Entrevista con John Banville, premio Príncipe de Asturias de las Letras

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Así fue una tarde de conversación literaria, en 2009, en el puerto de Kinsale  (Irlanda) con uno de los más grandes novelistas irlandeses del momento, John Banville, ganador del Booker Prize en 2005 con ‘El mar’, su obra más celebrada. Y ahora, nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Texto: José Miguel A. Giráldez

 

Mi visita a Kinsale, en el sur de Irlanda, no ha dejado de proporcionarme sorpresas. Para empezar, hoy es un día soleado. Algo no muy habitual en estas tierras verdes. En segundo lugar, decir que vienes del norte de España sigue siendo aquí un plus. No en vano, luchamos en este mismo enclave costero contra los ingleses de Mountjoy, en 1602, al lado de los irlandeses. Ha llovido mucho desde eso, es cierto. Y más aquí, donde la lluvia es el fenómeno meteorológico más habitual. Pero siguen habiendo algunos recuerdos del sur,  y no me refiero solamente a The Spaniard Inn, uno de los pubs más celebrados, en Sicilly, una de las zonas de la villa. No lejos, Bantry y Castletownbere mantienen una larga historia de relaciones personales y comerciales con Galicia. Pero de eso hablaremos en otro lugar.

He bajado hasta Kinsale buscando su semana de las artes, la Kinsale Arts Week, una de las más celebradas de la zona. Tiene ya un largo recorrido, y combina el entretenimiento familiar con apariciones de artistas realmente importante. No falta la poesía, que en Irlanda se lee en voz alta en todas partes. Pero no sólo hay poesía. Hay pintura, y teatro, y vanguardias. Y hay juegos y conferencias. Theo Dorgan, por ejemplo, un poeta muy celebrado en el sur de Irlanda, dio ayer un recital a bordo de un barco. Él es un marinero, tiene muchas millas atlánticas a sus espaldas, algunas convertidas en libro, y por eso adora los barcos como escenario. Hay otros lugares en Kinsale donde merece la pena estar: los restaurantes. Al calor de la evolución de la gastronomía en este país, el condado de Cork cuenta con notables innovaciones y chefs muy celebrados. En Kinsale se come muy bien, sobre todo marisco. Esa es la razón, sin duda, por la que, cuando he llegado esta mañana en autobús, he descubierto largas filas de coches atestando el puerto. Arte y comida: qué más se puede pedir. Por supuesto, me he encaminado rápidamente al Fishy, fishy, precisamente en la zona del pequeño puerto, al lado de un pequeño parque. Me lo habían recomendado repetidas veces. El Fishy, fishy es un lugar sin protocolos, pero con un marisco excelente y no muy caro. El seafood chowder, una especie de sopa de marisco muy típica en estos lares, pubs incluidos, es una de las opciones de los locales de Kinsale para ir abriendo boca. Luego, bastará con cualquier delicia del mar. Hay para escoger.

Logré a duras penas una entrada para la lectura pública de la obra de John Banville por él mismo. Esto da una idea de la gran aceptación que en Irlanda tienen los eventos literarios. En realidad he venido por esto. Forma parte, también, de mis trabajos de investigación habituales, que llevo a cabo en el Instituto Universitario de Estudios Irlandeses Amergin, en la Universidade da Coruña. Ya me encontré con Banville en Dublín, en el University College de Belfield, hace dos o tres años. En aquella ocasión apareció por allí incluso Seamus Heaney. Pero en Dublín no hubo mucho tiempo para estar con Banville, que ya para entonces era un novelista de éxito, así que hoy, en Kinsale, espero tener ocasión de hablar con él sobre sus celebradísimas novelas. Banville desciende de un coche rojo a la altura del Auditorio de los Capuchinos, en la parte alta de Kinsale. Me ha costado trabajo encontrar el lugar, desde el que se domina la bahía, llena de vegetación y de árboles que se mecen sobre las aguas del océano. Banville viene impecable, con su traje azul oscuro, pero sin corbata. Hace calor, relativamente, y es escritor se deja fotografiar por todos, yo incluido. Sonrisas antemperadas y mucha relajación. No se trata de uno de esos actos multitudinarios de Dublín, siempre con cierto marchamo comercial (salvo en la Universidad), sino de la aparición del gran escritor irlandés de los últimos quince años en un pequeño y adorable lugar de la costa sur de Irlanda: el viejo e inolvidable Kinsale.

Tengo suerte, porque el lugar es recoleto y acogedor: así que todo está muy cerca. No cabe un alfiler y la gente mira a Banville sin atreverse mucho a hablar. Como maestra de ceremonias una mujer con la que hablaré después. Es la esposa de Aidan Higgins, nada menos, uno de los más grandes novelistas irlandeses de culto, que ahora vive aquí. Ella, Alannah Hopkin es también una autora importante que me habla desde el principio en español. Su primer marido era mexicano y, en consecuencia, conoce bien la lengua, a pesar de que no tiene muchas ocasiones para practicarla. Hubiera deseado hablar con Aidan, desde luego: una de sus novelas más celebradas, Langrishe, el declive, va a ser publicada por fin en español en la editorial andaluza Alfama. Aunque en su día Alfaguara, creo que fue en 1987, sacó a la luz Escenas de un pasado que se aleja. He leído algunas cosas sobre Aidan Higgins: nadie se explica en Irlanda por qué no ha alcanzado una proyección mayor entre los lectores, siendo, como es, uno de los grandes. Pero a veces no hay explicaciones para muchas cosas en el mundo de la literatura. Ni en el mundo en general.

Alannah hace las presentaciones y John Banville se sienta a mi lado. Conoce bien España, desde los años sesenta, y ha visto la evolución del país con ojos atónitos. Ahora viene con frecuencia, porque su obra es muy celebrada y porque, como está considerado uno de los grandes autores de Europa, se traduce prácticamente todo lo que escribe. Pero Banville es cercano y jovial. Está cansado (creo que ha bajado en coche desde Dublin) y no tiene mucho tiempo. Hay un deje irónico en casi todo lo que dice y una tendencia a no querer explicar el origen verdadero de su literatura. Tal vez no lo sepa: nada raro en un autor. Le pregunto por su éxito en España, que es, en realidad, un eco de su éxito en todo el mundo y me contesta, con media sonrisa, que el que verdaderamente tiene éxito en España es Benjamin Black, su alter ego. Banville lleva años compartiendo su vida literaria entre dos nombres. : el suyo y este tal Black. Se lo inventó para salir de su obra y hacer otra más ligera, más en plan novela negra. Y ahora se encuentra con que Black a veces le supera. Ni siquiera quiso disimular. Todo el mundo sabe que Black en Banville, aunque no está muy claro que Banville sea Black, o que quiera serlo. “Escribe muy rápido, de otra forma”, dice. En cambio a John Banville le cuesta mucho escribir una de sus novelas más profundas, siempre minuciosas, delicadas, pobladas de detalles y de una cierta nostalgia. No es el caso de Black, desde luego. “Creo que Irlanda y España tienen muchas cosas en común, una historia oscura y problemática, así que tal vez sus gustos sean parecidos. Ambos países han experimentado una terrible guerra civil en el siglo XX, ambos han conocido la notable presencia de la Iglesia, y un cierto grado de corrupción en la política. Así que creo que ambos países se parecen más de lo que pudiéramos pensar en principio”, comenta, subrayando cuidadosamente las palabras.

Le digo que me sorprende su facilidad para cambiar de registro, su facilidad para pasar de ser Banville a ser Black, y viceversa, a pesar de que se trata de registros literarios muy distintos. Por no decir opuestos. “Oh, no es tan raro”, replica. “No lo es. Cualquiera podría hacerlo, porque lo hacemos todo el rato, en la vida real. Cambiamos de registro sin cesar. Tenemos papeles distintos, según las ocasiones. Pero bueno, reconozco que escribo mucho más deprisa metido en la piel de Benjamin Black. Y admito que es una forma mucho más relajada y tranquila de escribir”.

Lo que es cierto es que los escritores irlandeses han alcanzado siempre una aceptación extraordinaria en todas partes y han sido reconocidos como tales con cuatro premios Nobel de literatura. Hasta el momento. Irlanda parece una nación especialmente dotada para las artes. La música y las letras, especialmente. En Inglaterra llevan años pensando exactamente lo mismo, y, de hecho, no son pocos los irlandeses que ocupan lugares de privilegio en los catálogos de las editoriales inglesas más importantes. Y, por supuesto, también en el resto de Europa y en América. Banville no se extraña de ello. Él no está, seguramente, en la línea de algunos de los más notables experimentalistas irlandeses, pero su obra tiene una gran aceptación en el extranjero y también en su propio país. Ha publicado mucho, desde su primer libro, Long Lanking, allá en los lejanos años 70. Primero trabajó para algunos medios de comunicación, la prensa, entre ellos, lo cual le dio cierta disciplina como escritor. A partir de ahí, no ha dejado de ganar adeptos. Birchwood, Mephisto, The Untouchable, El libro de la evidencias y, por supuesto, El mar (Anagrama), ganador del Booker Prize en 2005… Y ahí están sus vidas noveladas de grandes nombres de la historia, como los dedicados a Copérnico, Kepler y Newton. Por último, ha llegado Benjamín Black, descargando a Banville del peso de la gran literatura, para permitirle merodear por los territorios de la novela negra y detectivesca, por esos territorios que se escriben y se leen con extraordinaria rapidez. John Banville tiene ya un importante lugar en la literatura, no sólo por sus abundantes ventas, sino por su indiscutible calidad y profundidad. “Creo que una de las razones por las que los escritores irlandeses suelen alcanzar gran popularidad está en nuestra obsesión por el lenguaje. Y también en nuestra obsesión por la historia”, me confiesa Banville. “Pienso que los lectores y los escritores tenemos ese comportamiento obsesivo, que consiste en narrar una y otra vez nuestra vida, nuestra historia, contar lo nuestro sin cesar, y eso, claro, tiene un eco y viaja más allá de nuestras fronteras”

Cuando intento decirle que El mar, considerada su obra maestra hasta el momento, tiene un enganche sentimental con los lectores y que me parece enigmática me mira extrañado. “¿De verdad? No quería hacer nada enigmático”. Y entonces le pregunto por qué razón la escribió, cuál fue el origen del libro. “No lo sé”, dice resignado. “No sé por qué se producen los libros. Ni si hay una razón especial para iniciarlos. Sólo quería escribir una historia corta sobre la infancia al lado del mar, simplemente. Lo que ocurre es que luego la voz del narrador empezó a sonar en mi cabeza, no me digas cómo, y yo seguí y seguí. Y salió El mar. Pero verás, no creo que haya una razón para escribirlo… un origen… yo no planeo nada… los libros crecen solos, son orgánicos, son como las plantas”. Banville, en efecto, no rebusca especialmente en el lenguaje ni en la fraseología. Pero sí en las emociones. O tal vez le salen solas. Crecen desde abajo. Le digo si alguna vez ha escrito siguiendo un esquema, como Joyce: “No, no, yo apenas tomo notas… alguna palabra o frase, pero poca cosa, no hago planes…”. Ya casi despidiéndonos, dejo caer que me parece que, en el fondo, John Banville está un poco en contra de la larga sombra de la tradición modernista. Y eso a pesar de que Irlanda tiene en su nómina a modernistas de postín. “Bueno, sí, la verdad es que no se puede decir que yo sea un escritor avant-garde, eso está claro…”, replica. “Creo que es tiempo de regresar a una forma más tradicional de construir el arte, es lo que estamos haciendo, en realidad, por mucho que el modernismo haya logrado grandes obras singulares, que están ahí, como están ahí todas las estatuas… porque siempre han estado detrás de todos nosotros, inevitablemente”.

Esta entrevista con el nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014 tuvo lugar en 2009, en Irlanda.

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