Noemí Sabugal: tiempo de silencio

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La escritora leonesa publica ‘Al acecho’ en Algaida, una historia trágica en medio de las oscuridades de 1936

Una entrevista de José Miguel Giráldez

En la penumbra cálida del Hotel Virxe da Cerca, en Compostela, me encuentro con Noemí Sabugal. Mientras, fuera, cae la lluvia pertinaz. Se diría que hace mil días que llueve: sin pausa, sin prisa, con dedicación. Llueve a Dios, que dicen aquí, con ese rigor y ese estilo que hacía muchos inviernos que no veíamos. En la penumbra cálida de este hotel, Noemí Sabugal se refugia del invierno como quien entra en el vientre de un submarino. Esta periodista leonesa (ahora en Diario de León) acaba de publicar Al Acecho, una historia oscura que roza los párpados de la tragedia de 1936. Es en ese instante en el que se desarrolla la trama, negra por más señas, en torno a unas niñas desaparecidas y muertas por una mano asesina. Sus cadáveres, rigurosamente colocados, las manos juntas, la ropa arreglada, no hacen más que intensificar la desazón. Pero esa historia, en realidad, está abrazada por los últimos días de paz en Madrid. El Frente Popular ha ganado las elecciones y hay un perfume de tragedia invadiendo el ambiente. Se percibe la trémula mano de la incertidumbre. Noemí Sabugal ahonda en aquellos días frágiles que la memoria, o los periódicos de la época, conservan con nitidez. Días en los que las amenazas del desastre se mezclaban con anuncios comerciales que prometían pechos más erguidos y duros a las mujeres jóvenes. La belleza se daba la mano con la pobreza y el miedo. La esperanza brotaba entre los pliegues de la oscuridad, pero más tiniebla sería arrojada sobre los más débiles.

Llueve ahí fuera de forma inmisericorde. Un café ante Noemí, que me recuerda días de mi propia infancia leonesa. Y los periódicos. Hablamos de amigos comunes, aunque conocidos en edades distintas. Hablamos, por ejemplo, del gran Alfonso García, alma máter del suplemento cultural Filandón, uno de los grandes periodistas y divulgadores culturales que conozco. Aunque Alfonso es, sobre todo, un hombre en el buen sentido de la palabra bueno. Hablamos de algunas cosas. Noemí Sabugal (Santa Lucía, León, 1979) está envuelta en la penumbra, sonríe con cierta timidez, sin excesos, cuanta lo agradecida que está, lo bien que le ha ido. Finalista del Fernando Quiñones por El asesinato de Sócrates. Premio Cossío de Periodismo en Castilla y León. Y ahora, el Felipe Trigo por esta novela que acaba de ver la luz, y que publica Algaida. En la portada dos niñas desharrapadas (“que podrían ser mis abuelas ahora”) contemplan quizás un bombardeo de fuego sobre la ciudad de Madrid. Le digo que es un libro de colores rojos y negros, de oscuridades, de putrefacciones, de suciedades. Un libro en el que se adivina el aliento fétido de la guerra. Un libro que describe las entrañas humeantes de una ciudad en la que se cuece la gran orgía de la muerte. Le pregunto cómo ella, tan joven, ha podido entrar con tanta verdad en esas humeantes entrañas. “Si hablamos con la gente mayor, y quién no tiene gente mayor, rápidamente entiendes cómo era aquel momento terrible”, explica Noemí Sabugal. “A mí me ha llegado, sobre todo por parte de mi familia asturiana, que en la cuenca minera sufrió una represión importante. Hay que darse cuenta de que mucha gente que ahora tiene una edad avanzada sólo eran niños entonces. No se percataron de lo que supuso la guerra. El final de los progresos, del avance incipiente de la mujer, de tantas cosas. Hoy lo sabemos bien. En realidad, existía en las familias un cierto pacto de silencio, aquellas cosas de las que era mejor no hablar. Cosas que dolían”, cuenta. “Y luego, sí, está la documentación. No me interesaba tanto por la documentación de los hechos como de los ambientes, de la atmósfera. Quería ver cómo se vivía exactamente en cualquiera de aquellos días, y los archivo digitalizados de los periódicos del año 36, que se pueden consultar en la Biblioteca Nacional, te devuelven justo eso: lo que pasaba cada día. Fue para mí una fuente de información muy interesante”, reconoce. “El Heraldo de Madrid, la Época… una revista femenina como La Estampa… o el ABC, que tiene su propio archivo digital: eran algunas de la publicaciones del momento, algunas de las que he consultado. En realidad me interesaban cosas que pueden parecer nimias. Lo que ponían en el cine, lo que costaba, si era refrigerado o no (pues el precio variaba). Me interesaba si el Madrid había jugado, qué reacciones aparecían en los periódicos. Y sobre todo los anuncios. Algunos de esos anuncios se reproducen en las páginas de la novela. Son curiosos, estrafalarios a veces. Con todo lo que se venía encima,  allí estaban, los anuncios de la vida más asombrosamente cotidiana. La vida. Allí estaban la cremas para mujeres, un aparato que, por lo visto, servía para endurecer lo pechos… y ahora nos llama la atención la teletienda…. (ríe). También había bastante publicidad para aumentar el tamaño del pecho, mediante píldoras, etc. Es curioso y tiene una lectura profunda: pensemos que, con la guerra y la dictadura, todo esto cambió radicalmente. La mujer, prácticamente, dejó de tener pechos: ropa hasta el cuello y de la rodilla para abajo. Ya nada de eso tendría sentido. Y así comprendes cómo la apertura de aquel momento, a sólo unos pasos de la guerra, fue realmente importante”, subraya Sabugal.

Para ella, la historia ha dejado una extraña memoria sobre la República. “Ha quedado un poso de que aquella fue una época de izquierdas. Y no es verdad, claro”, explica la autora de Al acecho. “Fue simplemente una época de partidos, de elecciones entre partidos, de votos. No es justo transmitir que la República era un régimen de las izquierdas, porque no es así. Pero cuando lees cosas, tienes la sensación de que eso es lo que ha quedado. Hubo dos años de gobierno de derechas, que luego la izquierda llamó, por cierto, el Bienio negro. Lo que pasa es que la victoria del Frente Popular propició los conflictos, ante la incomodidad de algunos que habían perdido privilegios. No obstante, hay que señalar con claridad que la guerra no fue ni mucho menos inevitable. Recuerdo ese libro de Gil Robles, No fue posible la paz, que parece querer decir que no quedó otro remedio, que vino dada, como si fuera una maldición divina. No puedo estar de acuerdo. Había muchas divisiones, la CEDA no tenía ningún respeto por José Antonio, y en la época, en el 36, como ha señalado Gabriel Jackson, la falange no tenía demasiado importancia. Tanto es así que José Antonio pierde el acta de diputado. Y la izquierda también estaba dividida. En el libro se habla de enfrentamientos entre la CNT y la UGT, y el PSOE, que era más minoritario que el partido de Azaña, aunque había apoyado a la izquierda a la hora de formar el Frente Popular, luego no quiso entrar en el gobierno. La verdad es que todo esto se simplificó, y con el paso del tiempo, y de la dictadura, claro, se concluyó simplemente que la República había sido un sistema político de izquierdas. Ya digo que no fue así”. Y en esa atmósfera se mueve el libro. Con la presencia constante de la fragilidad del futuro. Con la presencia constante de la muerte. Se trata de un libro que no elude el compromiso con los acontecimientos terribles. “El protagonista es Fierro, un policía endurecido, encallecido, que evita cualquier sentimentalismo. No quiere ser, dice, uno de
esos estúpidos héroes que suelen acabar en la tumba”, narra Noemí pormenorizadamente. “Desde luego hay una historia policiaca. Fierro se obsesiona con el caso de las niñas que aparecen muertas, en medio de todo ese aire sórdido que rodeaba la vida cotidiana. Lo que pasó en Asturias en el 34 fue puro compromiso político. Pero en Madrid era diferente. Fierro, ya digo, se ve empujado por las circunstancias, no quiere meterse en líos porque es un descreído. Algunos lectores lo han visto, incluso, como un cobarde. La pregunta es qué hubiéramos hecho nosotros si nos hubiera tocado vivir en estas circunstancias tan duras y tan impredecibles”, concluye.

En el libro late el miedo. Los seres que lo habitan parecen animales asustadizos. En el libro late la oscuridad, la putrefacción, la podredumbre. La naturaleza se une a la acción, es un personaje más. Como con los románticos. La naturaleza anuncia la furia y el desasosiego. Y los insectos, la descripción de las hormigas… “me has recordado a Luis Martin Santos, ya ves”, le digo. “Me lo han comentado, no creas”, reconoce. “Me ha resultado curioso, y creo que se parece un poco a Martin Santos quizás por los personajes. Es una novela descarnada, también. Quería explicar cómo se movía la gente con cierta desorientación en el Madrid de la época, con un calor asfixiante en el ambiente… la presencia de las mujeres, del amor, de los que
conspiraban con pequeñas o grandes cosas en la sombra. Quería mostrar la opresión, la dificultad para respirar”, dice Sabugal. “Y te inspiraste en Cela”, apunto. “Bueno, si, en San Camilo 1936. No es que me inspirara, aunque me gusta mucho estilísticamente por su renovación. Ya se sabe que Cela, al contrario de Martín Santos, no es muy humano con sus personajes. Uno de los protagonistas es uno de los que mató o pudo matar al teniente Castillo… se deja entrever, por lo que recuerdo… Pero el libro que me parece realmente interesante para todo esto es La llama, de Antonio Barea, porque narra su percepción personal, es un testimonio directo que en su momento tuvo gran influencia”.

Al acecho no renuncia nunca al escenario descarnado y terrible. La muerte, la pérdida de la inocencia, la injusticia profunda de la guerra. Todo eso está ahí, en esta novela que nos sujeta firmemente por el cuello, que nos hace sufrir y respirar con dificultad. Una novela sobre la fragilidad de la vida más cotidiana, sobre el enorme esfuerzo por sobrevivir en un caldo denso y ardiente, en un caldo de ideas y de miedos cruzados.

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