7 mayo, 2013
por Antonio Pais
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Juegos de niños… malos

Querida Julia:

Te gusta jugar, y a mí me encanta verte jugar. Te lo pasas bien jugando a lo que sea: en el parque, cuando el tiempo lo permite (este curso ha sido muy malo en este aspecto) o en casa, donde nos recluye la lluvia. En todo caso, tú te adaptas bien a cualquier situación. Y yo lo celebro: verte entretenida en un rincón de tu habitación o de la sala, jugando con plastilina, pintando (bueno, más bien garabateando en colores), con muñecas o con lo que sea, es una bendición: qué bendición, ver a un niño jugando.

Claro que los juegos de niños, muchas veces, no me gustan tanto cuando pasan a protagonizarlos los mayores. Sobre todo, cuando estos mayores están cargados de maldad.  Todo esto se ha juntado en la situación esperpéntica que está viviendo el Real Madrid.

Como ya te estarás imaginando tras haberte dado estos datos, el primer niño malo de la película, el actor principal en este lío, no podía ser otro que Jose Mourinho. Un tipo que, no sé si lo he dicho cincuenta veces o cincuenta millones de veces, me resulta insoportable. Aunque tiene su mérito: cuando ya pensaba que no me podía irritar más, lo hace.

Mourinho compareció en rueda de prensa tras ganar el Real Madrid, en unas increíbles demostraciones de casta y genio del equipo y de su afición en el Bernabéu, el partido de vuelta de la eliminatoria de Liga de Campeones frente al Borussia; ganó, pero quedó eliminado por la paliza que había recibido antes en Dortmund. Claro que a Mourinho, en su línea, no le importó la demostración de casta que acababan de dar el Madrid y su afición: ni una palabra amable para la hinchada fría a la que tantas veces criticó; eso no va con su ¿personalidad?

La actitud del técnico la resumió en una frase perfecta Orfeo Suárez, de El Mundo: en la rueda de prensa esperábamos a un entrenador y llegó un niño mimado que se dedicó (también por culpa de los periodistas, que no dejaron de preguntarle por su futuro y apenas lo hicieron de la eliminatoria; aunque, recién caído, el tal Mou ya se había encargado de contestar a una tele inglesa “may be not” cuando le preguntó sobre su continuidad en el Real Madrid) a hablar de que iría “donde me sienta querido”. Es lo de siempre: el ego de un entrenador por encima de todo: de una soberana afición, de la entrega de un equipo, del interés de un club… del fútbol, en fin.

En días posteriores, Mourinho se portó como un perro rabioso: dispuesto a morder. Y así nos enteramos de que se arrepintió de no haber traído a Diego López al terminar su primera temporada en el club blanco. Claro, tiene su explicación: Iker Casillas apenas hizo paradas de mérito en la final de Copa que le ganó el Madrid de Mou al Barça de Guardiola, ni rindió a un altísimo nivel en la Liga de los 100 puntos de la que tento presume el entrenador portugués. Más tarde, Mourinho aclaró (y yo digo aquí que mintió) que lo que pasó con Casillas (su suplencia) no fue por una cuestión personal, sino porque prefiere a Diego López. Yo sí que aclaro, por si hace falta, que para mí la mentira es que el problema es personal; Diego me parece un excelente portero, es lícito a Mourinho que le guste más que Casillas… para el que, no hace tanto, el técnico pidió el Balón de Oro.

Estos días, Mourinho ha vivido en su salsa: ha sido el centro del universo. Ante la mirada complaciente de un presidente nefasto, Florentino Pérez, Mourinho ha seguido haciendo y diciendo lo que le ha venido en gana, descalificando a sus propios jugadores, jugando con símbolos. El Real Madrid ha sido, claro, el gran perjudicado (¡jugará una final de Copa dentro de unos días!); pero eso al tal Mou nunca ha parecido que le preocupase demasiado; y al tío Floren, pues parece que tampoco: él seguirá hablando por aquí y por allá de los valores del Real Madrid… aunque desconozca por completo cuáles son: el señorío del club lo seguirá personificando Mou, su dedo en el ojo nos señalará el camino.

El técnico, en su delirio, se comparó ¡con los 18 técincos anteriores del Real Madrid! “Ellos llegaron a seis semifinales de Champions, el malo del Mourinho, a tres”, dijo el luso, siempre hablando desde su lado, con verdades a medias, ventajista: si se quiere comparar con alguien, le basta uno de esos 18: que compare su palmarés con el de Del Bosque; o que compare no las semifinales a las que se llegó, sino las Ligas de Campeones ganadas: los 18 anteriores ganaron tres, el malo del Mourinho (por utilizar su expresión: a mí dentro del campo me parece un gran entrenador, sus equipos siempre han competido muy bien), cero.

Aunque Mourinho, con todo lo que es, no ha sido el único malo de la película. Desde este humilde espacio, del mismo modo que se ha criticado sin freno al entrenador portugués, se censura con fuerza a quienes se han aprovechado de la situación para insultar al luso (aquí me incluyo, una vez se me fue la mano escribiendo) o para faltarle al respeto (a él e incluso a su familia) o para quitarle todo mérito. Eso no es de recibo.

Y en la película han aparecido invitados sorpresa. Como Pepe, que estos días ha demostrado lo que vale como persona y que, como ya dijimos en su día, es indigno de vestir la camiseta blanca. La cosa ya estaba clara cuando pisoteó al jugador del Getafe, Casquero. Pero con el tiempo el chico ha ido a más. Y que ahora, cuando todo indica que Mourinho saldrá del Real Madrid (así no puede seguir), Pepe haya mordido la mano que tanto le dio de comer, la del amo que lo defendió cuando la defensa no era posible, y se haya posicionado, por su interés y su egoísmo, del lado de Casillas, el capitán que sí seguirá… lo dicho, niños malos: en estos casos, los juegos nunca pueden ser sanos; ni ingenuos.

Un beso

PD: Por cierto: un equipo lo forman once y todos ganan o todos pierden. Pero en que el Real Madrid fuese eliminado por el Borussia, la actuación de Pepe en Dortmund tuvo mucho que ver: allí, por increíble que parezca, ¡no cometió una sola falta! ¡y era Pepe! ¡y Lewandowsky marcando cuatro goles!  Claro que eso se tapa, como bien ves, con una ‘afortunada’ frase a tiempo; o yéndose con el presi, ese Ser Superior, a visitar peñas.

11 abril, 2013
por Antonio Pais
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De Martina a Serena

Querida Julia:

No sé si a ti te gustará el tenis, ya lo dije; yo espero que sí. Tampoco sé si jugarás bien al tenis; de eso tengo más dudas: la genética cuenta, y tu padre no le daba a un baúl. En todo caso, me gusta mucho el tenis femenino; el tenis se le da muy bien a las chicas: creo, y no sé si éste es un comentario machista, que es uno de los deportes en los que menos distancia hay entre ellas y los hombres: da gusto ver un buen partido de tenis femenino. Y a lo largo de los años hay muchos nombres para el recuerdo, muchas campeonas.

Los recuerdos de mi adolescencia, hablando de tenis y de verano, incluyen el fantástico torneo que se jugaba en la finca del doctor Domínguez, en Areas, a tres kilómetros de Sanxenxo, donde veraneábamos. Era un torneo familiar y especial: dada día el programa cogía horas de retraso, y se acababa jugando de madrugada. Contaban que esos días la abuela de la casa, cuando por la mañana le preguntaba el lechero cuántos litros quería, contestaba: “Cuarenta-quince”. Ahí durante varias semanas se vivía el tenis, y se era rival pero amigo.

Todos los años estaba por allí un señor de Madrid, de apellido Gómez De la Vega, que tenía dos hijos, Rafa y Jorge, que jugaban muy bien y tenían buena categoría (la Segunda Nacional de entonces). Cuando al señor De la Vega le preguntaban qué jugador de tenis era el que más le gustaba en el circuito, respondía todo serio: “Martina Navratilova”. Y cuando le decían que no, que podía incluir a hombres (en esa época brillaban tipos como Connors, Borg o McEnroe), él insistía: “No, no; contando hombres también: a mí la que me gusta es Navratilova; nadie tiene su calidad en la volea”.

No se puede decir que tuviera mal gusto el hombre, por lo demás un sabio en tenis. La Navratilova era todo un talento: fornida pero talentosa, espectacular (siempre al ataque, y en cuanto podía, a la red: muchas veces, saque-volea)  pero muy ganadora, a Martina daba gusto verla jugar. Fue una gran campeona, una coleccionista de torneos del Grand Slam, y si no ganó aún más fue porque tenía competencia: una tal Evert primero, otra tal Steffi más tarde, Seles en la larga recta final… hasta un gran talento de Monzón, Conchita Martínez, que le birló en una final soñada un título en Wimbledon.

Sí, en esos tiempos había campeonas para dar y tomar. Y lo cierto es que eso es algo que he echado de menos en los últimos años en los que ha habido muchas jugadoras que han sido número uno, pero no ha habido ninguna campeona… con una excepción: Serena Williams. Un injusto sistema de puntuación también ha favorecido la ausencia de campeonas. Otro día te hablaré de mi opinión sobre este sistema.

A Serena Williams le preguntaron un día contra quién jugaba: “No sé, contra una rusa”. Y al insistirle sobre qué rusa, ella respondió sincera: “No sé, son todas iguales”. Y pareció que a Serena le daba igual que la rusa fuera realmente rusa o checa: del este de Europa, vía Miami, han llegado y llegan en los últimos lustros máquinas prefabricadas, jugadoras altas que golpean a la pelota lo más fuerte posible y que en su carga de agresividad incluyen un grito con los máximos decibelios posibles y una cara de pocos amigos. ¿Nombres? Están en la mente de todos. Wozniacki y Azarenko son dos: han llegado a estar en el número uno de la lista, pero están lejos de ser campeonas de leyenda.

Cuando jugadoras de este tipo, como pasó especialmente en los Juegos Olímpicos de Londres, en Wimbledon, se miden a una verdadera campeona como Serena y salen escaldadas, a mí me parece muy bien: un acto de justicia tenística. Superada ya hace tiempo la treintena y de vuelta de una serie de percances físicos que la apartaron ratos largos (¡ay!) del circuito, da gusto ver a Serena Williams: el golpeo nítido, limpio, con las mismas elevadas dosis de técnica y de potencia; su feroz forma de competir, su valentía en los momentos decisivos; incluso sus formas orondas, alejadas de lo que se pide para una atleta… lo dicho, una campeona.

Serena es una tenista de leyenda. Hace unos días jugaba la final en Miami (logró su sexto título allí) frente a otra rusa ‘made in Bolletieri’ aunque diferente a las demás porque tiene un estilo propio, Maria Sharapova: una que llegó a número uno y tiene pinta de serlo. Fue una gran final, uno de esos partidos en femenino que merecen ser vistos. “La bella y la bestia”, me dijo alguien. “¿Quién es la bella y quién la bestia?”, contesté, serio como Gómez De la Vega; y no llego a tanto como para decir que es mi tenista favorita, contando chicos y chicas… pero casi.

Un abrazo, Julia.

1 abril, 2013
por Antonio Pais
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Dos símbolos: Xavi e Iker

Querida Julia:

Te llevo al cole (a la guardería, vaya) y me hablas una vez y otra de que vas a ver a tus dos grandes amigos: Inés y Matías. Es así: desde nuestra más tierna infancia elegimos, optamos por lo que más nos gusta; y en el caso de las amistades, eso se ve más que nunca. En la guardería tienes más amigos: me cuentan que eres sociable y que te llevas bien con todos. Vale, pero Inés y Matías son doña Inés y don Matías. Me produce tristeza pensar que dentro de poco tiempo, en septiembre, cuando vayas al cole de verdad, habrá una alta probabilidad de que te separes de ellos. Pero no temas: llegarán otros; y al final, quedarán para siempre los mejores. Es ley de vida.

También hace muchos años, siendo dos niños, se conocieron Xavi Hernández e Iker Casillas. Por capricho del destino, en las selecciones inferiores se juntaron dos de los jugadores más importantes de la historia del fútbol español. Se juntaron dos símbolos: junto a ambos, en la selección con los dos o en sus equipos, Barcelona y Real Madrid, por separado, sus compañeros saben que es más fácil ganar. Me hacen gracia los actores del fútbol que repiten que son ganadores porque “a mí no me gusta perder ni al parchís”, según dicen. No: ganador es quien gana, quien se resiste de una forma muy especial a perder… y al final suele ganar. No conozco a nadie al que le guste perder, ni al parchís ni a nada.

No sé si Xavi es el mejor jugador español de todos los tiempos, como defienden algunos; ya sabes que no me gusta para nada entrar en estas comparaciones. Lo que sí sé es que, en lo que he visto (y nunca es suficiente), Xavi sería el ‘jefe’ en el centro del campo si estuviera aburrido y se me ocurriera la tontería, el absurdo, de hacer un once ideal con jugadores españoles de todos los tiempos. Es así porque no concibo que se pueda tener más control que Xavi; control de todo: del juego, de lo que pasa a su alrededor (también a su espalda), de los movimientos de sus compañeros y de los de sus rivales, del balón, del marcador, del tiempo, del ritmo…  Xavi lo controla todo, es el CEREBRO.

El chico juega con ventaja: sabe lo que va a hacer con el balón dos segundos antes de que éste le llegue; después aplica su técnica, el control y el pase perfectos pero también el remate certero, si toca. Con Xavi en el campo, repito, es más fácil que su equipo gane. Cuando supe que Xavi jugaba el partido crucial de España contra Francia, me sentí más tranquilo; y lo bueno es que estoy seguro de que sus compañeros también sintieron más cerca la victoria: eso sólo lo consiguen los muy grandes, y Xavi, otro al que poco a poco se le está acabando el tiempo, sigue dando lecciones… y ganando. Si llega bien al Mundial de Brasil del año que viene…

Iker Casillas está pasando por un momento difícil, aunque sería mejor decir que está viviendo una situación absurda, un problema creado de la nada por un entrenador imbécil (lo siento, no lo puedo calificar ya de otra forma) y un presidente que de tanto hablar de los valores del Real Madrid ha confirmado que no tiene ni idea, ni idea, de lo que dice: precisamente, tras su marcha (ojalá se produzca muy pronto, como la del técnico imbécil) podrá mirar atrás: aunque él no lo verá (está ciego, no sabe más, es un incompetente) se habrá cargado, de un plumazo, buena parte de los valores del mejor club que ha fabricado el fútbol en su larga historia.

No sé si Iker Casillas es el mejor portero de la historia del fútbol español, repito que odio las comparaciones: no tiene sentido pensar quién es o fue mejor. Me vienen a la mente, sin casi pensar, varios nombres: Iríbar, Zubizarreta, Arconada, Zamora, Ramallets… Para mí, Iker está en el grupo de los mejores. Y, sobre todo, para mí es imposible tener una estrella tan grande como la de Iker Casillas: parece el novio de la Diosa Fortuna, en los momentos clave siempre aparece su suerte, o es su talento. De su mano, o con sus manos, también es más fácil ganar. Casillas lo ha ganado todo, incluyendo el Mundial que llevó a España a otra dimensión; y en ganar este Mundial ¿casualidad? él tuvo mucho que ver: Cardozo o Robben chocaron contra su estrella.

Iker lleva ¡23! años en el Real Madrid, donde ingresó de niño. Y junto al conjunto blanco, para no variar, también lo ha parado y lo ha ganado todo. Lo más importante, sin embargo, es que el chico lleva en su sangre y en su cabeza los valores del Real Madrid de siempre: extraordinario competidor, respetuoso siempre con el rival… ganador. Pero llegó un entrenador que al parecer inventó el fútbol y al que Casillas no le cayó en gracia; y decidió que debía menospreciar una y otra vez al portero: ir contra un patrimonio del club. Y como su presidente es un inculto en fútbol y en valores, calla y otorga. El resultado es que el club de todos, el blanco, tiene sobre la mesa otro gran lío: lo bueno, o lo lamentable, es que este lío se lo han fabricado ellos mismos de la nada. A ver cómo acaba, pero no pinta bien.

Un beso, Julia.

 

16 marzo, 2013
por Antonio Pais
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Buscando alernativas: Delpo, Gulbis

Querida Julia:

Me gusta el tenis. I love this game, que dirían los estadounidenses. Y espero que a ti te guste también mucho. De momento es muy pronto (vas camino de los dos años y medio) para que entiendas nada sobre tenis, y me lo demuestras con ejemplos. Esta semana estaba viendo un partido de ese magnífico torneo: Indian Wells, el jardín que creció en mitad del desierto de California; te acercaste a mí. “Estoy viendo tenis, Julia”, te dije; y enseguida vi que tú ponías una cara un tanto extraña. Lo cierto es que en Galicia (no sé si en otras partes es así) es muy frecuente que a las zapatillas de hacer deporte se las denomine así, los tenis; a mí me corriges cuando te digo que llevo zapatillas: “No, llevas tenis”. Para ti, las zapatillas son las de andar por casa. Miraste a Djokovic y a Fish, que jugaban en ese momento, y entonces lo viste claro: “Sí, llevan los tenis puestos”, me dijiste. Por eso, tiempo al tiempo.

Escribo estas líneas cuando todavía se tienen que jugar las dos semifinales del cuadro masculino (de las femeninas, del tenis femenino en general, te hablaré en la próxima carta, Julia) en Indian Wells, el primer ‘Masters 1.000’ de la temporada. Un gran torneo, como dije y como confirman estas semifinales. Djokovic ante Del Potro, Nadal (¡qué bueno que volviste!) ante Berdych.

Hablar antes de los partidos, hacer pronósticos, no es sencillo: te tapan la boca enseguida, Julia. Pero lo voy a hacer. Veo en el torneo, como en el tenis mundial en estos momentos, a un claro dominador: el serbio Novak Djokovic. ‘Nole’ lleva tiempo, años, en un momento dulce… lo que nos invita a pensar en que el momento dulce no lo es tal, sino que más bien estamos ante un descomunal jugador, pleno de talento y, ahora mismo, en su madurez tenística. En especial en pista dura, como es la de Indian Wells, se hace complicado encontrar a quien pueda derrotarlo.

Buscando opciones, buscando rivales que puedan oponerle resistencia a Djokovic, el primer nombre sale muy pronto: Rafa Nadal, por supuesto. Las últimas semanas nos han traído una noticia buena y otra mejor a quienes (creo que éramos todos) veíamos muchas sombras sobre el jugador y, en particular, sobre su rodilla. Rafa nos ha devuelto la sonrisa. Y si no sorprendió en exceso su rendimiento sobre la arcilla (en esta superficie Rafa puede ganar sin estar al cien por cien), sí ha sido una agradable sorpresa el que ha ofrecido en Indian Wells, su primer torneo en pista dura: es el Rafa de siempre.

Junto a Djokovic y a Nadal, integran el cuarteto que ha dominado el tenis mundial en los últimos años Roger Federer y Andy Murray. El segundo seguirá siendo una seria alternativa al trono de Djokovic. Más dudas ha dejado en Indian Wells el desempeño de sir Roger: el tiempo no pasa en balde para nadie, incluso para un dios del tenis como el suizo. Repito: hacer estos pronósticos es arriesgado, e invita a ser prudente el hecho de que ya con anterioridad se haya hablado (mal) del ocaso del genio. Pero sí es cierto que ahora mismo se hace difícil pensar en RF ganando otro ‘grande’ que no sea Wimbledon; de su calidad, en todo caso, se puede esperar todo; y en Indian Wells jugó mermado, con molestias.

Lo difícil, a la hora de buscar alternativas de poder, comienza ahora: Djokovic en el trono; Rafa, Roger y Andy, los príncipes. ¿Y después, qué? De nuevo aquí me viene a la mente un jugador por encima de los demás: el argentino Juan Martín Del Potro. Hace al menos cuatro años dije sin rubor ni dudas que ‘Delpo’ sería un día el número uno del mundo. El tiempo habló después, y dijo que nada de eso: entre serias lesiones, sobre todo una en la muñeca, y opciones perdidas, Delpo no ha podido tomar aún el tren que conduce al trono. Pero está a tiempo, al menos eso creo o, tal vez, eso quiero.

Juan Martín tiene 24 años, en septiembre serán 25. Aunque con esa edad, como dice el gran Javier Martínez (Sin Red), comienza a ser una gran mentira decir que un tenista es joven y tiene tiempo, lo veo con mentalidad y juego suficientes para lograr lo más difícil. Cuando escribo esto acaba de mostrar otra vez su gran potencial para derrotar a Andy Murray en cuartos de final (un inciso sobre un aspecto que merece un artículo: el revés cortado, tan vilipendiado pero tan útil: Delpo lo ha mejorado mucho y eso ha sido fundamental para que ganase). En semifinales se lo veo difícil porque: 1) Es ante Djokovic. 2) Juega horas después de pegarse la paliza frente a Murray.

Y buscando más abajo, el checo Tomas Berdych es otro talento pero tiene ya 27 años: complicado que opte a lo más alto. Dejo una opción interesante: el letón Ernets Gulbis. Su edad es la de Del Potro: en agosto cumplirá 25 años. Su talento es similar: mucho, mucho. Gulbis ha sido hasta ahora el mejor ejemplo de que la potencia sin control no sirve de nada: su enorme talento se ha visto perjudicado por una mala cabeza. Pero el potencial está ahí, esta temporada lo veo más centrado que nunca y está a tiempo de subir a uno de los últimos trenes que le quedan. Jugó un partidazo ante Nadal (¡qué bien le ha venido a Rafa este partido!) y antes de eso había ganado trece seguidos. Ojo.

Estos son los que veo, las opciones. Pero también está lo que no vemos, lo que al menos yo no veo. Como siempre me decía mi padre cuando le comentaba que no veía a nadie capaz de derrocar al campeón de cada tiempo, ya se llamase Borg, Sampras o Federer: “El que le va a ganar ya anda por ahí”.

Un beso muy fuerte, Julia

28 febrero, 2013
por Antonio Pais
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El hombre que pudo reinar

Querida Julia:

Te contaré de un gran director de cine, John Huston. Y espero que podamos ver, y disfrutar en tu caso como yo ya lo he hecho, con algunas de sus maravillosas películas. Siento una especial debilidad por Huston; tanta, que me atrevo a cometer la blasfemia de decir que me gusta todavía más que otro John y otro maestro, Ford. Confío en que mi pecado pueda ser perdonado por tanto inventor del cine como hay actualmente.

Pero con películas como ‘El halcón maltés’ o ‘Cayo Largo’ o ‘El tesoro de Sierra Madre’ o ‘La reina de África’, con el gran Bogart, o sin él pero con otro grande, Sterling Hayden,  en ‘La jungla de asfalto’, o enamorado a la vez de Burt Lancaster y de la princesa Audrey Hepburn en ‘Los que no perdonan’… o sin ellos pero con otros en dos de mis películas favoritas de hoy, ayer y siempre: ‘La noche de la iguana’, de la que te hablaré más detenidamente en otra carta, y por supuesto ‘Moulin Rouge’, la historia del perdedor Toulouse-Lautrec, qué grande José Ferrer y qué grande es el cine… con todo eso, John Huston que estás en los cielos.

De Huston es también ‘El hombre que pudo reinar’, película en la que en tono irónico cuenta las correrías, entretenimientos y ambiciones de dos peculiares oficiales británicos (Sean Connery y Michael Caine, brillantes) allá por el Himalaya. Connery llega a ser considerado por un dios por los nativos y es, en efecto, el hombre que pudo reinar.

Un día, hace ya bastantes años en una comida, mi padre y tu abuelo, Tito, me lo dijo rápido, en pocas palabras pero muy claro: “Ése es el mejor jugador del mundo”. Estaba hablando del ¿sueco? Zlatan Ibrahimovic. Años después quizás (eso nunca se sabe a ciencia cierta; repito, soy muy pesado: ¿quién es el mejor?) no se ha cumplido la máxima: años después, quizás él sea también ‘El hombre que pudo reinar’ en el fútbol.

Como jugador de fútbol, en efecto, Ibrahimovic, Ibra para los amigos, lo tiene prácticamente todo y en cantidad: potencia con control, que sirve de mucho, velocidad, habilidad, físico, técnica muy depurada, potente disparo, gol, capacidad para combinar ( para jugar bien al fútbol, en definitiva), valentía, mentalidad… y no sé si me dejo algo, que el muchacho dice Ibracadabra y saca un conejo de la chistera. No tengo temor a dejarme nada cuando comento lo que le ha faltado a Ibra: una cabeza un poquito mejor amueblada, una cabeza mejor para llevar la corona y poder reinar.

No debo de estar tan desenfocado en mi valoración cuando compruebo quiénes han querido a Ibra, quiénes lo han elevado a los altares. Grandes entrenadores, sabios en fútbol, lo han hecho: desde el maestro Fabio Capello hasta, ahora mismo, Carlo Ancelotti, pasando por otros como Pep Guardiola, el mismo que animó al Barça a pagar un pastón por él (cien millones de euros, redondeando… por lo bajo: ¿cuántos son 50 más Eto’0?) y luego, a final de temporada, tuvo la enorme valentía de quitar a Ibra para poner a un tal Pedrito, que en ese momento le pareció que rendía más. Ibrahimovic, por esas cosas del fútbol, no triunfó en Can Barça.

No hubo problema, que a Ibra siempre lo han querido grandes clubes: el citado Barcelona, el Ajax holandés en el que comenzó a maravillar, los tres más grandes de Italia (Juventus, Inter y Milan)… y a todos los premió, en agradecimiento, con una de sus costumbres más curiosas: suele hacer a su equipo campeón de Liga: lo hizo con los cuatro equipos citados y este año va camino de hacer lo mismo con el PSG en Francia.

Lanzado por unas excepcionales condiciones, estrellado en repetidas ocasiones por su mala cabeza y su peor carácter (y cuidado, que es cinturón negro de taekwondo), Ibra no ha conseguido grandes títulos europeos y mundiales, ni tiene balones de oro: con una selección débil, Suecia, el Mundial o la Eurocopa parecen vetados; y en terreno de clubes, la Liga de Campeones sigue siendo su asignatura pendiente (apúntese: este año, y en opinión de este humilde periodista, el PSG es uno de los candidatos a ganar tan alta competición: a hacer realidad el sueño imposible de Ibra). Pero con títulos o sin ellos, el muchacho tene un sitio en el Olimpo del fútbol; y tal vez sea un día el hombre que reinó.

Te quiero, Julia. El otro día, aunque no sé si hablabas en serio, me llenaste de orgullo y satisfacción: me dijiste, toda seria a tus dos años y casi cuatro meses, que te gustaba el fútbol.

 

 

 

5 febrero, 2013
por Antonio Pais
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Se nos acaba el tiempo

Querida Julia:

Con frecuencia una mirada a la infancia, en este caso a una niña como tú, nos permite darnos cuenta de cómo se van torciendo nuestras vidas con el paso del tiempo. Como otros muchos niños (y maldito el que hace sufrir a un niño, quien destruye infancias), vives en un mundo feliz, sonríes mucho, olvidas pronto y con rotundidad tus enfados y a quien te ha enfadado o el motivo del enfado, te levantas cada día con buen talante, disfrutas plenamente con lo que tienes, no existe ayer ni mañana sino sólo hoy, ahora… muchas veces te envidio: particularmente en días grises lamento no ser tan positivo como, con tu actitud, tú me invitas a que lo sea. Pero así es: los adultos disfrutamos del vaso medio lleno tanto como lamentamos que está medio vacío; y por supuesto que el ayer va dejando cicatrices y el mañana, que será o no, siempre juega la partida.

Terminó el Open de Australia, el primer ‘grande’ de la temporada de tenis. Repitió como campeón el serbio Novak Djokovic, sin duda un jugador genial y todo un número uno. Ya lo hemos dicho aquí: en el apartado técnico ‘Nole’ es casi perfecto, con pocas cosas que mejorar (tal vez la volea, tal vez el remate…); y en los apartados físico (con las dudas que pueda generar tan destacada mejora respecto a hace sólo tres años) y mental está un escalón por encima de sus rivales en el circuito. Djokovic venció en la final a otro maravilloso jugador, el escocés Andy Murray. Cada vez mejor tanto en el aspecto técnico (su derecha ya no es el punto débil, ahora hace daño; su servicio funciona como un reloj) como en el mental (ganar el oro en los Juegos de Londres y después su primer ‘grande’, en Nueva York lo ha fortalecido mucho), Murray es hoy el primer aspirante a desbancar de su trono mundial a Djokovic.

Un partido entre el serbio y el escocés, más en un final de un torneo del Grand Slam debería saciar, por lo tanto, a los más exigentes. Sin embargo, y aquí es donde me refiero a que quizás peco de no ser lo positivo que debiera, el duelo me dejó un tanto frío, desconcertado. Me puse a buscar razones para ello: quizás sea el predominio de lo táctico en los partidos entre dos jugadores que se conocen desde niños; quizás, el juego de espejos: tanta  perfección técnica, con especial énfasis en el golpe de revés de ambos: dos delicias; quizá su falta de carisma… sí, aquí creo que está la clave.

Porque el carisma se tiene o no se tiene (aunque el tiempo también juega a favor de fabricar uno), y en estos momentos el mundo del tenis todavía se relame con la pasión, la intensidad, la deportividad… el carisma que han destilado, en la última década, los partidos entre dos mitos que ya nunca se irán, como no se fueron nunca Héctor y Aquiles pese a caer en la guerra de Troya. Los héroes del tenis, hoy, se llaman Roger Federer y Rafa Nadal. Y aquí es cuando la nostalgia se apodera totalmente de mí, cuando veo el vaso menos lleno que nunca, cuando pienso que el tiempo, el tiempo para disfrutar de Roger y de Rafa, se nos acaba. ¡Ay!

De Roger Federer uno ya no sabe qué contar, cómo narrar las nuevas lecciones. Con 31 años ya, de vuelta de todo poque lo ha ganado todo, su ilusión por el tenis no ha sufrido la tremenda erosión de diez años en primera línea de playa, frente a a las olas. No sé si peco de exceso de amor por Federer (en el fondo amar a Roger es amar el tenis), pero en mi opinión lo más destacado de este Open de Australia lo protagonizó él.

En particular quedarán para el recuerdo otros dos partidazos, otras dos lecciones de cómo comportarse sobre la pista: el que jugó el suizo en cuartos de final frente al francés Tsonga (éste también puso mucho de su parte, éste sí sabe aportar grandes dosis de espectáculo, de drama en cada partido… éste sí tiene carisma) y el que jugó en semifinales ante Murray: herido precisamente por el choque ante Tsonga, Federer vino a caer ante el esplendor de Andy, no sin antes pelear como se debe: con 6-5 en el cuarto set y servicio para el escocés para ganar el partido, sir Roger aún tuvo arrestos para empatar 6-6, para ganar después en el tie-break (la ilusión, el puño cerrado del maestro de 31 años), para forzar el quinto set… para morir como murió el gran Aquiles. Loa siempre a Roger, a quien uno sólo acierta a decir: “No te vayas; quédate, quédate”.

Antes de comenzar el torneo, Carlos Moyá lo dejó claro: “Al tenis le falta algo… le falta Nadal”, dijo. Pocas frases tan acertadas; es cierto: al tenis le duelen las rodillas de Rafa Nadal. Y la incertidumbre sobre el estado físico del balear ha crecido con los anuncios de reaparición a principios de año, seguidos de inmediato por la desilusión del ahora no será. Escribo estas líneas cuando Rafa vuelve, al fin, en Chile. Y mi único deseo es que sus rodillas le respondan, que más pronto que tarde (el sueño se llama Roland Garros) recupere su nivel. Porque entonces nos sentiremos todos mejor, porque entonces tendremos más pasión, más tenis… más carisma: entonces podremos volver a soñar con héroes de leyenda.

Un beso, Julia. Y gracias por todo lo que nos das.

 

 

12 enero, 2013
por Antonio Pais
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En defensa de… Mourinho

Querida Julia:

Te lo has pasado muy bien (bueno, en realidad hasta ahora no creo que nunca lo pasaras mal) estas Navidades. A tus recién cumplidos dos años, han sido las primeras en las que realmente has comenzado a vivir lo que significa la Navidad. Y aunque a mí no me gusta en exceso que te guste más ese gordito impostor que nos han colado desde fuera, Papá Noel, que los reyes auténticos de la fiesta, los Magos, tenemos tiempo y posibilidades de hablar para cambiar ese tema. Te vi feliz, jugando con tu mamá todo el día (aprovechando a tope sus vacaciones) o con tu primita Vega (qué bien te llevas ya con ella) o con un valor fijo, tu otra prima, la gran Elena. Hasta tuviste tiempo de disfrutar de tus primeras noches de juerga en familia: tanto en Nochebuena como en Año Nuevo bailaste lo tuyo; y abriste más regalos de los deseables, pero en fin. Yo, por mi parte, te vi feliz y así fui feliz: brindo por muchas felices Navidades para todos, y por un buen 2013.

También estuvo entretenido esta Navidad el mundo del fútbol. Y hasta en tiempo de Paz, de tregua futbolística (aunque no entiendo por qué en España no se juega; pero éste es otro tema, lo de quienes rigen los horarios y el calendario del fútbol español no tiene remedio) presidió la cuestió el pérfido Jose Mourinho, el entrenador del Real Madrid. En el último partido antes del parón Navideño, el tal Mou también nos dejó un regalo… envenenado, un ‘regalo’ del que se estuvo hablando toda la Navidad: dejó de reserva a Iker Casillas y puso a Adán de portero; y su equipo perdió en Málaga.

A Mourinho, en conscuencia, le dijeron de todo. Tanto la prensa como la propia afición del Real Madrid hicieron que al técnico le pitaran los oídos. ¿Cómo se puede dejar de reserva al mejor portero del mundo, al ‘Santo’ que tanto para, y poner a un don Nadie? Los sabios de la capital, de forma intensa, se pusieron a especular buscando razones; por supuesto, ninguna de las razones que dieron para lo sucedido era futbolística.

No creo ser dudoso en el análisis de Mourinho. Sigo pensando lo mismo: él no puede ser el entrenador del Real Madrid, aunque por cuestiones no técnicas: no tiene ni educación, ni talante, ni elegancia… ni nivel personal, en definitiva: es en exceso vanidoso, es soberbio, tiene un marcado complejo de inferioridad y todas sus salidas parecen una protección para ello. En otro tiempo, en el Real Madrid que fue siempre y ahora no es (preguntar por Florentino), ya llevaría tiempo fuera; o mejor, no hubiera llegado.  Dicho todo esto, en el tema Casillas tengo que defender… a Mourinho.

¿Por qué no puede dejar en el banco un entrenador a quien desee? ¿Tanto pesan las vacas sagradas, los niños mimados de la prensa? Y yendo al caso concreto, y basándonos sólo en lo futbolístico, ¿por qué no puede Mourinho dejar en el banquillo a Casillas? ¿Ha tenido éste hasta el momento alguna gran actuación esta temporada? ¿Estaba brillando, estaba a su mejor nivel? ¿No puede ser la decisión de Mourinho puramente futbolística, querer dar el entrenador al jugador una advertencia: espabila, muchacho?

Así a botepronto, yo recuerdo más fallos que aciertos de Casillas, en absoluto lo he visto inspirado: fallo ya en el primer partido de Liga contra el Valencia, en el que además noqueó a Pepe (bueno, eso no fue tan malo: Pepe es otro que sobra en el RM); fallos en partidos clave de la Liga de Campeones, como ante el Manchester City o en Dortmund; su punto flaco, las salidas por alto, acentuado… en definitiva, un rendimiento más bien bajo, sin duda lastrado por el mal rendimiento conjunto del equipo.

Con la Liga casi perdida (nunca en fútbol hay que dar por hecho algo antes de que suceda), el momento tampoco parece el peor para dar un ligero toque de atención a Casillas, para que espabile… y de hecho, a su vuelta se lo ha visto mejor, más tensionado y acertado que antes: lució ante el Celta. Para mí, el dedo acusador hacia Mourinho se ha basado más en interpretaciones, en el recuerdo de anteriores actuaciones del entrenador y en la antipatía ya casi general que despierta éste, que en el hecho en sí. Dejando además aparte la falta de respeto hacia Adán  que ha supuesto la respuesta popular, defiendo en este punto a Mourinho: un entrenador puede quitar a quien quiera y cuando quiera, faltaría más: para eso es el entrenador.

Un beso, Julia. Te quiero.

PD: Me había planteado caer en la tentación y escribir sobre el Balón de Oro. Pero no por una vez no me repetiré, ni diré aunque lo esté diciendo ahora que es una grande tontería, el opio del pueblo: el fútbol no es una cosa individual, es de equipo. Sí digo que Messi es un extraterrestre, que Del Bosque es un marqués y el mejor entrenador de fútbol posible (y el ‘Ser Superior’ y Valdano pueden seguir diciendo “su librillo está anticuado”) y que no concibo un mejor once titular del mundo sin Busquets de eje (aunque repito lo repetido: todo esto es opio, cada uno tendremos nuestro mejor once).

 

 

 

 

4 diciembre, 2012
por Antonio Pais
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Conociendo el cine

Hola, Julia:

La verdad es que sólo con su título (‘Being Julia’, aquí en España ‘Conociendo a Julia’), la película ya me empezó a gustar: de inmediato, claro, pensé en ti; como tantas veces, como casi siempre.

En todo caso, ‘Conociendo a Julia’ la pusieron este lunes en La2, esa gran cadena, y me encantó por muchas más cosas que por el nombre que aparece en el título. Me gustó, ante todo y por qué negarlo, por la actriz que se luce y hace lucir a la película: Annette Bening, que me parece encantadora como mujer (belleza, dulzura, estilo, expresividad…) y espléndida como actriz (en este punto creo que no ha tenido, en general, el reconocimiento que su talento merecía). Annette y la película volvieron a provocar en mí un sentimiento bien conocido: esto del cine es magia, pensé. Y volví a dar gracias por poder disfrutarla.

Aunque la película tiene más, tiene en mi opinión mucho más: tiene un buen guión, a veces predecible pero también deparador de sorpresas; tiene otros buenos actores, como Jeremy Irons; la acción discurre a buen ritmo; tiene una buena música y bellos paisajes; destila aroma y humor ingleses; es cine dentro del cine, o en este caso teatro dentro del cine, algo que siempre me ha entusiasmado… y tiene, vuelvo a empezar, a la gran Annette Bening: con ella, como me sucede con las de Audrey Hepburn, cualquier película vale.

‘Conociendo a Julia’ quizá no pueda ser catalogada como la mejor película de la historia del cine… pero es muy agradable de ver. El pasado lunes me hizo sentir muy bien: en ese momento, sentí que para mí no podía haber mejor película; y eso me basta. Y es curioso: el miércoles anterior pensé lo mismo viendo en el cine ‘Lo imposible’, que me pareció espléndida.

Será que, como las personas, también las películas tienen sus momentos. Antes he comentado lo de una película que ‘puede ser catalogada como la mejor de la historia del cine’. Sé que me repito, que ya lo he comentado otras veces, pero… ¿cómo se puede llegar a calificar a una película como la mejor de la historia?, ¿cómo se mide eso? Yo la verdad es que no tengo ni idea de cómo se hace. Ahora mismo tengo delante de mí películas que he cogido sin pensar mucho: ‘El Padrino’, de Coppola; ‘Cuento de invierno’, de Eric Rohmer; ‘Ojos negros’, de Nikita Mikhalkov; ‘Amarcord’, de Fellini; ‘2046’, de Wong Car Wai; ‘Espartaco’, de Kubrick; ‘Tiempos modernos’, de Chaplin; ‘Carlito’s way’, de Brian de Palma; ‘El cazador’, de Cimino, ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ y ‘Ragtime’, de Milos Forman, ‘Cabaret’, de Bob Fosse…

De entre todas estas películas, y de entre muchas más, ¿cómo decir cuál es la mejor? ¿cómo compararlas, tan distintas en su esencia o incluso en su género? Del mismo modo que en fútbol me es imposible decir quién es mejor, si un portero o un delantero, o éste y un defensa, en cine no hallo la salida.

Será que, igual que en el mundo del fútbol hay mucho ocioso con ganas de discutir, y el deporte es juzgar quién es el mejor jugador ya no sólo del momento sino de toda la historia (aberración tras aberración), en el mundo del cine también hay mucho cretino suelto, mucho crítico con el cerebro atrofiado. Este verano, 80 de esos cretinos ociosos, reputados críticos de cine, se reunieron para determinar cuál ha sido la mejor película de todos los tiempos. Este año la elegida fue ‘Vértigo’, de Alfred Hitchcock; lo llamativo es que hace dos años también se hizo la tontería y la elegida fue ‘Ciudadano Kane’, de Orson Welles. Vivir para ver, será que en estos dos años la de Welles ha enfermado, o acusa de un modo especial su edad…

Ya te lo dije, Julia: sueño con el día en que descubra que te encanta el cine. Después, tú podrás decidir si te gustan más las de Rohmer, las de Coppola, las de Chaplin, las de Eastwood, las de Ford, las de Huston, las de Almodóvar, las de Nikita, las de Won Car Wai, las de Wilder… podríamos estar así horas, que en cine hay muchos magos. Ojalá sientas su magia. Mientras eso llega, no hagas caso a los cretinos que te cuentan tonterías.

Un beso, Julia

 

22 noviembre, 2012
por Antonio Pais
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Orgullo y perjuicio

Hola, Julia

Sí, ya sé que la película es ‘Orgullo y Prejuicio’, cambiando de sitio la ‘r’ respecto al titular de este artículo. Por cierto, no me gusta ninguna película que adapte una novela de Jane Austen: me parece que salen culebrones a la inglesa. Pero cambiar de sitio la letra me sirve para explicarte lo que he sentido durante la final de la Copa Davis de tenis del 2012. Ya sabes, España perdió en Praga. Lo primero, Julia, es ser un buen deportista: enhorabuena a los checos, que ganaron con todas las de la ley y también se merecen ser felices. Para España vale que no siempre se puede vencer, te repito que lo único importante es tratar a la victoria y a la derrota del mismo modo: son dos impostores.

La parte del orgullo comienza precisamente por el que deben sentir los checos por tener a un tipo como Radek Stepanek, el tenista que ganó el punto decisivo. No me gusta demasiado el comportamiento de Stepanek en la pista: en ocasiones muestra ademanes chulescos, fanfarrones, poco respetuosos con el rival. Sí, en cambio, me encanta su juego, su propuesta de tenis diferente y en ocasiones genial, siempre con un punto de romanticismo: elaborar bien el punto para subir cuando procede a la red y volear con finura, clase y acierto. Es bonito verlo jugar. En esta final, además, demostró los valores (y el valor) que debe tener un tenista al competir en la Copa Davis. Olé para su respuesta al reto.

Orgullo también el que siento por el Rey David. ‘Ferru’ puede ganar o perder, pero siempre lo deja todo en la pista y siempre muestra una resistencia a la derrota que engrandece su figura. Además es como el buen vino, mejora con el paso de los años. Sus dos partidos en esta final de la Davis han sido impresionantes. Junto a él, orgullo también en la derrota; orgullo por tener una excelente pareja de dobles. Hasta ahora a Marc López y a Marcel Granollers no les han acompañado los resultados; pero es agradable tenerlos de representantes en el equipo nacional, al menos en mi opinión España ha ganado mucho con el relevo: en las Antípodas de lo dicho a favor de M&M están Feliciano López y Fernando Verdasco: uno no se quedaba contento ni cuando ganaban; cuestión de talante.

Precisamente Feliciano encabeza, y con todo merecimiento, el apartado del perjuicio: aunque ahora el toledano venga diciendo que no… sí, causó un grave daño al equipo español con sus palabras antes de la final. Feliciano dijo, en resumen, que él debería haber sido el elegido para jugar los individuales de la eliminatoria, junto a Ferrer; que hasta Berdych estaría contento de jugar contra Almagro y no contra él. Toma ya. Sus declaraciones fueron desafortunadas, hirieron y quitaron confianza a un compañero, estuvieron fuera de sitio y destilaron niñería, egoísmo, irresponsabilidad, carencia total de conciencia de equipo. Y el secreto de la Copa Davis es precisamente jugar en equipo. Lástima que todo esto a López parezca sonarle a chino: él insiste en que no hizo nada malo.

Perjuicio también el que causó Nico Almagro con su derrota en el punto decisivo. No creo que haya que cebarse con el tenista murciano: ganarle a Stepanek ese partido (o incluso jugar bien ese partido) no hubiera sido fácil para nadie. Nico perdió, y punto. Pero sí que hay que decir que hay formas y formas de perder. Y lo malo, en el caso de Nico, es que si él se hiciera la pregunta: ¿Respondí dando mi mejor nivel en el momento más importante de mi carrera?, pues entonces la respuesta sincera debería ser ‘no’. Nico estuvo muy lejos de su mejor nivel, no respondió al reto.

Hace ya bastantes meses, un artículo brillante de un periodista genial, Javier Martínez, en su fantástico blog ‘Sin red’, en ‘El Mundo.es’, dejó las cosas claras. Javier denunció la falta total de autocrítica, o el exceso de autocomplacencia, de jugadores como Almagro o Verdasco. Éstos, decía, se conforman con vivir felices a la sombra de los éxitos de Rafa Nadal: estando de vez en cuando entre los diez mejores del mundo o llegando a cuartos de final en algún torneo importante, basta. Tras la final, Nico dio la razón a ese artículo. “Nos vamos con la cabeza alta”, resumió, metiendo a todos en el mismo barco: como queriendo buscar en el colectivo apoyos para su defensa. De autocrítica, por supuesto, ni una letra. No creo ni que se plantease la pregunta antes mencionada; y de hacerlo, es posible que contestase con un sí… mintiéndose.

Perjuicio, por último, el que paradójicamente puede crear al equipo español la derrota en una final de la Copa Davis, cuando es tan difícil jugar una. Al parecer, y por lo leído, las cosas no acabaron demasiado bien entre el capitán, Alex Corretja (a mí desde fuera me parece el capitán perfecto, por conocimientos y diplomacia) y los jugadores. Y el presidente de la RFET, Escañuela, no parece el más indicado para reconducir la situación: es un pésimo presidente. El tiempo hablará, aunque para el futuro inmediato espero el regreso del gran Rafa Nadal (cuánto lo está echando de menos el tenis) y eso solo lo puede arreglar todo. Que, para acabar desde el lado del orgullo, si algo en España nos llena de orgullo y satisfacción es el tenis… y sobre todo, algunos tenistas españoles. Sin citar nombres, que están claros.

Un beso, Julia

8 noviembre, 2012
por Antonio Pais
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Desencanto

Hola, Julia

La frase que te digo todas las mañanas te la escribo ahora: es nuestro saludo natural. ¡Hola, Papi!, respondes con la simpatía que te aporta tu forma de hablar. Hablas muy bien, por cierto, a tus recién cumplidos dos años. Y la impresión es que lo entiendes todo, por complicado que sea lo que te decimos. O sea que voy a intentar explicarte por qué no te he escrito en cuatro meses. No busco justificaciones, el primer motivo está muy claro: mi famosa vagancia mental. Pero hay más, que puedes tener en cuenta o no y que se resume en una palabra: desencanto.

En el terreno deportivo fue así porque, tras un verano laboral bastante duro (aunque puede decirse, más aún en estos días de asqueoroso paro, que fue felizmente duro: mucho trabajo, pero encantado de hacerlo y que vengan muchos veranos así, con Juegos Olímpicos), en el que la verdad es que no tuve mucho tiempo, ni me quedaron muchas ganas de seguir tecleando cuando lo tuve, pues tras ese verano, cuando regresaron el tiempo y las ganas todo lo invadió el desencanto: no es fácil dejar atrás una realidad tan bonita como fueron los Juegos Olímpicos de Londres, el deporte en esencia, y toparse de pronto con otra muchos menos agradable que queda resumida en la vuelta de ese comercio persa en el que se ha convertido la Liga española de fútbol. Acusé un bajón.

El comienzo de la Liga fue esperpéntico: partidos a todas las horas (nunca dos a la misma, eso sí) de todos los días (por supuesto que valen los lunes), con alevosía (calor) y nocturnidad (para crear afición, para que los niños se sumaran, algunos comenzaban a las once y a las doce de la noche). La tele mató a la estrella de la radio, decía aquella canción, y ahora parece que la misma tele quiere matar a la estrella del deporte, el fútbol. Resumo en una palabra lo que pienso de toda esta gestión del fútbol español: asco. Es el asco que siento por los mercaderes del fútbol, los más listos de la clase, los que se decidieron a explotar la gallina de los huevos de oro. Ojalá exploten ellos, los mismos que con los años me fueron quitando, salvo pago que nunca haré, el deporte que amaba en diferentes versiones: Wimbledon y otros grandes torneos de tenis, el Cinco naciones de rugby, el Masters de Augusta de golf…

En Españasalió una ley que hablaba del interés general: para defender al espectador, lo que fuera de interés general se vería por la tele en abierto. Me pregunto ahora qué fue de esa ley, si sigue vigente. Si es así, quienes dirigen el cotarro deben pensar que un Barça-Real Madrid no interesa mucho en este país: el primer Clásico de la Liga ya fue de pago. Me negué a verlo, por supuesto.

En tenis también pasó el Abierto de Estados Unidos, en el que lamentablemente seguimos echando de menos a nuestro Rafa Nadal. También hubo que pagar por verlo, claro. En él verificamos, tras otra legendaria final, lo que intuimos tras los Juegos de Londres: Andy Murray ha subido la colina, o el escalón que le faltaba. Andy es otro, es ya un ganador. Y en el tenis hay ahora, contando con la vuelta del mismo Nadal que se apartó del circo, un impresionante repóquer de ases: Djokovic, Nadal, Murray y Federer. Más Del Potro, más Ferrer, más Berdych, más Tsonga, más… otros, para animar este deporte en uno de los mejores momentos de su historia… lo que nos indica que quien quiera verlo deberá pagar: los más listos nunca duermen.

Espero que ahora, quizás, puedas perdonar el hecho de que no te haya escrito durante un tiempo, Julia. Ahora estoy más animado, o tal vez sea mejor decir un poco menos desencantado, e intentaré ser puntual a la hora de escribirte. En mi próxima carta de hablaré de cine, aunque también aquí (será que con los años me estoy haciendo más y más rosmón) mi escrito será ácido: irá sobre otros listos más listos que nadie, los ochenta críticos de cine que decidieron este verano, según leí, sobre cuál es la mejor película de todos los tiempos. Ya te contaré.

Un beso muy fuerte, Julia. Estás más guapa y más salada cada día. Si cabe.