momento gozne’, y no paraba de darle vueltas a todo. Y al leer la biografía de Marie Curie, sus diarios, vi que podía utilizar esa vida extraordinaria para reflejar en ella mis propias reflexiones”.

 “Está claro que todo lo que escribes simboliza algo de tu subconsciente”, explica Rosa Montero. “Hay cosas que ni siquiera sabe uno qué son, pero están ahí, en las palabras. Sin embargo, yo no suelo hablar de mi vida, ni de mis experiencias, salvo, claro, aquí, en este libro. Aquí no he podido ser de otra manera”. Rosa Montero cree que la gran ventaja de la novela está justamente en la posibilidad de alejarse, de contar cosas imaginadas y distintas a las que a uno le suceden. Eso estaba haciendo en ‘Lágrimas en la lluvia’, su novela anterior, cuando Pablo [Lizcano] enfermó. “Esa novela era juguetona, estaba llena de esperanza. Y por un momento temí que se rompería su espíritu, porque empecé a escribirla antes de la enfermedad de Pablo, continúe, a trancas y barrancas como puedes imaginar, mientras estuvo mal, y la terminé cuando él ya nos había dejado: creo que conseguí mantener el tipo. Así que toda la emoción y la dureza de aquellos días estaban ya ahí, algo impregnó aquel texto; pero yo quería hacer algo distinto, algo sobre la experiencia de la pérdida, y eso es ‘La ridícula idea de no volver a verte’.

Hablamos de la enorme presencia de la vida y de la muerte en este libro. Hablamos de que es un libro, sobre todo, en torno a la muerte, sus paradojas, sus inconsistencias, sus fragilidades, sus caprichos, y su inevitable verdad. Pero Rosa niega que ‘La ridícula idea…’ sea un libro oscuro. “Yo creo que es un libro sobre la vida. Y sobre el aprendizaje sobre la plenitud de la vida. Y sobre la serenidad. Fíjate que esa palabra no está en el libro, me di cuenta después de publicarlo, y, sin embargo, es justo lo que yo estaba buscando cuando lo escribí. Serenidad, eso es. Lo que ocurre es que no puedes vivir con serenidad si no llegas a cierto acuerdo con la muerte. Con tu propia muerte y con la de los seres que te rodean. Se escribe para aprender, no para enseñar. Yo estoy de acuerdo contigo de que hay un cierto alivio en el libro, un alivio que se desprende de sus páginas, me gusta esa idea… Verás, me escribe mucha gente, siempre me escriben, pero esta vez más, y nunca había tenido la sensación que tengo con ‘La ridícula idea…’, nunca me había pasado antes nada así. Lo llamativo y lo importante no es que me escriban, ni que me escriban sobre sus duelos y sus muertes cercanas. Lo llamativo es que todas esas cartas cuentan historias preciosas, celebrando la vida y el amor. Yo las estoy guardando, porque creo que debería hacerse un libro con esas historias: no un libro mío, claro, sino de los que han sido capaces de plasmar algo tan maravilloso. Así que me siento muy feliz de que este libro haya podido contribuir a transformar una parte de su dolor en belleza”, explica con entusiasmo.  

Rosa Montero cree en la reinvención, no en la recuperación. “La gente se acerca y te dice: tienes que recuperarte, superarlo. Ya sabes, esas cosas que siempre se dicen en estos casos. Pero cuando tenemos ciertos años, sabemos que todos vivimos varias vidas. Yo creo que voy por la tercera”, dice sonriendo. “Parece ser que ya no tenemos ni una célula de las que teníamos hace treinta años, que se han renovado todas. Tengo muy claro que la vida pasada está acabada para siempre. Pero creo que sí podemos reinventarnos. Eso sí lo creo. Y eso intento. Reinventarse significa que vives una nueva vida, y que puedes incluso lograr que sea más feliz que las anteriores. Esa capacidad es la que se reivindica en este libro, así que no se trata de una historia de despedidas, ni mucho menos”.

Lo que parece claro es que Rosa quedó pronto subyugada por el personaje de Marie Curie, al que no conocía suficientemente. Cuenta que hay muchas razones por las que ha ido creciendo su interés por ella. Y concluye que, sin duda, se identifica plenamente con muchos aspectos de la personalidad de la científica. “Ahora investigué bastante sobre Marie Curie. Curie fue una pionera en todo, pero lo que me fascina de verdad de ella es su voluntad. Su decisión. Su capacidad. Era prácticamente imposible que en su época hiciera lo hizo, y lo consiguió. A un precio muy alto, sí, pero fue capaz de hacerlo. Esa voluntad puede interpretarse como algo feminista, porque no se rindió. Las mujeres, cuando son presionadas, se rinden demasiadas veces… pero ella no, ella no se rendía nunca. Creo que era obsesiva, más de lo que puedo serlo yo. Y soy muy obsesiva, porque todos los novelistas los somos. Me separan grandes distancias de un genio como era ella, desde luego, pero, en un nivel muy inferior, me veo cercana a su forma de ser. Soy obsesiva y tenaz, y ella lo es. Me identifico con su mezcla entre fragilidad y tenacidad. Y también con su mezcla entre lo racional y lo apasionado. En realidad, mucha gente podría identificarse con ella: los hombres también”, dice.

Y luego están las fotos. El libro tiene fotos llenas de significado, de intenciones, de memoria. No son fotos convencionales. “Hay una larga historia con ellas, porque no fue fácil publicarlas todas, por cuestiones de derechos, etc. Pero había algunas que yo quería, por encima de todo, y las quería allí, en una página concreta. Hay fotos que encierran historias muy profundas, y quisieras tener a los que salen en ellas para preguntarles cosas. O para preguntarles cómo fue aquel día, el día en que la foto se tomó. Me pasa con Pablo. Claro que ya no están para preguntarles. A veces te gustaría tener del todo en la memoria al ser perdido. Pero en fin, nada de eso es posible. La vida es un proceso de construcción continua, y también de destrucción. No paramos de construirnos jamás, y nos construye todo, lo grande y lo más pequeño. Y nos destruimos todo el rato también”, concluye.

Deja un comentario

Los campos requeridos estan marcados con *.