20/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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EL SALTO DEL TIGRE

¿Hay alguien ahí? Amigo Máiz, ¿has regresado? ¿Será por una semana, un mes o un trimestre? Mira qué bien te conocen. Pasa, pasa. No te quedes en la puerta del blog. José María, por algo lo hacen. ¿Recuerdas cuántas veces lo has cerrado y les has dejado colgados? ¡Maldito seas! No me dejas en paz ni un segundo. Por favor, lárgate y vete a comerle la oreja a otro infeliz.
Querido lector, sólo sé que encontrarás diferentes historias en estas páginas que este aprendiz de escritor emborrona cada cierto tiempo con el ánimo de desenfangar esta cochiquera social y política. En estos tiempos de crisis ya superada, según algunos optimistas, no quiero hundir el interés de mis lectores en una amalgama de preocupaciones, recelos y desvelos.
Yo quiero que ustedes se rían conmigo. Yo quiero que ustedes se emocionen conmigo. Yo quiero que ustedes se aburran conmigo.  Ya has conseguido colarme esta última frase. ¡Dios! Eres insufrible. ¿No habíamos quedado en que me concedías un respiro? Te callas cuando te interesa.
En esta ocasión vuela mi memoria a una tarde cualquiera de mi infancia galaica. Estábamos sentados todos alrededor del velador de piedra que había en la parte delantera de la Casa Vieja. Tradición familiar. Los más pequeños enredábamos con cualquier objeto que caía en nuestras manos. La cuestión, trastear todo lo posible. Era después de comer. Unos dormían como auténticos bebés, otros leían el periódico (el mentireiro, como decían algunos) y los más mantenían una conversación bastante aburrida. Para nosotros. Los chicos jugábamos en la era con un simulacro de volante. El viaje, en esta ocasión, lo proyectamos a Catoira, a la fiesta vikinga. Clara envidia de lo que hacían los mayores. Por aquel tiempo pensábamos que alguna vez asistiríamos. En este ambiente relajado, y soporífero por el calor, se acercó a nosotros el hijo pequeño del casero, Carliños o do anel, pues dicen que fue concebido una noche de San Juan en la que el padre le regalara a Teresa, su mujer, una sortija ─anel─ de oro. El rapaz se sentó en una silla de hierro y soltó la pregunta que le bullía en la cabeza: ¿Qué es el salto del tigre? Silencio sepulcral. Una de mis tías le echó una mirada inquisidora a mi tío Filoso, a quien se le escapó una mueca picarona. Estaba al acecho. Le dijo con la mirada: ¡Como le cuentes algo inoportuno…! Como bueno gallego, según los tópicos, mi tío le contestó con una pregunta: ¿Y por qué dices eso? Porque ayer, después de hacer mucho ruido en su cuarto, mi padre le dijo muy serio a mi madre: Mañana te vas a enterar, mañana te hago el salto del tigre. Y yo no quiero que él, lo llamaba así cuando se enfadaba, le haga daño a mi madre. La maestra me lo dijo muy claro el otro día, cuando estudiábamos los animales salvajes: El tigre es uno de los animales más fieros de la selva. Mi tío Filoso, después de pensar mucho la respuesta, y para calmar el malestar que manifestaba el chaval, le dijo: Mira, Carliños, escucha bien. El salto del tigre es un ejercicio gimnástico que todos los mayores conocemos y que algunos dicen que cuando eran jóvenes lo ejercitaron en numerosas ocasiones. Aún los más bravíos dicen que hoy en día lo ejercitan con suma agilidad. A decir verdad… hay pocos datos fehacientes de tal hazaña. Los hombres somos muy mentirosos en los temas que puedan poner en peligro nuestra hombría. ¿La realidad?  ¡Nadie lo hizo en su vida! Y venga, marcha para casa, que ya te estarán echando en falta en ella. Y Carliños allá se fue, escamado y receloso, pues él maquinaba algo bien distinto que esa explicación filosesca.

jmmaiz@telefonica.net

13/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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La hortografía

Llevo años inmerso, como otros tantos profesores, limitándome al ámbito educativo, en esta “guerra titánica”. José María, feísima metáfora en la actualidad. Por ello diremos “conflicto”.  Hablo de la hortografía. No sé cómo se podría solucionar este ninguneado problema que es bautizado con total descaro por una parte más o menos significativa del alumnado como “la razón más sencilla de los profesores para suspendernos”. José María, te distancias con ese “se”. Es una pelea que casi está perdida, dicen compañeros derrotistas, que no derrotados. Triste. ¿Verdad? Intelectualmente, me siento casi como un púgil noqueado que va de rincón en rincón en busca del restablecedor bálsamo de Fierabrás que le reconstituya una vez más el ánimo. Muchas veces tengo ganas de echar al aprendiz de río que es el Manzanares las normas y las reglas creadas por la RAE. No sirven de nada hoy en día. Bueno, sí. Para transgredirlas. ¿Flotarían? ¿Se hundirían como las brujas en la Edad Media cuando querían comprobar su falsa o verdadera nigromancia? Hoy, un adolescente, desde una necedad obscenamente exteriorizada en las redes, y con inmensa desfachatez, muestra su ignorancia ante la normativa ortográfica y te monta un baile folclórico en el aula convirtiéndote la corrección de los ejercicios en un pandemónium. Y ya no digamos cuando le comunicas un suspenso por ortografía. Pues no estoy de acuerdo, te espeta con todo descaro. No entiendo por qué en Lengua me tienes que bajar la nota por sólo diez faltas de ortografía. Cada vez los chicos cometen más errores al escribir. Ellos dicen que eso es lo de menos si la idea está bien, que no hay que castigar una nota por tal chorrada, que ya vendrá un corrector automático por detrás que ponga en su sitio las jotas y las bes mal empleadas. La mayoría de ellos no entienden la importancia que tiene un párrafo bien escrito y rechazan el placer de la literatura bien elaborada. No, profe, no. Fíjese en Juan Ramón Jiménez. ¿Qué nos habló usted de su particular uso del grafema equis? Y así no sé cuántas razones más. Yo les digo que no hay que hablar de ortografías particulares cuando se trata de escribir bien, que en este caso las normas no son un corsé dañino que les roba la libertad de expresión. Pues ni loco lo consigo, es cómo pedir el demonio y el cordero. Escribir bien es cosa de viejos. Aora ay ke skribr komo uno kiera. Y quedan como dioses en el Olimpo mientras yo peleo por la rectitud de la forma, no de su contenido. Vamos a reírnos un poco. Esta pequeña reflexión la ilustro con una anécdota de Valle-Inclán que me contó un viejo profesor hace ya unos cuantos años. Don Ramón tenía su tertulia en un café de la calle de Alcalá de Madrid, La Granja El Henar, hoy ya desaparecido, como tantos otros. Los interlocutores le tenían un poco de respeto, ya que el creador de Max Estrella hablaba muy claro, y en más de una ocasión los puso pingando al comentar sus desacertados comentarios. Un amigo que no frecuentaba las tertulias lo saludó una noche. Charlaron brevemente. Aún recuerdan los contertulianos lo que le espetó cuando salió en la conversación el tema de los engaños amorosos. No viene al caso, José María, eso otro día. Al despedirse, le habló así: Te escribiré sin falta, te lo prometo. Valle-Inclán, sin bajar la voz estridente que tenía, le contestó: ¿Sin falta o sin faltas? Y antes de que el amigo, un poquito aturdido ante un sinfín de escrutadoras, le contestara, añadió con gran ironía: Te lo pregunto porque sin faltas no creo que seas capaz de hacerlo. Los contertulios rieron la ocurrencia escandalosamente. Volvamos a la actualidad. Espero, me dijo un día un profesor de Cultura Clásica, que no lleguemos a convertirnos en carontes de la ortografía. Me gustó la metáfora. La adopto. Me explico. Carón es el barquero de Hades. Es el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río Aqueronte si tienen unas monedas ─no consumar faltas de ortografía─ para pagar el viaje. Aquellos que no puedan pagar ─los que cometan faltas de ortografía─ tendrán que vagar cien años por las riberas del Aqueronte, hasta que Caronte acceda a trasladarlos, después de corregirles los miles de descuidos que hayan cometido a la hora de escribir.

jmmaiz@telefonica.net

07/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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Rosalía en Madrid

Estudiando las lenguas peninsulares hace unas semanas quise que mis alumnos conocieran algo más de la lengua gallega y de los gallegos. Parece mentira, pero esto de la aldea global, en algunos ámbitos, se ha convertido en un aislamiento globalizado. Como introducción decidí contarles un pequeño relato en el que la protagonista era una mujer de aspecto apesadumbrado, vestimenta decimonónica y frisando los cincuenta años. En mi historia situaba a esta mujer a los pies de la iglesia de San Xoán de Bastavales, mirando quedamente la espadaña, como si estuviera esperando el son de la última campanada de su vida. Les hablé de la humedad de la tierra gallega, de la diferencia que había entre las viudas de los muertos y las viudas de los vivos, de la dureza de la emigración, de la musicalidad de su lengua y del poder germinador de la tierra. La mujer, en mi narración, empezó a hacer memoria de su afligida vida. Recordó los duros años de su infancia, cuando no encontraba un lugar sereno donde vivir y la ausencia permanente de un padre desconocido. Les conté su deseo apasionado por escribir en su lengua materna y la mala acogida que tuvieron algunos de sus versos entre sus paisanos, razón por la que escribió su último poemario en castellano. Les narré las continuas vicisitudes en un eterno peregrinar por no sé cuántas ciudades de España. Les describí cómo la muerte siempre estuvo presente en su vida. Pero quise ofrecerles una imagen diferente a la tradicional. Les quise dibujar la figura de una mujer luchadora y en permanente conflicto con la adversidad cotidiana. Quise que supieran que la vida es una continua contienda, sea en este siglo, sea en el siglo diecinueve, sea en el venidero. Y que Rosalía era un ejemplo muy claro de mujer emprendedora, de mujer de empuje y acometividad. El hombre no se mide por las numerosas veces que cae en su vida, sino por las muchas más que se yergue. Y Rosalía siempre vivió de pie, con la cabeza bien erguida, como las mujeres gallegas. Cada revés, de los muchos que tuvo, era, para ella, un obstáculo que saltar con arrojo y resolución. Entonces les leí dos poemas. Uno, el clásico Adiós, ríos; adiós, fontes, de Cantares Gallegos para que pudieran entender lo que es la emigración y el sentimiento permanente de ausencia. El segundo, Dicen que no hablan las plantas…, de En las orillas del Sar, en el que se observa muy bien la conjunción de la vida con la naturaleza que tenía Rosalía y su deseo de belleza sobrenatural. La experiencia fue positiva. Eso creí cuando cerré dichos poemarios y pude contemplar un respetuoso silencio. Mis compañeros dijeron que era un optimista, que la juventud de hoy en día vive a espaldas de la poesía, que… ¡no sé cuántos tópicos más! Recogí mis bártulos y quise pensar que alguna huella había quedado. Al cabo de una semana, dos chicas me dijeron que el mismo día que yo les hablé de Rosalía, nada más salir del colegio, se metieron en Amazon y compraron una antología de su obra. Galicia y Rosalía tienen ya dos lectoras más. Pensaréis que es una insignificancia, pero prefiero saborear la vida en dosis homeopáticas. Te consuelas con lo mínimo, me comentaron con tono burlón. Y me puse en modo avión.

jmmaiz@telefonica.net

01/04/2019
por José Mª Máiz Togores
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Presentación

¿Pódese pasar?, como decía una longeva cocinera hace ya muchos años en aquella familiar Peregrina cuando quería anunciar, con la sabiduría popular de una guisandeira, el menú que su facedora mente había ideado para el día siguiente.
Cuando lean esta presentación, proferirán mil exclamaciones de alegría algunos que aún me recuerdan con cierto afecto. Decía Flaubert que el afecto profundo tiene miedo a ser descubierto. Yo estoy en esa indagación convulso y perseverante.
¿Otra vez este tío cargante?, exclamarán llenos de un cansino hartazgo aquellos que me han leído desde hace años en mis distintas épocas en este acogedor periódico. ¡Hay que impedir que se acomode! Daquela, sería nuestra perdición, vociferarán los mencionados inquisidores de mi obra por todos los escondrijos de Compostela.
Tú, tranquilo, José María. Como dice la cabecera de tu blog, lo tuyo es andar miudiño. Nada de prisas. Nada de disfraces multiusos. Tú, a lo tuyo. Siéntate al ordenador y escribe.
Es de las pocas cosas que sé hacer.
Ese tono lacrimógeno debes descartarlo. No gusta en absoluto. Podredumbre emocional, diría aquella amiga tuya que te mandaba hace unos años un guasap todas las mañanas con las directrices de cada día.
¡No lo recuerdo!
Ahí empieza tu problema, que tienes una memoria selectiva.
Tu regreso es tan bonito que parece cosa de meigas, te dijo una amable lectora allá por la primera década de este siglo cuando, después de la enésima huida, volviste a la ventana de papel del entrañable Galicia-hoxe.
¿Que no sabes quién soy?
Después de un perplejo pestañeo caigo en la cuenta de mi realidad. Llevo años escribiendo y casi nadie sabe de mi segundo oficio. Somos tantos en el empeño creativo y tan breve el tiempo para la lectura que apenas te habrán leído cuatro fieles seguidores.
Alguno más, hombre, alguno más, te dice sonriendo la que se esconde en un pseudónimo indescifrable para ti.
José María, esta presentación está quedando un poco desteñida. Pero sigue.
Me he hecho un tuneo. Sí. Con la misma música del festival de Eurovisión de hace años, no recuerdo las modernas, metí repetidas veces mi cabeza en una lavadora de cochambres, despojos e inquietudes y no paré de decirle: ¡Centrifuga, centrifuga, centrifuga! Y aquí estoy de nuevo, con un tuneo de carallo, de esos que te cogen la vieja y amarillenta chaqueta y la rediseñan de tal modo que no se puede reconocer ni el más pequeño de los desperfectos del pasado.
Y lo segundo que tuneé fue mi nombre. ¡Fuera los fantasmas del pasado! No quiero el llanto del heredero que no conoce a su padre, no.
Adoro y me entusiasma la ilusión en la que vives. José María…¿crees que alguien recuerda tus heterónimos?
¡Fuera las lágrimas terribles en las que nadaban mis viejos pseudónimos!, grito a mi alter ego en un aquelarre fantasmagórico.
¡Qué falso eres! La nostalgia es el alimento de tu espíritu. No la traicionarás nunca. Y lo sabes bien. Eres un servil esclavo de sus lactancias. No me vengas con falsas promesas. Díselo a tus lectores con honradez y lealtad. No seas una franquicia de la mentira.
Aquí estoy. Doy la cara. Me conocerás, tranquilo, me conocerás. Ya estoy de nuevo entre ustedes, con un olor a hombre que no quiere alimentarse de las migajas del pasado.
¡Serás hipócrita! Si en la próxima entrada hablarás seguro de tu pasado. Ya la estoy viendo. Te apuesto lo que quieras.
Nunca he ganado una apuesta.
¿Lo ves?
Pero mi memoria será positiva, memoria de vida que no de muerte.

jmmaiz@telefonica.net