El salto del tigre

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¿Hay alguien ahí? Amigo Máiz, ¿has regresado? ¿Será por una semana, un mes o un trimestre? Mira qué bien te conocen. Pasa, pasa. No te quedes en la puerta del blog. José María, por algo lo hacen. ¿Recuerdas cuántas veces lo has cerrado y les has dejado colgados? ¡Maldito seas! No me dejas en paz ni un segundo. Por favor, lárgate y vete a comerle la oreja a otro infeliz.
Querido lector, sólo sé que encontrarás diferentes historias en estas páginas que este aprendiz de escritor emborrona cada cierto tiempo con el ánimo de desenfangar esta cochiquera social y política. En estos tiempos de crisis ya superada, según algunos optimistas, no quiero hundir el interés de mis lectores en una amalgama de preocupaciones, recelos y desvelos.
Yo quiero que ustedes se rían conmigo. Yo quiero que ustedes se emocionen conmigo. Yo quiero que ustedes se aburran conmigo.  Ya has conseguido colarme esta última frase. ¡Dios! Eres insufrible. ¿No habíamos quedado en que me concedías un respiro? Te callas cuando te interesa.
En esta ocasión vuela mi memoria a una tarde cualquiera de mi infancia galaica. Estábamos sentados todos alrededor del velador de piedra que había en la parte delantera de la Casa Vieja. Tradición familiar. Los más pequeños enredábamos con cualquier objeto que caía en nuestras manos. La cuestión, trastear todo lo posible. Era después de comer. Unos dormían como auténticos bebés, otros leían el periódico (el mentireiro, como decían algunos) y los más mantenían una conversación bastante aburrida. Para nosotros. Los chicos jugábamos en la era con un simulacro de volante. El viaje, en esta ocasión, lo proyectamos a Catoira, a la fiesta vikinga. Clara envidia de lo que hacían los mayores. Por aquel tiempo pensábamos que alguna vez asistiríamos. En este ambiente relajado, y soporífero por el calor, se acercó a nosotros el hijo pequeño del casero, Carliños o do anel, pues dicen que fue concebido una noche de San Juan en la que el padre le regalara a Teresa, su mujer, una sortija ─anel─ de oro. El rapaz se sentó en una silla de hierro y soltó la pregunta que le bullía en la cabeza: ¿Qué es el salto del tigre? Silencio sepulcral. Una de mis tías le echó una mirada inquisidora a mi tío Filoso, a quien se le escapó una mueca picarona. Estaba al acecho. Le dijo con la mirada: ¡Como le cuentes algo inoportuno…! Como bueno gallego, según los tópicos, mi tío le contestó con una pregunta: ¿Y por qué dices eso? Porque ayer, después de hacer mucho ruido en su cuarto, mi padre le dijo muy serio a mi madre: Mañana te vas a enterar, mañana te hago el salto del tigre. Y yo no quiero que él, lo llamaba así cuando se enfadaba, le haga daño a mi madre. La maestra me lo dijo muy claro el otro día, cuando estudiábamos los animales salvajes: El tigre es uno de los animales más fieros de la selva. Mi tío Filoso, después de pensar mucho la respuesta, y para calmar el malestar que manifestaba el chaval, le dijo: Mira, Carliños, escucha bien. El salto del tigre es un ejercicio gimnástico que todos los mayores conocemos y que algunos dicen que cuando eran jóvenes lo ejercitaron en numerosas ocasiones. Aún los más bravíos dicen que hoy en día lo ejercitan con suma agilidad. A decir verdad… hay pocos datos fehacientes de tal hazaña. Los hombres somos muy mentirosos en los temas que puedan poner en peligro nuestra hombría. ¿La realidad?  ¡Nadie lo hizo en su vida! Y venga, marcha para casa, que ya te estarán echando en falta en ella. Y Carliños allá se fue, escamado y receloso, pues él maquinaba algo bien distinto que esa explicación filosesca.

jmmaiz@telefonica.net

Author: José Mª Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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