La perra Milucha

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Milucha era una perra que había en nuestra finca de A Maía. Decía mi tío Filoso que era una pícara, una traviesa lagartija y tan fullera como un mal gato negro. Siempre contaba que una vez saltó como una endemoniada desde el fayado donde estaba escondida, atisbó con destreza su tobillo izquierdo y le dio en él una dentada do carallo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro. Su hermana lo escuchaba sin apenas cambiar el color de su rostro, pues conocía muy bien sus fanfarronadas. Decía que era peor que ella. Argumentaba él, por el contrario, que sólo se defendía de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día en el que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón. ¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el buraquiño traseiro un petardo? ¡Cómo no lo voy a recordar! Ese día reí a grandes carcajadas. ¡Dios, cómo corría la muy astuta por la era! Parecía un cohete de feria. Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie recuerda haberla comprado. Sólo se llevaba bien con dueña María, la matriarca de la familia, que le daba cobijo en su regazo desde el día que apareció cuando era una cría. Una mañana bien temprano, cuando todavía la luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover a regalo de Dios, mi tío Filoso se apostó detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo atarla bien y… ¡Ya veríamos entonces! Cuando la tuvo bien cogida por el rabo, salió a grandes zancadas con dirección al mirador que había en la parte alta de la finca y que estaba un poco desvencijado. La agarró bien y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar impulso y así poderla lanzar lo más lejos posible. La perra rosmaba cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible. El vuelo libre de Milucha, como un parapente de carne y hueso, duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un topetazo rudo, y un gemido angustioso. Filoso pasó un día divino, como el de un cura después de almorzar, ya que no había ni rastro del animal y nadie preguntó por ella. Pero el día de deleitable reposo terminó cuando se fue este buen hombre a la cama. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y odorífero cerollo de Milucha. ¡Merda! Ya dije yo que esta perra tiene siete vidas como los ghatos. Y vuelta a empezar. ¡Carallo, aún le quedan seis!

jmmaiz@telefonica.net

Author: José Mª Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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