Paseando por las nubes

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Tras este pequeño “lapsus” espacio-temporal que ofrecen las vacaciones de verano, no he podido evitar seguir poniendo mi mirada en algunos libros y autores que me han estado acompañando en tardes soleadas y cielos grises, tan cambiantes como mi ubicación geográfica. Hacía tiempo que no me recostaba en el campo, mirando las nubes y he pensado que esa sensación de contemplación es todo un privilegio. Por un instante, dejé de lado la dependencia digital, el estar al tanto de la actualidad, para tomar conciencia de mi ser.

Así que, poco a poco, me fui adentrando en libros como Metáforas de la vida cotidiana de George Lakoff que pone en conexión los sistemas conceptuales en relación con la metáfora. Puede que para muchos sólo sean expresiones para construir relatos o revelen un conocimiento superficial de la realidad por analogía, pero es que en el ser humano, todo es invención. Esta filosofía “a priori” revela una visión filosófica del mundo, oculta para los no iniciados o para aquellos que caracterizan la realidad en términos de lógica formal tradicional manipulando símbolos sin significado propio.

Los cuerpos y los cerebros están estructurados en términos de percepción o Gestalt unificada. Estos crean esquemas e imágenes mentales que permiten reconocer todo lo que nos rodea, desde lo más pequeño e insignificante hasta lo más elevado y sublime. Cuanto más descubramos acerca de los detalles, mejor comprenderemos la delicada naturaleza de la razón. El libro de Terry Regier, The human semantic potential es un magnífico ejemplo de cómo a partir del campo visual se pueden computar las relaciones espaciales primitivas o “esquemas de imagen” integradas en nuestra vida cotidiana de forma inconsciente. Descartes se equivocaba cuando decía que la mente estaba totalmente desencarnada y que todo el pensamiento es consciente.

Cuando me detengo a observar el movimiento cíclico de las nubes que van pasando ante mí como si fueran las mismas, siendo a su vez otras, me pregunto cómo podemos pensar o comprender los límites y las posibilidades de nuestro cuerpo en relación con nuestra mente o con respecto al mundo en que vivimos. Porque ahí está la esencia, la raíz a partir de la cual se tiene que teorizar.

El neurocientífico Joseph Ledoux habla de las percepciones emocionales inconscientes o de cómo nuestras mentes dialogan entre sí sin que la consciencia le de alcance. Es cierto que la mayor parte de las cosas que nos hacen emocionales dependen de la experiencia, pero seguimos sin saber cómo aparecen esas impresiones en nuestro cerebro. Aquello que nos permite recordar un olor, un sabor o una experiencia compartida inalterable en el tiempo a sabiendas de que el propio cerebro tiende a destruir, crear o modificar contínuamente conexiones en nuestros cerebros y la memoria, en cierto sentido, es un caso paradigmático como afirma Pat Bateson a lo largo de su libro Design for a life

Me pregunto si la sensación de calma que tengo en el preciso instante en el que escribo representa una experiencia fenomenológica, un presente subjetivo de las sensaciones que pueda ir más allá de la corta duración del tiempo físico en el que realizo la actividad en sí. Tal vez sea ese el fundamento en el que se basa mi conciencia para crear un “yo” que valga la pena, que haga ser sujeto de algo tan misterioso y extraño como la propia supervivencia. Decía Lord Byron: “el gran objetivo de la vida es la sensación; sentir que existimos incluso en momentos de dolor”. Sólo así podemos dejar hablar al silencio creador.

Autor: Arantxa Serantes

Humanista digital y Doctora por la USC

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