Leopoldo María Panero

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CONOCÍ A MICHI PANERO, gracias a Ricardo Franco. Pero no a Leopoldo María. De él me hablaba Michi aquel día ya lejano, en Compostela, y de la mala estrella. Estaba retirado de la vida: vestía zapatillas de deporte, tal vez un chándal. Comía pistachos, me parece. Con naturalidad te contaba las cosas más terribles. En una habitación de hotel. Pero estaba huyendo de sí mismo. De los Panero. A veces vuelvo a ver ‘El desencanto’, de Chávarri, o ‘Después de tantos años’, de Ricardo Franco, y me tiembla el cuerpo: de emoción y de miedo. Nadie ha narrado así la desesperación, el infinito naufragio. Michi dijo que al final habían abrazado la monstruosidad, quizás impulsados por el sueño de la razón. Creo que amaba a Leopoldo María: era lo que más le importaba, pero no lo creía desvalido. Loco, sí. Leopoldo tenía sólidos argumentos para su locura poética, una furia interior, una belleza terrible. Escribía como un modernista, con esa elegancia. Pero daba dentelladas al aire. Era un dandi perdido para la causa de los cisnes, que bebía cocacola. Una ruina, escribió de sí mismo en algún poema, recordando a Yeats. Michi Panero, descreído, abortaba trascendencias, mientras Leopoldo construía torres hermosas en el aire. Para derribarlas después. Michi me hablaba de su madre, Felicidad Blanc, aquella tarde. El tenía otra percepción de la madre, distinta de la de Leopoldo, me refiero, pero a fin de cuentas, la familia entera había sobrevivido devorando trozos de soledad: Michi decía que no había forma de tratar con Leopoldo. De Juan Luis, no hablaba. En realidad, se desnudaron ante Chávarri y Ricardo Franco: no hay ningún poeta que haya abierto así su alma en canal para una cámara. Ahora ya no queda ninguno. Poco a poco se marchitaron los Panero. Y ahí se queda su casa en Astorga, y se quedarán los pájaros cantando. Son héroes entre tumbas de vanguardia. Leopoldo María se ha muerto ayer, con la etiqueta de maldito. Con el privilegio de haber pilotado con mano temblorosa la nave de los locos. Me hubiera gustado conocerlo, como conocí a Michi, porque ha sido uno de los poetas más grandes del siglo XX y él lo sabía.

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