Rosalía en Madrid

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Estudiando las lenguas peninsulares hace unas semanas quise que mis alumnos conocieran algo más de la lengua gallega y de los gallegos. Parece mentira, pero esto de la aldea global, en algunos ámbitos, se ha convertido en un aislamiento globalizado. Como introducción decidí contarles un pequeño relato en el que la protagonista era una mujer de aspecto apesadumbrado, vestimenta decimonónica y frisando los cincuenta años. En mi historia situaba a esta mujer a los pies de la iglesia de San Xoán de Bastavales, mirando quedamente la espadaña, como si estuviera esperando el son de la última campanada de su vida. Les hablé de la humedad de la tierra gallega, de la diferencia que había entre las viudas de los muertos y las viudas de los vivos, de la dureza de la emigración, de la musicalidad de su lengua y del poder germinador de la tierra. La mujer, en mi narración, empezó a hacer memoria de su afligida vida. Recordó los duros años de su infancia, cuando no encontraba un lugar sereno donde vivir y la ausencia permanente de un padre desconocido. Les conté su deseo apasionado por escribir en su lengua materna y la mala acogida que tuvieron algunos de sus versos entre sus paisanos, razón por la que escribió su último poemario en castellano. Les narré las continuas vicisitudes en un eterno peregrinar por no sé cuántas ciudades de España. Les describí cómo la muerte siempre estuvo presente en su vida. Pero quise ofrecerles una imagen diferente a la tradicional. Les quise dibujar la figura de una mujer luchadora y en permanente conflicto con la adversidad cotidiana. Quise que supieran que la vida es una continua contienda, sea en este siglo, sea en el siglo diecinueve, sea en el venidero. Y que Rosalía era un ejemplo muy claro de mujer emprendedora, de mujer de empuje y acometividad. El hombre no se mide por las numerosas veces que cae en su vida, sino por las muchas más que se yergue. Y Rosalía siempre vivió de pie, con la cabeza bien erguida, como las mujeres gallegas. Cada revés, de los muchos que tuvo, era, para ella, un obstáculo que saltar con arrojo y resolución. Entonces les leí dos poemas. Uno, el clásico Adiós, ríos; adiós, fontes, de Cantares Gallegos para que pudieran entender lo que es la emigración y el sentimiento permanente de ausencia. El segundo, Dicen que no hablan las plantas…, de En las orillas del Sar, en el que se observa muy bien la conjunción de la vida con la naturaleza que tenía Rosalía y su deseo de belleza sobrenatural. La experiencia fue positiva. Eso creí cuando cerré dichos poemarios y pude contemplar un respetuoso silencio. Mis compañeros dijeron que era un optimista, que la juventud de hoy en día vive a espaldas de la poesía, que… ¡no sé cuántos tópicos más! Recogí mis bártulos y quise pensar que alguna huella había quedado. Al cabo de una semana, dos chicas me dijeron que el mismo día que yo les hablé de Rosalía, nada más salir del colegio, se metieron en Amazon y compraron una antología de su obra. Galicia y Rosalía tienen ya dos lectoras más. Pensaréis que es una insignificancia, pero prefiero saborear la vida en dosis homeopáticas. Te consuelas con lo mínimo, me comentaron con tono burlón. Y me puse en modo avión.

jmmaiz@telefonica.net

Author: José Mª Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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