18/05/2019
por José Mª Máiz Togores
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Romance ó ave

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

O tren era novísimo,
coas mellores primicias,
voaba polos raís
cal carne pola vixilia.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Café con leite en Madrid,
almorzo coa familia,
laretar cos meus amigos
e xantar na Peregrina.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Sentado nunha butaca,
traballaba con ledicia,
todo eran comodidades,
nin as follas se movían.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Soaba limpo o meu móbil,
meu amigo, quen llo diría!,
charlaba sen interruptus,
mensaxeando sen ira.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Cariños sen viravoltas,
túa man sempre na miña,
xamais bicos na caluga
e a voz fía que fía.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

O neno que chucha o teto
non quita da nai a vista,
dorme, chucha, dorme, chucha,
sen que o vexan as veciñas.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Un alemán preguntaba
que o tren cantos anos tiña,
os máis vellos do lugar
non o bautizaron inda.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Un crego reza o rosario
nunha pequena tarima,
tranquilo coma un bendito
os seus dedos o miman.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

No meu soño había un home
que lía dun libro as liñas,
nin bailaban nin chimpaban
a trama ben descorría.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

O cadrado do xadrez
nin un chisco se movía,
enrocouse ergueito o rei
nada amolaba a partida.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Unha muller, vaso en man,
tomaba a puntual menciña,
nin unha pinga de auga
dos vellos beizos saía.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Alguén quere ir ao baño,
ergue e dereito camiña,
non lle preocupan nada
as curvas en demasía.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

De súpeto un seco croque
rompe a miña fantasía,
alguén refungaba da hora,
de tardanzas e avarías.

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

Chegamos cedo a casa?
Non cho sei, Xosé María.
Chegamos hoxe a casa?
Carallo de mercancías!

Un soño tiven, amigos,
feliz fantasmagoría,
que peregrinaba no AVE
cara a Santiago e Galicia.

jmmaiz@telefonica.net

11/05/2019
por José Mª Máiz Togores
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Una romería en vena

Necesito una romería en vena, le dije a una buena amiga una tarde del asfixiante agosto de Madrid, una tarde que nos reunimos para hablar de nuestros respectivos tiempos amarillos. Ya sé que los puristas, mi amiga me miraba con ojos hidrópicos, me dirían que las romerías son “cousas ben distintas”. Pero yo lo tengo claro: necesito una romería en vena. No soporto más esta vulgaridad emocional que me encharca y enloda cualquier pensamiento digno de ser recordado por este vacío hipersensible en el que habito desde hace unas décadas. A los catorce o quince años uno no sabe lo que se está jugando. No sabe uno si esa obsesión que obtura el cerebro, a esa edad, te convierte en un autómata. A esa edad, ¿sabes?, yo iba, como pollo sin cabeza, detrás de una sombra que un día no muy lejano me sonrió en una romería de una aldea contigua. Sí. Fue un fogonazo que me deslumbró y me parasitó en un adolescente de palabras desmañadas y poco diestras. Y vuelvo a recordar. ¿Con la misma chica?  Otra oportunidad. Como a los malos toreros. Otro día. O eso es lo que se cree uno a esa convulsa edad. El olor del pulpo, de los churros, del tabaco, del alcohol no me impedía en absoluto el objetivo de la noche: saber cuál era el olor de tu piel. Me obnubilaba saborearlo. La imaginaba, tu piel suave y exquisita, y me regodeaba en el placer de degustarla. A escondidas, evidentemente. La fiesta era un ejército de vigilantes casposos que irían al día siguiente a rosmar hiperbólicamente lo que sus castos ojos habían observado “con toda nitidez”. Pero tú y yo a lo nuestro. Acuerdos con las miradas que nos acercaban a cualquier puesto de la feria para intercambiar una mueca de cariño, que no más; pues enseguida se te acercaba ese vecino de toda la vida, que nunca te saludaba, pero que en esa ocasión se mostraba efusivo y harteramente cariñoso. Y yo, de nuevo, a verte en la distancia. A soñar con otro roce de piel, con otro sorbo del quinto de cerveza engomado de Estrella de Galicia que me pasabas a escondidas. Cuando no, el tabaco. Un cigarro compartido, caliente por las reiteradas caladas intermitentes, temblorosas y excitadas, que me invitaba a un placentero goce labial. En ese instante pensamos que estábamos solos, pero la impenitente mano de un familiar tuyo se interponía para cerciorarse de que seguías sin ser invitada por mí. ¿Bailar? Impensable. Tal era mi arritmia musical que yo era incapaz de invitarte a algo que seguro que desnudaba a un joven acneico e inexperto en lo más elemental de la vida como era escuchar una canción abrazados. Y yo te miraba con la insistencia de un terco y obstinado adolescente que quería saberse querido mínimamente. Y seguía sonando la música. Y seguían pasando las oportunidades para sentirte cerca y poder oler tu piel, mi sueño eterno. Y de pronto sonaba la última canción y la orquesta se despedía simpática y agotada. El desconcierto se apoderaba de nosotros. Otro día igual. Y ya van tres romerías este año. La cerveza hacía el resto. Me lanzaba hacía ti, pero tu entorno me refrenaba y mi timidez cumplía fervientemente con su cometido: dejar pasar la ocasión. Y nosotros, tras proferir varios gritos inexpresivos y una tanda de sonidos guturales descompuestos, siempre caminando en la distancia, tomábamos el rumbo a un bar que todos conocíamos muy bien. Teníamos que rematar la faena etílica. Y como todos los años, alguien, ya en la vetusta pero entrañable taberna, sacaba una cámara de fotos e inmortalizaba ese instante con una imagen fija que sólo mostraba, entre sonrisas y bromas, dos rostros tristes como esos trenes que, cada mañana de invierno, despiertan en una estación sin nombre. Y vuelta a casa. Risas ajenas, comentarios lujuriosos anónimos, un sinfín de tropezones por el arcén de la calzada y la incongruencia irascible de una ocasión nuevamente perdida. Y otra vez a dormir seco de placer.

jmmaiz@telefonica.net

04/05/2019
por José Mª Máiz Togores
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La perra Milucha

Milucha era una perra que había en nuestra finca de A Maía. Decía mi tío Filoso que era una pícara, una traviesa lagartija y tan fullera como un mal gato negro. Siempre contaba que una vez saltó como una endemoniada desde el fayado donde estaba escondida, atisbó con destreza su tobillo izquierdo y le dio en él una dentada do carallo. Todavía tengo la marca de sus dientes. La voy a matar un día. Lo juro. Su hermana lo escuchaba sin apenas cambiar el color de su rostro, pues conocía muy bien sus fanfarronadas. Decía que era peor que ella. Argumentaba él, por el contrario, que sólo se defendía de sus revirados acometimientos. Sin ir más lejos, aún recuerdo el día en el que metió su hocico entre mis piernas y casi me convierte en un eunuco, en un castrón. ¡Vaya, vaya! ¿Y el día en el que tú le metiste en el buraquiño traseiro un petardo? ¡Cómo no lo voy a recordar! Ese día reí a grandes carcajadas. ¡Dios, cómo corría la muy astuta por la era! Parecía un cohete de feria. Milucha era una perra de nadie y de todos. Vivía en la finca, pero nadie recuerda haberla comprado. Sólo se llevaba bien con dueña María, la matriarca de la familia, que le daba cobijo en su regazo desde el día que apareció cuando era una cría. Una mañana bien temprano, cuando todavía la luz no dejaba ver bien un cielo entoldado y que anunciaba que iba a llover a regalo de Dios, mi tío Filoso se apostó detrás del pilón de lavar la ropa, para de este modo atarla bien y… ¡Ya veríamos entonces! Cuando la tuvo bien cogida por el rabo, salió a grandes zancadas con dirección al mirador que había en la parte alta de la finca y que estaba un poco desvencijado. La agarró bien y comenzó a darle vueltas y más vueltas en el aire, para tomar impulso y así poderla lanzar lo más lejos posible. La perra rosmaba cada vez más, por lo que decidió hacerlo lo antes posible. El vuelo libre de Milucha, como un parapente de carne y hueso, duró una eternidad, hasta que se escuchó un golpe seco, un topetazo rudo, y un gemido angustioso. Filoso pasó un día divino, como el de un cura después de almorzar, ya que no había ni rastro del animal y nadie preguntó por ella. Pero el día de deleitable reposo terminó cuando se fue este buen hombre a la cama. Al abrir la puerta se encontró, en medio de la cama, y con un olor repugnante, un hermosísimo y odorífero cerollo de Milucha. ¡Merda! Ya dije yo que esta perra tiene siete vidas como los ghatos. Y vuelta a empezar. ¡Carallo, aún le quedan seis!

jmmaiz@telefonica.net

27/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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La lluvia

Echo de menos en Madrid los inviernos fríos y las primaveras lluviosas. Ahora son un penoso simulacro de aquellos que habitan en mi memoria y que soy incapaz de olvidar. No porque ponga empeño en ello. No. Simplemente porque forman parte de mi pacata retentiva. ¿Me preguntas por el frío? Dicen los lugareños que ya nada es como antes. Me hablan y no paran de los inviernos en los que los dientes componían una sonora melodía. El viejo que se sienta a mi lado en el banco público de esta coqueta plaza me habla de los días de lluvia y viento que escarallaban (prefiero decirlo en gallego) por sí mismos cualquier clase de cutis. Hasta el más curtido, joven, hasta el más curtido. Con lo de joven me ha dado un subidón de optimismo. No caigo en sus problemas de vista. Lo miro con afecto y me sonríe. En sus ojos veo un pasado ya quebrado por el transcurrir del tiempo.
Por mor de ello, recuerdo aquellos septiembres en El Burgo de Vedra en los que comenzaba a llover tal que un día y no paraba casi en semanas. O meses. Puestos a exagerar, José María. ¡Lástima que no caigan granos de maíz!, decía un parroquiano con los dedos amarillos de sostener un pertinaz cigarro encendido. Esa lluvia me gustaba. Cuando se lo comento a algún compañero de trabajo, me suelta con franca sinceridad que lo que añoro son aquellos tiempos y no la lluvia, que sólo moja, molesta y cabrea. No sé ya cómo explicarles que Galicia sin agua es como un niño que no sabe sonreír. Galicia es tierra de lluvias y humedades. El agua y las lluvias en Galicia detallan las formas de las arboledas, de las fincas y de las mámoas en un deseo ancestral de gigantesca belleza. Galicia tiene un enorme componente augacento, pues las nubes que lastran el cielo arropan como un caluroso manto los nervudos miembros del cuerpo galaico. Muchas noches sueño con el cielo de Galicia, con ese cielo plúmbeo y siempre cargado de magia húmeda que besa la tierra en un acto lento y armonioso. Estos sueños son el reflejo de una ilusión aún no obtenida, pero que yo sé que algún día se presentará ante mí. El cielo despeina su melena de cristal a menudo sobre Galicia como una niña destrenza su melena, de manera virginal e ingenua. En Galicia la humedad se personifica en una mujer llena de una ingenuidad agraciada, que proyecta su vista hacia una tierra siempre fértil. Cuando llueve en Galicia una hilera de fértiles sueños satura de fuerza y vitalidad la pequeña luz del candil de la vida; purificando, en un acto sublime y universal, nuestro cuerpo de tierra, alejado desde hace mucho tiempo del manantial primitivo y germinador. Por eso quiero sentir de nuevo la lluvia menuda golpeando mi cara, acariciándomela en un ademán de perenne germinación. Es el deseo de un hombre enjuto por la morriña y lastimado por el sacrificio sangriento que supone la ausencia de la imagen materna. Quizá, en uno de mis sueños reparadores, cada vez más esporádicos, nuestra tierra madre tenga la forma de una bella y esbelta ancla, símbolo de salvación y de esperanza para los hombres que deseamos fondear en esa tierra la verticalidad de un ansia de vida hoy imposible.

jmmaiz@telefonica.net

20/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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El salto del tigre

¿Hay alguien ahí? Amigo Máiz, ¿has regresado? ¿Será por una semana, un mes o un trimestre? Mira qué bien te conocen. Pasa, pasa. No te quedes en la puerta del blog. José María, por algo lo hacen. ¿Recuerdas cuántas veces lo has cerrado y les has dejado colgados? ¡Maldito seas! No me dejas en paz ni un segundo. Por favor, lárgate y vete a comerle la oreja a otro infeliz.
Querido lector, sólo sé que encontrarás diferentes historias en estas páginas que este aprendiz de escritor emborrona cada cierto tiempo con el ánimo de desenfangar esta cochiquera social y política. En estos tiempos de crisis ya superada, según algunos optimistas, no quiero hundir el interés de mis lectores en una amalgama de preocupaciones, recelos y desvelos.
Yo quiero que ustedes se rían conmigo. Yo quiero que ustedes se emocionen conmigo. Yo quiero que ustedes se aburran conmigo.  Ya has conseguido colarme esta última frase. ¡Dios! Eres insufrible. ¿No habíamos quedado en que me concedías un respiro? Te callas cuando te interesa.
En esta ocasión vuela mi memoria a una tarde cualquiera de mi infancia galaica. Estábamos sentados todos alrededor del velador de piedra que había en la parte delantera de la Casa Vieja. Tradición familiar. Los más pequeños enredábamos con cualquier objeto que caía en nuestras manos. La cuestión, trastear todo lo posible. Era después de comer. Unos dormían como auténticos bebés, otros leían el periódico (el mentireiro, como decían algunos) y los más mantenían una conversación bastante aburrida. Para nosotros. Los chicos jugábamos en la era con un simulacro de volante. El viaje, en esta ocasión, lo proyectamos a Catoira, a la fiesta vikinga. Clara envidia de lo que hacían los mayores. Por aquel tiempo pensábamos que alguna vez asistiríamos. En este ambiente relajado, y soporífero por el calor, se acercó a nosotros el hijo pequeño del casero, Carliños o do anel, pues dicen que fue concebido una noche de San Juan en la que el padre le regalara a Teresa, su mujer, una sortija ─anel─ de oro. El rapaz se sentó en una silla de hierro y soltó la pregunta que le bullía en la cabeza: ¿Qué es el salto del tigre? Silencio sepulcral. Una de mis tías le echó una mirada inquisidora a mi tío Filoso, a quien se le escapó una mueca picarona. Estaba al acecho. Le dijo con la mirada: ¡Como le cuentes algo inoportuno…! Como bueno gallego, según los tópicos, mi tío le contestó con una pregunta: ¿Y por qué dices eso? Porque ayer, después de hacer mucho ruido en su cuarto, mi padre le dijo muy serio a mi madre: Mañana te vas a enterar, mañana te hago el salto del tigre. Y yo no quiero que él, lo llamaba así cuando se enfadaba, le haga daño a mi madre. La maestra me lo dijo muy claro el otro día, cuando estudiábamos los animales salvajes: El tigre es uno de los animales más fieros de la selva. Mi tío Filoso, después de pensar mucho la respuesta, y para calmar el malestar que manifestaba el chaval, le dijo: Mira, Carliños, escucha bien. El salto del tigre es un ejercicio gimnástico que todos los mayores conocemos y que algunos dicen que cuando eran jóvenes lo ejercitaron en numerosas ocasiones. Aún los más bravíos dicen que hoy en día lo ejercitan con suma agilidad. A decir verdad… hay pocos datos fehacientes de tal hazaña. Los hombres somos muy mentirosos en los temas que puedan poner en peligro nuestra hombría. ¿La realidad?  ¡Nadie lo hizo en su vida! Y venga, marcha para casa, que ya te estarán echando en falta en ella. Y Carliños allá se fue, escamado y receloso, pues él maquinaba algo bien distinto que esa explicación filosesca.

jmmaiz@telefonica.net

13/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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La hortografía

Llevo años inmerso, como otros tantos profesores, limitándome al ámbito educativo, en esta “guerra titánica”. José María, feísima metáfora en la actualidad. Por ello diremos “conflicto”.  Hablo de la hortografía. No sé cómo se podría solucionar este ninguneado problema que es bautizado con total descaro por una parte más o menos significativa del alumnado como “la razón más sencilla de los profesores para suspendernos”. José María, te distancias con ese “se”. Es una pelea que casi está perdida, dicen compañeros derrotistas, que no derrotados. Triste. ¿Verdad? Intelectualmente, me siento casi como un púgil noqueado que va de rincón en rincón en busca del restablecedor bálsamo de Fierabrás que le reconstituya una vez más el ánimo. Muchas veces tengo ganas de echar al aprendiz de río que es el Manzanares las normas y las reglas creadas por la RAE. No sirven de nada hoy en día. Bueno, sí. Para transgredirlas. ¿Flotarían? ¿Se hundirían como las brujas en la Edad Media cuando querían comprobar su falsa o verdadera nigromancia? Hoy, un adolescente, desde una necedad obscenamente exteriorizada en las redes, y con inmensa desfachatez, muestra su ignorancia ante la normativa ortográfica y te monta un baile folclórico en el aula convirtiéndote la corrección de los ejercicios en un pandemónium. Y ya no digamos cuando le comunicas un suspenso por ortografía. Pues no estoy de acuerdo, te espeta con todo descaro. No entiendo por qué en Lengua me tienes que bajar la nota por sólo diez faltas de ortografía. Cada vez los chicos cometen más errores al escribir. Ellos dicen que eso es lo de menos si la idea está bien, que no hay que castigar una nota por tal chorrada, que ya vendrá un corrector automático por detrás que ponga en su sitio las jotas y las bes mal empleadas. La mayoría de ellos no entienden la importancia que tiene un párrafo bien escrito y rechazan el placer de la literatura bien elaborada. No, profe, no. Fíjese en Juan Ramón Jiménez. ¿Qué nos habló usted de su particular uso del grafema equis? Y así no sé cuántas razones más. Yo les digo que no hay que hablar de ortografías particulares cuando se trata de escribir bien, que en este caso las normas no son un corsé dañino que les roba la libertad de expresión. Pues ni loco lo consigo, es cómo pedir el demonio y el cordero. Escribir bien es cosa de viejos. Aora ay ke skribr komo uno kiera. Y quedan como dioses en el Olimpo mientras yo peleo por la rectitud de la forma, no de su contenido. Vamos a reírnos un poco. Esta pequeña reflexión la ilustro con una anécdota de Valle-Inclán que me contó un viejo profesor hace ya unos cuantos años. Don Ramón tenía su tertulia en un café de la calle de Alcalá de Madrid, La Granja El Henar, hoy ya desaparecido, como tantos otros. Los interlocutores le tenían un poco de respeto, ya que el creador de Max Estrella hablaba muy claro, y en más de una ocasión los puso pingando al comentar sus desacertados comentarios. Un amigo que no frecuentaba las tertulias lo saludó una noche. Charlaron brevemente. Aún recuerdan los contertulianos lo que le espetó cuando salió en la conversación el tema de los engaños amorosos. No viene al caso, José María, eso otro día. Al despedirse, le habló así: Te escribiré sin falta, te lo prometo. Valle-Inclán, sin bajar la voz estridente que tenía, le contestó: ¿Sin falta o sin faltas? Y antes de que el amigo, un poquito aturdido ante un sinfín de escrutadoras, le contestara, añadió con gran ironía: Te lo pregunto porque sin faltas no creo que seas capaz de hacerlo. Los contertulios rieron la ocurrencia escandalosamente. Volvamos a la actualidad. Espero, me dijo un día un profesor de Cultura Clásica, que no lleguemos a convertirnos en carontes de la ortografía. Me gustó la metáfora. La adopto. Me explico. Carón es el barquero de Hades. Es el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte si tienen unas monedas ─no consumar faltas de ortografía─ para pagar el viaje. Aquellos que no puedan pagar ─los que cometan faltas de ortografía─ tendrán que vagar cien años por las riberas del Aqueronte, hasta que Caronte acceda a trasladarlos, después de corregirles los miles de descuidos que hayan cometido a la hora de escribir.

jmmaiz@telefonica.net

07/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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Rosalía en Madrid

Estudiando las lenguas peninsulares hace unas semanas quise que mis alumnos conocieran algo más de la lengua gallega y de los gallegos. Parece mentira, pero esto de la aldea global, en algunos ámbitos, se ha convertido en un aislamiento globalizado. Como introducción decidí contarles un pequeño relato en el que la protagonista era una mujer de aspecto apesadumbrado, vestimenta decimonónica y frisando los cincuenta años. En mi historia situaba a esta mujer a los pies de la iglesia de San Xoán de Bastavales, mirando quedamente la espadaña, como si estuviera esperando el son de la última campanada de su vida. Les hablé de la humedad de la tierra gallega, de la diferencia que había entre las viudas de los muertos y las viudas de los vivos, de la dureza de la emigración, de la musicalidad de su lengua y del poder germinador de la tierra. La mujer, en mi narración, empezó a hacer memoria de su afligida vida. Recordó los duros años de su infancia, cuando no encontraba un lugar sereno donde vivir y la ausencia permanente de un padre desconocido. Les conté su deseo apasionado por escribir en su lengua materna y la mala acogida que tuvieron algunos de sus versos entre sus paisanos, razón por la que escribió su último poemario en castellano. Les narré las continuas vicisitudes en un eterno peregrinar por no sé cuántas ciudades de España. Les describí cómo la muerte siempre estuvo presente en su vida. Pero quise ofrecerles una imagen diferente a la tradicional. Les quise dibujar la figura de una mujer luchadora y en permanente conflicto con la adversidad cotidiana. Quise que supieran que la vida es una continua contienda, sea en este siglo, sea en el siglo diecinueve, sea en el venidero. Y que Rosalía era un ejemplo muy claro de mujer emprendedora, de mujer de empuje y acometividad. El hombre no se mide por las numerosas veces que cae en su vida, sino por las muchas más que se yergue. Y Rosalía siempre vivió de pie, con la cabeza bien erguida, como las mujeres gallegas. Cada revés, de los muchos que tuvo, era, para ella, un obstáculo que saltar con arrojo y resolución. Entonces les leí dos poemas. Uno, el clásico Adiós, ríos; adiós, fontes, de Cantares Gallegos para que pudieran entender lo que es la emigración y el sentimiento permanente de ausencia. El segundo, Dicen que no hablan las plantas…, de En las orillas del Sar, en el que se observa muy bien la conjunción de la vida con la naturaleza que tenía Rosalía y su deseo de belleza sobrenatural. La experiencia fue positiva. Eso creí cuando cerré dichos poemarios y pude contemplar un respetuoso silencio. Mis compañeros dijeron que era un optimista, que la juventud de hoy en día vive a espaldas de la poesía, que… ¡no sé cuántos tópicos más! Recogí mis bártulos y quise pensar que alguna huella había quedado. Al cabo de una semana, dos chicas me dijeron que el mismo día que yo les hablé de Rosalía, nada más salir del colegio, se metieron en Amazon y compraron una antología de su obra. Galicia y Rosalía tienen ya dos lectoras más. Pensaréis que es una insignificancia, pero prefiero saborear la vida en dosis homeopáticas. Te consuelas con lo mínimo, me comentaron con tono burlón. Y me puse en modo avión.

jmmaiz@telefonica.net

01/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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Presentación

¿Pódese pasar?, como decía una longeva cocinera hace ya muchos años en aquella familiar Peregrina cuando quería anunciar, con la sabiduría popular de una guisandeira, el menú que su facedora mente había ideado para el día siguiente.
Cuando lean esta presentación, proferirán mil exclamaciones de alegría algunos que aún me recuerdan con cierto afecto. Decía Flaubert que el afecto profundo tiene miedo a ser descubierto. Yo estoy en esa indagación convulso y perseverante.
¿Otra vez este tío cargante?, exclamarán llenos de un cansino hartazgo aquellos que me han leído desde hace años en mis distintas épocas en este acogedor periódico. ¡Hay que impedir que se acomode! Daquela, sería nuestra perdición, vociferarán los mencionados inquisidores de mi obra por todos los escondrijos de Compostela.
Tú, tranquilo, José María. Como dice la cabecera de tu blog, lo tuyo es andar miudiño. Nada de prisas. Nada de disfraces multiusos. Tú, a lo tuyo. Siéntate al ordenador y escribe.
Es de las pocas cosas que sé hacer.
Ese tono lacrimógeno debes descartarlo. No gusta en absoluto. Podredumbre emocional, diría aquella amiga tuya que te mandaba hace unos años un guasap todas las mañanas con las directrices de cada día.
¡No lo recuerdo!
Ahí empieza tu problema, que tienes una memoria selectiva.
Tu regreso es tan bonito que parece cosa de meigas, te dijo una amable lectora allá por la primera década de este siglo cuando, después de la enésima huida, volviste a la ventana de papel del entrañable Galicia-hoxe.
¿Que no sabes quién soy?
Después de un perplejo pestañeo caigo en la cuenta de mi realidad. Llevo años escribiendo y casi nadie sabe de mi segundo oficio. Somos tantos en el empeño creativo y tan breve el tiempo para la lectura que apenas te habrán leído cuatro fieles seguidores.
Alguno más, hombre, alguno más, te dice sonriendo la que se esconde en un pseudónimo indescifrable para ti.
José María, esta presentación está quedando un poco desteñida. Pero sigue.
Me he hecho un tuneo. Sí. Con la misma música del festival de Eurovisión de hace años, no recuerdo las modernas, metí repetidas veces mi cabeza en una lavadora de cochambres, despojos e inquietudes y no paré de decirle: ¡Centrifuga, centrifuga, centrifuga! Y aquí estoy de nuevo, con un tuneo de carallo, de esos que te cogen la vieja y amarillenta chaqueta y la rediseñan de tal modo que no se puede reconocer ni el más pequeño de los desperfectos del pasado.
Y lo segundo que tuneé fue mi nombre. ¡Fuera los fantasmas del pasado! No quiero el llanto del heredero que no conoce a su padre, no.
Adoro y me entusiasma la ilusión en la que vives. José María…¿crees que alguien recuerda tus heterónimos?
¡Fuera las lágrimas terribles en las que nadaban mis viejos pseudónimos!, grito a mi alter ego en un aquelarre fantasmagórico.
¡Qué falso eres! La nostalgia es el alimento de tu espíritu. No la traicionarás nunca. Y lo sabes bien. Eres un servil esclavo de sus lactancias. No me vengas con falsas promesas. Díselo a tus lectores con honradez y lealtad. No seas una franquicia de la mentira.
Aquí estoy. Doy la cara. Me conocerás, tranquilo, me conocerás. Ya estoy de nuevo entre ustedes, con un olor a hombre que no quiere alimentarse de las migajas del pasado.
¡Serás hipócrita! Si en la próxima entrada hablarás seguro de tu pasado. Ya la estoy viendo. Te apuesto lo que quieras.
Nunca he ganado una apuesta.
¿Lo ves?
Pero mi memoria será positiva, memoria de vida que no de muerte.

jmmaiz@telefonica.net