Una romería en vena

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Necesito una romería en vena, le dije a una buena amiga una tarde del asfixiante agosto de Madrid, una tarde que nos reunimos para hablar de nuestros respectivos tiempos amarillos. Ya sé que los puristas, mi amiga me miraba con ojos hidrópicos, me dirían que las romerías son “cousas ben distintas”. Pero yo lo tengo claro: necesito una romería en vena. No soporto más esta vulgaridad emocional que me encharca y enloda cualquier pensamiento digno de ser recordado por este vacío hipersensible en el que habito desde hace unas décadas. A los catorce o quince años uno no sabe lo que se está jugando. No sabe uno si esa obsesión que obtura el cerebro, a esa edad, te convierte en un autómata. A esa edad, ¿sabes?, yo iba, como pollo sin cabeza, detrás de una sombra que un día no muy lejano me sonrió en una romería de una aldea contigua. Sí. Fue un fogonazo que me deslumbró y me parasitó en un adolescente de palabras desmañadas y poco diestras. Y vuelvo a recordar. ¿Con la misma chica?  Otra oportunidad. Como a los malos toreros. Otro día. O eso es lo que se cree uno a esa convulsa edad. El olor del pulpo, de los churros, del tabaco, del alcohol no me impedía en absoluto el objetivo de la noche: saber cuál era el olor de tu piel. Me obnubilaba saborearlo. La imaginaba, tu piel suave y exquisita, y me regodeaba en el placer de degustarla. A escondidas, evidentemente. La fiesta era un ejército de vigilantes casposos que irían al día siguiente a rosmar hiperbólicamente lo que sus castos ojos habían observado “con toda nitidez”. Pero tú y yo a lo nuestro. Acuerdos con las miradas que nos acercaban a cualquier puesto de la feria para intercambiar una mueca de cariño, que no más; pues enseguida se te acercaba ese vecino de toda la vida, que nunca te saludaba, pero que en esa ocasión se mostraba efusivo y harteramente cariñoso. Y yo, de nuevo, a verte en la distancia. A soñar con otro roce de piel, con otro sorbo del quinto de cerveza engomado de Estrella de Galicia que me pasabas a escondidas. Cuando no, el tabaco. Un cigarro compartido, caliente por las reiteradas caladas intermitentes, temblorosas y excitadas, que me invitaba a un placentero goce labial. En ese instante pensamos que estábamos solos, pero la impenitente mano de un familiar tuyo se interponía para cerciorarse de que seguías sin ser invitada por mí. ¿Bailar? Impensable. Tal era mi arritmia musical que yo era incapaz de invitarte a algo que seguro que desnudaba a un joven acneico e inexperto en lo más elemental de la vida como era escuchar una canción abrazados. Y yo te miraba con la insistencia de un terco y obstinado adolescente que quería saberse querido mínimamente. Y seguía sonando la música. Y seguían pasando las oportunidades para sentirte cerca y poder oler tu piel, mi sueño eterno. Y de pronto sonaba la última canción y la orquesta se despedía simpática y agotada. El desconcierto se apoderaba de nosotros. Otro día igual. Y ya van tres romerías este año. La cerveza hacía el resto. Me lanzaba hacía ti, pero tu entorno me refrenaba y mi timidez cumplía fervientemente con su cometido: dejar pasar la ocasión. Y nosotros, tras proferir varios gritos inexpresivos y una tanda de sonidos guturales descompuestos, siempre caminando en la distancia, tomábamos el rumbo a un bar que todos conocíamos muy bien. Teníamos que rematar la faena etílica. Y como todos los años, alguien, ya en la vetusta pero entrañable taberna, sacaba una cámara de fotos e inmortalizaba ese instante con una imagen fija que sólo mostraba, entre sonrisas y bromas, dos rostros tristes como esos trenes que, cada mañana de invierno, despiertan en una estación sin nombre. Y vuelta a casa. Risas ajenas, comentarios lujuriosos anónimos, un sinfín de tropezones por el arcén de la calzada y la incongruencia irascible de una ocasión nuevamente perdida. Y otra vez a dormir seco de placer.

jmmaiz@telefonica.net

Author: José Mª Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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