Vuelta a España en tren. 3) El transiberiano

Vuelta a España en tren. 3) El transiberiano

Y volvemos a casa cruzando la península de nuevo, un perfecto triángulo de punta a punta. Y para ello en un tren mítico no por su lujo, sino por ser una de las rutas más largas de Renfe. Quince horas entre Barcelona y Galicia, en lo que se supone es una de los TrenesHoteles mejores de la red. Para ello, y curarme de los aspectos negativas que dominan un trayecto tan pesado, no considero probar las famosas, pero pomposamente llamadas “butacas superiores”. Que no, que no…no son los alta velocidad entre Shanghai y Pekin con sus butacas de business, que se conviertene en cama. Me apunto de nuevo, a hacerlo con cierto estilo en Gran Clase Individual, con una tarifa equiparable a un vuelo de larga distancia a America. Supongo que a los que nos gusta todavía las experiencias ferroviarias, largas, románticas, y pausadas encontraré motivos suficientes para amar este tramo.

Si los accesos las salas VIP de los aeropuertos suelen ser caras, o los billetes imposibles, tenemos una versión con menos dignidad en las clases nobles de RENFE. Sala Club, muy agradable, minimalista, y aunque el catering es limitado es bastante bueno y adecuado para una espera ligera. Las salas se abren solo dos horas antes, y el aceso se controla escrupulosamente. La verdad es que en quince horas se puede meditar, escribir la biblia en un palillo, o simplemente considerar el trayecto como algo anacrónicamente delicioso, y frívolo, pero terriblemente romántico y pausado. No importa el tiempo, es el placer de las vías, por el placer. Me quedo sorprendido de la calidad del nuevo TrenHotel. Nada que ver, con la versión cutre entre Galicia y Madrid. Climatización perfecta, pantallas individuales con películas, un neceser de lujo, y un cuarto de baño, que aunque produce inestables equilibrios al ducharse, es todo un lujazo.

Es una especie de crucero sobre ruedas. Tu camarote, vistas de lujo al atardecer, duchita, y una cena en un pomposo restaurante. Luz ténue, y la luna sobre Camp de Tarragona, lucía en todo su esplendor. De esos momentos, tranquilos en donde no importa cuanto tardes, pero si como lo hagas. Un solomillo, una copita fría de vino, o un postres al traqueteo del tren. Desde luego, una de las formas más civilizadas de cruzar la península. A la vuelta de la cena, el cabinista me había hecho la cama. Un lecho que es tremendamente cómoda, y hasta pude conciliar el sueño. Poco a poco, cual barco que se acerca a su destino, tengo una fastuosa vista. ¿Son los Fiordos?. No, solamente los cañones de la provincia de Orense, en su parte más agraste. Salía el sol, y el estupendo desayuno sabía mejor con una ventana con vistas. Todo un lujo. Quizás un mundo en retirada, pero enormemente placentero. Recién duchado, bien alimentado, me dejo llevar de los placeres de leer la prensa a primera hora de la mañana, y no se a donde mirar. Si al imponente paisaje, o al periódico.

Con una puntualidad británica llegamos a nuestro destino. Y a pesar de las quince horas, nos queda una cierta pena, de una experiencia que es simplemente dejarte llevar se termine. Hasta los imponentes asientos “de plazas sentadas”, son de lo más aceptable. Reclinación casi perfecta, y una comodidad pasmosa. Sin embargo, viajar no es ya romántico. La gente quiere llegar, y se impone el coste, los cafés en tazas de plástico, y lo low cost. Por eso, no me extrañan los rumores, de que los trenes hoteles tienen su fecha de caducidad.

En lo que se refiere a Santiago, se nos colocará un aséptico Avant. Seguro que muy económico para la compañía, pero sin los placeres que nos ofrecen estas travesías extemporáneas. He querido hacer un experimento sociológico con los trenes más representativos de Renfe, he querido hacer un viaje fuera de todo sentido, y tengo que decir que a parte de sus carencias, precio escandaloso en algunos tramos, podemos decir que el tren es algo que debemos mantener. Dejar a un lado rentabilidades, costes, sino que como cohesionador social, es imprescindible para no convertir a este país en algo más, que una sucesión de aviones low costs, llevando a gente enlatada. Aunque sea, por el placer de hacer las cosas a la vieja usanza, y sentir la magia de dejarse llevar sin prisa.

 

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