La nieve está en mi corazón

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FOSA

Lo peor del invierno eran los muertos.

Costaba mucho abrir la fosa,

con las heladas.

Al anochecer,

alguien subía al campanario

a hacer el toque

de difuntos.

Y mientras,

ellos cavaban sin hablar.

De vez en cuando,

un trago de orujo,

como un disparo en la boca.

Se agachaban y se alzaban,

la azada en la mano,

el ritmo perfecto,

apartando las piedras

buscando,

en lo profundo.

Alguien creyó ver restos

de muertos antiguos

y madera podrida

de ataúdes,

barcos del inframundo.

Pero todo era para la tierra.

La helada negra hacía difícil la tarea.

A aquellas horas

estarían empezando

a velar

el cadáver

en la sala principal de la casa.

Y habría comida y bebida en la cocina

para los que venían desde lejos.

Debian tener dispuesto el hueco

sin tardanza,

antes de que la noche gélida

cubriese la llanura.

Por la mañana,

el albañil terminaría la faena,

sobre la tierra fresca

y perfumada.

Lo peor del invierno eran los muertos.

Costaba abrir la fosa,

en aquella tierra endurecida

por el frío.

El aliento se condensaba en el aire a cada golpe seco.

Uno fumaba y dejaba caer la ceniza sobre el agujero.

El otro vigilaba la botella.

Pero apenas hablaban.

Y entonces, fue cosa de un segundo,

entre golpe y golpe,

al alzar la azada y detenerse

a contemplar el trabajo realizado:

su mirada se cruzó con los ángeles blancos,

brillando extrañamente,

inmóviles,

y las flores perpetuas,

de plástico,

y el vaso de cristal,

vacío.

Y mugriento.

Allí estaba.

Hacía cinco años que lo habían perdido

sin entender cómo.

No había helada el día del entierro,

sino el eco reciente de la fiesta del verano

y los fuegos artificiales sobre el río

que llenaban la noche

de luz,

cuando lo llevaron

muerto

a casa.

Aquella tarde

se habían ido del cementerio cogidos de la mano,

solos él y ella,

cerrando con cuidado,

sin hablar,

la puerta de hierro oxidado.

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