Fuera del mapa

Fotografía: Manuel Gutiérrez

No hay límite para el arte, ni hay lugares donde sea imposible contar una historia extraordinaria. La magia siempre se abre paso para aquellos que deseen contemplarla. Se presenta ante nosotros cuando hay capacidad para el asombro, cuando brota el sentimiento de empatía y reconocimiento de experiencias vividas o la sonrisa cómplice entre el que mira y el que se deja ver. Y así se fue creando un escenario común, del que más que ser espectadores, fuimos partícipes en Fóra do mapa.

Puede que para la mayoría sea un evento más al que acudir, pero si uno presta atención, sale al encuentro la inspiración y la emoción, aquella que sale al paso casi sin querer, para convertirnos en otros seres en el gran teatro del mundo, buscando un espacio propio mediante vidas paralelas. La vida existe más allá de las sombras, incluso aquellas que van de la mano de un escritor cuando las vivencia por primera vez, antes de ser representadas en el cine que hay dentro de su cabeza.

Todo está en aquel no-lugar de su mente, que las proyecta, para devolverlas convertidas en obras de arte. Ese es el aire que se respiraba en las representaciones que he podido contemplar. Retales de un instante detenido en el tiempo, como un reloj de arena que lo saborea, en busca de un significado para la vida. Estaba presente en la mujer que se vea sí misma como un ser incompleto por la imposición de un capitalismo salvaje en el que la imagen es todo, en aquel ser extraño que lleva todo su universo en aquella maleta que se despliega ante nosotros como el secreto de una vida entera que teme al tiempo, a los excesos de la luz, a los zapatos y a las camisas que detienen su avance entre los seres invisibles que pueblan la tierra.

También en los cantos de sirena que como recuerdos recurrentes evocan descensos a los infiernos que recorren latitudes y longitudes extracorpóreas superponiéndose distintos tiempos, dejando voces que pesan, aunque son pasadas pero aún se arrastran como cadenas de un espectro sin dueño. Las ciudades también las pueblan los espíritus y cobran forma. Nos guían haciendo un viaje por los limbos que algún día fueron hitos para el progreso, pero los dejamos escapar. Vagan por doquier, porque no han muerto todavía y sus sombras se ciernen sobre nosotros porque en el fondo somos iguales a ellos, pero con la ventaja de que aún podemos tomar decisiones para cambiar el estado de las cosas y disipar aquellas cumbres borrascosas que nos hicieron perder nuestra identidad.

Para mí no ha sido una simple experiencia. Ha conseguido despertar mis emociones, demostrando que el teatro no es una preposición de lugar, sino que se trata de un diálogo bidireccional que nos arranca de la soledad, para revivir un tiempo de calidad. Una ventana que abre sus puertas a la memoria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *