Andrés Pérez Domínguez regresa con sus tramas cinematográficas

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ANDRÉS PÉREZ DOMÍNGUEZ

“En una novela tienen que pasar cosas”

Entrevista con el escritor sevillano, que publica El silencio de tu nombre, en Plaza & Janés.

Una entrevista de José Miguel Giráldez

La nueva obra del sevillano Andrés Pérez Domínguez, viejo amigo, responde exactamente a sus premisas favoritas en el mundo literario: toda novela debe contar, al menos, una historia. Aunque, en realidad, El silencio de tu nombre, presenta varias vidas que se cruzan, varios argumentos, varios itinerarios. Tras éxitos como El violinista de Mauthausen o El factor Einstein, donde siempre palpitan los elementos históricos y los paisajes que en se ha preocupado de conocer, desemboca ahora Andrés Pérez Domínguez en una historia poblada de misterios, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Como siempre, habla con pasión de sus mundos literarios. Y reconoce, también como en otras ocasiones, el padrinazgo indiscutible del gran José María Merino, coruñés de nacimiento y leonés de adopción. Precisamente en estos días Pérez Domínguez presenta la nueva novela de Merino en Sevilla.

Mientras María Arias, anfitriona hoy en el Hotel Virxe da Cerca, ultima la sesión de fotos de entrevistador y entrevistado, Andrés habla fuera de micrófono de sus numerosas visitas galaicas, de su pasión por recorrer las calles de Compostela, que conoce casi tan bien como las de las ciudades del sur. Pérez Domínguez es un gran arquitecto de tramas, un certero cazador de sorpresas. Y el cine, por supuesto, su gran sentido de lo cinematográfico, siempre está presente. Desde la primera línea. También aquí, en El silencio de tu nombre, publicada por Plaza y Janés (Random House, Mondadori). Es ésta su novela más larga, y, de nuevo, aparecen en ella las atmósferas oscuras de otras historias, atmosferas terribles del nazismo, combinadas en esta ocasión con la posguerra española y con la grisura de los años 50. “En efecto, hay una mezcla curiosa de personajes e ideologías: un periodista, un exiliado comunista, dos nazis, una mujer misteriosa, una rica beata…. No está mal. Yo creo que en una novela tienen que pasar cosas y que esas cosas interesen al lector. También creo que es necesario que una historia ofrezca una reflexión moral, y desde luego aquí la hay, como la hay en otras novelas mías. Y lo que creo más necesario de todo es la calidad literaria. Pero, sin duda, lo importante es la emoción, la pasión que puedas transmitir al lector. Sin eso, no hay nada. Yo me preocupo mucho, como tú dices, en que no falte nunca el entretenimiento. Hay que lograr que el lector atraviese sin desmayo las más de seiscientas páginas de la novela”, explica el autor pormenorizadamente.

A veces da la sensación de que decimos estas cosas, lo de la importancia de la trama, para ocultar una novela no demasiado bien escrita. Es decir, hablemos de la trama, ya que no podemos hablar del estilo. Pero este no es el caso. Andrés Pérez Domínguez emplea el lenguaje con eficacia, con soltura. Más allá de cualquier concepto peyorativo de bestseller, como tantas veces ocurre, las novelas de Pérez Domínguez están muy bien escritas. José María Merino lo ha dicho muchas veces. No ha tenido empacho por tanto en volver al críptico y oscuro mundo del nazismo, cuyas traumáticas huellas tan a fondo analizó en sus viajes por Alemania. Pérez Domínguez es un buen conocedor del país germano donde se mueve con soltura. “He estado varias veces allí, desde hace veinte años vengo visitando ese país. Conozco también su lengua, y eso ayuda”, explica. “No es imprescindible hacer localizaciones, visitar los exteriores como un director de cine, pero sin duda influye a la hora de convencer al lector, a la hora de ser creíble con la construcción de la historia”, dice.

Erika y el capitán Martín Navarro son los dos grandes protagonistas de la novela. Erika es un personaje muy atractivo. No es española, sino austriaca, aunque a menudo la confundan con alemana, y es un personaje muy acabado, cargado de elementos erotizantes, de sugestivas sensaciones. “En una novela siempre trabajo la estructura, la arquitectura”, señala Pérez Domínguez. “En mis tramas siento que tengo que dar saltos en el tiempo, provocar la analepsis. Es uno de mis sellos. Y luego, claro, necesito meterme dentro de los personajes, porque yo narro desde ellos, desde su profundidad psicológica. Mi manera de narrar es muy introspectiva. Me gusta la trepidación anglosajona pero también el lado psicológico. Erika Walter es un personaje misterioso, con puntos oscuros. De ella se sugieren muchas más cosas de las que se cuentan, tiene, como diría el propio José María Merino, al que hemos citado, las virtudes del cuentista: sugerir, más que decir abiertamente. Y, en efecto, Erika es el motor principal, todo gira en torno a ella, Martín Navarro va a buscarla, como arranque de la trama, y el título de la novela, por supuesto se refiere también a ella (es, de hecho, la última frase de la novela, añado yo)”.

Estamos ante una historia de caminos cruzados y trenes que pasan. El comienzo de la novela es muy cinematográfico, como siempre ocurre en Pérez Dominguez. Emil, el marido de Erika, perteneciente al mundo del postnazismo, muere (es, en realidad, asesinado) en el puerto de Génova. Este es, en efecto, el comienzo de la novela, y justo ahí podemos situar un estratégico punto y aparte. La novela, tras este vertiginoso apunte cinematográfico, se reinicia con más pausa, pero tampoco mucha, pues el autor presenta dos episodios cargados de cierta violencia, dos episodios paralelos. Uno en Salzburgo (Erika), otro en París (Martín Navarro). Ambos protagonistas van a ser visitados por un cierto terror. Porque los dos tienen cosas que esconder. Los dos tienen cosas que explicar. De la misma forma que Emil tenía muchas razones para morir. “Erika y Martín son dos personajes que están de vuelta de todo”, admite Domínguez. “Pronto estrecharé entre ellos los lazos argumentales, una técnica bien conocida en la novela, pero antes conviene ver el germen de sus similitudes. Erika es visitada por gentes que buscan, con violencia, un tesoro (perteneciente a su marido). A Martín, un compañero del partido, que le considera un traidor, porque es amante de la viuda de un agente secreto nazi y porque ha perdonado la vida a un compañero, siendo, como es, un matarife del partido…”, detalla Pérez Domínguez. “Creo, como dices, que son hilos argumentales potentes: un comienzo fuerte”.

A partir de ahí asistimos a la historia de una maleta de la que no sabemos mucho, pero que actúa como una especie de macguffin: se trata de un enganche importante, un poderoso elemento de suspense, para que no decaiga el interés de la trama. “El capitán Martin Navarro conoce el ruso, y además ejerce de traductor, porque había sido héroe en la guerra civil española, pero llega a Berlín como capitán del ejército rojo, en el que se había alistado. Y ahí conoce a Erika. No era algo raro en aquel momento. De tal manera que como forma de vida, la traducción del ruso le viene de perlas una vez que termina la guerra”. Sin embargo, en la segunda parte de la novela, la trama se desplaza a España, a Madrid, al Barrio de Salamanca. Pérez Domínguez intenta describir un Madrid dual, que se componía de gentes que vivían rodeadas de fiestas de postín y otros que sobrevivían con cartillas de racionamiento. Ese es el ambiente en el que se mueven nazis exiliados protegidos, que se dedican a sus negocios. Se mueven en esta burbuja protectora, ganan dinero y son buscados por la Cía. Son los casos de Becker y Munt. “En este punto aparece Mercedes Corrientes, para mi sorpresa uno de los personajes que más están atrayendo a los lectores de la novela”, tercia Domínguez. “Bueno, Mercedes Corrientes es la beata multimillonaria, de la que hablábamos antes. Es también un personaje muy real, muy creíble. Muñoz Molina hablaba a veces de personas ‘terriblemente buenas’. Es el caso de esta mujer. Rica, con convicciones religiosas muy profundas, a la que no le importa hacer el mal si cree que está ayudando a un bien mayor o a lo que se le pide en nombre de sus ideas…. Era un personaje que la trama me pedía, pero tampoco creo que fuera muy inhabitual en aquella época. Ni siquiera ahora”, subraya.

Son las tramas oscuras, lo que unos personajes no saben de otros, lo que da fuerza a la novela. Nos damos cuenta de que en aquellos años cincuenta casi nadie conocía realmente a nadie, nadie podía saber exactamente lo que pasaba por las mentes de los otros, cualquiera podía ser un traidor, nada estaba suficientemente claro. Por eso el personaje del periodista Gregorio León (personaje carismático, en claro homenaje al novelista del mismo nombre, amigo de Pérez Domínguez) es tan emblemático. “Ese juego ambiguo es muy interesante y muy importante en la novela”, admite Pérez Domínguez. “Era una época en la que se está gestando la guerra fría, donde no había ni buenos ni malos. Cualquiera podía ser cualquier cosa”, concluye.

Así se consturye el momento central de la novela. Los personajes se mueve, el tren, por ejemplo, va a tener mucha importancia (hay un par de capítulos muy trepidantes en este medio de locomoción) y, finalmente la acción se traslada al sur de España. El macguffin de la maleta, que todos desean, funciona, aunque, realmente, lo importante es dilucidar las fidelidades y las traiciones. “Creo que la novela es muy hitchcockiana, en efecto… Pero la culpa, la lealtad, la traición… todo eso es muy importante aquí. Ya lo es en otras de mis novelas. El tesoro oculto es, en efecto, el enigma para que la trama avance. Pero sólo es eso. Quería articular todo a la manera de Graham Greene, que sabía mucho de estos mundos, y no en vano aparece una cita de él al principio de la novela”, subraya, con entusiasmo, el autor. “Lo cierto es que estos personajes, hasta los peores, hasta los nazis, se mueven en el tono gris… y al final descubres que tienen un grado de sofisticación, descubres que hay algo más allá del maniqueísmo del bien y del mal. Y lo cierto es que Martin y Erika se encuentran a veces más en el lado oscuro de su alma…Erika Walters es como una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma. Lo que decía Churchill de la Unión soviética”.  Y termina: “creo que la literatura ha de brindar a los personajes lo que la vida, a veces, no es capaz de brindarles.”

Esta entrevista es una versión más larga (y completa) que la aparecida originalmente en papel en El Correo Gallego el 9 de diciembre de 2012.

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