Libros para los días azules (I)

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Costa da Morte, camino del Cementerio dos Ingleses. Foto. JM Giráldez

Escribo ya desde este refugio de todos los veranos,en la Costa da Morte gallega. Es un regreso necesario a la piel de la tierra, aunque los días azules que dan título a esta colección de reportajes veraniegos no sean, desde luego, todos. Pero sí muchos. Ahora, envuelto en la más absoluta quietud, sin sombra de nordeste (tocaré madera), puedo ver algunos lectores en la playa. La creciente popularidad de los lectores electrónicos, muy superior en otros países, sin embargo, no parece haber logrado que los bañistas se los lleven a lado del mar. Tal vez el libro de papel sea más seguro a la orilla del agua. Aún recuerdo la fiebre que vino del frío, ya saben, la de Stieg Larsson (en España publicada por Destino), que contagió literalmente todos los litorales. Son libros los suyos de un tamaño considerable, y, a pesar de eso, allá acudían los incipientes bañistas de las mañanas tímidas, con los tochos bajo el brazo, abandonando otras pertenencias en casa para no dejar de lado al pobre Larsson, imprescindible en el look estival, dicho sea sin ofender, imprescindible, sí, en el festival estival de la lectura (ahora, acompañado de Camilla Lackberg, y otros suecos memorables, como Asa Larsson, publicada en Seix Barral). Así que el volumen voluminoso, con perdón, está bien visto en la playa. Incluso el volumen de montaña. La montaña mágica, con su aire genial y purificador, sienta divinamente a nivel del mar, lo mismo que un Cesare Pavese, supongo, sentará de perlas en pleno Tirol. Estas recomendaciones, dichas a vuela pluma, como cormorán resabiado de prosas saturadas de salitre, sirven para los amantes de los clásicos. Cómo será esto de lo clásico que me he traído dos ejemplares de la excelente colección que Galaxia Gutemberg está publicando de la Real Academia de la Lengua Española. Uno, El lazarillo de Tormes, como lo oyen. El estudio de Francisco Rico que le acompaña es, como suele ser todo lo suyo, fascinante. El otro, ya en plan kamikaze, es nada menos que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, 1529 páginas alucinantes y casi alucinógenas, anotadas y analizadas por Guillermo Serés. En realidad, me he traído un ejemplar más de esta colección extraordinaria. La Celestina. Con edición de Francisco Lobera, el propio Serés, Paloma Díaz-Mas, Carlos Mota, Íñigo Ruiz Arzalluz y el mismísimo Francisco Rico, este texto monumental ayudará a pasar los rigores del verano con la frutal experiencia de los amores de Calixto y Melibea, cumbre absoluta de las letras castellanas, hermosamente poblado de fresca sintaxis, tejido minutísimo de lexis de lujo, encaje único, belleza irrepetible. ¿Leer La Celestina en verano? Una celestina no hace verano, pero ayuda. Eso han debido de pensar en el Times Literary Supplement, gran biblia de la crítica literaria europea, que en su último número de julio dedica una página completa a glosar esta edición memorable de la RAE (el artículo/reseña es de Robert Archer), con mención cumplida, también de algunos de los otros volúmenes que hasta ahora se vienen publicando. (En ese mismo número, por cierto, puede encontrarse también un detallado artículo de Gonzalo Melchor sobre las traducciones de Luis Rosales). Este acercamiento anglosajón a la literatura española resulta sin duda muy elogioso, con un recuerdo especial, además, a la Biblioteca Clásica de Editorial Crítica, base imprescindible, a juicio de Archer, para lograr que la presente colección iniciada felizmente por la RAE tenga la profundidad y el rigor que sin duda estas obras merecen. A nuestro entender, ya digo, se trata de uno de los proyectos literarios más interesantes de los últimos años y, desde luego, pone en valor la importancia del aparato crítico y las introducciones enjundiosas y elaboradas, con mucho material propio de investigadores, (como en Gredos, o en Cátedra, pongamos por caso) a la hora de acercarse no sólo a los especialistas, sino al gran público.

Supongo que si de clásicos hablamos , Charles Dickens se impone. Ahora bien, si resucitamos a Dickens, al que los ingleses nunca han dejado morir, al menos para el conocido como turismo de casas ilustres londinenses, habría que hacer lo mismo con Galdós, tan injustamente tratado por nosotros mismos. No es que uno se haya dedicado especialmente al realismo literario (ahí no puedo dejar de recomendarles, claro, los trabajos de Darío Villanueva), pero Galdós, que tan bien daba en televisión, por cierto (como Blasco Ibáñez, otro que no ha sido nada bien tratado), merece estar presente en nuestras lecturas periódicas. Jesús Ruiz Mantilla, periodista de El País, y escritor más que notable, le dedicó este año parte de su novela, Ahogada en llamas (Planeta). Ya se sabe que Galdós tuvo una íntima y veraniega relación con Santander, ciudad que protagoniza precisamente el libro de Mantilla, a través de sus dos grandes incendios históricos. Es un libro recomendable, sin duda, como lo es todo Galdós, en la misma medida en que lo puede ser este redivivo Dickens, multieditado en el año glorioso de su bicentenario y homenajeado, o casi, en los Juegos Olímpicos de Londres. De todo lo editado en español por cierto, que es mucho, muchísimo, permítanme que les recomiende una pequeña joya, La pequeña Dorrit, publicada en Alba Editorial.

Alba, que es una referencia imprescindible en la publicación cuidadísima de traducciones de los clásicos, ofrece una nueva versión de la gran obra de Dickens (creo que injustamente oscurecida por otras, más populares). La traducción excelentísima que llevaron a cabo Carmen Francí e Ismael Attrache ofrece al lector la oportunidad de volver a Dickens en estado puro, sin perder su gran sabor, su gran estilo, a pesar de no estar leyéndolo en la versión original. A eso hay que añadir la gran calidad de la edición: homenaje perfecto, a mi entender, a Dickens, cuyas obras más importantes, además, han sido profusamente reeditadas por el sello de Alba Clásica que tan magníficamente dirige Luis Magrinyá. La traducción, por fin, va logrando en este país el reconocimiento que merece. Puede que no la consideración económica que también merece, que ese es otro asunto, pero no hay duda de que las revisiones de los clásicos, gracias en parte a la libertad de derechos de muchas de esas obras, están acercando al lector español novelas cuyas traducciones más antiguas no solo no cumplían con las expectativas (aunque hay de todo, claro), sino que, en muchos casos, no pasaban de ser meras adaptaciones, vertidas con cierto descaro, en tantas ocasiones directamente desde el francés. En este mismo periódico hablábamos hace un par de semanas (puede consultarse la versión podcast de la entrevista en la portada de la página web) de la excelente versión que Francisco García Tortosa (con la colaboración de Luisa María Venegas) realizó para Cátedra Letras Universales de Ulises, de Joyce. Es un ejemplo perfecto, como lo es La pequeña Dorrit que aquí mencionamos, para ilustrar la traducción de calidad que debe imponerse. Quizás si su reconocimiento económico mejorase tendríamos más y mejores traductores. Y quizás si los  profesores universitarios que traducen (De Toro y su antología de la literatura gallega en inglés, Breogán’s Lighthouse, es también un modelo) recibieran un reconocimiento profesional mayor en la evaluación de su producción científica por las traducciones que realizan, otro gallo nos cantara.

En Galicia la traducción también se ha disparado en los últimos años, gracias a profesionales muy destacados y repetidamente premiados, y ahora mismo adquiere, en mi opinión, la consideración de excelente. Se hace mucha y muy buena traducción a la lengua gallega. En muchos casos, adelantándose a las versiones en castellano, como ya hemos dicho en otras ocasiones (las de Paul Auster, en Galaxia, son bien conocidas). Se trata, sin duda, de un gran valor para nuestra lengua. De todas formas, aunque traducir tal vez ya no sea llorar, la traducción, el arte de traducir, sí sigue dependiendo de la afición, el entusiasmo y el voluntarismo de muchos. Y no es justo que sea así.

A la hora de recomendarles un viaje hacia la literatura clásica, que es lo que estamos haciendo en esta primera entrega de lecturas para el verano, permítanme recordarles que no deberíamos pasar de largo ante el santuario de Faulkner. En estos días no sólo se cumplen cincuenta años de la muerte de Marilyn. También son cincuenta años de la muerte de Faulkner. Si no se atreven con Joyce, al menos inténtenlo con Faulkner. Y si no se atreven con su obra, siempre difícil, ahí tienen la edición de sus cartas (menos interesante que las cartas de Fitzgerald, o las de Joyce, yo diría), editada por Alfaguara, bajo la edición de Blotner y con la traducción de Alfred Sargatal y Alicia Ramos. Y ya que es agosto, Luz de agosto podrá ser una buena piedra de toque. Bueno, esa, o cualquier otra.

Aunque es cierto que la figura de Dickens lo ha acaparado casi todo este año, seguramente con razón, y ahora, como decimos, el recuerdo imprescindible de Faulkner, la muerte de Ray Bradbury hace algunas fechas augura un probable repunte de la ciencia ficción. Bradbury era un clásico en vida, sin duda alguna, nunca suficientemente reconocido, o tal vez sí. No se trata de que la muerte devuelva parte del canon de fama que debió pagarse en vida, pero todavía sorprende que el repunte de la literatura fantástica y de la literatura negra (crime novel) no haya tenido su correlato en la ciencia ficción. Tal vez sucede que la llamada literatura fantástica, por ajustarse a esas etiquetas que son siempre formidablemente anglosajonas, reúne elementos tanto de las viejas gestas medievales como de las más futuristas aventuras. No sé si la épica del robot Curiosity en la piel de Marte va a ayudar a reeditar unas nuevas Crónicas Marcianas (¡el libro, no el programa de televisión!), pero tal vez sea el momento.

Entre tanto, el espíritu de Tolkien y de C.S. Lewis, amigos en vida en aquellas intelectualizadas y tortuosas calles de Oxford, se abre camino. Nunca hemos abandonado a Tolkien, favorecido ahora por el cine y por esa estética de Harry Potter, con el que, desde luego, apenas tiene nada que ver. Las películas de Jackson, magníficas, la proximidad de la versión fílmica de El Hobbit, y las versiones también para la gran pantalla de las Crónicas de Narnia (un tanto despojadas con el paso del tiempo de influencias éticas o religiosas), han despertado el interés de la ficción fantástica en la que lo gótico, lo oscuro, lo bélico y lo épico se dan la mano. Hay muchos ejemplos, y en España se están publicando con regularidad y notable éxito de público (e, incluso, de crítica): incluyendo el trabajo de Amy Lab (psudónimo de dos autores), opera prima titulada Nunca digas nunca, que publica Alfaguara. Toda la catarata de guerreros de otro tiempo, de medievalizadores escenarios, de princesas con espada, rinde pleitesía finalmente a George R.R. Martin, que acaba de visitar España. Aunque hay ambientes goticistas y enigmáticos, con mucho éxito en estos momentos, que van por libre, como la australiana Kate Morton (Suma de Letras), absolutamente recomendable (no pasa nada si vuelven al apasionante, y creo que un poco olvidado, Gormenhast de Mervyn Peake, desde luego).

Pero no hay duda de que la saga de Juego de Tronos es ahora mismo la referencia absoluta de la literatura fantástica, a pesar del temor que pueda inspirar el tamaño de los volúmenes. Una vez más, cuenta con el apoyo de la pantalla, en este caso, la pequeña pantalla. Hay una comunión perfecta, a nuestro entender, entre la visualización de esta saga oscura y trágica, embebida en sangre y acero, y el texto escrito. Y aunque serán muchos los que se acerquen a los volúmenes de Martin después de haber gozado con la versión televisiva, no hay duda de que también pueden disfrutarse por separado. Si El señor de los anillos en la pantalla no permite el disfrute filológico de la trilogía escrita, aquí, quizás porque la narración no busca tantos matices, el maridaje de televisión y texto escrito me parece perfecto. Gigamesh acaba de publicar el quinto título, como los entusiastas saben muy bien, Danza de dragones, y aunque tal vez no sea muy defendible que esta literatura figure en un reportaje sobre recomendaciones clásicas, no es menos cierto que, desde los orígenes (recuerden Beowulf), el dragón, como el dinosaurio, ya estaba allí.

No hay tiempo para más en esta primera entrega estival. Edhasa ha publicado una nueva traducción de Robinson Crusoe que merece mucho la pena (Enrique de Hériz), y hay un Dickens en el catálogo de Nocturna, La tienda de antigüedades, traducida por Bernardo Moreno, que, por no ser muy conocida, y por tratarse de una traducción nueva, tal vez sería ideal para atravesar estos días azules (y este sol de la infancia). Y, por supuesto, Alianza Editorial ofrece siempre auténticas joyas, tantas, que sería imposible darles cabida aquí y ahora (pero les recomiendo, por ejemplo, la traducción de Miguel Salabert de Veinte mil leguas de viaje submarino,
que acaba de publicarse). De algunas novedades más de esta editorial, y de Seix Barral, hablaremos en los próximos días. Y de otras muchas cosas: libros de economía en plena crisis, para leer a la sombra de las primas de riesgo en flor. Novela histórica diferente a la novela histórica más convencional (Francisco Narla, con su Assur, publicado en Temas de Hoy, ha ido directamente a los orígenes de la invasión vikinga: ¡no extraña que haya estado de pregonero en Catoira!). Y
Matilde Asensi y Gómez Jurado (Planeta) han entregado texto a sus incondicionales, que sin duda son unos cuantos.

La novela negra está en pleno auge (hemos citado a los suecos, pero hay mucho más), con nombres que emergen con fuerza, como mi buen amigo el granadino Alejandro Pedregosa que está ya en plena producción después de la reveladora Un mal paso (Ediciones B), ambientada en el Camino de Santiago, y que este año ha publicado relatos de verano en varios periódicos del grupo Vocento. Por supuesto, hay que recordar el regreso de P.D. James con ese homenaje al Orgullo y Prejuicio de Jane Austen (La muerte llega a Pemberley, también en B). Porque, clásicos aparte, hay estupendas novedades en la novela contemporánea, española y extranjera, de las que hablaremos en los próximos días. Autores que llegan por primera vez a las librerías que pueden hacerles pasar un verano feliz. Un verano de días azules. El que yo les deseo desde los balcones del fin de la tierra.

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