Poniatowska

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Y TIENE CARA DE NIÑA, a pesar de los 82 años. Elena Poniatowska llegaba ayer con un vestido rosa tradicional y se hacía retratar rodeada de sus nietos. Ella gesticula con elegancia, dice cosas brutales sobre el mal y la muerte, sobre la mujer obligada a la invisibilidad, pero ay, aún tiene cara de niña: adivino la infancia, ahí mismo, galopando. Todo México galopa en su corazón, el mismo México de vértigo, calle Fuego, donde se fue Gabo, hace unos días. Hubo un temblor del suelo, pero el temblor es más bien literario. O mejor no: es la solidez. Los firmes cimientos. Poniatowska los ha construido. Con Gabo, con los otros. Me encontré a Darío Villanueva una noche en un puente aéreo y me dijo: “se lo hemos dado a Poniatowska”. Era el Biblioteca Breve (Seix Barral), por la excelente Leonora (Carrington, claro). Y hoy, el Cervantes. Lástima que esta semana tan literaria contenga una muerte, la de Gabo, pero ya se sabe que de los escritores se habla en los premios y en los entierros. Cuando hacen un libro, apenas suena algo. Y eso con suerte. A Poniatowska le acompañó hoy una solemnidad que no tiene que ver con su formación, ni con su idea del mundo: apareció menuda, argéntea, dura como boj ante la adversidad, apareció, digo, en el escenario de Alcalá de Henares y contó lo mal que lo pasan algunos. Dedicó el discurso a los que fueron asesinados, empobrecidos, robados, olvidados, enterrados. También Poniatowska se fue construyendo desde el periodismo, como Gabo, y sabe bien el sabor de la calle, y por eso dice que hizo el discurso para los que, por no tener, no tienen ni un burro. Así que hoy, Día del Libro. Ya ven qué cosas. Aún con los ecos del fútbol en las orejas, han brotado las palabras de una periodista en tierra de Cervantes. Una rareza, siendo mujer, tan poco premiadas (solo cuatro), tan ausentes, tan invisibilizadas. Ella es menuda, pero su mirada llena de luz es de hace mucho tiempo: no hay cansancio ahí. Galopa México, un temblor: el temblor de las mujeres grandes. Apareció vestida, como dijo, con ropa de las mujeres de Oaxaca, todo pura tierra, rojo y amarillo chillón, fiesta para lo sentidos, pasión y fuego por vivir, llevando sin sombra de desmayo 82 años de pasión y libertad.

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