Regreso al lugar, bajo la gran nevada

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Pero no he visto la nieve en todos estos días. Es sólo metáfora. Y mucho telediario. No escribía aquí desde el año pasado (27 de diciembre), cuando el frío era mucho menor que estos días, pero ya el otro frío, el de la crisis, se agudizaba. Muchos habrán pensado que me detuve después de entrevistar al economista Niño Becerra (ver entrada anterior), asustado por lo que se nos venía encima. Hoy, tantos días después, la crisis no sólo no ha menguado, sino que sigue su curso. Pero he regresado animado por el frío, acuciado por los fantasmas infantiles de las planicies nevadas, y por la memoria. El frío nos conserva mejor los pensamientos. He regresado en esta primera semana de febrero, viajando sin hacerlo por todas esas carreteras secundarias, deseando estar por un instante en el lugar donde por primera vez vi nevar. Es una de las cosas que recuerdo con absoluta nitidez. Pero al fin, no he viajado. No he surcado viejos caminos entre nevaradas brutales, ni he vuelto a levantar la pala en el jardín de mi padre, como cuando nos abríamos camino, èl y yo, hacia el portón de hierro, en aquellos días. Lo que para él era una pesada carga de todos los inviernos, para mí era una aventura preñada de peligros y alucinaciones. Y no he vuelto a sentir emoción semejante. Regreso pues hoy, en esta madrugada. El silencio blanco debe convertirse en conversación. Hablemos.

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