En A Coruña, con Enrique Vila-Matas

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ENTREVISTA / ENRIQUE VILA-MATAS

«Yo no tengo las obsesiones que tienen mis personajes»

Una entrevista de José Miguel Giráldez

En el hotel Zenit de A Coruña cae la sobremesa del invierno, con su recado de lluvias. El Atlántico está literalmente ahí al lado, golpeando con fuerza el paseo marítimo, levantando cortinas de espuma. En el hotel Zenit, a esta hora, se respira una tranquilidad de luces bajas, conversaciones agazapadas en las esquinas. Nadie diría que el invierno brama fuera como un animal en celo, que el viento entra por las calles como entran los caballos en la recta final del hipódromo. Espero a que aparezca Enrique Vila-Matas. Javier Pintor se ha encargado personalmente de decirle que aquí estaremos, en el hotel, esperando su llegada. Pintor organiza unas jornadas de autor, y en la tarde en la que esta entrevista va a tener lugar, Vila-Matas es el invitado. Una suerte para el público, pues Vila-Matas es uno de esos autores literariamente escurridizos, casi inaprehensibles, cuya literatura debes atrapar como se atrapa un conejo en el jardín. Reduciéndolo poco a poco contra los setos. Y aún así, es probable que termine escapándose.

La primera vez que hablé con Enrique Vila-Matas fue por mediación de la gran Nahir Gutiérrez, de la editorial [Seix-Barral]. Creí que no sería fácil, pues consideraba que, si su literatura me había fascinado por su dificultad, tratar con él no sería mucho más sencillo. No sólo lo fue, sino que a partir de aquel primer contacto mantuvimos un cierta correspondencia electrónica (Vila-Matas no será un geek, pero tiene un cierto apego por la comunicación virtual, por llamarla
de alguna manera; y está en la pomada digital, como su página web demuestra). Lo cierto es que yo, que he sido vilamatiano hasta las cachas, me hice un buen amigo virtual de Vila-Matas, es decir, un amigo invisible. Con él tengo en común el amor por Joyce y las cosas joyceanas. Quizás decir amor sea mucho decir. Dublinesca me había encantado, y más cuando me enteré de sus andanzas joyceanas cerca de Dublin, y de todo lo demás. Cuando terminé Aire de Dylan le solicité otra entrevista, pero estaba cansado y volcado en la promoción de su obra en otros países (es, sin duda, uno de nuestros grandes autores internacionales). “Como amigos que somos ya, le pido a usted que me dispense”, me dejó dicho en un mensaje electrónico. Sin embargo, no dudó en prestarse a una larga charla en esta visita a A Coruña. No siempre puedes tener a Vila-Matas frente a ti, durante exactamente una hora, para hablar de absolutamente todo su universo literario. Así que me siento afortunado. Y hubiéramos seguido, de no ser que llegaba la hora de su intervención ante el público, de la mano de Pintor y Seoane. Vila-Matas llegó y, aunque no me había visto en persona antes, se dirigió hacia donde yo estaba, en la penumbra, bajo la luz casi mortecina de una lámpara. “Giráldez, supongo”, dijo, o me pareció oír que dijo. Y tal vez porque consideraba que los joyceanos nos debemos gratitud mutua, o incluso fidelidad, no dudó en sentarse y en hablar durante una hora larga.

No soy un especialista en su obra, pero si un profundo admirador. Y como sus novelas están pobladas de puertas minúsculas por las que se escapan sus personajes hacia otras novelas, como todas sus obras están relacionadas, unas con otras, de misteriosa manera, como si todo respondiera a un universo único, a un escenario único, no resultó fácil hacerse con el gobernalle del navío, pues Vila-Matas, lo mismo que no es un escritor fácil, tampoco es un entrevistado sencillo, y tienes que poner suma atención en sus claves, en sus senderos, que se bifurcan, y en todos esos viajes al interior de la noche de sus personajes.

Vila-Matas mira directamente al interlocutor cuando habla, pero con cierta timidez y contención, aunque vaya a decir algo realmente provocador (a veces lo hace). También baja la cara, como buscando introspección, y luego goza con la sorpresa, con la extrañeza de las cosas. Como en su propia obra, en numerosas ocasiones se refiere a la técnica, al oficio de escribir, pero en otras fabula con sus propios personajes, que sin duda tienen una parte de sí mismo. Acaba de reeditarse (ahora en Seix Barral) El mal de Montano, una novela de 2002. Y esta es ya una noticia más que suficiente para hablar con Enrique Vila-Matas. ¡El mal de Montano! Un espectacular viaje a sus atormentados personajes metaliterarios. ¡El mal de Montano! Le digo que tiene fama de escribir desde el ensayo, desde la opinión. También cuando escribe novelas. Y confiesa que sí, que el ensayo es algo que siempre le ha interesado mucho. “Hay novelas mías en las que el ensayo es importante. Aire de Dylan, en cambio, es más narrativa. Pero si nos referimos a El mal de Montano y a Pasavento, que van seguidas, es verdad que se puede hablar de que están construidas como una mezcla de autobiografía falsa, ensayo, libro de viajes y narración inventada. Entonces, cuando hace diez años aparecía El mal de Montano, es cierto que no se trataba de una obra al uso, aunque tenía sus antecedentes, desde Magris a Sebald, pasando por Sergio Pitol, autores todos ellos que fusionaron narración y en ensayo en muchas ocasiones”, explica Vila-Matas. “No es un género, es una mezcla de cosas. Es más bien un estilo”, dice.

Hablamos del estado actual de la literatura. Su interés por Kafka, presente en tantos de sus libros, y, desde luego, sus otros intereses modernistas, como Joyce, o como Beckett, que está muy presente en Dublinesca, me llevan a creer que estamos ante un autor con voluntad de renovación, aunque él mismo cita la posibilidad de la muerte de la literatura. Pero no parece que la literatura esté en un momento experimental tan lleno de energía como fue, hace ahora cien años, el Modernismo. “Sentimos la necesidad de regresar al Modernismo, liberándonos de eso que se llamó el Posmodernismo. En cualquier caso, se trata de algo imposible de llevar a cabo. Se trata de escribir de que quizás no tenemos futuro, incluso de que no podemos escribir más, pero también podemos construir la literatura desde sus propias ruinas. Y, desde luego, admito que mis libros hablan de la muerte de la literatura en numerosas ocasiones”, cuenta Vila-Matas desde el lado teórico. “Pero el Modernismo se encargó de demostrar que el argumento y la acción no eran necesarios en una novela, hasta hacer desaparecer ambas cosas, escribiendo desde la mente de los personajes, y creando eso que se llamó el monólogo interior. Tú empleas técnicas similares, de tal forma que el argumento tradicional también
desaparece en la mayoría de tus obras”, sugiero. “Habría que decir que lo que pasa es que yo soy así”, asegura Vila-Matas con una sonrisa tímida. “Eso es. Yo soy así. Mi tendencia es buscarme problemas. Me complico la vida. No es que yo no quiera trazar tramas. Tramas hay, frente a libros más radicales que, en mi opinión, cometen errores: son libros que sólo leen los amigos de los autores. No estoy a favor de empresas demasiado radicales, no creas. Ahora bien, yo me complico mucho, trabajo desde la complicación de los argumentos, es cierto. Creo que el lector ha de tener siempre algo a lo que agarrarse. Muchos me preguntan cómo es que tengo lectores, con tanta rareza. Y lo que pasa es que intento mantener cierto hilo, cierta ayuda al lector. No quiero dejarlo de lado. Hay, como te decía novelas muy pedantes en España. Novelas a lo Thomas Pynchon, y cosas así. Y una cosa es Pynchon y otra imitarle. Ahí empieza el desespero. Los autores cabreados porque no son leídos. Céline decía que había que reformar el estilo francés, pero un poco. Porque si te pasas, ya no es el estilo francés”, sigue contando el autor de El mal de Montano, sin cortarse un pelo. “El lector es imprescindible para que exista el hecho literario. Puedes escribir para ti, pero es otro tema. La literatura está relacionada con la comunicación, pero durante años me he negado a admitir esto. Me he pasado toda la vida siendo un autor muy minoritario. Ahora es cierto que ya no lo soy, que tengo un público, y en gran medida en el extranjero, pero tampoco sabría decir muy bien por qué. Lo vi este verano en Brasil. Aparecía mucha gente
entusiasmada con mi obra, porque yo no hago libros, sino una obra, y allí se
publicaron varios libros míos seguidos. Y lo que paso es que algunos se
hicieron adictos a mi estilo, a mi manera de ver el mundo. Es tu forma de ver
el mundo lo que hace que tengas autores fieles. Todos los escritores queremos
tener lectores adictos a lo que escribimos. Esa es la cosa. Y siento que eso me
pasa ahora, por ejemplo, en países tan difíciles como Estados Unidos. En Nueva
York las críticas que han aparecido han estado muy bien. No puedo decir que sea
un fenómeno concreto, sino bastante repartido. Quizás porque cuando se ve la
obra un poco globalmente se busca el libro que falta, el libro que encaja”.

Me atrevo a decirle que todos sus libros contienen la misma idea matriz. Que hay una fuerte unidad en la idea que los domina y los agita. No es que sean el mismo libro, pero algunos han de leerse en conjunto, para comprender la construcción del universo literario de Vila-Matas. Y no me refiero solamente a la trilogía metaliteraria más conocida, a la que pertenece El mal de Montano. “Podría decir que, en mi caso, es el mismo libro, pero distinto. A Simenon le dijeron que sería genial el día en que hiciera una obra con treinta personajes. Y él dijo que ya estaban en toda su obra, yendo de un libro a otro. Que así era como había que entenderlo. Pues siento que me sucede algo parecido. La gran novela es la obra completa. A Marsé también se lo dicen. Creo que los que me conocen saben que mis libros se desarrollan de forma ilimitada. Si no fuera así estaría acabado hace tiempo”, explica con voz tenue, pero contundente. Y es entonces cuando no puedo dejar de mencionar uno de sus temas favoritos. El escritor ágrafo. O el escritor lleno de literatura que no puede zafarse de ella. Y la idea, algo obsesiva, del fracaso. “Necesito pretextos para hablar de la vida, de todo lo demás. Es lo que pasa en esas novelas negras que se basan todas en la época de la Ley seca. Realmente es un
pretexto para poder hablar de todo. Si pongo de protagonista a un carnicero, me
va mal para lo que yo quiero contar. Por eso pongo un editor, o un escritor, claro. Busco una obsesión para agotarla. Creo que no tengo obsesiones. Las que busco en literatura, son falsas. Nunca he querido cometer suicidio, ni he estado enfermo de literatura, ni he querido desaparecer… son cosas que le pasan a mis personajes. Pero no a mí. Y con el fracaso pasa lo mismo. Piglia dice que cuando yo publico un libro se lanza a buscar en qué obsesión me habré metido esta vez. Pero la obsesión es lo que mueve al héroe en las novelas, ¿no es así? Es el motor que me lleva a escribir”, explica. Hay autores, que Vila-Matas cita, que sí sufrieron esas obsesiones. Y como su obra es fuertemente metaliteraria, la obsesión falsa y la real se dan a menudo la mano. “El que cuenta el libro no soy yo. Es otro. Pasa en El mal de Montano. Y el que escribe tiene sus gustos, sus aficiones, sus obsesiones, que yo no siempre comparto. Establezco un juego que me hace reír. Mi obra, en los últimos años, es irónica, es paródica. Hay que partir de esto. Bolaño estaba, un poco, en lo mismo. La crítica americana lo ha visto bien: es un humor no muy español. Yo mato a la literatura para sacarla del caos en el que está y así hacerla revivir. Y eso a veces no se comprende mucho, claro. Me encanta introducir falsedades… cosas inventadas… cada vez pongo más citas inventadas… me divierte muchísimo. También lo hago en los artículos: “cada vez que hago una novela espero que me la termine mi limpiabotas”, escribí el otro día que había dicho alguien. Y es inventado, pero me gusta. Lo cierto es que quien dice eso es alguien que tiene problemas con el final de sus novelas. En El mal de Montano me ocurrió, supe que la novela no tenía final. Y ahí es donde sabes que tienes que resolver un
problema”, sigo argumentando Vila-Matas, cada vez más divertido. “Me encanta
tener problemas en la construcción de la novela, después de todo”.
El mal de Montano tiene cosas del Quijote, y Vila-Matas hace guiños a la obra de Cervantes. “No entendieron en la traducción lo de la ‘triste figura’, por ejemplo, aunque luego se rectificó”, dice de pasada. “Llevaba media novela escrita y me di cuenta de que, como en el Quijote, esto era el discurso de un loco. Por eso supe que necesitaba un contraste, alguien que llevase al protagonista hacia una cierta cordura. Bueno, eso es lo que hace Sancho en el Quijote, ¿no? Antes incorporaba más biografía falsa que ahora, estoy en otra etapa. Bueno, o quizás no. Una vez empecé a decir a varios amigos en Barcelona que quería volver a escribir cosas raras. Quería ser raro como era antes. Y me hicieron ver que eso era lo verdaderamente raro. Intentar volver a una antigua rareza, así que no me preocupara”, dice, otra vez, desde el humor profundamente cáustico. Hablamos también de otros autores cercanos para él. Rodrigo Fresán, por ejemplo. Javier Marías. “Nos conocimos con veinte años. Me lo presentó Michi Panero”. “Por cierto, pensando en lo que a veces se le ha hecho a Marías, me molesta mucho que en este país se antepongan aspectos locales, como si alguien cae bien o mal, a la verdadera calidad del escritor. Pero bueno, a veces tu país deja de ser tu referencia directa. Uno a veces ya no piensa tanto en eso. Yo creo que mi centro está ahora mismo en otro lugar, y ya no preocupa tanto lo que pueda decir de mí el crítico de un periódico importante. Y la verdad es que la crítica no me ha tratado mal”, deja caer, complacido, como quien deja caer una piedra. “Ahora, no me importa reconocer si una novela mía fue pésima… como algunas de mis primeras novelas, menos la segunda y la quinta. Quiero creer en la evolución, en la mejora. Si te dicen
que tu mejor obra es la primera, te sientes hundido. Menos mal que no me
ocurrió eso de que todos alaben tu primera obra como la mejor posible. Si me
hubiera pasado me hubiera dedicado a pasearme por Barcelona vestido como una
especie de Marcel Duchamp catalán, esperando a que alguien me parase por la
calle y me preguntase por qué no escribía. Porque no tengo ideas, le diría,
como decía Duchamp”.

La entrevista discurre con tranquilos meandros sobre la llanura de la tarde. La ironía queda en la taza del café, y puede leerse en ella, como en los posos. Hablamos de muchas cosas. De casi todas. Pero Enrique Vila-Matas está a punto de irse. Como los últimos pájaros de la sobremesa nos sobrevuelan otras obsesiones inventadas o no. Y lugares comunes de su estética. Su afición por las teorías, por ejemplo. Todo ese afán ensayístico y teorizador de Vila-Matas, que, como pasa con las citas falsas, tiene algo de gran broma, de gran impostura. “Todo empezó en Paris, cuando llegué en el año 74. Se había acabado la novela. Lo decían los de Tel Quel. Yo me encerraba en mi buhardilla y me ponía a leer aquello, y no entendía nada. Decían que no había que escribir novelas, que primero había que teorizar. Y de ahí viene lo mío. Recuerdo un arquitecto italiano que venía por Barcelona, y por Paris, que escribía libros sobre arquitectura, pero no había construido un solo edificio.  Yo generé tanto respeto por la teoría que estuve a punto de no escribir. Luego entendí que todo era una tontería increíble. Si tu estás enamorado, tienes que hacer el amor. No teorizar sobre el amor. Entonces tal vez es verdad lo que dices… tan vez tengo una obsesión. La obsesión de los años sesenta, cuando en París intente imbuirme de las teorías de Tel Quel. Pero me ha dado juego. Una vez, en una cena con Robbe-Grillet en Barcelona, me confesó que toda su teoría era una enorme diversión, una enorme provocación, para lograr que la literatura fuera tan viva”, remata, una vez más, satisfecho de su propia provocación.

Terminamos hablando de Paris. De su escapada a Paris. “Algo expliqué de eso en Paris no se acaba nunca, pero quedan muchas cosas por decir de aquellos años. Quería que se dejara de hablar que yo había sido inquilino de Marguerite Duras. Me había alquilado la buhardilla. La hija de Picasso era amiga mía en Paris, por ejemplo, pero interesaba lo de la Duras. Al verme me ofreció su buhardilla a un precio módico, quizás porque yo no tenía por entonces casa en Barcelona. Decidí ir a vivir a Paris para tener casa, y no es una boutade. Me dio normas para ser escritor. No las he seguido. Me quedé perplejo con las normas que me dio. Me pareció, con lo que me dijo, que escribir iba a ser muy difícil. Un día me pasó los poemas de José Miguel Ullán, esto no lo he contado hasta ahora. Si que se lo conté, años después, a Ullán en Madrid. José Miguel Ullán era amigo suyo y vivía en París. Y se trataba de que yo dijera si aquellos poemas estaban bien o no. Era una doble prueba. Saber si yo sabía comentar poemas y saber qué opinaba de Ullán. Pero nunca le dije nada a Marguerite. Así que durante semanas el destino del poeta estuvo en mis, manos o poco menos. Creo que descubrir a una autora cuya conducta no era tradicional, sino bochornosa en ocasiones, me ayudó mucho. Me ayudó a salir del nido patriótico. Tuvo un gran valor para mí, lo reconozco”, concluye.

[Borges sale al final. “Me van a considerar, salvando todas las distancias, en la línea de lo borgiano. Pero mi autor favorito es Kafka. En cuanto a El mal de Montano, creo que no ha pasado el tiempo para esta novela, aunque hayan pasado diez años. En Estados Unidos se debate sobre ella. Eso me alegra mucho. Ojalá pasara aquí”.]

Esta entrevista se publicó, con ligeros cambios, en el suplemento dominical de El Correo Gallego el 17 de febrero de 2013.

2 Comments

  1. Pues sí, me gusta este encuentro-entrevista. Reconozco en este lugar al Vila-Matas de pensamiento más hondo, al habitual.
    Muchas gracias.
    Hemos subido esta página a la de lectores de este escritor en facebook, por si deseara echarle un vistazo o participar en ella…

    https://www.facebook.com/groups/218599325256/

    Un saludo.

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