LEER EL PERIÓDICO (DE ‘TOLO POR TI’)

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Es uno de los más grandes de mis pequeños placeres. Como decía Cervantes, yo tengo una gran afición por la lectura, aunque sean papeles rotos. Semejante a saborear un buen vino de la tierra. Semejante a cultivar una enriquecedora conversación. Semejante a la contemplación de un paisaje estival desde la Herradura compostelana. El periódico aviva el ingenio, estimula la imaginación y vertebra nuestro entendimiento en diferentes parcelas que se aúnan en un todo de agilidad mental. En el periódico buscamos la verdad, no nuestra verdad almidonada por una ideología artificial y prestada en muchas ocasiones. No es una satisfacción lánguida, es una delectación aliñada con los mejores ―en ocasiones, inicuos― ingredientes de la vida actual.
No por ser una acción realizada a diario tiene menos importancia. Su ritual, deleitoso e imperecedero, se carga de incombustible alborozo cuando oigo el profuso pasar de sus hojas. No por ser, en algunas ocasiones, una acción cuasi mecanizada es menos reseñable. Cuando yo, por el motivo que sea, llego a la cama, tras un tormentoso y ocupado día, sin haber leído el diario, me siento huérfano intelectualmente.
Su lectura me estimula en grado sumo. Hechos nuevos y opiniones diferentes en el mismo papel hacen del periódico un objeto de deseo que, con sólo pensar en él mientras camino por la calle en busca del quiosco, me cautiva como si pensara en el perfil de una coqueta mujer y abre sin miramientos los bisagras más oxidadas de mi pensamiento.
Jamás pienso en el precio del periódico, aunque sí es cierto que rezongo de lo que cuesta el billete de metro, y echo pestes lastimeras cuando un simulacro indecente de patatas bravas, postradas en un plato inmenso, me cuesta tanto o más que una casi inalcanzable entrada de cine.
Los periódicos jamás te engañan. Podrás estar de acuerdo con aquel o con este editorial, hasta llegarás a llamarle boquirroto, necio o papaleisón a un articulista; pero siempre quedará en tu interior el gozo de conocer diferentes enfoques de un mismo tema. Eso hace que crezcamos interiormente y consigue que nuestra forma de entender la vida no se restrinja a nuestro visceral ombligo. No hay mayor disfrute que saber digerir una opinión ajena a la nuestra, y que, quizás, rechazamos de plano. Es fácil leer opiniones con las que comulgamos con los ojos cerrados. También es enriquecedor, pero esta visión unilateral del mundo nos aleja bruscamente de una sociedad multicultural y de diferentes ideologías.
Tenemos que leer los periódicos, pues cada vez hay más intransigencia y empecinamiento y cada vez se exteriorizan más los credos y pareceres unívocos. Cuánto mejor la tendencia iconoclasta de un Valle-Inclán que la visión dogmática de los que se ocultan tras un parapeto teorizador.
Este abanico de ideas y convicciones antagónicas lo podemos encontrar sin remilgo alguno en los periódicos. Leer la prensa es como visitar, una vez al día por lo menos, un museo vivo de proyectos y nociones contrapuestos.
En esta línea sigo, como buen hijo y nieto de adictos a la prensa. Es imborrable la imagen de mi padre o de mi abuelo, sentados, en un butacón o en una silla de hierro forjado, bien en nuestra casa de Madrid, bien en la galería de Vedra o en la era de Bertamiráns, con un periódico en las manos y degustando noticias, reportajes o artículos de opinión.
―¿Qué estás haciendo, abuelo?, le pregunté yo un día cuando lo vi lavándose las manos con verdadera fricción y, se reflejaba soberanamente en el espejo, con un rostro de total complacencia.
―Lavándome las manos.
―Ya lo veo.
―Es que he estado leyendo el periódico. Y cuando uno lee el jornal termina con las manos negras de la tinta de impresión. Las manos, cenicientas y, ya por los años, torpes; pero la mente abierta, próspera y reconfortada.

filoso@filoso.gal

Author: José María Máiz Togores

Profesor e escritor. O primeiro, de seguro. O segundo, iso creo.

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