Rosa Montero, regreso al corazón de Madrid

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Rosa Montero: “El dolor nunca se borra: se coloca”

La escritora habla en esta entrevista de su nueva vida, en el centro de Madrid, tras la desaparición de su compañero. Y de su novela de ciencia ficción, ‘Lágrimas en la lluvia’ (Seix Barral), un regalo que se ha hecho a sí misma para empezar esta nueva etapa.

Por José Miguel Giráldez

Rosa Montero escucha al otro lado del teléfono la sintonía de Blade Runner,
inconfundible, y sonríe. O eso creo. Esa sintonía está presente en cada una de las líneas de Lágrimas en la lluvia (Seix Barral), una novela que Rosa Montero se ha regalado a sí misma, en un momento de cambio en su vida. Lágrimas en la lluvia, que ya apareció hace algunos meses (ha conocido, incluso, durante este tiempo, una versión como novela gráfica), presenta una visión creíble del futuro, una visión del Madrid de 2109. Rosa habla desde su nueva casa. Ha abandonado la periferia y se ha ido a vivir al centro de Madrid, al mismísimo corazón de la ciudad, cerca del Retiro. Porque quiere reinventarse, dice, pero, por supuesto, sin obviar ni un solo minuto de los días pasados. Sin embargo, la desaparición de su compañero, Pablo Lizcano, ha llevado a Rosa a una especie de reconfiguración del presente. Las cosas serán ahora distintas, pero ahí está, regalándose Lágrimas en la lluvia, viajando al futuro de Madrid, su ciudad de siempre. “Me ha gustado escuchar esa música que me has puesto, la de Vangelis… es que me encanta la película, y termina una salivando al oírla, como los perros de Pavlov”, dice, divertida. La música, ya lo hemos dicho, la música que hemos puesto a Rosa, es la de Blade Runner.

Uno tiene la sensación de que en estos meses, desde la publicación de la novela, quizás, Rosa Montero no ha dejado de dar entrevistas en la que se respiraba una atmósfera de final de etapa, de comienzo de una nueva fase, ahora sí, en solitario. No en solitario, en realidad. Están los amigos, los muchos amigos de Rosa Montero. Pero sí en la ausencia del compañero de viaje. “¿Es una nueva vida?”, le digo. “La vida es una continua crisis. Todo el rato estamos cambiando. Todo el rato estamos ganando cosas o perdiéndolas. Lo que pasa es que en momentos así eres más consciente de las pérdidas. Yo miro hacia atrás y veo mi vida muy agitada. Con un montón de cambios. Pero es cierto que en los últimos tiempos esos cambios se han agudizado. Murió mi marido, en efecto, y, después de veinte años, he vuelto a Madrid. Al centro de la ciudad, que es donde hay que vivir cuando uno se hace mayor. Olvidarse del coche, por ejemplo, es un lujo. Así que estoy feliz”.

Ya sé que esto de las mudanzas implica cierta locura: pierdes la mitad de las cosas (ríe), pero sí, estoy feliz”, explica, de un tirón, Rosa Montero. “Además, lo de ir inventándote la vida es algo habitual”, enfatiza

Le hablo de la crisis, y eso que la palabra es, ahora mismo, tabú. La crisis que es, etimológicamente, la lucha. La lucha por la vida. Como les sucede a los replicantes bajo la lluvia, sabemos que hay que capturar el momento. Nada es para siempre. “Lágrimas en la lluvia”, tercia Rosa “es algo así como un thriller existencial. Hay misterio, hay aventuras, pero al final habla de la vida y de lo efímero y del tiempo que pasa. La tragedia del ser humano es que estamos condenados a morir, a pesar de que estamos llenos de deseos y de ilusiones. La vida es breve. Tengo la teoría de que los novelistas tenemos más conciencia del paso del tiempo y del advenimiento de la muerte… Así que hay que aprovechar el momento, siempre, porque todo termina”, señala Rosa Montero. Y subraya, por si no queda claro: “soy una disfrutona”.

Le digo si estos cambios físicos, el desplazamiento desde el extrarradio a las proximidades del Retiro, en Madrid, responde a un intento de regresar a un punto anterior en su vida, de pasar página, de volver a empezar. Y dice: “no, no tiene sentido ir para atrás. No se puede, ni se debe, borrar lo vivido. Hay que empezar con un avatar nuevo, de los muchos que tenemos. Creo que he aprendido mucho en estos dos últimos años, creo que ahora soy más sabia”. Y entonces le pregunto si eso tiene que ver con borrar el dolor. Y contesta que no, que el dolor no se borra, se coloca. Porque forma parte, inexorablemente, de
la vida. “Uno de los grandes aprendizajes de la vida es dar sentido al dolor. Pero no se borra nada: hay que vivir con todo”, insiste. Sus personajes en Lágrimas en la lluvia se adelantan a algo de lo que dicen que va a ocurrir: poder borrar la memoria emocional, cuando nos hace daño. “Olvidar también es una ambición… ¿para qué te crees que se bebe? (risas)… pero yo no reivindico el sufrimiento, no… no creo que enseñe nada. Lo que sí creo es que el ser humano tiene una capacidad infinita para ser feliz. A pesar de todo”, explica convencida. Le pregunto si es más fácil escribir desde la felicidad o desde la tristeza. Y me dice, contundente: “Yo tardo unos tres años en escribir una novela… y uno no escribe desde la inmediata realidad. Te alejas de  yo biográfico. Del yo que ríe y que llora cada día. Así que uno escribe desde todos los lados, pero vives en esa especie de burbuja que es una novela, una burbuja necesaria. Escribir novelas es la autorización de la esquizofrenia”, concluye.

RosaMontero, que cada semana da su voz a gentes anónimas, en sus artículos de El País, explica que el mal, absurdo, está ahí y que sólo se puede intentar mitigar. “La vida no es justa”, dice, “pero es así. Hay gente maravillosa, con vidas terribles que no merecen. Desde el principio de los tiempos hemos querido entender el mal, negociarlo, colocarlo, y por eso se han inventado las religiones. Lo que cuento en mi novela es, después de todo, muy realista, aunque sea de ciencia ficción. Yo creo que el mundo no será ni feliz ni infeliz. Me gustaría que fuera verdad lo de los Estados Unidos de la Tierra… eso solucionaría muchos problemas de convivencia. Pero el mundo, dentro de cien años, seguirá teniendo, como en mi novela, cosas estupendas y cosas terribles. Y creo que siempre será así”.

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La fotografía de Rosa Montero es de Violeta de Lama. Esta entrevista se publicó, en la edición de papel de ‘El Correo Gallego’, el 12 de febrero de 2012. Existe una versión sonora de la entrevista, que próximamente aparecerá en la web digital del periódico.

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