Las maletas de los nuevos emigrantes

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Con el fin de agosto, los aeropuertos vuelven a llenarse de maletas de emigrantes que, más allá de diseños y marcas, no difieren tanto de aquellas de cartón que poblaban las estaciones de buses y trenes en los 60 y 70 del siglo pasado.

La vuelta al cole que devuelve a casi todo el mundo a su rutina diaria supone todavía hoy, diez años después del inicio de la gran crisis que estalló en 2008, un exilio laboral al que decenas de miles de españoles aún se ven obligados.

Pese a todos los años que llevo fuera de mi país, y a pesar de lo bien que me trata el de adopción, tengo la impresión de que cada vez la vuelta resulta más dura. Posiblemente se tenga también esta percepción en España  según uno se va haciendo mayor, pero si ya es duro reincorporarse al trabajo después del verano, hacerlo tan lejos de casa no facilita la tarea en absoluto.

Para muchos emigrantes las vacaciones significan volver a casa y una constante lucha contra el tiempo (perdida de antemano) en ese intento de ver a todo el mundo, acudir a reuniones familiares y tomar cafés o cañas con amig@s que nos cargan la batería emocional por lo menos hasta Navidad.

A mí este cálido verano 2018 me ha dado más horas de sol y playa que de costumbre para disfrutar con los míos, así como excelentes momentos gracias a “Campus morte“. Las presentaciones en Santiago y Carballiño (¡gracias, Naty!, ¡gracias, Marta!, ¡gracias, Miguel Anxo!😊) además de regalarme nuevas amistades, le proporcionan a la novela una ilusionante presencia en los medios que se une a la enorme satisfacción de descubrir su portada en los escaparates de prácticamente todas las librerías compostelanas.

He tenido, además, la suerte de asistir a esa fantástica iniciativa que representa ONDA, y que nos permite establecer contactos a muchos de los emigrantes gallegos que estamos fuera y tenemos ganas de aportar desde la diáspora ante la imposibilidad de poder hacerlo aquí.

Después de disfrutar del valiosísimo tiempo que no tenemos el resto del año con abuelos, padres y hermanos; de comidas y cenas que nos engordan por igual de kilos y felicidad y de abrazos con piel que no se pueden dar por skype; una vez más nos toca hacer nuestras maletas.

En esta época de supermercados globalizados, la mía ya hace tiempo que ha dejado de albergar (tanto) espacio para jamón serrano o chorizo, pero sigue sin faltar un hueco para traerme conmigo a Alemania a un par de amig@s 😉

¡Muy buen regreso e inicio de curso a tod@s!

2 Comments

  1. El primer año de emigrado lo pasé llorando por la tierra y el segundo soñando con volver. Y cuando al fin volví yo no era el mismo y nadie me reconoció como un gallego en su tierra nai. Muy al contrario, yo era un ingeniero de Madrid para algunos, para otros de Valladolid. Pero aquello que yo buscaba y añoraba ya no lo era, jamás lo volvería a ser. Como escribió un húngaro hace años: “El alma se apaga”. Se apaga y muere, pienso yo. O quizá ya no pienso sólo añoro el pasado y la tierra que tanto amé.

    • Muchas gracias por leer y comentar, Antonio 🙂 Mucho se ha escrito a lo largo de la historia de ese sentimiento de “ser doblemente extranjero”, pero a mí me gustaría quedarme con la ilusión de poder sentirme en casa en dos lugares; sin olvidar nunca de donde uno viene. Fuerte abrazo!

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