Steve Jobs, in memoriam

| Sin comentarios

La muerte de Steve Jobs, aunque dolorosamente anunciada, ha golpeado las ediciones digitales de los periódicos, un lugar, por otra parte, confortable para el visionario. Ahora se juntan de pronto los obituarios y las biografías, autorizadas o no: es lo que pasa con alguien que lleva años haciéndose transparente ante nuestros ojos, minado por la enfermedad. Steve Jobs presentaba cada nueva versión del iPhone, o del iPad, como una lucha contra las ataduras de la física, contra lo tangible, contra lo real. Al tiempo que él se iba deshilachando en las pantallas, haciéndose lentamente borroso, como quien se va para fundirse con un wallpaper, como quien se va confundiendo con los líquidos de una piscina cibernética, sus artilugios se hacían menos presentes, más divinos, más ligeros, casi imaginarios. La manzana fue aquí buena para alcanzar el paraíso. Con la paciencia del santo Jobs, fuimos comprendiendo que el éxito estaba en quedarse con el espíritu del nuevo tiempo, no solo con los cacharros tangibles. Hizo con un dedo lo mismo que Michelangelo Buonarroti. El dedo que toca el iPad es el dedo que mueve el mundo. Empezó en las catacumbas de un garaje y ha terminado siendo un dios vestido con vaqueros, creando el futuro, mientras se deslizaba hacia la virtualidad con sonrisa de gioconda. En la pantalla tradicional veo que sus hijos tecnológicos lo velan en tiendas y applestores. Dicen que Leonardo da Vinci se hubiera reconocido en él.

Deja un comentario

Los campos requeridos estan marcados con *.