El asno, Apuleyo, El Brujo y la risa

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QUE RAFAEL ÁLVAREZ, ‘El Brujo’, grandísimo actor del siglo de oro (que de momento no es este, ya se lo adelanto), mantenga a tres mil personas riéndose de sus ironías y de las de Apuleyo en el Teatro Romano de Mérida es un motivo para la esperanza. La esperanza está en la cultura. Pero también en el humor. Como dice el excelente traductor John Rutherford, nuestro inglés de Ribadeo, el Quijote es lo que es porque combina a la perfección dos cosas: buena literatura y mucha risa. El poder, cualquier poder, suele temer al humor y a los cómicos. Bien lo sabía Fernando Fernán Gómez. Porque es el cómico el que desnuda la verdad, o la mentira, según se mire, el que muestra al emperador desnudo y el que se atreve a decirlo. Apuleyo compuso ‘El asno de oro’ desde una cierta locura narrativa: a pesar de la procacidad de sus contenidos, o precisamente por eso, debería estudiarse a fondo para comprender el alma humana. Volver a los clásicos nunca sobra, por mucho que sea un tópico. Ya sé que la educación, que ha ido eliminado paulatinamente el latín y el griego (gravísimo error), no está para esos trotes. Tampoco aspiro a que Televisión Española lo emita (una televisión que, por cierto, tiene una asombrosa historia teatral). Pero sí me alegra que tres mil personas se rían con El Brujo, que hace alquimia con la palabra. Todo se vuelve de oro, como el asno, en su elegante expresión. Y como cualquier libro que analiza las miserias humanas (y sus gozos, y sus sombras), lo de Apuleyo viene muy al pelo. La misión del humorista sigue siendo la misma de hace dos mil años. La de ir más allá del pensamiento oficial y del pensamiento políticamente correcto, que suele ser lo mismo. Sea Apuleyo o sea Aristófanes, que ponía del hígado a los ridículos biempensantes, reeditar esas maravillas (y no digamos ponerlas sobre las tablas, o las piedras, de Mérida) es algo impagable. Esos textos nos abrirán los ojos, si logramos volver a ellos. Lean ‘El asno de oro’, si quieren leer novela contemporánea

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