1 diciembre, 2018
por Miguel Giráldez
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Entrevista con Rosa Montero (Los tiempos del odio, Seix Barral)

“Ya estamos en los tiempos del odio”

(Madrid, 1951) Rosa Montero acaba de sacar a la luz la tercera entrega de su heroína favorita, Bruna Husky, que anoche presentó en Compostela, en un acto organizado por el Ateneo de la ciudad. En un ambiente futurista, en el Madrid del año 2110, ‘Los tiempos del odio’ (Seix Barral) narra a lo largo de exactamente cuatrocientas páginas la búsqueda desesperada de Lizard, un policía desaparecido sin dejar rastro. Pronto llegarán noticias del peligro inminente que se cierne sobre los habitantes de un planeta que sufre convulsiones de poder, luchas tecnológicas, desabastecimiento de agua y lugares cercados por una polución asfixiante. La desigualdad no deja de aumentar, pero el dinero sigue siendo un arma poderosa, como la propaganda. Rosa Montero logra aquí una distopía ‘noir’ que hará las delicias de los amantes del género, pero que también avisa sobre las grandes amenazas del presente, como el reto que tienen por delante las democracias ante el aumento de la intolerancia y la intimidación.

Texto: J. Miguel Giráldez

Rosa Montero, en esta tarde oscura en Compostela, que ya anuncia el invierno inminente, llega con una novela que tiene mucho de aviso y de metáfora. Pero no por eso deja de ser un viaje fascinante al futuro, un viaje cargado de detalles asombrosos, de construcciones tan creíbles como extraordinarias, de personajes de todo pelaje y condición, desde el género humano al alienígena, pasando por la robótica en todas sus formas, los replicantes en sus diversos estilos, y demás criaturas que pueblan un futuro no tan lejano. Así, se advierten miedos que ya hoy se atisban: el agua que escasea y con la que se negocia con crudeza, el cambio climático que ha distorsionado la vida de la gente, la polución, que marca las fronteras del planeta, y que los pobres sufren mucho más que los ricos. Es un paisaje que Rosa Montero encuentra “absolutamente realista”, donde prima la coherencia y el respeto a la ciencia, una de las grandes pasiones de la escritora. La novela es, en fin, un artefacto bello, con estéticas futuristas o decadentes, según los casos, con un despliegue asombroso de elementos tecnológicos, como no podría ser de otra manera, pero, al tiempo, muestra la cara más peligrosa del poder y de la propia tecnología, el avance del autoritarismo y el dogma, y, sobre todo, la necesidad del amor para sobrevivir.

Bruna Husky siempre vuelve en la vida de Rosa Montero. Y ahora lo hace con más fuerza, si cabe. Quizás no muchos saben que Bruna fue el nombre de una de tus perras, que a su vez tomó el nombre de la primera perra de Julio Llamazares… Y luego adoptaste ese nombre en las redes sociales. Y tanto te gustó, que llamaste así a tu replicante.

Efectivamente. Todo eso es así. No es que yo sea igual a Bruna Husky, pero tenemos elementos en común. Lo que pasa es que ha ido madurando conmigo, y eso lo he notado mucho escribiendo esta tercera novela [de la serie]. Hay aquí un montón de hilos que ya estaban antes, aunque, como sabes, las novelas de Bruna Husky pueden leerse independientemente. Creo que en esta novela el mundo Bruna tiene ya una naturalidad que me ha atrapado a mí misma. Va ya con una especie de furiosa armonía, a toda velocidad, hasta llegar a un final sorprendente, que yo quería que tuviera el aire de una sinfonía. Me he sentido muy emocionada escribiéndola.

Hay mucha acción y mucha intriga, pero también pesa mucho el lado íntimo de los personajes.

Desde luego. Es lo que quería hacer. Es una novela con mucha acción, sí, es una novela política, pero está lo individual frente a lo colectivo. Lo íntimo es muy importante aquí, en efecto, y creo que esta mezcla funciona bien.

Te has acostumbrado a un personaje que ha vivido contigo. Y eso que ella sabe la fecha exacta en la que debe morir, y va contando el tiempo que le queda. Es una replicante programada para morir. ¿La sientes muy tuya?

Bueno, como te dije, no en todo. La similitud esencial es la existencial. Me parezco a ella en la obsesión por la muerte. Los humanos no piensan en eso, se olvidan, salvo un par de neuróticos como Woody Allen y como yo. Yo de niña tenía crisis de angustia. Por eso hice Psicología. Pero esto tiene un lado bueno, y es que te da un sentimiento muy grande de estar vivo. Como dice Bruna, hay que ver cómo desperdiciamos los humanos el tiempo. Yo no me ha aburrido en mi vida, de verdad. Me encantaba estar viva. Y Bruna Husky vive eso, pero muy amplificado porque sabe el tiempo que le queda. Sin embargo, no me siento nada cercana a ella en la gestión de las emociones. Es muy cobarde emocionalmente. Tampoco era capaz de aventurarse al amor… hasta esta novela. También es cierto que el amor nos hace vulnerables, nos pone en riesgo. Pero sin amor, estás muerto en vida. Sin amor, no merece la pena vivir.

‘Los tiempos del odio’ parece una novela difícil de escribir. Muchos personajes, escenarios, idas y venidas… ¿Cómo se escribe algo así?

El año que viene se cumplirán cuarenta años de mi primera novela. Con esto quiero decir que una va aprendiendo… La novela es un género de madurez. Siempre desarrollo el argumento con muchas notas, en cuadernos. También en la cabeza. Soy muy arquitectónica. La estructura me importa mucho. Así que hago mapas, diagramas. Hago diversas combinaciones de capítulos, eso también. Y todo esto antes de escribir ningún capítulo, aunque siempre tienes en mente esas perlas de luz, así las llamo, que sabes dónde van a ir, más o menos, y que son fundamentales. Una novela es un bicho vivo hasta el final.

Entre esas perlas de luz, está la inicial. Esa en la que Ángela se arranca un tatuaje (es decir, se arranca una tira de piel) y lo envía a alguien por un robot mensajero. Es un comienzo potente, en mi opinión.

Sí, es una de esas escenas. Pero no creas, esta escena no estaba al principio, aunque sí tenía la idea, desde luego. Decidí ponerla al comienzo, después.

Las distopías viven ahora un notable auge literario, no sólo las que se escriben en el presente, sino algunas clásicas. Así son estos tiempos orwellianos.

Es una etiqueta en alza, es verdad. A menudo se interpretan como avisos catastrofistas de lo que nos puede suceder si no cambiamos… Yo creo que mi libro es realista. Aquí dibujo un mundo posible y hasta probable. Ya estamos en un período transhumano. Ya vivimos en los tiempos del odio. Incluso te diré que el mundo de Bruna tiene cosas mejores que los tiempos actuales: ya no hay sexismo, los animales están mejor tratados, hay más conciencia de la continuidad orgánica… Pero eso sí, ha empeorado mucho el asunto del cambio climático y la contaminación. Estoy preocupadísima, esa es la verdad. Estamos en un momento de involución. En riesgo de perder logros democráticos conseguidos con gran dificultad. Corren tiempos ultras por el mundo. Hay un descrédito de la democracia, ganado a pulso… sí. Vemos la hipocresía y la mentira. Hace diez años, cuando empecé con Bruna, ya veía esto. Pero no ha dejado de empeorar. Creen que la falsa pureza del dogma les va a salvar. Esa es la gran manipulación. Así que creo que hay que refundar la democracia. No se puede tragar con todo lo que se traga, con esa desfachatez que tienen a veces las democracias modernas.

La tecnología parece la solución. Pero gran parte del dogma y la intimidación llega por vía tecnológica.

Sí, claro. Es una especie de chantaje lo que hay. De linchamiento. Se está alterando la opinión pública, se manipula la realidad sin cesar. También creo que ahora tenemos más posibilidades de contrastar, pero no lo hacemos. Me parece que queremos ser engañados. Sólo queremos que nos reafirmen en nuestras ideas. Y si oyes tres veces una cosa, te la creerás.

6 noviembre, 2018
por Miguel Giráldez
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Julio Llamazares visita la Fundación Seoane en A Coruña

Esta fue la entrevista que hace una década, en 2008, publicamos con Julio Llamazares sobre su primer libro en trono a las catedrales, ”Las rosas de piedra’. Mañana presenta en la Fundación Seoane de A Coruña (20.00 horas), de la mano del columnista Miguel Giráldez y del agente cultural Javier Pintor, su continuación, ‘Las rosas del sur’ (Alfaguara).

Julio Llamazares: “Las catedrales, más que edificios, son sueños, son las cajas negras de la historia”

 Texto: José Miguel Giráldez

Llega el Llamazares del viaje y las emociones. Tras su último libro periodístico, ‘Entre perro y lobo’, el escritor leonés publica ‘Las rosas de piedra’, un viaje al interior de nuestra historia y de nuestras catedrales. De vez en cuando, el gran Julio Llamazares regresa. Siempre está ahí, por supuesto. Con sus noches, y con sus veranos. Y con sus ríos olvidados, y con las casas que yacen, esqueléticas, bajo las aguas del pantano. Y con los recuerdos. Julio es un inmenso trozo de infancia entre montañas. Y entre la nieve. Puedo entender eso muy bien. Claro que puedo. Viví esa misma infancia, y esa misma nieve, a no muchos kilómetros de Vegamián. Hoy el pueblo no existe. Como otros muchos, duerme bajo el agua, y bajo el peso de los años. Y bajo las sombras azules de la memoria. Pero hay otro Julio que va más allá de ese tiempo anegado. El Julio de las calles del pueblo, de las eras, de las riberas del río. El Julio de los perros, o de los lobos, que ladran a la luna. Aquellas noches de luna clara y bosques negros, de nieve refulgente en los caminos, de soledades inmensas. Aquellas nevadas que no volverán.

 

Volver a la Memoria de la nieve o a La lentitud de los bueyes es toda una experiencia. Se trata de dos poemarios que, sin duda, construyen la poética fundamental de Llamazares y nos preparan para su obra en prosa. Luna de lobos será su gran obra, inspirada en narraciones que conoció de primera mano, y que él convirtió en literatura de primerísima calidad. Para no pocos críticos, Julio Llamazares es uno de esos escritores imprescindibles de los que no podremos desprendernos jamás. Es cierto que, tras el éxito editorial sin precedentes de La lluvia amarilla, una de las novelas más aclamadas por su profundísima hondura lírica, Llamazares inició un periodo en el que se fue separando paulatinamente de la ficción para acercarse al paisaje, a los viajes, ahora de una manera más realista, pero no menos lírica. El río del olvido, sobre el Curueño, Tras-os Montes (su afición portuguesa, hay que reconocerlo, siempre ha estado ahí), y el Cuaderno del Duero son algunos ejemplos. En ningún momento abandonó el periodismo y el reportaje, género en el que es un consumado maestro. Recordar ahora En Babia, su primer volumen dedicado a las columnas y a los trabajos publicados en los periódicos, es siempre muy necesario. Pero hace apenas unos meses veía la luz Entre perro y lobo, otro volumen periodístico, publicado, como casi siempre, en Alfaguara. “El título es una expresión francesa”, dice. “Entre chien et loup se refiere al crepúsculo, a ese momento que hay entre el atardecer y la noche que está a punto de llegar. Pero también creo que yo soy así. Un poco entre el perro y el lobo. Un poco a caballo de la realidad y la ficción, de lo doméstico y lo salvaje. Siempre fui así, en realidad, y al releer ahora los artículos para su publicación en forma de libro, llegué a esa misma conclusión. Estoy en medio del periodismo y de la literatura, estoy domesticado, pero aún no lo suficiente. Estoy, sin duda, entre el perro y el lobo”.

Este libro resume veinte o veinticinco años de periodismo. Son muchos. Los años de Julio Llamazares en Madrid, dedicado en exclusiva a la creación y a las emociones. Los años de Julio lejos de León: aunque no ha dejado de volver, como ahora, hace apenas unos días, para presentar, junto a Juan Cruz y Peridis, su última obra (de viajes, de ficción, de historia: un poco de todo). Las rosas de piedra es un tributo a los monstruos arquitectónicos, a la grandeza de las catedrales, y, como diría Fulcanelli, también a su misterio. Llamazares nos sorprende un poco, pero bien mirado no extraña esta pasión porque lo que él llama “las cajas negras de la historia”: nació en una ciudad con catedral, la Pulchra Leonina, y eso le marcó definitivamente. “Fue la primera que vi en mi vida, y por eso quise presentar en ella este libro. Qué mejor lugar, después de todo”. Llamazares, viajero impenitente, pegado al calor de la noche y a las hermosas costumbres de los lugareños, recorre la península en busca de las catedrales. En ellas está, en efecto, gran parte de nuestra identidad histórica. La arquitectura románica, o gótica, le han devuelto la poderosa energía del lirismo. Está en forma. “Hace mucho que tengo este proyecto entre manos. Puede parecer raro, pero es un proyecto que tiene mucho que ver conmigo, con la emoción que me producen estos lugares. Es una cuestión de emoción. Creo que recorreré todas las catedrales del país, hasta que las termine”. El libro, auténticamente monumental en todos los sentidos (608 páginas), discurre por el norte. Ya está Llamazares trabajando en su continuación, dedicada a las catedrales de la mitad sur de España. Pero, de momento, baste saber que esta mirada lírica, profunda, llena de la fulgurante emoción por comprendernos en la piedra trabajada por la historia, se inicia en Santiago de Compostela, en la Plaza del Obradoiro. Quizás el único sitio en el que podía iniciarse. “Este es el lugar en el que confluyen los peregrinos y en el que confluyen también todos los caminos”. Llamazares admite que, en el entorno jacobeo, todo es excesivo, tremendo, impactante. Él, que no es creyente, siente el poder de esta energía arquitectónica irrepetible. “Pero lo más importante no es la impresión, sino la emoción”, insiste. Llamazares se pasea por toda Galicia y por su legado catedralicio: Tui, naturalmente, y Ourense, y la Virxe dos Ollos Grandes de Lugo, y por Mondoñedo. Para aterrizar, claro, en uno de sus objetos del deseo. León. Para no atarse a la disciplina geográfica, algo que él nunca hace, León y Asturias se colocan bajo el epígrafe

El reino perdido. “Me gustan todas las catedrales, por unas cosas o por otras, pero no puedo dejar de admitir que amo la pureza de la Pulchra [leonina], quizás porque fue la primera catedral que vi en mi vida, de niño, con unos nueve años, y eso marca. Y porque yo, al final, soy de esa ciudad, y eso también marca”.

Con todo, y a pesar de su pasión por el goticismo francés de la Catedral de León (es más una pasión de la infancia, es la emoción de los primeros días), el escritor se presenta como un admirador absoluto del románico. La sobriedad y la imaginación del románico. La elegancia en estado puro. En el libro, al abordar la Seo de Urgel, Llamazares no se corta: “desde el románico, el arte no ha hecho otra cosa que retroceder”. Como se dijo en la presentación del libro, las catedrales aportaron belleza y luz a las visiones un tanto oscurantistas de la Edad Media. Y el gótico fue el estallido de la transcendencia, la búsqueda consciente del aire, el intento de volar por encima de las pasiones terrenales. “Yo no tengo nada que ver con el hecho religioso, pero la emoción que destilan estos lugares raros, cargados del peso de los siglos, cuya arquitectura no se parece ni remotamente a lo que hacemos hoy es algo que me parece grandioso”.

Queriendo o sin querer, a Llamazares le ha salido un libro monumental. Y aún queda la segunda parte, en la que está trabajando ahora, dedicada, como decíamos más arriba, a la mitad sur de España. “Me he propuesto visitar todas las catedrales, hablar de todas, de las que son conocidas y de las desconocidas, de las que están llenas de gente, turistas por ejemplo, a aquellas que se mantienen en la más absoluta soledad. Es una empresa dura, es cierto, supone mucho trabajo. Pero yo lo llevo bien. A mí me gusta viajar, me gusta ir de un lado para otro, como he hecho siempre. Con este libro lo he pasado muy bien, que quede claro”.

 

‘Las rosas de piedra’ es, posiblemente, otro libro de viajes de Julio Llamazares, como él mismo ha dicho. Es uno de los géneros que más practica y, sin duda, se trata de un gran dominador del paisaje. Pero el libro tiene algo de novedoso. La idea, desde luego, que parece maravillosamente colosal, como si se tratara de una empresa hercúlea. Y el tiempo que le está dedicando: se trata de hacer un trabajo concienzudo, de estar en los sitios, de impregnarse de la atmósfera de los sitios. Nada diferente, también es verdad, de lo que ha hecho en otros de sus libros de viajes, más dedicados a los exteriores y a los paisajes. Y, siempre, a la memoria encerrada en los lugares, al peso del tiempo. Las rosas de piedra tiene una larga historia detrás. Se empezó a escribir en el mes de septiembre de 2001, y así siete años después ha dado sus primeros futuros editoriales. No quiere Julio hablar de colosalismos ni de obras emblemáticas, ni de estas cosas que a él no le gustan nada. Pero no deja de reconocer que, si todavía tarda cuatro años en terminar la segunda parte que está escribiendo, como calcula, habrá dedicado diez años de su vida a este trabajo monumental. No cabe ninguna duda de que se trata de un ejercicio literario asombroso: diez años viajando entre catedrales para contar cómo son y lo que le sugieren. Y Llamazares lanza esas impresiones sin demasiados filtros. Sin problemas.

Es posible que del Llamazares de los ochenta, el autor que protagonizó un auténtico bum lírico, al de hoy haya una distancia. Su poesía magnífica (“y yo no he dejado de escribir poesía nunca”), su increíble prosa poética: todo eso marcó una época. Pero en Las rosas de piedra vuelve una parte de aquel Llamazares recién llegado a Madrid, que asombró a muchos. Dentro de su lentitud y de su indudable tendencia a la tranquilidad y la contemplación, Julio Llamazares no ha dejado de producir literatura. Es un escritor total, que no renuncia a nada. Por mucho que la crítica siga hablando de Luna de lobos, o de La lluvia amarilla (novelas que alcanzaron un altísimo número de ediciones, y que siguen ahí, gozosamente reeditadas), lo cierto es que el autor de Vegamián se ha multiplicado en los viajes, en el periodismo, en los guiones cinematográficos, en los cuentos. En la realidad y la ficción, en suma. Realidad y ficción convergen en su escritura poderosamente, de tal forma que, en no pocas ocasiones, resultan difíciles de disociar. Llamazares es, con todo, un gran narrador de realidades. Su amor por el viaje, por el viaje a pie, por el viaje sobre la misma piel, queda de manifiesto en este reencuentro con su lado más lírico y más fascinante. En Las rosas de piedra, Julio parece estar de nuevo sobre su lugar fundacional, sobre su territorio favorito. Sobre la tierra. Vuelve a su afición favorita: al peregrinaje, la observación, la mirada. Él, que ha sido siempre un habitante de la noche, un viajero de la noche, se mezcla ahora con el paisaje y la memoria de las catedrales. Una forma de mirar al presente y al pasado simultáneamente. “Pero lo que yo quiero, lo que he querido al escribir esta larga historia sobre las catedrales del norte de España, más que ninguna otra cosa, es volver a sentir la emoción que sentí de niño, cuando por primera vez, asombrado, entré en la penumbra de la catedral de León”. He aquí un libro sobre gigantes que resisten las heridas del tiempo, trasportando el sonido y la furia hasta el presente.

 

30 octubre, 2018
por Miguel Giráldez
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Conversando con Pedro Mairal, Premio San Clemente 2018 por ‘La uruguaya’ (Libros del asteroide)

 

“Esta novela es la descripción de una derrota”

Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) ya era un autor conocido, con éxitos como ‘Una noche con Sabrina Love’, que fue llevada al cine, junto a otras novelas, cuentos y libros de poemas. Pero ‘La uruguaya’ (Libros del Asteroide), premio Tigre Juan 2017, ha superado todas las expectativas, provocando el aplauso unánime de crítica y público. En España alcanza ya la novena edición. Pedro Mairal acumula, a pesar de su edad, una larga trayectoria literaria. Autor de éxito, muy celebrado por el cine, desde ‘Una noche con Sabrina Love’, ha publicado ampliamente en todos los géneros, aunque él se siente fundamentalmente poeta. Guionista y columnista habitual en prensa, es también autor de ‘Maniobras de evasión’, un libro de crónicas periodísticas. ‘La uruguaya’ lo ha llevado en volandas al éxito prácticamente global. Su aparición en 2016 en Argentina fue saludada de inmediato por lectores y críticos y en España acaba de recibir el premio Tigre Juan. La técnica exquisita de Pedro Mairal convierte a esta obra tan divertida (y tan reveladora de las fragilidades humanas) en una obra maestra indiscutible.

 

Hace apenas unas horas acaba de ganar la edición 2018 del Premio San Clemente en castellano.  Lo entrevistamos.  

 

Texto y fotos: José Miguel Giráldez

¿Cómo te sientes, Pedro, en esta nueva etapa de escritor celebrado en muchos lugares del mundo?

Te diré que siempre espero el veredicto de los lectores. Ellos me dicen siempre cosas nuevas. Sobre La Uruguaya, por ejemplo: que si es una carta de amor, que si es la historia de un derrumbe. Cuando escribes eres como un sonámbulo. Estás atrapado por la novela, no puedes ver más allá. Y entonces viene el lector y te dice cosas, te explica cosas que tú no veías.

Se habla mucho de este rotundo éxito que has tenido con La uruguaya, pero habría que recordar que tú ya pegaste fuerte con Una noche con Sabrina Love, y eso fue en 1998. Aquello te marcó definitivamente, sobre todo el jurado que te otorgó el premio (Bioy Casares, Roa Bastos, Cabrera Infante). Parece que fue el anclaje de todo lo que ha pasado después.

Sí. Fue el momento en el que me volví visible. Pero el verdadero anclaje para mí es la poesía. Claro que si hablamos de la entrada en el mercado, que tiene que ver con la entrada en el mundo de la narrativa, entonces sí. Ahora te dicen “volviste al ruedo”. Pero yo no me fui nunca… Siempre estoy escribiendo algo: poemas, guiones, una novela…

La poesía sigue resistiéndose a las tiranías comerciales…

Claro. Ya sabes lo que se dice: “la poesía no se vende porque no se vende”. La poesía no negocia con nadie, sólo con la palabra, con sí misma. Cuando preguntas por la sección de poesía en las librerías te dicen… bueno, sí… allá, detrás de baño… (risas). El mercado no sabe qué hacer con la poesía porque plantea dudas y preguntas, no da respuestas. Por si fuera poco, la poesía se escribe en columnas, desaprovecha el espacio de la página, provoca incertidumbre… No, no va con el mercado. Exige, pide una lectura más bien lenta. Y eso es pedirle mucho al lector contemporáneo. El lector de poesía es siempre alguien subterráneo y secreto. Pero verás, si a mí me obligaran a reducirme a un solo género, elegiría la poesía. Es lo esencial.

Pero hay países que tienen, como decía John Montague, un gran ejército de poetas. Es curioso. A pesar de las dificultades del mercado con la poesía. En España, en Galicia particularmente, hay ahora un gran ejército de poetas. Y muchas son mujeres.

Los poetas forman tribus. Se conocen entre sí, se apoyan, hacen eventos de lectura… Los prosistas menos, porque, como se manejan con el mercado, creen no necesitar la tribu. Y a mí me parece un error, porque la literatura tiene mucho de creación colectiva. Siempre. Los narradores parecen estar en su búnker, como protegiéndose de una radicación atómica. Yo, en cambio, creo que surgen cosas importantes cuando los narradores se juntan.

¿Qué ha cambiado desde el Pedro Mairal de Una noche con Sabrina Love a este de La uruguaya? ¿Cómo te ves con respecto al pasado?

Creo que hay una gran continuidad temática en todos estos años. Pero estilísticamente, pienso que hay un salto cuántico. Dos décadas en la vida de uno es algo que te revuelca la bola… La uruguaya tiene un tono más coloquial, sin perder lirismo. Intento acercarme más al habla, hay una fuerza extraordinaria en la palabra hablada. Para eso tienes que tener más seguridad, no respaldarte en la literatura. Cuando escribes columnas para los periódicos en un tono confesional, aprendes a hacer esto. He hecho crónicas de viajes, que me han ayudado a aflojar la mano. El trabajo periodístico de estos diez años ha contribuido a todos estos cambios, eso es lo que creo. Un amigo me dijo que escribí La uruguaya con mucha facilidad: “la escribiste de taquito”, me dijo, que es una alusión futbolística, ya sabes. Y yo le dije: “sí, pero ese taquito me llevó diez años de práctica”.

La uruguaya es una novela corta (de 142 páginas en la edición de Libros del Asteroide) en la asistimos a un viaje del protagonista, Lucas Pereyra, un escritor en su cuarentena, de Buenos Aires a Montevideo, para hacerse con un dinero que no puede recibir en Argentina por las restricciones del cambio de moneda. Un argumento interesante, pero cercano, nada sofisticado. Y en este viaje pequeño y fronterizo, todo va a pasar. Un viaje que marca también la lengua, sorprendentemente, con el sociolecto de Montevideo. Lo que resulta encantador en esta novela es que una sola palabra, la palabra ‘Guerra’, sea la que va a generar todo el caudal narrativo.

Me alegra que lo veas así. Es una novela de guerra, aunque Guerra, en la novela, sea un nombre propio también. Es la descripción de una derrota, si quieres, en el terreno matrimonial, pero la verdad es que Pereyra termina conociéndose a sí mismo mucho mejor (como suele pasar después de las batallas). La novela es una batalla campal de emociones.

‘Guerra’ adquiere un carácter simbólico en ‘La uruguaya’, Magalí Guerra Zavala, en concreto… Como un homenaje a tus orígenes vascos, ¿no?

Sí, bueno… Tenía una bisabuela vasca… Era Quintana. Busqué en Google apellidos vascos para esto. Mairal es más bien aragonés, significa Mayoral.

En pocas páginas logras armar una historia redonda. Sin perder el tiempo, sin rodeos.

Me gusta mucho la condensación en literatura, sacar chispas a las palabras. Y también reconozco que tengo algo de perezoso… Dicen que el tipo que inventó la rueda estaba harto de arrastrar piedras, así que creo que la pereza a veces produce cosas muy interesantes.

Este escritor, tu protagonista, Lucas Pereyra, tiene bastante de ti, ¿no? A tu mujer, de ser así, no le habrá gustado mucho (risas).

Sí, a mi mujer es a la única persona que he tenido que darle explicaciones por ‘La uruguaya’ (más risas). Uso un montón de cosas mías en el libro. Eso no quita que yo invente cosas y mejore la anécdota. Arruinaría el libro si aclarara qué inventé y qué no inventé.

Resulta muy interesante que todo suceda en un espacio separado por el Río de la Plata. El libro vive de ese concepto fronterizo, que implica una liberación (al menos en apariencia) para Pereyra, que pretende combatir esa crisis de los cuarenta. El libro vive de las geografías, de los mapas urbanos, de las playas.

El espacio me interesa mucho en la literatura. Aquí un tipo se va a otra ciudad de otro país, una ciudad con la que está deslumbrado, pero que es más inventada que real. El espacio es metafórico, porque el viaje de verdad sucede en esa distancia que hay entre la imaginación y la realidad. Es la distancia entre el deseo y la culminación del deseo. Para los porteños Uruguay implica libertad, vacaciones, un escape de la vida propia. Tenemos una idea muy ingenua de Uruguay: allí bajamos siempre la guardia… Me interesaba que mi personaje cruzara a Uruguay con mucha ingenuidad, porque así le iba a doler más el golpe.

Pereyra es un individuo semidestruido, y atisbamos un poco lo que le va a pasar.

Claro. Nos pasa con los amigos, o con los enamoramientos. A veces vemos que están todas las alarmas sonando y no las quieren ver. Es la fragilidad del enamorado, que siempre es un ser quijotesco. Pereyra, cuando al fin se junta con el dinero y con la chica de la que está enamorado, se convierte en un hombre bomba.

Por lo que sé, La uruguaya también va a ser una película.

Estamos haciendo el guión con Hernán Casciari, sí. A Jorge Drexler le gustó mucho y dijo que quería hacer la canción de cierre de la película. Nos está costando el monólogo final, la confesión, la voz íntima. El día de Pereyra en Montevideo, donde se va a rodar, se puede plasmar muy bien, es pura acción. Tenemos productor, pero no hemos decidido aún los actores.

 

29 octubre, 2018
por Miguel Giráldez
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En conversación con Almudena Grandes, Premio Nacional de Narrativa 2018

Almudena Grandes (Madrid, 1960) acaba de ganar el Premio Nacional de Narrativa 2018 con ‘Los pacientes del doctor García’ (Tusquets). Mantuve una larga conversación con la escritora, en la que explica las técnicas de elaboración de esta novela, que continúa su serie galdosiana sobre la guerra y la posguerra españolas, su investigación sobre la red dirigida desde una casa de Argüelles por Clara Stauffer, próxima al nazismo, que ayudaba a viajar a Argentina a prófugos del Tercer Reich. Con aire de ‘thriller’, la novela presenta la figura del médico Guillermo García Medina, que vive en Madrid con una identidad falsa, y también la del exiliado republicano Manuel Arroyo, un diplomático al que salvó la vida en el 37 (cuyo apellido Almudena escoge como un homenaje al pintor Arroyo, recientemente fallecido, con quien visitó la institución Sierra Pambley en León, y el estudio del artista en Laciana). He aquí un viaje al lado oscuro y secreto de nuestra posguerra, condimentado con suspense y no pocas sorpresas, siempre en el contexto de la intrahistoria española de aquel tiempo, tan presente en la literatura de Almudena Grandes.

Texto y foto: J. Miguel Giráldez

Tu serie, Episodios de una guerra interminable, tiene ese aire galdosiano desde la propia concepción de la idea. Todo escritor es testigo de una época, aunque tú, desde luego, eres muy diferente de Galdós…

Hombre, claro. Somos dos escritores de épocas muy diferentes. Estas novelas están escritas siguiendo el modelo de los ‘Episodios Nacionales’ de Galdós. Cuando supe que tenía material suficiente para escribir seis novelas que me iban a permitir recorrer veinticinco años de la dictadura me di cuenta de que había un modelo transitable. Verdaderamente, el modelo que Galdós inventó hace un siglo y medio sigue funcionando. Yo admiro mucho a Max Aub, que en ‘El laberinto mágico’ ya utilizó un concepto algo parecido.

Ahora que lo dices, Almudena. Habría que volver a reivindicar a Max Aub.

No tiene la consideración que merece en este país. Probablemente por el exilio. Ya sabes que el que se mueve no sale en la foto, lo que pasa es que a él no le quedaba otra cosa que moverse. Siempre he pensado que los españoles no nos damos cuenta de la suerte que tenemos, de lo extraordinario que es que podamos hablar de Luis Cernuda como un poeta español, de Luis Buñuel como un cineasta español, de Max Aub como un novelista español… La tónica en el siglo XX fue que, exilios incluso mucho más cortos, terminaran con la naturalización radical de los exiliados. Y, sin embargo, en el caso de nuestros republicanos, se mantuvo esa voluntad de permanecer como españoles. Los que pudieron volvieron, y los que no pudieron, murieron en el exilio sin renunciar a su origen. Por eso Max Aub es un personaje tan tentador para mí.

Galdós es uno de tus modelos, como decimos, y su obra monumental. Pero tu historia bebe mucho de la intrahistoria. De las vidas pequeñas, donde se producen a veces los acontecimientos más significativos que sacuden el tejido de un país.

Es la historia desde abajo. Y eso también lo inventó Galdós. Tengo la convicción de que las vidas privadas de la gente corriente son un material muy significativo, más significativo que los grandes hechos que aparecen en los libros de historia. Por eso lo que sucede en estos libros míos, en esta serie, proviene de las vidas pequeñas, que reflejan a muchos miles de españoles anónimos. Esta, ‘Los pacientes del doctor García’, es un poco especial, tiene mucho de novela de espías, etc., pero no deja de ser una novela sobre la vida cotidiana de la posguerra de España, y sobre todo sobre cuál fue el precio de la supervivencia.

Tú estudiaste historia, quizás no muy convencida, pero sé que muchos de tus personajes están trazados a través de testimonios y cosas y anécdotas que te ha contado, precisamente, gente anónima.

Es verdad eso que apuntas. A veces hay pequeñas cosas que me han contado, diseminadas en personajes no muy relevantes, pero que ayudan a apuntalar la historia. En este caso ha sido difícil documentar la red Stauffer, porque era hermética, completamente clandestina. El Partido Comunista era clandestino en España, pero en Francia tenía unos archivos estupendos. Ahora está en Madrid y se pueden consultar.

Sólo encontraste una entrevista sobre la Red Stauffer en el ‘Daily Express’.

Sólo eso. Y algunas aportaciones individuales. Esta novela no la habría podido escribir sin la aportación argentina. Clara Stauffer nunca declaró su participación, el gobierno español tampoco, los aliados menos… Pero en la primera presidencia de Perón en Argentina hubo un organismo oficial de acogida de nazis que sí generó archivos y documentos que se han podido consultar. Hay un periodista argentino, Uki Goñi, que escribió dos libros fundamentales sobre esto, ‘La auténtica Odessa’ y ‘Perón y los alemanes’. Me ayudaron mucho. Él constata que los nazis que empiezan a entrar en Argentina en el 47 lo hacen con pasaporte español y con nombre falso. Todos estos detalles fueron importantes para construir el puzle de ‘Los pacientes del doctor García’, completados quizás con una entrevista que le hicieron a Clara en el 48, un periodista inglés que entró en su casa engañándola, diciéndole que era un periodista alemán…, y gracias también a algunas pistas que quedan de españoles que estaban metidos en esta red… He tenido suerte en pequeñas cosas que me pasan… Un profesor de la politécnica de Madrid le mandó a mi marido información sobre partidas de nacimiento que se recogían en parroquias para llevárselas a la Stauffer… Y luego, como pieza importante, está el revelador álbum de fotos de Clara Stauffer, [un álbum sobre un viaje de Madrid a Lisboa y Buenos Aires] que descubrí cuando ya se había vendido.

En ese álbum se ve que Clara era tremendamente precisa, lo anotaba todo con su lápiz blanco, vamos, muy alemana (risas). Está claro que, aunque aliada con el mal, era fascinante. Ideal como personaje. Tú también eres muy precisa con la documentación. Tus cuadernos, tus diagramas…

Yo no podría escribir novelas como estas si no trabajara de ese modo. Aunque me veas así (risas), soy muy disciplinada. Escribir una novela empieza por tomar decisiones. Las tomo a mano, en un cuaderno. Me cuento el argumento con detalle, y mientras escribo una aproximación, lo voy pensando. Todo eso tengo que tenerlo claro. Luego trabajo los personajes por separado y procuro saber de ellos todo lo que puedo. Los reales y los de ficción. Este proceso podría durar un año. Después hago desarrollos sectoriales del argumento… Esto me lleva al momento clave que es la estructura. El aspecto expresivo más importante de una novela. Porque la arquitectura en la novela es tan importante como en una casa. La estructura es la válvula que regula la relación entre el lector y la obra literaria. Necesito hacer varios intentos, no creas. Tengo que saber lo que va en cada capítulo.

Tú escribes novelas en la historia, pero no novelas históricas.

Bueno, me lo dice la gente. Las novelas históricas están más interesadas en contar los grandes acontecimientos, en hablar de grandes personajes. Tuve la suerte de conocer a Francisco Ayala, que fue reclutado como agente por Negrín, y esta novela le debe mucho a él. Paco era estupendo, muy humilde, me aguantaba mucho. Le preguntaba cosas, por ejemplo, cuando estaba escribiendo el guión de ‘Inés’: “¿en los años treinta se daban cortes de manga?”. Y me miraba con estupefacción… jaja. Yo suelo tener presente que los personajes ligan, aman, dicen tacos, dan cortes de manga… Yo trato a los personajes como si fueran parte de una ficción contemporánea.

Siempre dices que no crees en la neutralidad del escritor.

Claro que no creo. La objetividad es una quimera. Todos filtramos todo a través de nuestra ideología. No hablo de vidas personales, porque gente buena y mala las hay en todas partes. Yo no puedo ser neutral con la abolición de la democracia y de las libertades. Aunque verás, con tanta corrección política, últimamente me siento como una escritora antisistema.

 

19 octubre, 2018
por Miguel Giráldez
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Santiago Posteguillo y la pasión romana (Posteguillo gana el Planeta 2018)

SI es cierta la expresión latina “audaces fortuna iuvat” (la suerte ayuda a los audaces), creo que Santiago Posteguillo es el mejor ejemplo. Hace algunos años que tuve la suerte de conocer al gran escritor de historias de romanos, y la verdad es que siempre vi en él esa actitud de seguridad y de mesura, de quien maneja fuentes, investiga y viaja, siempre con muy poco ruido y con un resultado espectacular, increíblemente pulcro y riguroso. Porque Posteguillo es algo más que un autor de novela histórica al uso. Esta semana, como sabrán, se hacía con el premio Planeta de este año. Pero su trayectoria es tan amplia, y tan coherente, que hasta el propio premio puede resultar anecdótico (si no fuera por su dotación y su evidente repercusión) al lado de la ya larga trayectoria del escritor. Entrevistar a Posteguillo siempre ha tenido dos lados bien diferenciados para mí. Uno, el placer de hablar con un colega de los Estudios Ingleses (es profesor en la Universidad Jaume I), un colega que no sólo ha escrito algunos libros dedicados a entender mejor la literatura, sino que mantiene ese gusto por el dato exacto y comprobado, propio de un investigador de larga formación académica. Por otro, el placer de hablar con alguien que es uno de los mejores recreadores de los tiempos de Roma en todo el mundo (en España, desde luego) y uno de los autores de novelas basadas en la historia más divertidos, consistentes y, sí, más audaces, que conozco.Audaz es, pues, la palabra. La fortuna: contar con un ejército de lectores, que ya fueron numerosos con la Trilogía de Escipión, se multiplicaron con la de Trajano (tengo ante mí el espléndido ‘La legión perdida’), y a buen seguro que se ampliarán ahora mucho más con ‘Yo, Julia’, la novela premiada en el Planeta, que da a un personaje femenino romano toda la relevancia que se merece (se me ocurre recordar ahora aquel ‘Las hijas del César’, igualmente desde el lado de las mujeres en un mundo de machos alfa, del gallego Pablo Núñez). También tengo entre las manos ‘Yo, Claudio’, la genial obra de Robert Graves en cuyo título se inspira, como homenaje en cierto modo, Santiago Posteguillo. Claudio el tartamudo protagoniza una de las mejores obras ‘romanas’ de la historia, pero les aseguro que nuestro autor no le va a la zaga. Y si Mesalina y Livia, dominante y consejera eficaz a la sombra de Augusto, son personajes femeninos de relevancia, la Julia Domna de Posteguillo, esposa de origen sirio de Septimio Severo, madre de Caracalla, es la nueva revelación. El regreso del escritor valenciano supone iniciar otro viaje maravilloso a Roma. Es para felicitarse. Nada que envidiar, me temo, a ‘Juego de Tronos’ en cuanto a la gran coreografía de un lugar, en cuanto al dominio de personajes que, además, fueron en su mayoría verdaderos. El gran Posteguillo vuelve para quedarse mientras nos preguntamos por esa versión televisiva de ‘El Africano’, en manos de Mediapro. El escritor es cuidadoso con la posibilidad de convertir sus largas historias en series de televisión (la estupenda Mary Beard no tendría dudas), pero yo apuesto por él. De los textos de Posteguillo pueden germinar series magníficas. Como ‘Yo, Claudio’ germinó de Graves y de la BBC: imprescindible joya.

La última vez que entrevisté a Santiago Posteguillo, con motivo de la publicación de la última novela de la trilogía de Trajano, fue en 2018. Reproducimos la entrevista, publicada en este diario, a continuación:

Texto: J. Miguel Giráldez

Fotografía: Fernando Blanco

Desde que conozco a Santiago Posteguillo, y ya van algunos años, no ha dejado de ir de éxito en éxito. Hoy está considerado como el gran maestro de las novelas de romanos en español (y no sólo en español), pero, naturalmente, Posteguillo es mucho más que eso. Con su talante serio, pero amable, me recibe en el Hostal de los Reyes Católicos. Bajo estas luces que bañan muros no tan viejos como los que Posteguillo describe en sus obras, pero tan venerables, el escritor hace un aparte para terminar de hablar por teléfono con su mujer: hay asuntos domésticos que tratar en la distancia, como casi cada día. Posteguillo no descuida nada. Ha aprendido a ser metódico, y su profesión, profesor de Filología Inglesa en la Universidad de San Jaume I, sin duda le ha ayudado mucho. Está acostumbrado a investigar. A analizar documentos, a manejarse por todos los archivos. Así que ese bagaje ya lo tenía cuando decidió volcar su vida hacia la literatura, en particular hacia la novela histórica y, tras el fulgurante éxito de la trilogía de Escipión, concretamente hacia la novela que recrea momentos decisivos de la vieja Roma.

Es evidente que en este paisaje se siente como pez en el agua. No empezó entre romanos, pero una vez que los ha conocido tan bien, se resiste a abandonarlos. “Es el origen de nuestra civilización”, se justifica. Aunque no sabemos qué hará en su próxima novela, que ya tiene entre manos: “he venido pergeñando el esquema de la primera parte. Me falta la segunda: pero para eso tengo el viaje de vuelta”, dice, con cierta retranca. Nada puede desvelar. “No me lo permite la editorial. Pero sí te diré que sigue siendo una novela histórica”, explica, con media sonrisa, consciente de que lo que toca hoy es el final de los días de Trajano .

Su nueva novela alcanza las 1.150 páginas y no da descanso al lector. Posteguillo es muy capaz de describir la vida romana con detalles mínimos, capaz de recrear diálogos de césares y soldados con gran verosimilitud. No sólo le dicen los críticos que es muy cinematográfico, sino que él se empeña en serlo. Se le ve feliz de haber dedicado tantos años y tanto esfuerzo a componer la vida cotidiana de personajes como Escipión o Trajano. Un esfuerzo que le ha llevado de un lado a otro del planeta, y que le sugiere una sola queja: “los aviones”. Y añade: “en eso soy como Woody Allen. La última vez que fui a Argentina me vi unos trece capítulos de The Big Bang Theory, y luego me tomé dos o tres copas de vino. En fin. Donde se pueda ir en tren, prefiero ir en tren. Mi editorial ya lo sabe”. Su éxito, que se multiplica cada vez que saca a la luz un nuevo libro, no le ha permitido quedarse mucho en casa. Ni en la universidad. “Bastante que, gracias a la generosidad de mi rector, he conseguido seguir con mis clases, aunque eso sí, modificando los horarios. Me han nombrado embajador honorífico de la Jaume I, y eso podía no haberlo hecho, pero lo hizo. Ahora, es cierto que ya no puedes renunciar a viajar”, añade. “Es el dulce problema, el happy problem“, acepta. “Sólo me sabe mal por mi familia”. Pero ha completado un trabajo serio, concienzudo, como a él le gusta. Siete años sin parar para esta trilogía. Contempla este volumen inmenso, La legión perdida (Planeta), con la satisfacción de un trabajo al que no le falta nada para satisfacer al lector. Posteguillo cree que trabajo y el esfuerzo son para el escritor, y el placer, para el lector.

Le digo qué queda del Posteguillo inicial, cuando no era conocido por el gran público. “Creo que me queda el estilo. En eso pienso que no he cambiado casi nada. Cuando llego con Africanus, que es mi carta de presentación, ya había escrito mucho. Ahora, mi mayor evolución está en la estructura. En cada nueva novela intento introducir un cambio estructural. En Los asesinos del emperador opté por un sistema circular. En Circo Máximo, lo que imperaba era la simetría, con esas dos carreras de cuádrigas, una al principio y otra al final, y dos campañas dácicas, con un juicio en medio. Y en esta, lo que tenemos es un juego de espejos, en el tiempo y en el espacio”, explica Posteguillo. “La novela salta de la legión perdida en los tiempos de Craso (el craso error) hasta, 150 años después, el mismo intento de llegar a oriente por parte de Trajano. Pero se narra mucho más, porque hablo de Roma, de Partia, de la India, del Imperio Kushan y, finalmente, de lo que sucedía en China. Los latinoamericanos llaman a esto ‘novelas de largo aliento’, porque abarcan muchos años y territorios.

Posteguillo está influido por todas sus lecturas, siendo, como es, un gran conocedor de lo anglosajón. Pero admite que su gusto por el detalle, por ser fiel en todo, por perfeccionar sin cesar la narración, le viene de Tolkien. “Bueno, hemos hablado de esto más veces”, me recuerda, “quizás me atraía Tolkien porque él era un profesor como nosotros, del mundo inglés, del inglés antiguo, ya sabes. Cuando navegaba por El señor de los anillos, aquello de que hubiera mapas, apéndices, me encantaba. Y por eso sabía que si yo escribía algo parecido alguna vez, introduciría en mi novela esas cosas, que no molestan, además, la lectura”, dice.

“Una novela como La legión perdida es un gran Juego de Tronos, pero real”, declara con entusiasmo. “Aquí tienes a Trajano y a Osroes, y a todos los grandes líderes, jugando a intervenir en multitud de reinos, particularmente Armenia, poniendo y deponiendo reyes, intentando saber quién consigue el reino de Partia. Lo que hace Martin es muy bueno, entretenido, y también él es muy tolkeniano. Pero lo mío es real. Te da un punto de conocimiento sobre el pasado que otras novelas no te dan”, apunta. Lo que tienen en común todas las narraciones que va citando Santiago Posteguillo, incluyendo las suyas, es el estudio del arte de la guerra. La trilogía de Trajano despliega toda una maquinaria bélica, todo un cúmulo de decisiones humanas tomadas por un emperador que él admira profundamente. “La globalidad actual proviene de una globalidad que ya existía entonces”, quiere dejar muy claro Posteguillo. “Por eso esta es una novela de lenguas, de idiomas. Los que saben idiomas, se salvan. Esa globalidad de la que hablo se demuestra porque el enfrentamiento entre Roma y Partia es conocido por los Kushan al norte de la India, y llega hasta China. Todos estaban unidos por el cordón umbilical de la Ruta de la seda. Plinio el Viejo se quejaba de los millones de sestercios que se gastaban los romanos en traer productos de la China: ¡si levantara ahora la cabeza!”

Hay otra lección que puede extraerse de esta magnífica novela. Posteguillo lo explica con claridad: “quería romper ese eurocentrismo que nos hace parecer que somos lo mejor y lo más importante”, subraya. “En la novela se ve que cuando hay un terremoto en Roma, en China están inventado el sismógrafo. Cuando aquí se usa el papiro y el pergaminos, le están presentando al funcionario Fan Chun (y luego a la emperatriz Deng) una cosa que llaman papel. Había otros mundos, que aquí se muestran, y Roma no era el más avanzado”, insiste. Un mundo que Posteguillo ha intentado conocer para componer la novela (se pasó un mes en la India, viajó al Museo Arqueológico de Estambul, también al lugar donde Trajano murió, al sur de Turquía…). “He tardado esta vez dos años y seis meses, en lugar de los dos años previstos”, cuenta. “En la editorial acabaron entendiéndolo. Había que estar a la altura”. El esfuerzo fue colosal, pero la novela, la trilogía más bien, logra un perfil excelente de Trajano. “En Roma, cada que vez que llegaba un emperador nuevo, le decían: ojalá seas tan afortunado como Augusto y tan bueno como Trajano. No se encuentran ya muchos personajes como este. En el siglo XX, quizás Mandela. A ver si nos cruzamos con un par más deTrajanos, pero no sé yo. De él me interesa su ejemplaridad (luchó mucho contra la corrupción), afrontaba los problemas y no dejaba que se pudriesen, gastaba el dinero público en edificios públicos, y en caso de guerra estaba en primera línea de combate. Qué más se puede pedir”, dice Posteguillo. “Cuando se propone reproducir la aventura de Craso, fallida, se da cuenta de que no debe repetir los errores del pasado: otra lección para quien la quiera aprender”, remata.

PROXIMAMENTE, POSTEGUILLO PRESENTARÁ SU NUEVA NOVELA, ‘YO, JULIA’ (PLANETA) EN ESTAS PÁGINAS

16 marzo, 2017
por Miguel Giráldez
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Con Javier Cercas, sobre ‘El monarca de las sombras’

(Javier Cercas, Ibahernando, Cáceres, 1962) Con ‘Soldados de Salamina’, Javier Cercas se abrió al gran público. El éxito le llegó con una historia en la que una anécdota es elevada a categoría de narrativa global de la Guerra Civil. Desde entonces, Cercas, con un estilo literario que bebe de la propia realidad y que se adentra en hechos verdaderos o al menos creíbles, ha investigado paralelamente la historia de España y su propia biografía personal. Se diría que ambos asuntos son inseparables. Ahora, tras ‘El impostor’, donde se analizaba la tergiversación de la memoria, la reescritura del pasado, llega a las librerías con ‘El monarca de las sombras’, de nuevo una historia con profundas raícen en lo que él considera el lado más vergonzoso de su biografía. Le costó a Cercas escribir la historia de Manuel Mena, su tío abuelo, que murió en la batalla más cruel y más absurda de la Guerra Civil a los 19 años, en el bando llamado Nacional, y que, a pesar de morir en el lado equivocado de la historia, desde siempre fue considerado el héroe de la familia. La novela, publicada por Random House, acaba de ver la luz: es la novela del pasado incómodo, de cómo la historia a veces nos lleva con ella como un viento poderoso, aunque sea al desastre. Y es también la novela que Cercas dedica a explicar sus orígenes, en un pequeño pueblo de Cáceres, antes de la emigración a Girona. Y a explicar la figura de su madre. Y de cómo su madre, lo convirtió en escritor.

J. Miguel Giráldez

El título de esta novela alude a los clásicos griegos. A Aquiles, en concreto. No al Aquiles de la ‘Iliada’, como tú mismo dices, sino al Aquiles muerto de la ‘Odisea’, al que ya habita el reino de las sombras. Dos libros que, por cierto, aparecen en la novela, y que tú encuentras en la casa natal de Ibahernando. Aquiles ha muerto y es el rey de las tinieblas, como ha muerto Manuel Mena, tu tío abuelo, uno de los protagonistas de este libro. Y ha muerto con belleza y juventud, como querían los clásicos. Al fin, Javier, has sido capaz de viajar hasta el pasado oscuro de tu propia familia, y has hecho la novela del Manuel Mena, falangista, muerto a los 19 años en la Guerra Civil, en la batalla más terrible y absurda, aunque tú, como investigador y testigo contemporáneo, apareces sin cesar también, como un Holmes que va en busca de las huellas, aunque pueda no gustarle lo que encuentre.

En la novela hay dos narradores. Uno que es en tercera persona, frío, muy objetivo, como un notario, y que pretende reconstruir la historia con la mayor precisión posible. Y otro, en primera persona, que soy yo, Javier Cercas, o alguien muy parecido a mí. Este va contando en realidad cómo se construye la novela. Porque, como suelo decir, mis novelas son novelas de aventuras sobre la aventura de cómo se escribe una novela. Es algo muy común en mi literatura, como sabes. Son dos narradores que funcionan como un desdoblamiento, como un artificio, que permiten un diálogo entre el pasado y el presente, entre lo particular y lo colectivo.

Lo que importa en esta novela es el viaje. Hay un viaje en el sentido físico, coche, carreteras secundarias, búsqueda del origen. Y hay un viaje al fondo de la historia, al fondo de la memoria y de la biografía personal. Hay un viaje en el tiempo.

Exacto. Es un viaje, como también lo es la Odisea. Es una búsqueda. Reflexioné sobre esto en ‘El punto ciego’, que publiqué el año pasado. En realidad, las novelas que me importan son aquellas que se basan en pesquisas. Hay una pregunta al principio: por ejemplo, ¿quién fue Manuel Mena? Todo el resto del libro es un intento de contestar a esa pregunta. Pero la respuesta no tiene por qué ser nítida, o concreta. Suele ser irónica, ambigua, equívoca. El lector, como decía Conrad, tiene que poner la otra mitad del libro.

Creo, Javier, que tiene un mérito extraordinario, no sólo que te hayas enfrentado con ese lado del pasado familiar que no te gustaba, y que era omnipresente en la memoria de tu madre, sino que de algo que no es tan inhabitual en muchas familias españolas (haber tenido antepasados luchando en la Guerra Civil, y por supuesto también en el bando nacional, como es el caso) tú hayas logrado construir toda una narración impactante, emocionante. Y con no muchos datos, todo hay que decirlo. Una vez más elevas un asunto concreto, determinado, incluso doméstico, a la metáfora todo un tiempo de la Historia.

Te agradezco que digas eso. Pero verás, eso es lo que hace la literatura. Siempre lo digo, citando a Tolstoi. Siempre digo aquello de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Bueno, pues pinta tu aldea en guerra y pintarás todos los pueblos y todas las guerras del mundo. En todas las familias hay un Manuel Mena. Y mi relación con eso, con el pasado de mi familia, es la que tenemos todos con el pasado de nuestras familias, que desconocemos. Lo dice Umberto Eco: “conocemos mejor a Julien Sorel [el protagonista de ‘El rojo y el negro’] que a nuestro propio padre”. No sabemos nada de la peor herencia de nuestras familias. Y no lo sabemos porque se callaron. Pero tenían derecho a hacerlo.

Esta novela cierra un ciclo de la memoria, de la guerra, y de tu propia biografía. Esa memoria de la que hablamos mucho y en la que buscamos poco. Es también esta novela un viaje a tus orígenes. Han dicho varias veces que te avergonzaba hablar de todo eso. De origen modesto en un pequeño pueblo de Cáceres y, desde luego, de este supuesto héroe falangista que fue tu tío abuelo. En la novela le dices a David Trueba una y otra vez que no quieres escribir este libro.

Me he resistido, como nos resistimos todos. Es verdad que ‘El monarca de las sombras’ conecta con ‘Soldados de Salamina’, qué duda cabe. Pero también con ‘El impostor’. Porque en el fondo hablamos de lo que hacemos con el pasado incómodo o sangriento. Lo que hacemos es edulcorarlo, enmascararlo. No afrontar la verdad. Es lo que hace Enric Marco, que se inventa un pasado heroico que no tiene que ver con la realidad. Lo que hago aquí es mirar y contar ese pasado conflictivo, tan complejo, de la manera más honesta de la que soy capaz. ¿Por qué? Porque es indispensable. Hay gente que piensa que hay que dejarlo de lado. Es un error monstruoso que padecemos cada día. Porque ese pasado forma parte del presente. Por eso vivimos un presente estrecho, escaso, mutilado, eso es lo que creo. Obviamente, la única forma de hacer algo útil con el futuro es tener muy presente el pasado. Si no lo hacemos, estamos condenados a repetirlo, que no te quepa duda. Y es que está pasando. Estamos empezando a repetir el pasado de los años treinta. En todo occidente. Leer más →

4 febrero, 2017
por Miguel Giráldez
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Con Guillermo Arriaga (‘Amores Perros’, ahora ‘El salvaje’) en A Coruña

GUILLERMO ARRIAGAEl escritor mexicano presentaba esta semana en A Coruña su nueva novela, ‘El salvaje’ (Alfaguara), de la mano de Javier Pintor. Una historia de 694 páginas por las que pasa todo México, y muchos retazos y obsesiones de la infancia y la juventud del autor del guión de ‘Amores perros’, ’21 gramos’ Y ‘Babel’, entre otras obras de éxito. Nominado para el Goya a la mejor película iberoamericana por ‘Desde allá’, pasa unos días en España, visita Galicia, y se pregunta (sin lograr respuesta) qué vendrá después de una novela en la que, en gran medida, laten todas sus historias anteriores.

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En apenas cuatro días en España, Guillermo Arriaga (México, 1958) ha contado ya numerosas veces cómo ‘El salvaje’, que acaba de publicar Alfaguara, supone un viaje largo a toda la experiencia acumulada, es una forma de revisitar sus obsesiones, su gusto por las casualidades, por los giros imprevistos de la vida, por esos personajes en los que late él mismo, y muchos de sus amigos, que por supuesto están dentro de esta historia. Es una novela que abraza todo un tiempo, un largo tiempo, con ecos de la propia biografía e invenciones hermosas o brutales, al calor de lo vivido, pero con un gran sello de autenticidad y de bravura. Contada con ese ritmo sincopado que recuerda el paso de los fotogramas, con un estilo fragmentario, que va y viene desde el pasado hasta el presente, en ondas sucesivas, como la sangre golpeando en las sienes, ‘El salvaje’ es capaz de crear atmósferas cálidas y polvorientas, desde las azoteas de uno de los barrios más laberínticos y peculiares de Ciudad de México, el suyo, hasta los bosques y los ríos helados del Yukón, donde Amaruq, obsesionado como nadie en esta historia de obsesiones, persigue sin aliento al macho alfa de una manada de lobos.

Me encuentro en el Hesperia de A Coruña con Guillermo Arriaga. Está algo cansado, pero lo niega. Da muchas entrevistas, visita platós, habla sin parar de una novela que probablemente es la novela de su vida. Sonríe. Es escueto en las respuestas, como a veces en la prosa. Sintagma. Sintagma. Palabra. Palabra. Ese peso del fotograma. Hay mucha acción, todo fluye. Pero después está esa crema viscosa del odio. Ese puré oscuro de la venganza. Esas cucharadas amargas de realidad. Sólo algún estallido de felicidad. En las azoteas. Encaramados a los tejados, sin pisar la calle, los muchachos van y vienen: “Nos echaron de ella, nos largó de la calle. La policía. Entonces nos subíamos a las terrazas y saltábamos de una a otra”. Y ahí te imaginas la cámara, en travelling, saltando, fiuh, fiuh, wuuuuoah, wuuuuoah, el vértigo, sin caer, sin caer… o cayendo. Un juego que es una huida por un territorio sólo dominado por los habitantes del laberinto. La novela se emboza en sangre, en embriones guardados en formol, en lágrimas, en un amor que no puede sustanciarse más que en pocas palabras, porque no hay tiempo, ni dinero para perderlo. También en amores adolescentes aprovechando descuidos colegiales. Hay un poso de tristeza feroz, como el aullido del lobo. Colmillo, es el lobo. No el que persigue Amaruq, sino el que tienen atado en la colonia, capaz de llevarse el bíceps de un mecánico de un bocado, como trofeo. Colmillo es ‘White Frang’, el perro lobo de Jack London. ‘El salvaje’ te obliga a ‘jacklondonizarte’, a construir tu propia hoguera en medio de la frialdad del mundo. Todos son lobos esperando el calor de la manada. Y hay fieras que odian, gente pulcra, sin embargo. Los buenos muchachos, fanáticos religiosos. No dirán una mala palabra, pero incendiarán la vida de los saltadores de terrazas. Carlos, el hermano de Juan Guillermo, el protagonista, es asesinado, brutalmente. El muchacho lo pierde todo: muere el hermano mayor, como había muerto en el vientre de la madre su gemelo. Y muere la abuela, y los padres mueren, o se suicidan, en un accidente de coche. “Yo también tuvo un accidente de coche, muy grave, como el de la novela, o muy parecido. Caí por un barranco, iba dormido”, me dice Arriaga. Ahí está. Todo está dentro de uno. “Guillermo”, le digo: “no puedes desprenderte de los accidentes de coche, de las vidas cruzadas, de cómo hay muertos que salvan a vivos, y vivos a muertos, de las casualidades, de los encuentros. No puedes desprenderte de los perros, Guillermo, ni ahora de los lobos”. Porque todo está ahí desde principio.

Le digo que ha vuelto a la novela casi veinte años después. Como si todo lo demás no fuera novela, narración, literatura. “Bueno, los guiones son novelas para cine”, me corrige. “Es muy triste que el cine sea considerado un subgénero de la literatura. Cuando se escribe teatro no pasa eso. ¿Por qué en el cine? No se entiende. Es verdad que a veces hay obras que se escriben por encargo… Pero bien mirado, hasta hay grandes obras de arte que fueron hechas precisamente por encargo”, explica Arriaga. ‘El salvaje’ recoge, ya lo hemos dicho, muchos de los grandes temas del escritor, muchos de los que ya aparecen en las películas que él escribió, y en otras novelas. ‘Amores perros’ persiste, es indestructible, está siempre ahí. Pero Arriaga reconoce que quiso dibujar la vida, como él la sintió. “La vida es así. Hay casualidades, hay suerte… No soy un trágico. Soy un optimista. Mi propia carrera confirma que uno puede hacer lo que quiera. Tuve claro donde quería llegar y luché siempre por conseguirlo”. Pero admite el escritor mexicano, también el cineasta que hay en él, el cineasta que también persiste, que lo más hermoso está en esos hilos rojos que nos recorren, que nos unen, quién sabe si al azar, a unos con otro, en lugares diversos, sin que haya razones ni explicaciones. Las vidas cruzadas. “Desde los quince años pensé en contar mis vivencias algún día. Lo hago ahora. Sobre todo en ‘El salvaje’. Son detalles que se fueron acumulando, no grandes asuntos. Es el territorio donde suceden las cosas, en un día cualquiera. Como en Faulkner. Como Dickens, Balzac. La vida ocurre a pie de calle. Y yo eso lo quería contar. No nos quedó otra que trepar a las azoteas, porque la policía nos correteaba. Yo describo mi barrio tal y como es. Nos divertíamos mucho allá arriba, en las azoteas. Muchos perdieron su virginidad allí. Pero sobre todo platicábamos, éramos felices”.

El cine corre por las venas de este escritor, pero ‘El salvaje’ no será una película. “Bueno, eso creo. Si viene alguien y me dice cómo hacerla, yo con mucho gusto vendo los derechos. Pero no creo que pueda hacerse. Yo no voy a emprender la tarea de adaptarla, como hice con ‘El búfalo de la noche’. Lo interesante es lo que sucede dentro de Juan Guillermo y de Amaruq, no lo que sucede fuera de ella”. La complejidad de las dos historias paralelas que ocurren en esta novela hace quizás difícil su traslación al cine, pero es más difícil todavía el laberinto de vidas que, una vez más, aparece ante nosotros. Como el laberinto de las calles y de las azoteas. Arriaga está contento con que se quede como novela. Como gran novela. “Yo soy un contador de historias. No todo hay que convertirlo en cine. Ahora estoy escribiendo teatro. Escribo siempre. Necesito energía emocional para escribir un libro, y cuando tengo algo, lo veo venir. La historia viene a mí. La historia te arrasa como una avalancha. ‘El salvaje’ cuenta cosas difíciles, duras, violentas. Pero Arriaga, que quiso ser boxeador, aunque no llegó a serlo nunca, no cree que en eso se parezca a sus vivencias: “tuve una vida muy feliz, me lo he pasado muy bien en este mundo. Claro que tuve episodios complicados. Me peleaba mucho en la calle. Tenía un compañero que era remero olímpico, y yo quería ser también un deportista. Pero se me infectó el corazón mientras entrenaba y ahí acabó mi carrera de boxeador. Luego, es verdad, he vivido momentos bien extremos. En algunos lugares. Disenterías, hipotermias en el desierto… Pero bueno, nada tan grave… Aunque la hipotermia es terrible. Ese territorio, ahora puesto en cuestión, el territorio de la frontera entre Estados Unidos y México es fascinante. He vivido mucho ahí, he viajado a la frontera desde niño. Acabo de estar allí. A veces estamos cazando en México y vamos a desayunar a Texas… A unos 400 kilómetros de Laredo, es un territorio muy escarpado e inclemente. No hay personaje más interesante que el camina al filo de una frontera”. (Y eso aparece bastante en esta novela).

‘El salvaje’, dice Guillermo Arriaga, no es una historia ecologista. “No, sólo es un libro en el que se habla de la naturaleza, porque la naturaleza somos también nosotros y a veces parece que no nos damos cuenta. Esta es una historia en la que hay un gran amor por los animales y por nuestra relación con ellos. Pero, sobre todo, esta es una historia sobre la libertad, y sobre la necesidad de saber que aún hay esperanza”.

Una entrevista de J. Miguel Giráldez, versión extendida de la publicada en ‘El Correo Gallego’ el viernes 3 de febrero de 2017. La fotografía es de Chema Moya.

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11 diciembre, 2016
por Miguel Giráldez
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Soledad Puértolas: “la vida es también lo que se intuye”

Sin título-2soledad-puertolasSoledad Puértolas (Zaragoza, 1947) mantiene una estrecha relación con Galicia desde hace mucho tiempo, un lugar en el que ha pasado no pocos veranos, y que también visita en ocasiones, por un motivo u otro, o sin motivo, en diversos momentos del año. Hablo con ella a través del teléfono, una larga y plácida conversación. Hablo con ella unas horas antes de la presentación de ‘Chicos y Chicas’ (Anagrama) en la librería Follas Novas de Santiago de Compostela. “Me encuentro muy bien en Galicia, me siento muy a gusto. Voy siempre que puedo, pero es verdad que desde que soy académica, algo que desde luego no entraba en mis planes, claro está, y sobre todo desde que tengo nietos, me resulta algo más complicado. Pero sigo yendo, por supuesto: ahí tengo una calma extraordinaria que me permite escribir mejor que en ninguna otra parte”, explica Soledad Puértolas.

Y esa relación, o, mejor aún, esa fascinación por esta tierra y esta gente, brota con mucha frecuencia entre las líneas de esta colección de once relatos, ‘Chicos y chicas’. Nada humano es ajeno a este espléndido libro, en el que se dibujan, con la prosa delicada y sutil de Puértolas, los precarios equilibrios de las relaciones entre maridos y mujeres, entre padres e hijos, entre hijos y amantes, entre hermanos, o entre amigos. “Hablo de lo que he hablado siempre”, me dice, al otro lado de la línea telefónica, encantada de volver a Galicia con un libro para mostrar, un libro que tiene mucho de aquí. “Siempre asoman en lo que escribo los temas fundamentales de la vida, como sucede en cualquier forma de literatura”, continúa, aunque reconoce que hay diferencias ente las novelas y los relatos, y, sobre todo, insiste en el hecho de que esta vez se ha decidido por la tercera persona, en lugar de la primera. “Es una tercera persona especial, no la del escritor omnisciente que lo sabe todo, no es la tercera persona de Tolstoi”, aclara. “No lo sé todo de mis personajes, y es mejor que sea así. Prefiero al escritor que tiene que indagar, que necesita descubrir. El autor desconoce muchísimo, pero eso es muy interesante: no puedes contarlo todo, porque no lo sabes. Tal vez sea cosa de la edad (risas). Tal vez ya no quiero que me invadan, ya voy tomando una distancia con respecto a mis personajes.”

‘Chicos y chicas’ está narrado en ese lenguaje limpio y pulimentado de Puértolas, un lenguaje sin solemnidades, cargado de sugerencias, de emociones nunca excesivas, sino apenas apuntadas, que crecen en los lados oscuros, en las esquinas del corazón. Nada hay peor que el desencanto acumulado, el dolor acallado en la soledad de las habitaciones. Los once relatos muestran descubrimientos personales, equivocaciones, desorientaciones y desvaríos, y también súbitos estallidos de felicidad, que duran lo que dura apenas una pompa de jabón. Cualquier cosa puede pasar a estos personajes que Puértolas trae el primer plano de la narración y que observa, como nosotros, con curiosidad entomológica. Son personajes heridos o absortos, atrapados en la luz que se filtra por los visillos, en las cadenas invisibles de la nada cotidiana. Y bracean antes de ser tragados por el aburrimiento, en busca de un destello en la oscuridad. Quieren encontrar la luz del faro, haga mal o buen tiempo. Y luego están las casualidades, el azar, los encuentros inesperados, o las confesiones a destiempo, como la que un personaje hace a su mujer en un tren, un lugar del que juzga que ella no podrá escapar, aunque lo desee: “he conocido a una chica”, le espeta. Al final, es la vida y sus sorpresas. La vida poblada de ausencias, elaborada con un barro que hay que modelar, si hay tiempo y suerte. Por estas páginas de prosa limpia como el agua discurren amores y desamores, maridos y mujeres, chicos y chicas, en un equilibrio milagroso, a veces divertido, que un soplo del azar puede desbaratar como un castillo de naipes.

“La vida no está hecha sólo de los que se ve, sino de lo que se imagina, de lo que se presume o intuye, de lo que se presiente, y esta es la complejidad de la vida: y eso es clave para mí”, dice Puértolas. “Los muertos están vivos, los paisajes que tu quieres están dentro de ti. Lo que me fascina de la literatura es que todo en ella se convierte en realidad. Todo puede casar en la literatura”, cuenta Soledad Puértolas. Por eso este libro habla mucho del lado oscuro, de lo invisible, de lo que está detrás de la apariencia, o de las infinitas capas de la cebolla que tiene la existencia. Y así, un simple gesto, unas palabras, una coincidencia, un pequeño error, o un deseo, son cosas más que suficientes para cambiarlo todo. Le digo, ya casi en la despedida, que es capaz de crear lo que puede llamarse una coreografía de los descubrimientos personales, a la manera de los detectives, o como en la sinfonía de miradas de las habitaciones de Henry James. O de Edith Wharton. Pero dice que Henry James, con ser un genio, puede con ella: “demasiados detalles: en esos detalles, yo veo mucho polvo”, explica, entre risas. Y concluimos que, como se advierte en algunos relatos de mar y playa en esta colección, casi siempre con Galicia al fondo, las sutiles sugerencias de Katherine Mansfield están más próximas a sus gustos y a su estilo. “Creo que Mansfield dibuja mejor las revelaciones, los momentos de plenitud, y es capaz de explicar por qué las jóvenes no entienden a sus madres, o todos esos instantes de perplejidad que a veces tenemos. Y sí, en eso me siento cercana”, dice. Hablamos aún de esos momentos de indefinición en sus relatos de ‘Chicos y chicas’, mientras cae el sol o el viento se aquieta, esas miradas entre los personajes que parecen sacadas de un cuadro de Hopper, en las que se advierte todo el peso del mundo. “A mí también me fascina el extrañamiento de Hopper. Es otra parte de la vida. Cuando no eres capaz de entender qué pasa, qué fue de tu vida o de la de los otros, esa sensación de que no estás, o de que el otro no está. La vida está hecha de meteduras de pata, de cosas que estaban mejor no dichas, no pronunciadas”, concluye.

Chicos y Chicas, Soledad Puértolas. Anagrama, 2016. Las fotografías son del archivo de Anagrama. El texto es de José Miguel Giráldez.

5 diciembre, 2016
por Miguel Giráldez
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Toma de tierra, de Ester Folgueral: habitar un bosque

con-ester-folgeral-en-compostela-nov-2016El encuentro con la poeta de El Bierzo, Ester Folgueral, la pasada semana en Compostela, me trajo recuerdos de Seamus Heaney, al que tanto queríamos. No sólo por la calidad humana, sino por la presencia de la tierra en los poemas. Tiene Folgueral mucho del gran poeta irlandés, aunque ella hizo su educación sentimental en los románticos ingleses, en los esoterismos de Yeats, en Silvia Plath, y, finalmente, en una Emily Dickinson que jamás consideró una poeta difícil. El gran poeta de Villafranca del Bierzo, Juan Carlos Mestre, la solía presentar así: “aquí nuestra Dickinson particular”. Ya acumula una larga trayectoria poética Ester Folgueral. Desde la ira de La espada azul, a las iluminaciones de Memoria de la luz (2006), hasta estas sombras y oscuridades, que ya afloraban en Lo indestructible, y que se ciernen sobre todo en su última obra, esta que acaba de ser publicada por Gravitaciones, Toma de tierra.

He aquí el descubrimiento del desamor, las heridas que sólo el bosque puede curar. “He hablado más con la naturaleza que con los hombres”, me dice Folgueral. He aquí los poemas del otro lado, la puerta a la oscuridad, pero también los poemas que nos unen con la tierra, cordón umbilical, toma de tierra, donde se conecta el cuerpo y el espíritu, donde se vacía y se descarga el miedo. Y la ira.

Toma de tierra es un libro de poemas que recuerda a Heaney. Y más a Ted Hughes que a Sylvia Plath. Es una colección de poemas sin desesperanza, pero sombríos. Son poemas de bosques frondosos, poblados de pájaros. El lugar al que Folgueral escapa para pensar en soledad. “No tengo miedo al oso, ni al lobo: me gusta perderme en la espesura de los bosques”, me dice. Aquí pesa el silencio, y el lenguaje de los árboles, y los besos de los pájaros. Hay animales, semillas, aves ciegas, abejas, caballos de fuego, cigüeñas que sangran. Hay ciervos, mariposas, hormigas, serpientes que escriben con su lengua de amor sobre las rocas. Mariposas de nieve, bueyes harapientos. Es una colección hermosa, que habla de ausencias, de derrotas, de amores perdidos, de muertos que no están muertos y aún huelen a rosas. Libro de nieve, de oscuridad y lumbre, de sombras inevitables. “Todo hombre es un árbol”, dice Folgueral.

Fotografía: Ester Folgueral con M. Giráldez en la librería Cronopios de Compostela, en noviembre de 2016. Fotografía de María Arias.

12 julio, 2016
por Miguel Giráldez
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 “Será hermoso el día en el que Irlanda vuelva a la Rúa Nova”

Turlough O’Donnell, y los miembros de la sociedad que preside, The Irish Camino Society, visitan durante dos horas muy emotivas el antiguo Colegio de los Irlandeses de Santiago

 

irlandeses con su barca en compostela en junio de 2016Han sido varios días dedicados en cuerpo y alma a redescubrir Santiago de Compostela, a unir dos extremos europeos de la gran vertiente atlántica, poblada por una cultura común. Los irlandeses de la Irish Camino Society han vivido intensamente la ciudad (además con buen tiempo) y han cumplido con la historia. Encabezados por su presidente, el gran Turlough O’Donnell, entusiasta como pocos, gran conocedor de este vínculo entre lo irlandés y lo gallego que arranca desde la Edad Media, no han dejado de visitar aquellos lugares compostelanos que les tocan de cerca el corazón. Especialmente el antiguo Colegio de los Irlandeses, en la Rúa Nova. Y, por supuesto, no ha faltado la fiesta, el baile, la música, producida por ellos mismos. Porque un irlandés es siempre un poeta, un navegante y un músico, todo al mismo tiempo. El pasado domingo 26 de junio los remeros irlandeses llegaban a bordo de una barca que recorrió también las calles de Santiago de Compostela, y se quedó a la puerta de la catedral. Era la tercera parte de un viaje marítimo que arranca, como manda la tradición, de St James Gate, desde hace mucho tiempo la puerta que da entrada a la fábrica de cervezas Guinness, en la margen derecha del río Liffey. Las aguas del río inmortalizado por Joyce han servido en el pasado para transportar las partidas de cerveza negra que se enviaban al extranjero, pero también para ver a los peregrinos partir desde el siglo XIII. En 1210 el arzobispo Henry de Loundres asignó varias tierras al lado del Liffey para se construyera un edificio para los peregrinos, especialmente para evitar que sufrieran las inclemencias del tiempo mientras esperaban por el barco que les traería hasta Santiago. Sin embargo, como puede leerse en un pequeño pero delicioso libro que la Irish Camino Society acaba de publicar con el apoyo del Centro de estudios irlandeses de Lovaina, titulado Irish Pilgrims on the Camino de Santiago: 800 Years, aunque no se construyeron instalaciones específicas para peregrinos, salvo en Dublin y Drogheda, ambas dedicadas a Santiago, lo cierto es que los peregrinos jacobeos partían de muchas localidades irlandesas ya en la antigüedad, como Wexford, Waterford, Galway, Cork, Kinsale, o Dingle. Las peregrinaciones marítimas no siempre tuvieron la misma relevancia, ya fuera por cuestiones religiosas o políticas: en el siglo XVIII la costumbre del viaje casi desapareció. Pero en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se activó de nuevo el peregrinaje, y varios anuncios se publicaron al respecto en los periódicos irlandeses. Una conocida compañía, llamada Pilgrimways, se ofrecía a organizar de nuevo las largas travesías, incluyendo tren, autobús, o avión. El gusto por retomar las viejas tradiciones de la pregrinación marítima volvió después. Y así, un grupo de remeros reeditó para esta asociación el viejo modo de acercarse a Europa, luchando contra las dificultades del océano. En tres partes, desde 2014 hasta este verano de 2016, cuatro marineros escogidos entre músicos y artistas han cubierto la distancia, con una parada inevitable en el Museo marítimo de Pasaia de San Pedro, donde se reconstruye la Nao San Juan, un ballenero que naufragó en Canadá en 1565, en cuya reconstrucción participa Irlanda. A lomos de una barca semejante a un curragh irlandés, la Naomhóig na Tinte, Domhnall Mac Sithigh (el poeta Danny Sheehy), el artista Liam Holden (en la primera parte, Breandán Ó Muircheartaigh, que también se unió ahora al grupo en Santiago), el músico Breandán ó Beaglaoích y el actor Glen Hansard, llegaron hasta Compostela. Si el domingo habían bailado jigas y todo tipo de música irlandesa en el claustro del Hostal dos Reis Católicos, tras la llegada del barco, y escuchado la música de César, el asturiano irrepetible de Navelgas que les acompañaba, la visita del pasado martes al Colegio de los Irlandeses de Compostela, en la Rúa Nova, supuso un momento de emoción sin límites. También lo fue para la institución que el que esto escribe representa en la visita, el Instituto de Estudios Irlandeses Amergin, de la UDC, al que la Irish Camino Society quiere mostrar su agradecimiento por el trabajo que realiza desde hace años en torno a la relación entre las culturas de Irlanda y Galicia. Hablo durante la vista con Michael Flynn, director del Leuven Institute for Ireland in Europe, que muestra su admiración por el trozo de Irlanda que habitó el co- “Será hermoso el día en el que Irlanda vuelva a la Rúa Nova” Turlough O’Donnell, y los miembros de la sociedad que preside, The Irish Camino Society, visitan durante dos horas muy emotivas el antiguo Colegio de los Irlandeses de Santiago texto Jose Miguel A. Giráldez razón de esta ciudad. Hablo también con Dónal Ó Céilleachair, de Anú Pictures, director de cine que ha homenajeado en alguno de sus documentales a los hablantes gaé- licos de West Cork, en la Gaeltacht, y que contempla con detalle y con emoción lo que queda de este Pazo, abandonado ahora hace más de una década. La vista al Colegio de los Irlandeses incluye sorpresas por todos lados: camas con todas sus ropas, fotografías en las paredes y sobre las cómodas, baños, despachos, muchos objetos que parecen detenidos en el tiempo. Y sus espléndidas galerías, delanteras y traseras. Hay algo mágico que flota en el impresionante vuelo de las escaleras de piedra, realmente magníficas, de este edificio singular que, a buen seguro, merecería un destino mejor. Se edificó sobre lo fue hasta 1770 el segundo colegio irlandés de España. En ese año, la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III termina con la institución que, sin embargo, sigue muy viva en la memoria de muchos irlandeses. Como en todos los miembros de la Irish Camino Society que acaban de visitarnos. Su presidente actual, Turlough O’Donnell, entusiasmado con lo que ve, deja claro que espera que el Colegio de los Irlandeses vuelva a funcionar pronto como una embajada de Irlanda en Galicia. “No podemos olvidar lo que fue todo esto, lo que el final del Camino supone para la idea de una Europa que ahora parece estar en crisis. Sueño con el día en que todo esto vuelva a tener aire irlandés”, me dice, mientras observamos la extraordinaria estatua de San Patricio, en su hornacina, al lado mismo de un patio ajardinado que un día se llamó Patio de la Naranjos. No quedan naranjos ya aquí, pero sí el poso de muchos siglos de memoria. “El edificio es magnífico”, reconoce O’Donnell. “Hemos tenido suerte al poder visitarlo, comprobar su grandeza, aunque lleve tiempo sin habitar. Quiero dar las gracias porque se nos ha permitido verlo, y también al Dean de la Catedral de Santiago, Segundo Pérez, que ha hecho tanto por nosotros. Y no quiero olvidarme del cónsul en Ferrol, Tomás Antón Díaz del Río”, concluye. La sensación de que pisamos un viejo trozo de tierra irlandesa en Compostela no se disipa ni cuando la vieja puerta verde se cierra detrás de nosotros. Un día, quizás, Irlanda regresará a la Rúa Nova. Y entonces, será para quedarse. cuestiones religiosas o políticas: en el siglo XVIII la costumbre del viaje casi desapareció. Pero en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se activó de nuevo el peregrinaje, y varios anuncios se publicaron al respecto en los periódicos irlandeses. Una conocida compañía, llamada Pilgrimways, se ofrecía a organizar de nuevo las largas travesías, incluyendo tren, autobús, o avión. El gusto por retomar las viejas tradiciones de la pregrinación marítima volvió después. Y así, un grupo de remeros reeditó para esta asociación el viejo modo de acercarse a Europa, luchando contra las dificultades del océano. En tres partes, desde 2014 hasta este verano de 2016, cuatro marineros escogidos entre músicos y artistas han cubierto la distancia, con una parada inevitable en el Museo marítimo de Pasaia de San Pedro, donde se reconstruye la Nao San Juan, un ballenero que naufragó en Canadá en 1565, en cuya reconstrucción participa Irlanda. A lomos de una barca semejante a un curragh irlandés, la Naomhóig na Tinte, Domhnall Mac Sithigh (el poeta Danny Sheehy), el artista Liam Holden (en la primera parte, Breandán Ó Muircheartaigh, que también se unió ahora al grupo en Santiago), el músico Breandán ó Beaglaoích y el actor Glen Hansard, llegaron hasta Compostela. Si el domingo habían bailado jigas y todo tipo de música irlandesa en el claustro del Hostal dos Reis Católicos, tras la llegada del barco, y escuchado la música de César, el asturiano irrepetible de Navelgas que les acompañaba, la visita del pasado martes al Colegio de los Irlandeses de Compostela, en la Rúa Nova, supuso un momento de emoción sin límites. También lo fue para la institución que el que esto escribe representa en la vista, el Instituto de Estudios Irlandeses Amergin, de la Universidade da Coruña, al que la Irish Camino Society quiere mostrar su agradecimiento por el trabajo que realiza desde hace años en torno a la relación entre las culturas de Irlanda y Galicia. Hablo durante la vista con Michael Flynn, director del Leuven Institute for Ireland in Europe, que muestra su admiración por el trozo de Irlanda que habitó el corazón de esta ciudad. Hablo también con Dónal Ó Céilleachair, de Anú Pictures, director de cine que ha homenajeado en alguno de sus documentales a los hablantes gaélicos de West Cork, en la Gaeltacht, y que contempla con detalle y con emoción lo que queda de este Pazo, abandonado ahora hace más de una década. La vista al Colegio de los Irlandeses incluye sorpresas por todos lados: camas con todas sus ropas, fotografías en las paredes y sobre las cómodas, baños, despachos, muchos objetos que parecen detenidos en el tiempo. Y sus espléndidas galerías, delanteras y traseras. Hay algo mágico que flota en el impresionante vuelo de las escaleras de piedra, realmente magníficas, de este edificio singular que, a buen seguro, merecería un destino mejor. Se edificó sobre lo fue hasta 1770 el segundo colegio irlandés de España. En ese año, la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III termina con la institución que, sin embargo, sigue muy viva en la memoria de muchos irlandeses. Como en todos los miembros de la Irish Camino Society que acaban de visitarnos. Su presidente actual, Turlough O’Donnell, entusiasmado con lo que ve, deja claro que espera que el Colegio de los Irlandeses vuelva a funcionar pronto como una embajada de Irlanda en Galicia. “No podemos olvidar lo que fue todo esto, lo que el final del Camino supone para la idea de una Europa que ahora parece estar en crisis. Sueño con el día en que todo esto vuelva a tener aire irlandés”, me dice, mientras observamos la extraordinaria estatua de San Patricio, en su hornacina, al lado mismo de un patio ajardinado que un día se llamó Patio de la Naranjos. No quedan naranjos ya aquí, pero sí el poso de muchos siglos de memoria. “El edificio es magnífico”, reconoce O’Donnell. “Hemos tenido suerte al poder visitarlo, comprobar su grandeza, aunque lleve tiempo sin habitar. Quiero dar las gracias porque se nos ha permitido verlo, y también al Dean de la Catedral de Santiago, Segundo Pérez, que ha hecho tanto por nosotros. Y no quiero olvidarme del cónsul en Ferrol, Tomás Antón Díaz del Río”, concluye. La sensación de que pisamos un viejo trozo de tierra irlandesa en Compostela no se disipa ni cuando la vieja puerta verde se cierra detrás de nosotros. Un día, quizás, Irlanda regresará a la Rúa Nova. Y entonces, será para quedarse.