Entrevisté a Francisco Umbral en tres ocasiones: hacerlo siempre tenía algo de reto personal. En estos días, se celebra en Madrid un Congreso internacional sobre su figura (‘Los placeres literarios: Francisco Umbral como lector’). El Congreso ha comenzado con una dramatización de uno de sus textos fundamentales, Mortal y rosa. Tenido por un maestro del columnismo por muchos, uno admite también su magisterio, y, durante un tiempo, su influencia. Hoy, sacudidas las plumas del umbralismo de todo artista adolescente, me basta con celebrar al genio del lenguaje. Dificil de carácter, conmigo fue siempre cortés y jamás dejó de contestar una sola de las preguntas que le hice. Esta entrevista tuvo lugar dos años antes de su muerte. Hablamos en 2005 (el escritor había pasado un verano con mala salud) y Umbral desapareció un 27 de agosto de 2007. Le costaba hablar, pero sobre todo oír, y, sin embargo, la charla se extendió casi durante una hora. Reproduzco aquí el contenido de aquella entrevista, en la que habló mucho de literatura, pero también de política. Sirva como homenaje al prolífico autor y columnista, que creó una forma nueva de escribir en los periódicos. Y que hizo del artículo diario un ejercicio de estilo, una búsqueda consciente de algo nuevo, más allá de las servidumbres cotidianas.
Después de un verano difícil, Francisco Umbral acaba de publicar en Planeta Días felices en Argüelles, algo así como unas memorias periodísticas. Sigue escribiendo sus columnas diarias y se considera en la pomada de la actualidad. Esta semana habló con nosotros.
“NO FUI DURO CON CELA: FUE MI GRAN AMIGO Y MI MAESTRO”
Texto: José Miguel Giráldez (jmgiral@orange.es)
Francisco Umbral ha regresado del último verano, un verano especialmente duro, con unas memorias periodísticas, o memorias escritas “a vuelapluma” como él mismo las ha llamado. Un libro de memorias, en efecto, aunque, como suele ser normal en él, totalmente heterodoxo. En realidad Umbral no ha cesado de reinventarse a sí mismo. No ha dejado de hacer memorias, ni artículos periodísticos, ni glosas de autores, ni estudios literarios, ni carnales biografías de Madrid. Ni novelas, claro.














