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Días oscuros de noviembre. En mi calendario personal, septiembre es el mes dulce de las cosechas, aquellos días ubérrimos de la infancia. Aquellos días azules. Recorríamos el campo en busca de las uvas y las manzanas de oro. Y volvíamos a casa convertidos en seres nuevos, brillantes, poseídos de una extraña energía que nos hacía cercanos a los dioses. Noviembre era el comienzo de las telas negras, de los días envueltos en un sudario de bruma atrabiliaria. Pero he vuelto a ver aquellos territorios, y he descubierto que las choperas aún conservan el amarillo de los locos. Enjambres de árboles en vísperas de su desnudez, caminos sembrados de oro. Hojarasca que cruje como el pan tierno. No hay tanta maldad en noviembre. No es tan cruel. He llenado la casa de nueces, como quien colecciona diamantes, y hay un perfume de nieves primerizas, que anuncia ya la llegada del invierno. Por lo que se refiere a la literatura, las novedades se agolpan. Me perdí en la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña, y vi algunos desembarcos. Como lo nuevo de Marta Rivera de la Cruz, con la que acabo de estar, hablando, lentamente. Manuel Rivas, también, regresa: tenemos pendiente la conversación. De estas cosas hablaremos pronto, en medio de las oscuridades de noviembre. Aún queda el fuego de las hojas de otoño sobre los caminos, aun están los ribazos coronados de oro. Pero ya atisbo el azul frío en la cumbres, ya galopa la nevarada, pronto el oro de la tierra dará paso a la memoria de todos los inviernos de la infancia, cuando creíamos que la felicidad podía capturarse en la llanura, como un animal asustadizo.

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