Libros para los días azules (y 2)

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El tiempo ha cambiado casi radicalmente en este extremo de la tierra, en este lugar de la Costa da Morte que es ya la patria de la madurez, como fue un día remoto, cuando éramos jóvenes, el territorio de la liberación.

Que el tiempo empeore suele pasar después del quince de agosto, todo el mundo lo sabe. Pero aún se mantiene en el aire el recuerdo de los días cálidos, aunque el viento del sur ha traído nubes poderosas. No hay nordeste este año que limpie los cielos. Hace unos días supe que un zorro se aventuraba por la noche hasta la playa. Estaba por entonces enzarzado en varias novelas negras, cuyo argumento me atrapa en días de lluvia, como antiguamente hacían las novelas románticas con las damas de los castillos y las casas palaciegas, envueltas en las telas de su propia soledad.

Ese zorro sólo era un zorro famélico, acostumbrado desde hace semanas, por lo que luego supe, a ser alimentado graciosamente por los dueños de los bares del puerto. Hasta un zorro se hace doméstico así, en días poco agraciados. Pero mis hijos se empeñaron en verlo, contemplar su sombra rojiza acechando tímidamente desde la rampa portuaria, o buscar su perfil, que aún guarda la elegancia de tiempos pasados, en las oscuridades del malecón. Y lo hicieron, lo vieron a poco más de dos metros de distancia, justo el día en que yo no pude presenciarlo. Pensé si ese zorro famélico que llega directamente del invierno traía en realidad el mensaje de un tiempo duro, el eco de una tormenta que se amasa más allá de donde alcanza la vista. Pensé si era el enviado de los bosques, o si sus ojos aún portadores del viejo fuego del ingenio, a pesar de la debilidad, escondían el argumento heroico de las viejas novelas, como aquel Colmillo blanco de Jack London, uno de los libros que nos construyeron en la infancia. La historia del zorro que visita la playa muchas noches, en busca de un poco de amor (y comida), ha sido el único elemento que ha roto la monotonía del verano. Pero mejor que haya sido así. Es el zorro literario, el último rescoldo de los sueños y de las aventuras que tuvimos o creímos tener. Y, quizás para mi hija, este zorro es el símbolo del adiós a sus días de infancia.

Hablé hace un par de semanas de los libros del verano. Los que leo, los que leen otros, los que adoran las listas de éxito, los que muy pocos leen y, aún así, son libros maravillosos. Hoy sólo quiero referirme a algunos títulos en concreto que he tenido cerca durante las últimas semanas, aunque sé perfectamente que podrían ser otros. Disculpas, por tanto, para los que no están. Y gracias por el divertimento y la pasión a los que sí están (aunque no todos me han proporcionado placer, como se verá). El orden, por supuesto, es aleatorio.

1.- Aire de Dylan, de Enrique Vila-Matas. (Seix Barral).

No creo que tenga que explicar aquí que yo soy un vilamatiano convencido, quizás porque uno se ha dejado llevar en esto de la literatura, como en otras cosas de la vida, por las grandes pasiones, por los amores feroces. Un crítico literario, llamémosle así, a pesar de la mala fama de los críticos, sean literarios o no, no debería dejarse arrebatar por las pasiones, es muy cierto, pero, al final, uno cree que es lo más certero en materia literaria. Por pasión se ama a Shakespeare, o a Cervantes, y uno tiene a Vila-Matas como el gran literato literaturizador de este país, signifique eso lo que signifique. Disfruté mucho con ‘Dublinesca’, tan literaturesca, en su día. Vila-Matas lo sabe, pues ahí tuvimos un acercamiento con el nombre de James Joyce al fondo, pasión que, desde luego, compartimos. Lo que aún no hemos compartido es una cerveza negra en un pub de Dublin o de las afueras. Pero todo se andará. Todo se beberá. ‘Aire de Dylan’ sigue la estela de la literatura dentro de la literatura amasada con más literatura. Llámenle intelectual si quieren, que no creo que se vaya a incomodar.

Por supuesto, estoy muy de acuerdo con los que describen Aire de Dylan como una novela shakespeareana, hamletiana, para más señas (¡Rosencrá, Guildestén!). No hace falta ser un lince, ni un zorro, para decirlo, pero sí es conveniente ser lince y zorro para disfrutarlo. Vila-Matas se encuentra muy cómodo (dentro de su innata incomodidad, tampoco simplifiquemos), encerrado en sus posmodernas visiones de la posmodernidad, en sus citaciones juguetonas de otros autores, otras voces y otros ámbitos. Shakespeare siempre, pero todo lo francés y lo ruso. O casi todo. Y lo pop, lo postpop y lo popcorn (por la influencia del cine). No adelantaré nada de Vilnius y la vileza, ni de la reutilización del mito de la gandulería compulsiva, vilamatiano mito que Onetti había homenajeado en su performance, ciertamente consistente, de los llamados ‘tumbaos’, Oblomov: el fracaso, el no hacer nada, el encogerse hombros. El encogerse. Una vez más Vila-Matas, con Vilnius en este caso, ofrece una oceanografía de la literatura desde dentro, pero es más una forma de ver la vida, una forma de estar en el mundo. Filosofía, ensayo, novela, y, sin duda alguna, mucho teatro: todo eso se da cita en este relato, que no defraudará a ninguno de los vilamatianos que en el mundo han sido (y son. Y serán). Cuando oscurece, se necesita un buen pudding. Y que alguien dé la luz.

2.- Ivan Repila. Una Comedia Canalla. Libros del silencio.

Como ya escribí aquí en su día, creo que la primera obra de Iván Repila no va a dejar, no habrá dejado, indiferente a muchos. Decía entonces: “Se trata de un paso importante por lo que se refiere a la renovación literaria, o, al menos, se trata de una mirada fresca, desmitificadora, que usa el lenguaje sin filtro, que se complace en un léxico sin colorantes, en palabras a veces de escombrera. De pronto me doy
cuenta de que esta novela, como la de Eduardo Mendoza, es sobre la bolsa (o las
bolsas) y la vida. De Una comedia ligera a Una comedia canalla. Está claro. Hay mucho en Repila de ese mundo absurdo, hilarante, de Mendoza. Como hay mucho del humor de El Jueves. En este libro todo es apoteósico. Desde un garito que se llama Trending Tropic, así, con erre, hasta la página 125 que, en plan Cela, se dan 129 sinónimos de la palabra porro. En fin, qué les voy a contar. Pues eso. Que pasen y lean”. Este párrafo muestra, sin duda, mi curiosidad ante esta singular pieza de literatura, pero también mi satisfacción ante autor tan desmitificador, aunque, lo reconozco, tal vez pueda ser tachado de superficial. Sin embargo el libro no carece de crítica social, más potente que esa otra que tanto abunda, tan solemne como ineficaz. Repila se estrena con un cierto revolcón al lenguaje, con un texto que disfrutarán aquellos de ustedes que se decidan a leerlo sin ponerse límites, sin muchas prevenciones y, si es posible, con ganas de marcha. Ya me ocurrió lo mismo con esos otros autores que ha destapado Gonzalo Canedo en su pequeña y excelente editorial, como Carlo Padial (que acaba de sacar ‘Erasmus, Orgasmus y otros problemas’), y, en otra clave, desde luego, con experimentalistas como Celso
Castro (‘Astillas’) y Javier Avilés (‘Constatación brutal del presente’), elogiado, por cierto, por el mismísimo Vila-Matas.

3.- Danza de Dragones. Canción de Hielo y fuego. Geroge R.R.Martin. (Gigamesh).

Es posible que toda generación merezca y necesite su dosis de literatura fantástica. Como ya dijimos aquí el otro día, hace tiempo que dejamos atrás la infancia tolkeniana. Fueron días en los que descubrimos la Tierra Media y la hicimos compatible con territorios más híspidos e hirsutos, como la novela existencial francesa, el desaliento británico (Orwell) o la herida luminosa de los norteamericanos. Hoy la literatura fantástica se reinventa en la televisión y en el cine, y con éxitos más que notables. Los efectos especiales y las tres dimensiones han hecho mucho por historias que parecen pensadas para satisfacer el ego de todas las tecnologías visuales. Lamento, eso sí, no haber conocido a George R.R.
Martin durante esta rápida visita a España. Comprendo que tiene que sentirse abrumado por el éxito, derivado del éxito, a su vez, de ‘Juego de Tronos’.  Abrumado tal vez por su súbita visibilidad a edad provecta: y siempre con el riesgo de que los que leen sus obras, no precisamente breves, afirmen que fue la pantalla la que les llevó a ellas. No importa demasiado. Yo mismo recuerdo haber leído ‘El nombre de la rosa’ (Eco) después de ver la película: creo mucho en la fusión de las artes, por más que, como todos sabemos, hay autores que abominen de ella. Y no son pocos los que abominan, en general, de cualquier adaptación cinematográfica: sobre todo, si es de una obra suya. Sin embargo, es evidente que George R.R. Martin se reconoce en la versión televisiva (lo ha dicho, literalmente), y ha salido favorecido con las adaptaciones. Y su éxito literario, indiscutible, puede ser tardío: pero es éxito. No dejará de parecer a algunos que, como sin duda ocurrió con Harry Potter, ese triunfo supera la calidad literaria de las historias, pero creo que Martin es un autor más que notable. Y sus ideas son extraordinariamente productivas: crear mundos que funcionen, historias que mezclen la épica y la magia con eficacia, no es tan sencillo. Y si todo esto sirve para regresar a ‘El Hobbit’ o a ‘El señor de los anillos’ (hay versiones en lengua gallega, en Xerais), o a ‘El Silmarillion’, o a los cuentos de Tolkien, me parecerá bien: estén sobrevalorados o no.

4.- Julian Assange: autobiografía no autorizada. Traducción de Enrique Murillo (Los libros del lince).

Supongo que la lectura de este libro, sagazmente editado y traducido por Enrique Murillo en su selecta editorial, Los libros del lince, se justifica sobradamente por el impresionante tirón de la actualidad. No son muchos los textos que hay sobre Assange, aunque seguramente serán muchos más dentro de poco tiempo. Ni siquiera este ha tenido una historia fácil, como relata el propio Murillo, pues Assange decidió no autorizar finalmente una historia de su vida que, en principio, él mismo había decidido acometer con la ayuda de un periodista. Sin embargo la editorial continuó con la publicación, al considerar que el contenido era muy revelador y extraordinariamente interesante, a juzgar por la relevancia el personaje y por la complejidad del contexto internacional en el que la vida de Assange se movía, o empezaba a moverse. El episodio de sus relaciones sexuales en Estocolmo, por ejemplo, está ampliamente narrado en estas páginas, como otros muchos. Aunque no estamos ante un libro de ficción (a veces, por la naturaleza de los asuntos, casi lo parece), no hay duda de que se trata de los documentos más directos que nos han llegado desde el protagonista de esta historia de documentos oficiales y revelaciones masivas, ahora complicada, como si se tratara del argumento de una película de acción, con el asilo en la embajada de Ecuador en Londres. Como tal, se trata sin duda de uno de los libros más interesantes de las últimas semanas.

5.- Cincuenta sombras de Grey. E.L. James (Grijalbo)

Imagino que muchos lectores se estarán rasgando las vestiduras (no lo hagan: estamos en crisis) ante semejante elección del crítico. Admito tácitamente las discrepancias, aunque, desde luego, tacita a tacita. Este libro, que es en realidad una trilogía (vivimos un tiempo de trilogías, cuando menos), se enmarca en una categoría especial de la literatura: la erótica. Como suele ocurrir con estos fenómenos, más editoriales que literarios, no es fácil saber las razones auténticas por las que esta novela (y las dos que la acompañan) se ha convertido en un éxito, pero tal vez haya sido el propio impulso de los lectores, que, especialmente a través de las redes sociales, cada día que pasa influyen más en el resto. Hoy parece un fenómeno imparable, que cuenta con admiradores incondicionales y con detractores inmisericordes. Lo cual, desde luego, no hace más que aumentar el morbo. ¿Estamos ante una moda, sin más? ¿Acaso no dependían de los gustos y de la moda los folletines, las novelas románticas, incluso las novelas de aventuras? Lo verdaderamente cierto es que, en ningún caso, nos encontramos ante un ejercicio de gran literatura. Ni siquiera ante un ejercicio de literatura medianamente aceptable. Pero, aún peor, no hay nada en este argumentario que revele novedad, algo que sobrepase a los grandes de la novela sexual o pornográfica, ya puestos, algo que ni siquiera levemente roce la grandiosidad naturalista y premodernista de Lawrence, ni tampoco Henry Miller. Ni, desde luego, Borroughs. Pero ya puestos, puede leerse. Millones y millones lo están haciendo. Dicen que es una novela de edad y de generación, de mujeres y a poder ser, casadas. Dicen que es una novela, o una trilogía, para agrandar el tamaño de las fantasías. Pues lo será.

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