Una mañana con Álvaro Pombo

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“Tenemos que escribir como si nos fuéramos a morir mañana”

El escritor cántabro, que se define como un modernista, publica ‘El temblor del héroe’ (Destino), la novela ganadora del Premio Nadal de este año.

Por José Miguel Giráldez

Álvaro Pombo se arrellana en su sillón de época, en la biblioteca del Hostal de los Reyes Católicos. Hay una ligera penumbra: rompiéndola, un haz de luz de cuela a través de las ventanas desde la plaza, envuelta en el aire azul y frío de febrero. Pero aquí el ambiente es cálido. Pombo me recibe con una furtiva mirada al reloj, o no tan furtiva, lo cual no es el mejor de los augurios. Lleva algunas conversaciones encima, pero él adora la conversación. Así que pronto se anima a tratar cosas de este premio Nadal, El temblor del héroe (Destino), una novela intimista, yo diría, que habla de encuentros y desencuentros, de engaños, de las trampas de la vida y de vidas cruzadas. Y del egoísmo, y de la edad madura. Y del crepúsculo de los dioses. La novela se complace en citar a filósofos. En envolverse de un delicado ropaje cultural que, sin embargo, sólo lleva a la desnudez de almas torturadas. Y, al final, se desencadena la tragedia. Nadie sale sin heridas de esta lucha por la vida y los afectos, nadie queda sin su dosis de responsabilidad en esta narración de desorientaciones existenciales. Entonces Álvaro Pombo, hoy con corbata, me recibe a esta temprana hora, pero no lo suficiente como para que haya tenido ya varias charlas sobre el Premio Nadal, sobre su llegada a la política, sobre tantas cosas. Ha pedido algo como tentempié, mientras desgrana su discurso sinuoso, a veces impredecible. En estos vericuetos de la conversación uno atraviesa por todos esos paisajes heterogéneos, llevando a Pombo como guía, demasiado curioso como para llegar a un único objetivo: lo suyo es demorarse en las revueltas del camino, detenerse un rato, tomar rutas alternativas. Y al fin, gozar.

P.- No se puede decir que le queden a usted muchos premios literarios por ganar.

R.- No, ciertamente. Bueno, hombre, he ganado algunos, el Planeta, ahora el Nadal, estupendo, estupendo. Pero como decía Cela, no tengo la Flor natural de Torrelodones, pongamos por caso. También me gustaría ganarla. Como decía Cela, yo querría ganar todos los premios, ya ve usted.

P.- Le recuerdo con ‘La fortuna de Matilde Turpin’, la novela con la que ganó el Planeta. Aquí mismo, en este edificio. Y allí estaba usted, encantado, con su copa de vino, siempre esa copa de vino, bebida lentamente. Y ese título, que mi me parecía un título de folletín francés, un título elegantemente francés.

R.- Y lo es, y lo es (risas). Tiene algo de folletín esa novela, sí.

P.- Si. Pero ahora vuelve usted a los héroes crepusculares, a los dioses caídos, a los que están de vuelta. Quiero decir que vuelve usted a la tortura de las mentes en decadencia, a la crisis. Y eso ya estaba en su obra anterior, no ha dejado de estar, igual que estaba la filosofía imponiéndose sobre la trama, como en ‘Contra natura’. Vamos, que esta novela es muy de usted, si puede decirse.

R.- Sí, suelo presentar personajes en decadencia, eso es verdad. Personajes que están en eso que se llamaba ‘el descrédito del héroe’. Pero yo creo en los héroes. Les doy crédito. Fíjese que en ‘Contra natura’ había un personaje bueno. Y aquí también lo hay. Lo que pasa es que acaba mal.

P.- Al final, aquí se navega en el filo de la navaja, en la frontera entre el bien y el mal…

R.- Se navega en el territorio de los afectos que rebotan unos sobre otros, que no son claros. Y es que son así. A veces puedes amar, claramente, a una persona. Pero a menudo los afectos suelen ser irisados, ambiguos. Por cierto, con respecto a eso de la filosofía dentro del argumento, no sé, me dice mi amigo Juan Antonio Masoliver, en ‘La Vanguardia’, que mi libro está empedrado de textos que he leído… ya sé que lo hago mucho… y aquí más, desde luego.

P.- Pero uno es hijo de sus lecturas. Así que es normal que en un libro que habla de la comunicación, de la ausencia de comunicación, de los engaños… del lenguaje, es normal digo, que, en un libro así, aparezca Kierkegaard. O Erich Fromm. O Barthes. Al final, se trata de personajes muy reflexivos, que reflexionan sin cesar ante nosotros.

R.-  Yo siempre hago referencia a las lecturas con las que he vivido. Leí ‘El concepto de la angustia’ cuando tenía 18 años, en aquella traducción de Austral. Siempre consideré que era una obra seminal. Así que no he dejado de leerla y de
utilizarla en mis libros. A Barthes lo leí muy tarde, leí los ‘Fragmentos de un
discurso amoroso’, que es muy brillante, en la edición canónica, y luego en el
gran tocho que publicó Pretextos.

P.- La novela está trufada de toda esa filosofía, envuelta en ella.

R.- He de decir que también trufa mi conciencia (risas). Pero es que, si no, uno termina diciendo simplemente ‘buenos días’, como Jean Paul Sartre, y eso es ridículo.

P.- Lo que sí podríamos decir es ‘buenos días tristeza’, porque es una novela muy triste.

R.- Sí, lo es.

P.-En ella, Román, profesor, se encuentra retirado y siente que su vida está vacía, que ha perdido el relumbre de antaño. Ni siquiera llega
a viajar, aunque desea hacerlo.

R.- Bueno, es una referencia a T. S. Eliot, a los ‘Cuatro cuartetos’: “Old
men
ought to be explorers’”. A estas edades es cuando debemos dar el gran salto, cuando debemos viajar lejos.

P.- No se le escapa la vena modernista. Porque es usted un modernista.

R.- Desde luego. Es una muy buena definición de mí. Aunque esto es más bien el Ultramodernismo.

P.- A veces pienso si es una estética de otro tiempo, si es un lenguaje difícil, el de entonces.

R.- No, no. Mi lenguaje es de ahora mismo. De ahora mismo.

P.- Volvamos a la novela. Hay mucha desorientación existencial, en Román. Y asistimos a varias muestras de egoísmo. Pero Héctor, que tiene nombre de héroe, el periodista joven, parece el menos egoísta de todos.

R.- Por supuesto. Aparece el egoísmo del protagonista, Román, porque se ha dejado llevar, porque no se ha dado cuenta de que hay que amar, no esperar a ser amado. Pero Héctor no es egoísta. Puede estar descentrado, eso sí, porque tuvo una relación amorosa, una experiencia sexual demasiado joven. Y de ahí le viene parte de su desestabilización. Pero Héctor es una mirada limpia en esta novela. Podemos decir que esta novela es, en parte, un libro sobre la desorientación existencial. Hay personajes con experiencia que la resuelven con facilidad, con mala baba. Los jóvenes, no. Ya se sabe: “resbalad mortales, no os apoyéis”. No digo que se haya perdido la profundidad de los afectos en todo el mundo, pero sí es algo que nos puede pasar. Asistimos aquí a un final trágico, y Héctor es héroe, porque es el que queda en la memoria. Él avala a su corruptor, lleva a cabo ese acto heroico y absurdo, y sin embargo acaba pagando por ello.

P.- Lo que me ha resultado curioso es que haya cifrado el engaño, la maldad, en un tema económico…

R.- Bueno, es que hay que pagar el alquiler… no hacerlo, parece una maldad menor… Si vivimos en comunidad hay que atenerse a las reglas, porque si no, otros pagarán por nosotros.

P.- Le habrán dicho cómo no pensó en algo, quizás, más profundo y filosófico,…R.- No sé. A mí me pareció profundo y filosófico lo de no pagar la renta.

P.- Es una novela intimista, casi sin acción.

R.- Bueno, hay mucha acción intelectiva, de explicación del mundo. No hay una gran peripecia, si usted quiere decir eso, pero vaya, acción sí hay.

P.- A la manera de algunos autores británicos contemporáneos, McEwan, por ejemplo, su novela está llena de amores no resueltos del todo, o no resueltos bien…

R.- Desde luego, soy un gran admirador de Ian McEwan. ‘Cecil Beach’ me pareció muy interesante. Él decía que los dos autores que más nos habían influido en este tiempo eran Iris Murdoch y Graham Greene. Los dos han sido autores fundamentales en mi vida.

P.- Vamos a terminar ya, señor Pombo. ¿Cómo se siente un personaje como usted, algo ácrata, digamos, en una institución como la Academia?

R.- Bien, yo tengo la sensación de haber sido expulsado prácticamente de todos los sitios. Pero me recibió bajo la presidencia de De la Concha, y estoy muy agradecido. Me parece una institución mayor que todos nosotros juntos, los académicos.

P.- Y luego está su llegada a la política. Aunque políticos, somos todos, o eso decía Aristóteles.

R.- Sí, todos. Pero otra cosa es entrar en un partido político. Bueno, yo lo he hecho, estoy muy contento. Soy afiliado de UPyD. Hay cosas que cambiar, no sé si los grandes partidos están agotados, pero el bipartidismo necesita una tercera vía, una cuña… y reducir los gastos, reformar un poco la ley electoral, recortar las autonomías. Es que los grandes partidos se apoltronan y hay que hacer algo, se apoltronó el PSOE y le pasará al PP, si se descuida, por más que a mí me parezca bien el PP de ahora.

P.- ¿Es un buen momento literario?

R.- No entro en valoraciones. Conozco gente joven que está escribiendo. Y están haciendo cosas muy interesantes. También en Hispanoamérica. Yo creo que se puede ser positivo, pero no me gustan las declaraciones programáticas, ¿sabe? Yo creo que hay que escribir mucho, escribir bien y escribir como si nos fuéramos a morir mañana.

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Una versión reducida de esta entrevista se publicó, en formato de papel, en la edición de El Correo Gallego del lunes 13 de febrero de 2012. Hay también un audio en esa edición (versión web), realizado por Sandra Romero. La fotografía que ilustra estas líneas es de Ramón Escuredo.

 

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