Enrique Vila-Matas invita a su lógica

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vila matas kassel[1]Sobre la calle, las disimuladas fauces del cine Gloria dejan caer un líquido amarillo, una luz líquida que se expande sobre el asfalto, como si fuera el amarillo de los locos. Pero a pesar de todo, esa luz tiene algo de confortable. Ilumina los viejos recuerdos, ilumina la oscuridad del pasado que, se quiera o no, late en el corazón de Europa: dicen que estamos muertos desde 1914. En la puerta del cine hay una gran soledad, un vacío mortal, y un par de bicicletas preparadas para salir huyendo. Pero el cine Gloria de Kassel ejerce en Vila-Matas un extraño magnetismo. Le recuerda los cines de la infancia, y a mí, ese rótulo, me recuerda los rótulos de las pastelerías de la infancia: mis pastelerías se llamaban Gloria, mis cines, Emperador. Si una cosa te recuerda otra, se puede seguir avanzando, como quien camina sobre las rocas que sobresalen del agua. La memoria es el agua quieta que alberga peces feroces y peces muertos. La fotografía del cine Gloria está en la página web del escritor, que es una instalación hermosa. Esa luz amarilla podría untarse en una rebanada de pan. Pero todo esto que digo es un mcguffin. Necesitaba hablar de Kassel, que es lo que hace Vila-Matas en la mejor novela de la primera parte de 2014. Lo lógico sería decir que esta novela es fieramente vilamatiana, que lo que pasa en ella le pertenece, que es cosa de su estética. Sin embargo, la luz amarilla es nueva. Se extiende por toda la rebanada de la novela, así que esta narración tiene algo de diario alucinado de un escritor convertido en instalación china, chinesca, en la Documenta de Kassel, o así, pero lo cierto es que se trata de un montón de luz enfermiza de Europa untada en la rebanada más contemporánea. Me he reído con ganas de tanto Vila-Matas como cabe en este magnífico tupperware. Empezando porque la gente no sea quien dice ser, algo, por otra parte muy habitual. La estupefacción de Vila-Matas en Kassel le va convirtiendo en un ser cada vez más feliz, y no sólo por las mañanas. De pronto, el miedo a ser instalación le allana el camino, la ciudad le habita, más que ser él habitante de ella, y descubre que ha viajado a un mundo que no recordaba, quizás perdido, dejando atrás un país plúmbeo. De pronto, el hall anacrónico y la luz amarilla del Gloria alcanzan todo su sentido. / JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

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