Eduardo Mendoza, galaxias y planetas

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ENTREVISTA CON EDUARDO MENDOZA (celebrando su premio Planeta, que se falla esta noche, un año después)

Eduardo Mendoza espera en la cafetería del Hostal de los Reyes Católicos, mientras yo, bajo una cortina pertinaz de lluvia, me afano en alcanzar el edificio lo antes posible, con su libro bajo el brazo, sin paraguas, y con la noche ya gobernando los tejados de la ciudad. Eduardo Mendoza me espera, de eso estoy seguro, en la cafetería del Hostal, como otros escritores otras veces. Hoy llego solo, sin los colegas habituales del territorio de la entrevista, como Xurxo Fernández. Alba, siempre en la pomada libresca, Alba Fité, digo, se comunica conmigo vía mensaje corto, y yo, bajo el telón de la lluvia, avanzo a grandes trancos como quien entra en escena, intentando que el libro de Eduardo Mendoza quede a salvo de los olímpicos embates de la tormenta. “Estoy llegando”, le digo a Alba. Allí, bajo la luz tenue, sobre el lomo de las alfombras rojas, Eduardo Mendoza se erguía solícito desde la profundidades del…

sofá, con su chaqueta impecable (negra, de pana, creo) y su pelo, elegantemente cortado, y una mirada de bondad. Estoy bastante contento, lo confieso. Carmen Amoraga, la finalista del Planeta de 2010, me saluda también cálidamente. Apuro un sorbo de cerveza y entonces le digo a Mendoza que espero no repetirme, que espero decir, si hay suerte, algo original. “No importa, no pasa nada”, asegura, con su sonrisa tenue y sus modales de perfecto caballero inglés.
Me siento entre Amoraga y Mendoza y olvido la cerveza durante media hora. El escritor mira a los ojos mientras habla. Hay una expresión de profunda serenidad en él, pero supongo que, a estas alturas, está cansado. No es que lo parezca, simplemente lo supongo. Conozco su humor, extraordinario, y tengo la esperanza de que deje caer su ironía habitual en los próximos treinta minutos.

Le digo que cómo se siente tras el cambio de escenario. Después de haber construido su Barcelona, durante tantos años, ahora Mendoza recala en Madrid con Riña de gatos, la novela ganadora del Planeta 2010. “Me siento muy bien. Me preguntaba qué hacer ahora, porque creo que sobre Barcelona ya he dicho muchas cosas, y sobre distintas épocas, así que pensé que Madrid era un lugar sobre el que podía escribir. Y me interesaba esta visión, la del año 36, porque creo que el tema de la memoria histórica ha reavivado el interés por aquella época, como es natural, sobre todo entre los que no conocieron la dictadura de Franco. La mayoría de los españoles de hoy nació en una España democrática. Así que es esta nueva generación la que se está planteando ahora lo que fue la Guerra Civil. No es que me considerase llamado a recuperar nada, pero pensé que yo era una generación puente… No conocí la guerra en primera persona, pero sí en segunda, he visto todo el proceso del franquismo, y la transición, y creo que puedo hablar desde esta perspectiva. Eso fue lo que me llevó a elegir el año 1936, y también la ciudad de Madrid”. Luego, justo es decirlo, el libro va a su manera. No es una crónica histórica, no es una visión política de los inicios de la guerra, que se barruntaba en las tabernas de Madrid. Es, más bien, el ambiente. La atmósfera. Y la recreación (muy atinada) de los días de vértigo que deslizaban a un país aturdido por un tobogán de miedo y de catástrofe. Mendoza, en realidad, habla de un inglés que viene a Madrid a tasar un cuadro de un amigo de José Antonio Primo de Rivera. Un inglés, Anthony Whitelands, que era en realidad un habitual en Madrid, en aquellos días de fulgor y desasosiego, de tormenta y de éxtasis. “Me parece detectar que intentas escribir de una forma conscientemente antigua.

Quiero decir, has modelado el lenguaje hasta adaptarte a ciertos registros de la época, no a uno, sino a varios, y a veces no reconozco al Eduardo Mendoza habitual, sino a alguien que quiere hacer creíbles las conversaciones de la gente de entonces”, le digo. “A veces describes a algunos personajes a la manera cervantina”, añado. “Es una comparación elogiosa. Pero lo que quiero es hacer una reconstrucción por medio del lenguaje. Además de los datos históricos, indagué en cierta documentación lingüística. Me leí, por ejemplo, obras populares de la época, prensa de entonces, revistas femeninas, la sección deportiva de los periódicos… Intenté utilizar expresiones de la época, palabras que remiten a aquel momento histórico. Y luego sí, al hablar del cuadro de Velázquez, por ejemplo, pues intenté reflejar también un lenguaje que se identificara de alguna manera con el pintor… que fue contemporáneo de Calderón de la Barca. No quería hacer un pastiche, que conste, sino intentar transportar al lector. Para mí trabajar el lenguaje es una de las cosas más placenteras y divertidas que me ocurren al escribir una novela”, subraya Mendoza. Entonces le recuerdo la tradición de los viajeros ingleses, del Gran Tour. Los que aspiraban a hacerse una cultura, poetas, pintores, escritores, viajaban por algunos países de Europa, o del norte de África, se bañaban en la costas mediterráneas entre ánforas y estatuas de mármol. Mendoza recupera aquí la tradición de los viajeros, tan abundantes, siempre tan perspicaces (desde George Borrow, le digo, hasta los reporteros de la Guerra Civil): y es una feliz recuperación, porque Anthony Whitelands, el tasador de cuadros, sirve para relativizar las perspectivas, para ver el vértigo de aquel Madrid de genio y de locura, con los ojos de Europa. También recuerda a los hispanistas que nos han visitado, a los expertos en el Museo del Prado, (o directamente en Velázquez), que hay en América, o en Inglaterra, pongamos por caso. Mendoza reconoce que utilizó estas ideas para su historia. “Me alegra que me hagas esta pregunta, porque sí, es cierto, la tradición de los viajeros ha estado en mi mente a la hora de construir la novela. Los viajeros ingleses son un género en la historia de la literatura, muy distintos, por cierto, de los viajeros franceses, que ven más bien cosas como la Carmen de Mérimée. Los ingleses lo ven todo como si estuvieran llegando al planeta de los simios… Lo ven de otra manera, pero se integran rápidamente, a diferencia de los franceses…. quizás porque son más borrachines”, dice, divertido. “Yo creo que están más piraos… y por eso se integran. Los hay muy grandes, como Gerald Brenan, todos los escritores ingleses [o irlandeses] de la guerra civil, Hugh Thomas, Gabriel Jackson, Ian Gibson, se han integrado tanto que se han quedado a vivir en España, en Madrid o en Barcelona. Ya son parte del paisaje nacional. He conocido también especialistas ingleses en pintura, en Velázquez, como el gran tratadista Jonathan Brown… y he utilizado todo eso. Incluso, no sé si te habrás fijado, hasta he intentado reproducir la construcción inglesa en algunas frases, pero no excesivamente, porque no quería caer en la parodia. El protagonista habla muy bien el español, demasiado bien, por eso es tan barroco, porque es un español aprendido…”, continúa Mendoza. “Lo habla tan bien que decepciona mucho a sus interlocutores españoles, que creen que van a enseñarle algo”, añado yo. “Eso es, es efecto”, corrobora Mendoza. “Quieren explicarle todo, pero él habla como Calderón de la Barca y Gracián juntos… Ahora bien, también intenté imitar construcciones lingüísticas inglesas, estudié zarzuelas de Madrid (como La Revoltosa, o Luisa Fernanda), para intentar reflejar el lenguaje popular… Esto es lo que más me gusta cuando escribo. Buscar los diferentes registros del lenguaje e intentar plasmarlos”, subraya el autor de La verdad sobre el caso Savolta. “Luisa Fernanda, que es una zarzuela del año 1931, se cantaba mucho en Madrid en aquella época. Vamos, la conocía todo el mundo. Era una zarzuela republicana. Ahora todos recordamos algunas tonadas, pero en aquel momento era como un musical de moda. Y lo mismo pasaba con La verbena de la paloma, que estaba también en boca de todos”, concluye.
Hablamos del retrato de costumbres, que también aparece en la novela, de las casas de los ricos o de las tabernas en los que prendía ya el fuego de la disputa que se avecinaba. Hablamos de los asuntos de religión (hay numerosas menciones a la idiosincrasia protestante de la época, por ejemplo). Y del paisaje. Porque, como sucedía a los viajeros ingleses, el cielo azul de Madrid y el paisaje adusto de Castilla, aunque en principio les resultaba chocante, terminaba por cambiarles la vida. Porque venían de una Europa verde, pero de cielos grises y oscuros. La conjunción paisaje y psicología está muy presente en la novela. “Por supuesto”, dice Mendoza. “Desde el principio vemos cómo el sol y el aire, y el suelo, suponen un potente impacto para el viajero. Los alemanes se volvían locos de contento cuando atravesaban los Alpes hacia Italia. Les parecía estar viviendo una nueva religión. Y aquí ocurría algo semejante. Así que eso está presente en el libro, claro. Y con respecto al Protestantismo, hay que considerar que en aquella época, aquí resultaba una novedad no precisamente positiva. No había islamismo, no se conocía el Budismo, en fin… Aquello era el demonio, directamente, y Anthony Whitelands, el protagonista, que es un hombre educado, es recibido como el demonio también, al menos desde el punto de vista religioso. De hecho, hay una chica que en un momento asegura que se irán todos al infierno, porque, pudiendo estar en la verdadera creencia, se empecinan en estar en la falsa”, dice Mendoza, no sin ironía.

Más allá de la sombra de la guerra, en Riña de gatos está el amor. Y sobre todo, está la increíble energía cultural de aquellos años. “Leyendo cosas de esa época, memorias, diarios, descubrí que los españoles hablan todo el rato de política, acusando a unos o exculpando a otros… En cambio, hay algunos extranjeros que vienen a España y se sorprenden mucho de ver un Madrid al borde del abismo, sí, pero todavía lleno de una energía y una vitalidad que no ha recuperado hasta hace muy poco. Un Madrid muy intelectual, con la Residencia de Estudiantes, con varios movimientos culturales… Yo creo que en esa época Madrid tiene más fuerza intelectual y artística que París, que Londres, que Berlín, que Roma. Allí es donde está saliendo la pintura, la poesía, el cine, todo está pasando entonces en Madrid. Aunque con esa sensación de que todo estaba a punto de acabarse. Y era verdad. Hasta que llegó el exilio. Pero, ¿qué habría sucedido si Lorca, o Buñuel, o los médicos, o los juristas, hubieran seguido aquí, en lugar de tener que irse? De España llegó a Latinoamérica en aquellos años un impulso, una efervescencia, que aún hoy recuerdan. Venían muchos periodistas a ver el estado de preguerra, y descubrían una España de una riqueza extraordinaria, que estaba recuperando lo que el 98 llamó el Regeneracionismo, con Unamuno, con Ortega. Era lo más atractivo de Europa, mientras la gente andaba tomando chatos y peleándose por cuatro calles de Madrid. Frente a todo esto hay personajes que son importantes en la novela, como José Antonio, a los que aplico, digamos, un proceso de desmitificación”, cuenta Mendoza. Y continúa: “Yo ya lo conocí en forma de mito, claro, como el mártir fundador, creador de todas las doctrinas… En fin, una figura convertida en estampa, o en monumento. Así que luego seguí su trayectoria, estudié sus ideas (que consistían en traer el fascismo italiano, fundamentalmente). Pero en España tenía su papel… así que se me ocurrió reconstruir al personaje real, no al mito, ni lo que él quiso representar. Bueno, yo diría que era un poco mequetrefe, pero culto, refinado, uno de los pocos políticos de buena familia, con una buena educación, dominio de lenguas extranjeras. Pero no tenía ninguna consistencia. Era joven, enamoradizo, juerguista, eso sí. Y tenía una tertulia literaria con sus amigos, que es lo que le gustaba realmente”, enfatiza Eduardo Mendoza. Seguiríamos hablando, pero es la hora de la cena. Le hablo de su etapa como traductor internacional(en la ONU) y me dice que aprendió mucho, que le sirvió para calibrar la importancia del lenguaje: “recuerdo con nostalgia aquellos años, aquellos viajes, aquellos amigos. Fueron extraordinarios”. También le digo que leyendo Sin noticias de Gurb pasé uno de los veranos más divertidos de mi vida.

2 comentarios

  1. Si es escritor quien escribe, en el mundo hay millones de escritores: genios, geniales, e insignificantes. Yo pertenezco a este último grupo, que según Delibes es el de los torpes. Pero hace tiempo que descubrí un secreto: soy feliz cuando escribo, no cuando me leen. Es ahí, en la insignificancia y el anonimato, donde para mi radica el placer sublime de la creeación literaria.
    Qué otra cosa puede hacer un niño de posguerra, a quien una anciana maestra le regaló un cesto de libros al jubilarse. Nunca seré famoso, lo sé. Pero lo paso en grande intentándolo.
    Apenas sé qué otra cosa decirle, me abruman los personajes que entrevista. Un saludo.

    • Muchas gracias por su comentario. Claro que se puede ser escritor en silencio. Muchos de los que ahora son famosos (la fama del escritor no siempre se deriva de la calidad de su escritura) tuvieron novelas durmiendo el sueño de los justos (¡de los injustos!) en un cajón. Y algunas se habrán quedado ahí para siempre. Otras, afortunadamente a veces, vieron la luz, por casualidad, o porque su autor decidió luchar porque la vieran. Creo en el escritor silencioso, oculto, íntimo, que escribe para sí. Pero la escritura necesita lectores, sea pronto o tarde. No sé si el lector es imprescindible para usted, pero, al menos, produce una gran satisfacción compartir lo que uno hace. Fíjese: me ha pasado con su mensaje. Su visita a este blog es un motivo de alegría. En cuanto a los escritores que van apareciendo aquí, algunos, es cierto, son muy famosos. Pero no se trata de entrevistar sólo a los que han logrado un alto status en la siempre polémica república de las letras. Ya verá usted como no. No obstante, tampoco podemos creer que la fama, o la popularidad, estropea la prosa. Habrá casos. No pensemos que si un autor es famoso es porque se ha vendido a eso que llamamos literatura comercial. Hay literatura muy buena que es comercial. Y viceversa. Y la hay mala. Tendemos a pensar que el autor maldito, oculto, y, si puede ser, en dificultades económicas, mantendrá más la pureza que el que triunfa con su primera novela. No lo creo. Hay una larga y extraña tradición de pensamiento que parece otorgar a los artistas la condición de menesterosos, de tal forma que, cuando uno vende mucho, o se hace muy famoso, automáticamente cae mal, o lo tildan de mal escritor que ha osado, oh, cielos, hacerse millonario. Si fuera banquero, en cambio, sería considerado algo muy natural. Pero… ¡un artista! ¡Habrase visto!

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