Un paseo literario

Un paseo literario por Edimburgo


MERCEDES CORBILLÓN / SAGAFUGA en Edimburgo /

Museo de los escritores en Edimburgo, la pasada semana. Todos las fotos son de Mercedes Corbillón para SagaFuga.

Es bonito pasear por un lugar en donde los trenes parten y llegan a una estación con nombre de novela. Waverley está en el corazón de la ciudad, un corazón subterráneo que palpita literatura además de gentes que vienen y van.
Estoy en el primer lugar del mundo en ser declarado, en 2004, ciudad de la literatura por la Unesco. Aún no sé muy bien qué es eso pero me voy enterando rápidamente. Sobre la estación, en la comercial Princess Street con el castillo al fondo y la New Town de frente se erige un aparatoso estaribel, una enorme torre de aires góticos que presume de ser el mayor monumento que a un escritor se le ha dedicado en el mundo. Sir Walter Scott observa desde su lugar preeminente el caprichoso cielo de Edimburgo.
Que la historia la escriben los poetas parecen tenerlo muy claro los escoceses. Cada 25 de enero, día de la muerte del bardo británico más importante, con permiso de Shakespeare, es tradición celebrar en las casas y en los bares la noche de Burns. Suena la gaita, se declaman poemas, se come Haggis y se bebe whiskey. ¿No es maravilloso?
Maravillosa es sin duda la capacidad de esta ciudad para dar a luz escritores universales. Stevenson fue a morir a Samoa poniéndonos complicado eso de visitar su tumba pero mientras camino la calle me devuelve el eco de sus historias. En la Royal Mile un pub lleva el nombre del diácono Brodie, hombre piadoso de día y pendenciero de noche que acabó en la horca e inspiró, dicen, Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Nunca correré las aventuras de Jim Hawkins pero ya tengo mi foto ante la casa de Heriot Row que fue hogar de infancia del autor de La Isla del Tesoro.

Hay personajes de ficción que crecen hasta engulir a sus creadores. Me pregunto si los habitantes de Edimburgo perdonarán a Conan Doyle haber creado a Holmes vinculándolo para siempre a la ciudad de Londres. Las huellas del autor de Estudio en Escarlata son exiguas, la casa donde nació en Picardy Place ya no existe pero en un precioso cementerio de la Old Town está enterrado Joseph Bell, profesor de medicina de método analítico que inspiró el personaje del detective más famoso de la historia. Por cierto que Joseph Bell comparte espacio en el camposanto con Adam Smith, padre del liberalismo económico. En los aledaños de su tumba todo era fango. Había llovido.

Los cementerios de Edimburgo y yo andábamos sin buscarnos pero andábamos para encontrarnos. Al albur del lado oeste del castillo se esconde la iglesia de St. Cuthbert. Recorrí su atrio poblado de lápidas emergiendo como flores torcidas entre el verde y el barro en busca de la última morada de Thomas de Quincey. Allí fueron a dar los restos del ilustre comedor de opio en 1859. Anochecía y la belleza extraña y decadente del lugar comenzaba a resultar inquietante. Busqué las luces y la promesa de diversión en las tiendas de Princess Street. Allí entre “”zaras y hachesyemes” me topé con Waterstone. Me hice librera luego de enamorarme de las librerías inglesas. Quiero aprehenderlo todo, quiero copiarlo todo. La moqueta, las flores frescas, los detalles, los escaparates, ¡la agenda! En los próximos días recibirán a Alexander Mc Call, Jo nesbo, Irvine Welsh, etc.

La que no vendrá a Waterstones es J. K. Rowling, pero seré yo quien vaya en peregrinación a The Elephant House. Me tomaré un capuccino y un carrot cake, contemplaré a través del ventanal la belleza de la iglesia de Greyfriars, con su collar de tumbas y almendros en flor y pensaré en ese momento primigenio e impredecible. Una mujer, con  un carrito de bebé, merendando y pergeñando un personaje destinado a convertirse en mito.

Caminaré por lugares excéntricos, en Morningside tomaré pizza en un local decorado con frases de la señorita Brodie, ilustre y ficticia habitante de este barrio por obra y gracia de Muriel Spark quien dejó su Edimburgo natal para ir a morir, muchos años después, a Florencia. En este barrio está la pequeña iglesia de St. Peter, escondida entre anodinos adosados carece de encanto pero quizás en ella fue pastor el Gray que inspiró su Dorian a Wilde. Eso he leído por ahí.

Al otro lado de la urbe, en Leith, un pueblo portuario y gris, allí donde la ciudad pierde su esplendor, buscaré en los callejones el fracaso, la desolación y los rostros de la droga de las novelas de Irvine Welsh. Unos hombres que son o han sido adictos suben al autobús de una ONG. Hablan gallego. Eso sí que no me lo esperaba.

Pero eso será mañana, ahora necesito una cerveza y escojo seguir los pasos del detective Rebus. El Oxford Bar está en una calle céntrica pero poco concurrida. Dentro solo hay hombres. Algunos hablan, la mayoría solo beben. Bebo y contemplo el lugar. Nada parece haber cambiado en los últimos cincuenta años. Imbuida por el espíritu del local pido otra pinta. Nunca he leído a Rankin pero empiezo a pensar que quizás debiera.


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