La lluvia

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Echo de menos en Madrid los inviernos fríos y las primaveras lluviosas. Ahora son un penoso simulacro de aquellos que habitan en mi memoria y que soy incapaz de olvidar. No porque ponga empeño en ello. No. Simplemente porque forman parte de mi pacata retentiva. ¿Me preguntas por el frío? Dicen los lugareños que ya nada es como antes. Me hablan y no paran de los inviernos en los que los dientes componían una sonora melodía. El viejo que se sienta a mi lado en el banco público de esta coqueta plaza me habla de los días de lluvia y viento que escarallaban (prefiero decirlo en gallego) por sí mismos cualquier clase de cutis. Hasta el más curtido, joven, hasta el más curtido. Con lo de joven me ha dado un subidón de optimismo. No caigo en sus problemas de vista. Lo miro con afecto y me sonríe. En sus ojos veo un pasado ya quebrado por el transcurrir del tiempo.
Por mor de ello, recuerdo aquellos septiembres en El Burgo de Vedra en los que comenzaba a llover tal que un día y no paraba casi en semanas. O meses. Puestos a exagerar, José María. ¡Lástima que no caigan granos de maíz!, decía un parroquiano con los dedos amarillos de sostener un pertinaz cigarro encendido. Esa lluvia me gustaba. Cuando se lo comento a algún compañero de trabajo, me suelta con franca sinceridad que lo que añoro son aquellos tiempos y no la lluvia, que sólo moja, molesta y cabrea. No sé ya cómo explicarles que Galicia sin agua es como un niño que no sabe sonreír. Galicia es tierra de lluvias y humedades. El agua y las lluvias en Galicia detallan las formas de las arboledas, de las fincas y de las mámoas en un deseo ancestral de gigantesca belleza. Galicia tiene un enorme componente augacento, pues las nubes que lastran el cielo arropan como un caluroso manto los nervudos miembros del cuerpo galaico. Muchas noches sueño con el cielo de Galicia, con ese cielo plúmbeo y siempre cargado de magia húmeda que besa la tierra en un acto lento y armonioso. Estos sueños son el reflejo de una ilusión aún no obtenida, pero que yo sé que algún día se presentará ante mí. El cielo despeina su melena de cristal a menudo sobre Galicia como una niña destrenza su melena, de manera virginal e ingenua. En Galicia la humedad se personifica en una mujer llena de una ingenuidad agraciada, que proyecta su vista hacia una tierra siempre fértil. Cuando llueve en Galicia una hilera de fértiles sueños satura de fuerza y vitalidad la pequeña luz del candil de la vida; purificando, en un acto sublime y universal, nuestro cuerpo de tierra, alejado desde hace mucho tiempo del manantial primitivo y germinador. Por eso quiero sentir de nuevo la lluvia menuda golpeando mi cara, acariciándomela en un ademán de perenne germinación. Es el deseo de un hombre enjuto por la morriña y lastimado por el sacrificio sangriento que supone la ausencia de la imagen materna. Quizá, en uno de mis sueños reparadores, cada vez más esporádicos, nuestra tierra madre tenga la forma de una bella y esbelta ancla, símbolo de salvación y de esperanza para los hombres que deseamos fondear en esa tierra la verticalidad de un ansia de vida hoy imposible.

jmmaiz@telefonica.net

Author: José Mª Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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