En el adiós a Gonzalo Canedo

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Ahora creo que conocí a Gonzalo Canedo demasiado tarde, atravesados ya sus cincuenta. Pero, en realidad, él sólo estaba empezando. Tras un largo viaje profesional por el mundo de los libros, con sus alegrías y sus desengaños, había decidido fundar su propia editorial. Desde cero y a los cincuenta años. Yo apenas sabía de la existencia de Gonzalo, porque, aunque no había roto los lazos con su Galicia natal, con su pequeña Cerceda natal, él era uno de esos gallegos que a lo largo de generaciones triunfaron en el mundo de las letras o de la comunicación en Cataluña (hay unos cuantos). Barcelona era su escenario.

Pero un día llegaron dos de sus primeros libros a mi mesa. Dos de los primeros volúmenes nacidos al calor de Libros del silencio. Me di cuenta de que allí latía el trabajo de un verdadero amante de ese oficio, de uno de esos editores que viven el nacimiento de un libro con el nerviosismo de un padre o como un adolescente vive el primer amor. Esas cosas se notan. Supe entonces que Gonzalo Canedo había logrado al fin lo que siempre había querido. Tras una larga travesía por todas las junglas y todos los desiertos de la edición, allí estaba él, con su pequeña pero excelente editorial, con aquellos libros cuidadísimos, libros, algunos, no exentos de un libérrimo salvajismo literario, temblorosos quizás como cachorros de tigre bajo la lluvia, pero dispuestos a enfrentarse con dignidad y elegancia a una vida en solitario. Tuvo Gonzalo al fin su habitación propia. Aquella de techos milagrosamente altos en un entresuelo de Provença, calle fundacional de lo literario barcelonés.

Sólo estuve una vez allí. Había llegado a Barcelona para un congreso de literatura inglesa y Gonzalo, en cuanto lo supo, me pidió que me acercase a visitar la editorial. No soy un gran conocedor de Barcelona, muy a mi pesar, pero Provença figura en mi memoria desde la lectura de los primeros libros infantiles. Y allí estaba Libros del silencio, en el ilustre quartier, elegante como su dueño. Envuelta en una atmósfera tenue, con luces de harina, con esa tranquilidad doméstica que da a veces la pasión y la épica. Los que allí estaban con Gonzalo, y por supuesto Gonzalo mismo, me recibieron como a un príncipe y me mostraron con enorme calor, como quien muestra con orgullo la casa propia a las visitas más apreciadas, lo que yo sabía que era fruto de un enorme esfuerzo. Todos aquellos títulos colocados minuciosamente en las estanterías. En plena crisis, la editorial se acercaba ya al medio centenar de libros publicados, todos ellos elegidos con un gusto exquisito.

Luego fuimos a comer, espléndidamente, y hablamos de todo y de mucho más. Gonzalo era un amante de la vida, de la infinita belleza. Sabía detectar, sin un ápice de ostentación (nunca habló de sí mismo como de un hombre de letras), la grandeza de las cosas. Tenía algo especial que le permitía contemplar la fascinación más escondida, la magia más oculta. Y tenía también una elegancia inquebrantable, algo tímida, quizás, una elegancia alimentada, sin duda, por los dioses de la literatura. Todo eso lo sabías al poco de empezar a hablar con él. Ni por asomo imaginaba yo que pocos meses después me iba a encontrar con la terrible noticia de su muerte. Me pareció lleno de vida aquella mañana lluviosa en Barcelona, como me lo había parecido tiempo antes, en la Fnac de A Coruña, presentando un libro de Celso Castro, uno de sus descubrimientos, junto a otro editor de raza, Enrique Murillo. En realidad, fue Enrique quien me llevó a conocer a Gonzalo aquella noche. A pesar de que había pasado bastante tiempo desde que las publicaciones de Libros del silencio llegaban a mi mesa de trabajo, no habíamos tenido tiempo de conocernos personalmente. Sintonizamos de inmediato. Supe desde el primer momento que me encontraba ante alguien especial, alguien entregado decididamente a la belleza de la literatura, a la edición en carne viva, aunque eso le pudiera hacer sufrir a veces. Gonzalo Canedo fue una persona extraordinaria, dotada de una elegancia y una sensibilidad exquisitas. Alguien, que, sin duda (y eso es lo que me consuela, después de todo) logró alcanzar un sueño maravilloso, seguramente, como ha dicho Jacinto Antón, el sueño para el que había nacido.

Sé muy bien que la editorial no se queda sola, aunque se quede huérfana. Marc García, y otros, seguirán. Y otros seguiremos, en la distancia, con el empeño de mantener vivo y lozano el árbol de las emociones. Ahora, mientras escribo, he vuelto a hojear todos estos frutos de la pasión editorial. Por aquí están Repila y Carlo Padial, y genialidades como Dog Soldiers, de Robert Stone, y tantos libros especialísimos, como las memorias de Vidocq, lo de Colin Wilson, lo de Celso Castro, o lo de la Princesa Inca. Y todo lo de Lois Pereiro, tan magnífico, tan grande, con su vida también quebrada prematuramente, los cuentos de Carlos Casares, las historias de Cotroneo, la hermosa historia de amor de Elisa y Marcela, de Narciso de Gabriel, o ahora, lo de Laura Falcó. Todos merecerían ser nombrados en el día en el que decimos adiós a quien los trajo hasta nosotros. Gracias querido Gonzalo por toda esta vida que nos has dado, por toda esta belleza que nos has regalado. Te despedimos, y sabemos que tu muerte, como son las muertes, es injusta e innecesaria. Te despedimos y sabemos de la soledad y tristeza de Lluis Pasqual, al que acompañamos en estos días de tiniebla.

***

No supe que estabas enfermo, Gonzalo. No dijiste nada. Te fuiste en silencio, con esa elegancia tuya. En silencio, como el nombre de tu sueño. No quisiste arrebatarnos ni un ápice de nuestra alegría, no quisiste robarnos ni un instante de nuestro sol. No quisiste dejarnos en el corazón ni una sombra de tristeza. Hablamos tantas veces en todo este tiempo que me costará acostumbrarme precisamente a eso. A que lo que queda, es silencio.

Gonzalo Canedo, fundador de la editorial Libros del silencio, amigo fraternal, murió el 15 de enero de 2013. Había nacido en Cerceda (A Coruña) hace 57 años. Siempre estará en nuestro corazón.

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